maneras de bailes y cantares; costumbre muy general en todas las
Indias, como tambien la hobo en todas las naciones antiguas, gentiles y
judíos, segun arriba largamente queda explicado. Todas las veces que el
señor de la provincia ó del pueblo casaba su hija ó hijo, ó enterraba
persona que le tocaba, ó queria hacer alguna sementera, ó sacrificar,
por grande fiesta mandaba juntar los principales de su tierra, los
cuales, sentados en torno de una plaza y sino en lo más ancho de su
casa, entraban los atambores, y flautas, y otros instrumentos de que
usaban; luégo tras ellos allegábanse muchos hombres y mujeres adornados
cada uno con las mejores joyas, y si se vestian de algo, al ménos las
mujeres, con lo mejor que alcanzaban: poníanse á las gargantas de los
piés y en las muñecas de las manos sartales de muchos cascabeles,
hechos de oro y otros de hueso. Si andaban todos desnudos, pintábanse
de colorado los cuerpos y las caras, y, si alcanzaban plumas, sobre
aquellas tintas se emplumaban, de manera que lo que la justicia entre
nosotros dá por pena á las hechiceras ó alcahuetas tenian ellos por
gala: todos al son de sus instrumentos musicales cantaban unos y
respondian otros, como los nuestros suelen hacer en España. Lo que
en sus cantares pronunciaban era recontar los hechos, y riquezas, y
señoríos, y paz, y gobierno de sus pasados, la vida que tenian ántes
que viniesen los cristianos, la venida dellos, y cómo en sus tierras
violentamente entraron, cómo les toman las mujeres y los hijos despues
de roballos cuanto oro y bienes de sus padres heredaron y con sus
propios trabajos allegaron. Otros cantan la velocidad, y violencia, y
ferocidad de los caballos; otros la braveza, y crueldad de los perros,
que en un credo los desgarran y hacen pedazos, y no ménos el feroz
denuedo y esfuerzo de los cristianos, pues, siendo tan pocos, á tantas
multitudes de gentes vencen, siguen y matan: finalmente, toda materia
que á ellos es triste y amarga la encarecen allí representando sus
miserias y calamidades. En algunas partes, tras aquellos entran otros
armados, con grandes alaridos, como si rompiesen por alguna batalla, y
arrebatan las mujeres que mejores les parecian en el corro, y salidos
fuera estaban con ellas el tiempo que querian, sin ser parte los
maridos para estorballo estando presentes, aunque fuesen los propios
señores, por no quebrantar tan loable costumbre; por manera que, áun
hasta en las burlas, las armas daban para pecados no chica osadía. Esto
era imágen de las Bacchanalias feísimas que los romanos y otras gentes
hicieron, y áun que quizá hoy hacen algunas, como arriba digimos;
aunque estos destas naciones con mucha ventaja no fueron tan feos y
deshonestos como aquellos, como arriba bien claro parece. Cansados de
bailar, y cantar, y de referir y llorar sus duelos, sentábanse á comer
en el suelo donde tenian aparejadas sus pobres comidas, por mucho que
las quisiesen hacer espléndidas, porque todo cuanto los indios quieran
juntar, es todo laceria comparado á nuestros excesivos y desaforados
banquetes; eran gallinas, ó venados, ó conejos, ó pescados de mar ó
de rios, segun de la una parte ó de la otra están más cerca, y éstos
asados ó cocidos, y no haciendo dellos tan esquisitos y superfluos
manjares como nosotros hacemos. Y si la comida duraba dos y tres
horas nunca ni una sola vez bebian, sino, despues de hartos, venia la
bebida, la cual era vino hecho de mahíz que para emborrachar tiene
harta fuerza; ésta era traida en vaso de oro, quien lo tenía, y tambien
de ciertas calabazas muy más hermosas y útiles que las nuestras, que
los desta isla Española llamaban hibueras, y los de la Nueva España
xicaras: bebian hasta no poder más ó que se acababa el vino aparejado
y se vaciaban las vasijas. Dicen que se bebian unos á otros, como
nuestros flamencos, y áun nuestros españoles que fácilmente toman las
costumbres ajenas, no tienen mucho empacho de hacerlo, porque cuando
afeáremos los defectos destas gentes escupamos al cielo. En aquellas
bebeduras ó borracheras, despues de bien cargados, consultaban y
determinaba la justicia ó el aparato de las guerras, y las otras
cosas graves que se debian hacer, si es verdad lo que un español,
que arriba dije llamarse Tobilla, de la gente destas provincias por
escrito refiere; y, porque desto hace muchos ascos, acordémonos que los
alemanes y otras naciones que arriba nombramos, despues de muy llenos
de vino, hacian lo mismo. En toda la tierra y en sus provincias, que en
el precedente capítulo y en este corremos, ó en la mayor parte della,
el sobredicho ni otro alguno dijo de las gentes que en ella vivian que
tuviesen alguno de los tres defectos que de otras se afirman, conviene
á saber, comer carne humana, ni sacrificar hombres, ni el pecado de
sodomía; solamente dice Tobilla, que ciertos españoles hallaron en
cierto rincon de una de las dichas provincias tres hombres vestidos
en hábitos de mujeres, á los cuales por sólo aquello juzgaron ser de
aquel pecado corrompidos, y no por más probanza los echaron luégo á
los perros que llevaban, que los despedazaron y comieron vivos, como
si fueran sus jueces. Pues bien pudo ser que aquellos no sirviesen
de aquello, sino, por no ser para mujeres, fuese costumbre usada
entre aquellas gentes que tomasen vestidos femíneos, para dar noticia
de su defecto, pues se habian de ocupar en hacer las haciendas y
ejercicios de mujeres, como algunas naciones hicieron; segun arriba
dejamos dicho; y podemos estar ciertos que si hobiese más nueva de ser
maculadas más gentes de aquesta tierra de aquel vicio y defectos, que
nunca lo callaran los españoles ni lo dejara de escribir Tobilla.
CAPÍTULO CCXLIV.
Dejemos ya la tierra y provincias que habia desde que dimos fin á la
relacion de las costumbres de las gentes que habitaban en el reino de
Guatemala, y de la Vera Paz, y las comarcanas hasta el Darien, las
cuales poco más ó poco ménos entre sí diferian, y tomemos la costa
de Paria y lo que se sigue por ella hasta que tornemos á juntarnos
con el mismo Darien, ó con las provincias cercanas dél, las cuales
todas no mucho en las costumbres difirieron; de donde podemos argüir
las que las demas por la tierra dentro tener pueden. Puesto que como
haya tan infinitas gentes y diversas lenguas y diversas regiones,
y debajo de aspectos diversos y constelaciones ó influencias que
inclinan los hombres á obrar bien ó mal, aunque no fuerzan ni son
causa eficaz de las elecciones, quedando siempre la libertad del
libre albedrío exenta, necesario es que haya diversas costumbres; las
de Paria, pues, y Cumaná, y Chiribichi, y por allí abajo, á lo que
tenemos entendido, tenian las siguientes: Cuanto á la gobernacion,
ésta era de uno como de las otras partes habemos dicho, porque en
cada pueblo gobernaba un señor, y quizá en cada provincia principal
señor uno era; la manera de gobierno en particular ni las leyes con
que se regian, aunque algun tiempo estuve en aquella tierra, no lo
procuré aunque pudiera. Todos andaban desnudos, metidas solamente sus
vergüenzas en unas calabacitas, ó encogidas dentro de las barrigas,
por las atar con ciertos hilos como de otros se dijo. Las mujeres
tambien cubiertas con las medias faldillas de algodon, de que ya
tratamos arriba; cortábanse los cabellos hasta el medio de las orejas,
y por hermosura se horadaban las orejas y las narices, donde ponian
ciertas piezas de oro, ó hechas de las ostias de las perlas, que más
que el oro las precian. En las guerras, de todo cuanto tienen de oro
(aunque por aquí hasta más abajo poseen poco) se atavian; son en ellas
diligentísimos y agilísimos, peleaban con arcos y flechas con yerba
mortífera, y en acertar los tiros son certísimos. Desque llegan los
muchachos á diez ó doce años, traen todo el dia, si no es cuando beben
ó comen, en la boca dos bocados del tamaño de una nuez de las hojas
de un árbol que llamaban hay, como de arrayan, uno en el uno y otro
en el otro carrillo, las cuales, cierto, son las hojas que en el Perú
llaman coca, que en tanto precio segun es notorio las estiman. Estas
hojas les fortifican los dientes y muelas de tal manera, que nunca en
toda su vida se les pudren ni sienten dolor en ellas, pero páranles
toda la dentadura como una azabaja muy negra. Por injuria llaman á
los españoles muchachos y mujeres, por verlos que se precian tener
blancos los dientes, lo mismo nos atribuyen por tacha que traemos las
barbas crecidas, llamándonos bestias fieras. Tienen sus heredades
de aquellos árboles por mucha órden puestos, como ponemos nuestros
olivos, los cuales curan y cultivan con suma diligencia, y todos de
regadío; cercaba cada uno su heredad de aquellos árboles, con su
valladar, solamente dejando tanto abierto, para puerta, cuanto hilo de
algodon puede tener un hombre ceñido. Tenian por gran sacrilegio, si
alguno entrase y pisase la heredad de su vecino, teniendo por cierto
que como violador de cosa sagrada habia de perecer presto. Para que
destas hojas puedan gozar las gentes de la tierra dentro, que no las
tienen, hácenlas polvos, y, porque duren sin corromperse mucho tiempo,
hacen cierta cal de ciertos caracoles y almejas que se crian en una
sierra, la cual con el polvo de las hojas mezclan; esta cal, poniéndola
en los bezos, alguno que nunca se la haya puesto, se los para tan
duros como suelen tener las manos de callos los que cavan con azadas
continalmente, pero los que lo acostumbran no sienten aquella dureza;
estos polvos mezclados desta manera guardan en ciertas cestillas
de cañas ó carrizos muy bien hechas, para los mercaderes que á sus
mercados con oro ó joyas de oro hechas, y con mahíz, su trigo, y con
esclavos, á comprallos y conmutallos, para sanidad, conservacion y
perpetuidad de sus dientes, vienen. Tienen de noche sus velas de trecho
en trecho, los cuales, como pregoneros, dan voces y responden los más
propincuos con diligencia, porque se entienda que no se han dormido;
preguntados que por qué ponen en se velar tanta solicitud, dicen que
porque no los hallen sus enemigos desapercibidos. El tiempo que más
calor hace (puesto que allí hace poco siempre, ántes hace lo más del
tiempo fresco), lávanse ántes, y cuando más templado despues del sol
salido, cada dia. Untanse tambien muchas veces por gentileza con cierto
ungüento (por ventura es lo que en la Española se llamaba bixa), y
sobre ella ponen muchas plumas de aves como en nuestra España, como
ya digimos, se hace por justicia á las alcahuetas. Entre ellos, aquel
se tiene por más poderoso y más noble y caballero que más canoas ó
barcas alcanza, y más parientes ó deudos tiene, y que mayores hazañas
sus pasados hicieron. Cuando alguno injuria ó hace algun daño á otro,
siempre trabaja de se satisfacer de su enemigo. Presumen mucho de sus
arcos y flechas por la yerba ponzoñosa que para ellas tienen, la cual
se conficiona y compone de aguijones de avispas, y de cabezas de cierta
hormigas, y de ciertas manzanillas, y de zumos de yerbas, y de leche
de cierto árbol, y de otras cosas mortíferas; y no todos saben hacer
ni hacen la dicha yerba sino solas unas mujeres viejas, las cuales
á ciertos tiempos encierran, forzadas y aunque les pese, que nadie
trate con ellas, y dánles todos los materiales de ponzoñas de que se
compone la yerba. En dos dias hacen y cuecen su mortífero ungüento, y
hecho abren la puerta de la casa los de fuera, y si hallan las viejas
sanas, que no estén cuasi muertas, castíganlas dándolas pena, porque no
hallar las viejas cuasi muertas no tienen la yerba por buena, porque
de sólo el olor que las que la hacen reciben, para ser bueno, han de
quedar cerca de muertas, y por tanto aquélla la echan por ahí como cosa
sin provecho. Cualquiera que es herido della, muere cuasi rabiando
cuando comienza á obrar; miéntras no beben (porque causa gran sed),
está como suspensa su virtud algun tiempo, y áun acaece veinticuatro
horas, en bebiendo, luégo el herido rabia: nuestros españoles ningun
remedio saben ni tienen, los indios sí. Nuestros religiosos que allí
conversaron algunos años, vieron muchos indios della heridos, porque
riñen entre sí muchas veces, pero ninguno della vieron muerto sino
una mujer que no quiso sufrir la cura porque debe ser quizá penosa;
los demas acuden luégo al remedio, y por eso ninguno muere. Mucho han
trabajado los españoles por saber de los indios la contrayerba, pero
nunca lo han podido sacar dellos. Los heridos de la yerba, puesto
que no mueran, viven la vida despues muy trabajosa, porque se han de
guardar de muchas cosas de ántes agradables; lo primero han de ser
continentes al ménos por dos años, del vino toda la vida, y de comer
demasiado sino solamente lo necesario, y de los trabajos, porque si
no se abstienen de lo dicho mueren presto. Cuando navegan, va uno en
la proa de sus barcos, que llaman en aquella lengua pyragua, la media
sílaba luenga, que deja de andar y vuela, el cual va cantando, y al
son de su voz todos los remadores, sin discrepar un punto, reman.
Las mujeres miéntras son mozas y jóvenes, son y viven bien honestas,
despues que son mayores no tienen tanta constancia. Las mujeres, así
como los hombres, corren, y saltan, y nadan, y hacen cualquiera cosa
de ligereza, y van con los hombres á las guerras; paren los hijos sin
dolor, facilísimamente, ni se regalan ni echan en cama, ni curan de
alguna delicadeza; á las criaturas que paren ponen dos almohadillas,
una en la frente y otra al colodrillo, para hacer levantadas las cabeza
y anchas las frentes. Las doncellas, de que son ya casaderas, tiénenlas
dos años encerradas los padres, que ninguno las ve, y por esta guarda
tan estrecha muchos desean tenerlas por mujeres; los señores tienen
cuantas mujeres quieren, pero los populares con una sola son contentos.
Tienen el adulterio por cosa fea, y así despues de casadas se guardan
de cometello, y cuando algun yerro dello acaece, no castigan la mujer
sino al adúltero dan la pena, y es de muerte segun creo; puédese,
empero, repudiar la mujer por aquéllo. Para las bodas destas doncellas
todos los vecinos se convidan, y las mujeres convidadas traen consigo
de sus manjares y vinos cuantos pueden traer á cuestas. Los hombres
traen haces de cañas y de yerba para sobre palos hacer la casa de la
nueva novia, segun su manera; hecha la casa, el novio y la novia,
segun la facultad que tienen, se adornan y atavian con sus joyas de
oro y de piedras de diversos colores, hechas de huesos de pescados y
de piedras que ellos estiman por cosa muy rica y buena, de las cuales
si carecen los vecinos se las prestan. Entónces la nueva novia está
sentada apartada entre las doncellas, y el novio entre los hombres
mozos y viejos; cercan la novia cantando las doncellas, y al novio los
mancebos; viene un barbero, ó que tiene tal oficio, y corta al esposo
los cabellos por las orejas, y á la novia, una mujer, solamente los
de la frente junto á las cejas; el cabello del colodrillo dejánselo:
venida la noche, toma la esposa al esposo por la mano, y de allí que
se vayan juntos se les dá licencia. Todos los hombres acostumbran á
comer juntos, y las mujeres nunca con ellos. Son muy amadoras las
mujeres de la gobernacion de sus casas, y ejercítanla con diligencia;
los hombres en cazar, y en pescar, y en bailes, son sus ejercicios, y
en las guerras. Aman en extremo grado los cantos y bailes, y esto es
comunísimo en todas las Indias, y lo fué por todo el mundo entre los
antiguos gentiles; la costumbre destos era, que cuando cuasi amanecia y
queria anochecer, lo que llamamos en España entre lubrican ó entre dos
luces, comenzaban con diversos instrumentos, en especial unos atabales
que hacian de un madero, haciéndolo hueco y con ciertos agujeros, y con
cantos y saltos, al son de las voces y atabales comiendo y bebiendo,
por ocho dias enteros no paraba la fiesta. En ella, cada uno se ponia
y sacaba todas sus joyas y haberes á cuestas: unos, zarcillos de oro
en las orejas; otros, con patenas de oro en los pechos; y otros,
coronas dello en las cabezas; otros, con cascabeles hechos de hueso,
y con caracoles y almejas que suenan como cascabeles, puestas sobre
las pantorrillas y á los pescuezos, y sobre todo pintados de colores
diversos los cuerpos: y aquel se tiene por más hermoso y digno de que
en más que á los otros lo tengan que á nosotros pareceria más feo.
Andaban todos cantando, á la redonda yendo y viniendo, las manos de
los unos con las de los otros juntas, dando mil saltos y haciendo
mil gestos; decian nuestros frailes haberles visto en estos bailes
y juegos gastar seis horas sin descansar ni tomar resuello. Cuando
eran amonestados por el pregonero, ó que tenía oficio de aquello,
que viniesen los más cercanos á hacer fiesta á la casa ó plaza del
señor, los criados de su casa desherbaban y limpiaban el camino que no
hobiese áun paja, ni piedra, ni trompezadero alguno; los que de más
léjos venian de los lugares comarcanos, ántes que llegasen á casa del
señor, en un llano, se aparejaban como en son de guerra, é iban paso
á paso tirando flechas, bailando y cantando bajo, y desque llegaban
cerca levantaban la voz, y decian repitiendo muchas veces: «Hermoso
dia hace, hermoso dia hace, hace hermoso dia». El principal de cada
lugarejo guiaba y regulaba los suyos, bailando, y saltando, y cantando
todos juntos, con tanto compas y órden, que las voces, y saltos, y
meneos de todos no parecian sino voz, y saltos, y movimientos de sólo
uno. De cada compañía iba uno delante, vueltas las espaldas, hasta la
puerta de la casa del señor, entrando en la casa, no cantando, uno
fingia que cazaba, otro que pescaba, los demas modestamente saltando; y
así entrados, usando del arte oratoria como si la hobieran estudiado,
alababan al rey ó señor y á sus progenitores y sus hazañas con
diversos gestos y ademanes. Esto hecho, siéntanse todos en el suelo
callando; vienen luégo las comidas, y comen hasta hartarse y beben
hasta embeodarse, y el que más bebe y se destempla es de todos por más
valiente y valeroso estimado. Las mujeres guardan en el beber y comer
aquellos dias gran templanza, por socorrer á sus maridos en aquellas
borracheras, y así por ley á cada mujer es mandado que en aquellos
trabajos bacanales, como tutora, de su marido tenga cuidado; en los
cuales las mujeres son las sirvientas y coperas desta manera, que al
primero dan las mujeres á beber, y aquél levántase y dá á beber al más
cercano, y el otro al otro, y así los demas hasta el cabo. Despues de
muy borrachos todo su negocio es reñir y tomar sus arcos y flechas con
yerba ó sin yerba, como las hallan, y allí se acuchillan y descalabran;
despues de gastado ó apaciguado el calor y virtud del vino, que se
pueden levantar y tornar á sus casas, tornan á cantar otros cantos de
tristeza, y las mujeres muy más tristes debe ser por las borracheras
pasadas. Estiman no ser hombre el que en el beber se templase, porque
les parece que no puede saber las cosas venideras el que no cayere de
borracho.
CAPÍTULO CCXLV.