Tornando al hilo que llevamos en las manos de las costumbres de aquella

gente de Paria y las demas de aquella costa abajo, resta decir lo

que tenian y hacian en los entierros y sepulturas de los muertos,

y con cuanta diligencia algunas ceremonias guardaban. Los cuerpos

de los reyes, y señores, y nobles entre ellos, poníanlos extendidos

sobre ciertas parrillas hechas de cañas, que allá son muy gruesas, y

duras, y macizas, como creo arriba hobimos significado, poniendo fuego

de ciertas yerbas, muy manso y suave, debajo, el cual, destilando,

consumia toda la humedad gota á gota, y quedaban muy secos y dispuestos

para que sin corromperse durasen como si fueran embalsamados; éstos

ponian colgados en los rincones y los tenian como dioses de las casas,

que los antiguos gentiles llamaban Penates. Los cuerpos que desta

manera no secaban (debian ser los que no eran de señores ó personas

principales), hacian dentro de sus casas una sepultura, y allí con

lloros y plantos los enterraban; pasado un año que lo habian enterrado,

convidaban toda la vecindad, más ó ménos segun el estado y autoridad

del difunto lo requeria, y traia cada uno de los convidados la comida

y bebida, segun podian; llegado, juntos luégo á prima noche, abren

la sepultura y sacan los huesos, y luégo, alzando las voces, con

alaridos, todos lloran. Siéntanse todos en el suelo al rededor dellos,

tomados los piés con sus propias manos, y ponen las cabezas entre sus

rodillas, y esto es obra de gran tristeza; extienden despues los piés,

levantan las manos y las caras hácia el cielo y dan espantosos gritos

y aullidos: las lágrimas que de los ojos les salen y la bascosidad de

las narices no se la limpian, porque cuanto más sucios parecen tanto

mayores obsequias creen hacer al difunto. Despues, quemando los huesos,

solamente lo alto del casco de la cabeza guardan, y llévalo la más

generosa de las mujeres á guardarlo en su casa como cosa sagrada; esto

acabado, son acabadas las obsequias ó cabo de año, y cada uno de los

convidados se vuelve á su casa. Tienen por cierto que las ánimas de

los hombres son inmortales, y que despues que se mueren van á vivir á

ciertas montañas ó florestas, y en cuevas perpetuamente viven donde

tienen de comer y beber; dicen que oyen voces de las cuevas, y que son

las ánimas que por allí andan vagando. Ya digimos arriba cómo tenian

en reverencia la cruz, y con ella se abroquelaban y mamparaban contra

el diablo. Las gentes de la costa y todas de por aquella tierra no

se halla que sacrificaban hombres ni tenian otro ningun sacrificio,

si quizá no usaban por sacrificio algunas que no sabemos ceremonias;

tampoco creo que las de la costa comian carne humana, y si algunos

por allí hay es la tierra dentro. Del pecado nefando, algunos de los

nuestros los han infamado dello, pero yo no sé cómo alguno de los

españoles puede ser testigo de aquella fealdad no habiéndolo visto,

y que no lo haya visto parece porque no hay hombre alguno que cosa

deshonesta pueda, por vista ni por algun indicio suficiente, juzgar de

ninguna nacion destos indios, segun en ello son en lo exterior honestos

y recatados. Toda esta costa de la mar abajo de Venezuela, y Santa

Marta, y Cartagena, y el Cenú, y golfo de Urabá, y á la frontera del

Darien, creo ser todas unas, poco más ó poco ménos, como ya he dicho,

las costumbres. En la provincia del Cenú, la última sílaba aguda,

que está la tierra dentro sobre lo que llamamos Cartagena, cuarenta

ó cincuenta leguas, hobo alguna y áun quizá mucha diferencia cuanto

á las sepulturas, la razon es porque aquella provincia era por las

naciones propincuas y lejanas el lonsario y comun lugar dedicado para

las sepulturas; mandábanse y traíanse allí á enterrar todos los que

algo eran en el Cenú, y con sus cuerpos se ponian todas sus riquezas

y joyas. Las sepulturas eran desta forma, conviene á saber, un hoyo

grande cuadrado, y, si era de señor ó persona de cualidad, poníanle

cierta madera por encima y la tierra sobre ella, por manera que la

sepultura quedaba toda hueca, y en medio ponian el cuerpo, y al rededor

dél las armas con que peleaban, y todas sus joyas de oro y cuanto

precioso podian haber; ponian dentro comida y bebida, y hallóse tenaja

de agua en algunas tan clara, como si fuera de rosas sacada dos dias

hobiera por alcatara, pero no osaron los nuestros della beber. Otras

sepulturas abrian, y en las paredes della hacian concavidades cuanto

cupiesen los cuerpos, y despues henchian toda la sepultura de tierra,

por manera que no tocaba en el cuerpo tierra alguna, como arriba de

otras se dijo. Esta provincia del Cenú fué tan nombrada y devota de

nuestros españoles, por las riquezas de oro que en las sepulturas

habia y dellas sacaron, como lo era de los indios por el entierro de

los cuerpos y su devocion. Por la tierra dentro hácia los reinos de

Popayan, hacian las sepulturas con mayor artificio, porque eran muy

hondas y de bóveda, muy bien labradas, y siempre la boca ó puerta

hácia dónde sale el sol; ponian en ella muchas ollas llenas de joyas

de oro, y de lo más fino si allí lo alcanzaban, y sus vestidos y armas

con ellos, y mucha comida y bebida tambien. Otras, en otras partes por

aquella tierra, se hacian tan grandes como un pequeño cerro, y dentro

della edificaban una bóveda muy ensolada de losas, dentro de la cual

meten el cuerpo del difunto lleno de mantas, y con él, despues de haber

emborrachado, las más hermosas de sus mujeres, con el vino de mahíz y

de otras yerbas, y otros algunos muchachos vivos para su servicio; en

la muerte de los señores en otras partes se tresquilan sus mujeres, y

ellas se matan las que eran más queridas. En cierta provincia llamada

Tauya, cuando muere algun señor ponen el cuerpo en una hamaca, que como

se ha dicho es como á manera de honda, colgada en el aire, y al rededor

encienden fuego, y debajo unos hoyos donde caiga lo que se derritiere,

despues que el cuerpo está medio seco vienen los deudos y gentes á

llorallo con grandes lamentos, y acabados beben asaz de su vino y

rezan ciertas oraciones: acabado esto, envuelven el cuerpo en muchas

mantas de algodon y métenlo en un ataud, y tiénenlo así algunos años, y

despues que está bien seco lo entierran en sepulturas que hacen en sus

mismas casas. En otras provincias, muerto el señor, en los cerros altos

hacen muy hondas las sepulturas, despues de hechos muchos lloros meten

dentro el cuerpo, envuelto en mucho número de mantas las más ricas

que poseia, y á una parte sus armas, y á otra mucha comida, y capaces

cántaros de vino, y sus plumajes y joyas de oro, y á los piés echan

algunas mujeres vivas, las más hermosas y queridas suyas. En otras,

más adelante, despues de envueltos los cuerpos en muchas de las dichas

mantas, que son de tres varas de largo y dos de ancho, y en ellas le

ponen joyas de oro, revuélvenles despues á los cuerpos una cuerda

que hacen de tres ramales, que tiene más de doscientas brazas; las

sepulturas comunmente son en cerros altos, y otras dentro de sus casas.

En la provincia que llaman Cali, en un valle llamado Lile ó cerca dél,

habia un pueblo en medio del cual estaba una gran casa de madera muy

alta, redonda, con una puerta en medio della; en lo alto habia cuatro

ventanas, por las cuales entraba la luz, cubierta de paja. En lo alto

estaba una larga tabla que la atravesaba de una parte á otra, encima

de la cual estaban puestos muchos cuerpos de hombres por órden, ó los

cueros dellos llenos de ceniza; teníanles hechos los rostros de cera,

con sus propias cabezas, de manera que parecian hombres vivos; tenian

dardos algunos en las manos, otros lanzas, y otros macanas. En toda la

tierra que hasta esta provincia de Cali atras queda, tienen ó tenian

sus reyes y señores y gobierno ordenado, y habia inmensa multitud de

gentes, las cuales, segun queda manifestado, sin leyes y justicia no

pudieran ser gobernadas ni tanto tiempo sustentadas. Hay gentes por

allí grandes tratantes y mercaderes, mayormente de sal que llevan de

unas partes á otras muy lejanas, de donde traen mucho oro, y algodon,

y ropa hecha dél, y otras cosas que por la sal conmutan; tienen y

usan de unas como romanas pequeñas y de pesos para la contratacion de

su oro. Son grandes comedores de carne humana, segun dicen, de los

que tienen por enemigos que prenden en las guerras; del vicio contra

natura no son coinquinados, ni se ha oido ni sospechado que en toda la

tierra hasta aquí lo haya, segun afirman nuestros cristianos que cerca

desto no saben callar nada: tampoco hay memoria de sacrificar hombres,

porque como no tengan ídolos, segun arriba se dijo, ni templos, ni

sacrificios, sino alguna manera de incienso quemar, no sabemos á quién,

sólo se ha en alguna parte hallado. A las gentes de allí se siguen

otras que son muchas, llamados Pastos; ni comen carne humana, ni

ofrecen sacrificio de hombres, ni por memoria se siente cosa en ellos

que huela el pecado nefando. Y porque destas provincias no tenemos

mucha noticia más de la dicha, que es cuasi general, y es bien ahorrar

tiempo y pasar á lo que es más, de aquí adelante, placiendo á Dios,

trataremos de la gobernacion que tenian las del Perú, que comienza

desde la dicha provincia de Pasto.

FIN DEL QUINTO Y ÚLTIMO TOMO.

ÍNDICE.

Páginas.

ADVERTENCIA PRELIMINAR v

LIBRO TERCERO.--Capítulo CXXIV 1

Cap. CXXV 6

Cap. CXXVI 12

Cap. CXXVII.--De cómo se levantó un indio llamado Ciguayo

que atemorizó toda la isla con las muertes de españoles que

hizo, al cual en fin mataron.--Levantóse otro llamado Tamayo

que hizo tambien muchas muertes y daños.--De cómo á

Enrique pesaba desto, y procuró traerlo á su compañía porque

no hiciese daño, y lo trujo.--De muchas armadas que

hicieron contra Enrique, en especial una donde hobo habla y

concierto, entre Enrique y el Capitan, de paz, y de

la liberalidad de Enrique en dar el oro que tenía, y de la

indiscrecion del Capitan, etc. 17

Cap. CXXVIII 23

Cap. CXXIX 28

Cap. CXXX 33

Cap. CXXXI 37

Cap. CXXXII 40

Cap. CXXXIII 48

Cap. CXXXIV 53

Cap. CXXXV 58

Cap. CXXXVI 65

Cap. CXXXVII 74

Cap. CXXXVIII 79

Cap. CXXXIX 83

Cap. CXL 90

Cap. CXLI 95

Cap. CXLII 99

Cap. CXLIII 104

Cap. CXLIV 109

Cap. CXLV 114

Cap. CXLVI 118

Cap. CXLVII 123

Cap. CXLVIII 127

Cap. CXLIX 132

Cap. CL 137

Cap. CLI 142

Cap. CLII 147

Cap. CLIII 151

Cap. CLIV 155

Cap. CLV 159

Cap. CLVI 165

Cap. CLVII 173

Cap. CLVIII 180

Cap. CLIX 187

Cap. CLX 193

Cap. CLXI 200

Cap. CLXII 205

Cap. CLXIII 210

Cap. CLXIV 217

Cap. CLXV 221

Cap. CLXVI 226

Cap. CLXVII 231

APÉNDICE.

APOLOGÉTICA HISTORIA.--Argumento 237

Capítulo I 241

Cap. II 248

Cap. III 256

Cap. IV 263

Cap. V 269

Cap. VI 276

Cap. VII 283

Cap. VIII 290

Cap. IX 295

Cap. X 301

Cap. XI 310

Cap. XII 316

Cap. XIII 321

Cap. XIV 326

Cap. XV 330

Cap. XVI 334

Cap. XVII 337

Cap. XVIII 343

Cap. XIX 348

Cap. XX 352

Cap. XXI 364

Cap. XXII 371

Cap. XXIII 377

Cap. XXXIII 383

Cap. XXXIV 390

Cap. XXXV 399

Cap. XXXVI 405

Cap. XXXVII 413

Cap. XXXVIII 422

Cap. XXXIX 427

Cap. CXX 433

Cap. CXXI 440

Cap. CXXII 447

Cap. CXXIII 453

Cap. CXXIV 456

Cap. CXXV 464

Cap. CLXVI 467

Cap. CLXVII 473

Cap. CLXXXI 477

Cap. CXCVII 481

Cap. CXCVIII 487

Cap. CXCIX 495

Cap. CCIII 497

Cap. CCIV 499

Cap. CCV 509

Cap. CCXLII 517

Cap. CCXLIII 524

Cap. CCXLIV 528

Cap. CCXLV 535

Cap. CCXLVI 543

Cap. CCXLVII 551

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 41 / 41 段