Declarada la gobernacion y costumbres de las gentes sin número que

aquesta isla Española habitaban, podríamos lo mismo afirmar de la isla

de San Juan, y de la de Jamáica, y de la de Cuba, y de las muchas

otras que llamábamos de los Lucayos, añadiendo á éstas más simplicidad

palomina, más sosiego y más tranquilidad, porque no parecia en algunas

destas islas, en especial Jamáica y Cuba, y las de los Lucayos, sino

que Adan en las gentes dellas no habia pecado. El oficio que tenian los

reyes destos Lucayos era como el de los reyes de las abejas, el cual

no era otro sino tener cuidado de cada uno de los súbditos, como si

fueran todos hijos de un padre; era mayordomo de todos, tenía cargo de

mandar que hiciesen sus sementeras cuanto al pan, que fuesen á cazar

y á pescar, traíanselo todo y él repartia á cada casa lo que habia

menester para sustentarse. Lo mismo hacia en todas las cosas que les

eran necesarias, mandando á cada persona y personas lo que habia de

hacer, y en qué se habian de ocupar; estos vocablos, mio ni tuyo, no

sabian qué fuese, ni qué querian decir. Con ninguna persona de otras

islas tenian pendencia, ni litigio; la palabra del Rey tenian por ley,

y toda su vida no era sino lo que se dice de la edad ó siglo dorado;

todo esto refiere así Pedro Mártir, cap. II, sétima Década. De las

otras islas, como las de Guadalupe, y Dominica, y otras que por aquel

renglero hácia la Tierra Firme de Paria van á dar, tener sus reyes, y

señores, y regimiento para entre sí se gobernar y conservar, no hay que

dudar, pues todas estaban pobladas y llenas de gentes, y conformes en

el bien político, y tambien para hacer á otros mal, por las razones que

arriba trujimos generales, conviene á saber, que sin justicia, ninguna

sociedad, congregacion, ayuntamiento de gentes, república, ni reino, ni

comunidad se puede, junta y en su ser de ayuntamiento, sin desparcirse,

conservar. Pero las costumbres de las naciones que habitaban, y habitan

hoy en aquellas islas, que á los principios que á estas tierras vinimos

llamábamos caníbales, y agora se nombran caribes, son destas otras que

ya nombramos diferentísimas y muy extrañas, porque, segun es pública

voz y fama desde que aquestas Indias se descubrieron, infestan y salen

de sus propias islas y tierras por hacer guerra á los de otras partes,

islas y Tierra Firme, que viven quietas y en paz sin ofender á nadie,

sólo por fin de los prender y traer para comerlos, como otros van á

cazar venados. A esta corrupcion y bestialidad deben haber venido

por alguna mala costumbre que tomaron de alguna ocasion accidental,

que se les ofreció á los principios cuando lo comenzaron, y de allí

usándolo en ellas se fueron confirmando y corroborando tanto, que

se les convirtió en otra como naturaleza, más que por inclinacion y

complixion depravada ni por el aspecto ni influencia de las estrellas;

porque como todas aquellas islas están debajo de un clima, ó cuasi,

con las destas otras, y las gentes desta, y Cuba, y Jamáica, y de los

Lucayos, sean tan bien acomplixionadas, parece que así lo habian de

ser aquéllas, y, por consiguiente, habian de carecer naturalmente de

costumbre tan mala y tan bestial. Ya queda dicho arriba que por tres

maneras pueden los hombres venir, segun el Filósofo, libro VII, cap.

8.º, en aquel vicio de comer carne humana: ó por tener la naturaleza

corrupta, y perversa complixion desde su nacimiento, y ésta les viene

por la indisposicion de la tierra y destemplanza de los aires; ó por

alguna enfermedad de epilepsia, que es gota coral, ó manía, que es

locura, ú otra enfermedad; ó por depravada costumbre, comenzada desde

la niñez, criándose con personas malas que aquellas corrupciones y

bestialidades usaron. Y así, como estas tierras todas sean tan felices

y templadas, y la clemencia de los aires tan suaves y deleitables, y

las constelaciones que influyen sobre ellas por los efectos conozcamos

ser muy favorables, todo por la mayor parte, como por muchas razones

queda en algunos capítulos arriba persuadido, y áun quizá probado,

por ende parece que no debieron incurrir en aquel vicio bestial sino

por costumbre originada y principiada en alguna particular persona ó

personas que hobiesen caido en alguna enfermedad, ó por alguna gran

hambre que hobiese acaecido que los constriñese á comer carne humana,

como muchas veces ha en el mundo acaecido, y nuestros españoles lo han

hecho en estas Indias y en España, segun abajo parecerá, ó por otra

semejante ocasion accidental; ó tambien pudo ser que alguno ó algunos

naciesen con alguna perversa inclinacion y desordenada complixion

diferente de todos los otros, como, errando la naturaleza suelen nacer

los monstruos, que por acaecer muy raro, como de cosa muy nueva y

pocas veces vista, nos maravillamos. De aquestos principios y orígenes

accidentales y raros se puede haber tan mala costumbre derivado, y por

las islas y partes de Tierra Firme, donde se dice aquel vicio usarse,

que de las islas á Tierra Firme, ó de Tierra Firme á las islas, se

haya pegado; finalmente, se hobo entablado, multiplicado y corroborado

sin infamia de los cuerpos celestiales, ni de la clemencia de los

aires, ni del sitio y disposicion de las tierras, ni tampoco de las

complixiones de las gentes, _á toto genere_, y en universal y por la

mayor parte hablando. Las partes de Tierra Firme, donde se ha dicho por

nuestros españoles que comian carne humana, son en algunos lugares, no

en muchos, de hácia y encima de la costa de Paria, y en la tierra del

Brasil, que es la costa adelante hácia el Levante, y en las provincias

de Popayan y otras por allí; tambien por la provincia de Guatemala,

la gente que llamaban los Achíes que por las sierras habitaban; en

la Nueva España no la comian tan de propósito, segun tengo entendido,

sino la de los que sacrificaban como cosa sagrada, más por religion

que por otra causa. En otras muchas é infinitas partes érales cosa

horrible y abominable, como las gentes de la Florida, que llegando los

españoles, que fueron en el desastrado é infelice viaje y conquista,

segun ellos llaman de Pánfilo de Narvaez, á tanto extremo de hambre,

que se comieron unos á otros, viéndolos los indios, de tal manera se

escandalizaron, que si lo vieran al principio, como lo vieron al cabo,

sin duda los mataran, y fuera para otros muchos dellos que habia por

allí vivos mucho daño. Así lo dice Cabeza de Vaca que fué uno dellos,

en su triste itinerario, puesto que no supe si él comió tambien de la

carne humana; y dice que muchos se comieron unos á otros hasta que uno

sólo quedaba, y, como era solo, no habiendo quien lo comiese escapaba:

cuando alguno se moria, el otro ó los otros le hacian tasajos, con

que lo que les duraban se sustentaban. Lo mismo cuenta Estrabon,

libro IV de su Geografía, que acaeció en Francia y en España estando

cercados, haber comídose unos á otros: _In obsidionalibus quoque

necessitatibus idem factitasse Galli et Hispani aliique complures

dicuntur_; y habla de las islas de Inglaterra é Hibernia, cuyas gentes

dice ser _Andropophagi_, que quiere decir comedores de carne de

hombres, y llámalos _manducones magni_, tragones grandes de hombres:

_Andropophagi, id est, hominum carne vescentes manduconesque magni._

Aunque parece atribuirlo segun algunos á los de Hibernia, que está

junto con Inglaterra, pero San Gerónimo, en el libro II contra Joviano,

parece declararlo, donde afirma que siendo él mancebo vido comer carne

humana á los de Escocia (que son ingleses, porque la que agora llamamos

Inglaterra y Escocia no son dos sino sola una Isla, puesto que agora

está repartida en dos reinos y tenga dos reyes): y añade San Gerónimo

más; que las nalgas de los pastores, y los pezones de las tetas de las

mujeres, tenian por más sabrosos y estimaban por sus deleites. Los

Masagetas ningun término tienen de vida, porque, cuando alguno llega á

muy viejo, júntanse sus parientes y con otras bestias lo sacrifican,

cuyas carnes despues de cocidas las comen y hacen gran fiesta, y

este género de muerte tienen por dichosísimo; á los que mueren de

enfermedad, porque los tienen por desdichados en no haber merecido ser

sacrificados, no los comen sino entiérranlos: esto dice Herodoto al fin

del libro I. Y aunque algunas naciones usaron comer carne humana, pero

la fuente de toda esta bestialidad fueron los Scythas, y por ventura

naciones algunas dellos vinieron á poblar parte desta Tierra Firme,

de donde se pegó y cundió á las gentes que por acá la tuvieron esta

pestilencia. Dellos dice Estrabon, libro IV y libro VII, que les fué

costumbre propia comer carne humana: _Atqui commanducandorum hominum

morem Scytharum esse traditur_; más agravia y encarece Solino, cap. 25,

este vicio reinar en los Scythas que otro alguno de los escritores,

porque dice dellos ser impía gente, por tener por manjar las entrañas

de los hombres, y que, por temor de no ser comidos dellos, muchas

gentes de sus al rededores huyeron á otras lejanas tierras, por manera

que habia muy grandes despoblados y desiertos inmensos, por huir

dellos, y lo mismo dice en el cap. 63, donde los llama gente aspérrima;

Pomponio Mela, libro II, cap. 1.º, y libro III, cap. 6.º, hace tambien

mencion dellos. La gente llamada Chalybes, que vive ó vivia en Ponto,

region de Asia la Menor, y fueron los que primero hallaron el hierro,

segun aquello del Virgilio:

_India mittit ebur molles sua thura Sabei_

_Et Chalybes nudi ferrum, etc._

estos, dice Solino, no discrepar de los Scythas en ser crudelísimos,

donde dá á entender ser antropófagos, comedores como ellos de carne

humana; y dice más abajo, que entre los antropófagos comedores de

carne humana, se numeran los Essedones, que de los mismos manjares

se gozan, los cuales tienen una costumbre, que en la muerte de sus

padres, juntados todos sus deudos y parientes, cuando los llevan como

á enterrar, van cantando y regocijándose y con sus propios dientes los

hacen pedazos á bocados, y juntas aquellas carnes con otras de animales

cómenlas haciendo gran convite y fiesta, solamente la cabeza desollada

ó el casco della cubren de oro, y usan della para beber sus bebidas

como de taza ó de copa. Herodoto dice, libro IV, que la tal cabeza ó

casco della dorada tienen por ídolo del padre, y cada año le hacen

sacrificios y ceremonias; y más adelante por aquel libro, dice de los

Melanchlenis, que son pueblos septentrionales, y se llaman así porque

siempre andan vestidos de cosas negras, que comen carne humana. Cierta

gente de la India, que se llaman de Callacia, comen tambien los padres,

segun Herodoto, libro III; y segun Solino, cap. 45, y Pomponio Mela,

libro III, cap. 7.º, no sólo á los padres, pero tambien á los otros

propincuos: y comiendo de sus entrañas hacen gran fiesta, y esto no lo

estiman por crímen, sino por obra de piedad que obran con ellos. Cuenta

Munstero, en el libro V de su Cosmografía universal, que la gente de la

isla Java, que es en la otra mar de Asia la Mayor, solia, cuando veian

los padres muy viejos y que ya no habian provecho dellos, sacarlos al

mercado y vendíanlos á los que allí venian que acostumbraban comer

carne humana, los cuales luégo allí en su presencia los mataban y los

comian como manjar bien sabroso. Refiere asimismo de los Tártaros,

que los cuerpos de los enemigos que cautivan en las guerras, para

mostrar su cruedad, de la cual se jactan, y la venganza que dellos

desean tomar, los asan en un asador al fuego, y, ayuntados muchos para

los comer, con los dientes como lobos los despedazan y así los comen,

habiéndoles bebido primero la sangre. Mucho cruel bestialidad es ésta;

no sé si los caribes destas tierras que della están inficionados pueden

llegar á más ni á tanto, puesto que, si es verdad todo lo que dellos

los nuestros dicen, no es en ellos chica sino grande, sólo quiero que

cojamos de aquí, que no fueron estas gentes solas en este pecado, y que

así como Cristo y su Santa Iglesia á las otras no menospreciaron, y

con la predicacion de la fe aquellos vicios dejaron, como dice Eusebio

y abajo se mostrará, por la misma manera nosotros á éstas no debemos

menospreciar, considerando que quizá tiene la divina Providencia entre

ellos muchos y muy muchos predestinados, que sin alguna duda tiene al

fin de salvar. Y en cuanto á lo que toca al principal propósito que

traemos de la gobernacion, sintamos tambien que aquellas costumbres

corruptas en los que las padecen no derogan, como ni á las antiguas y

modernas de otras partes, á saberse bien gobernar.

CAPÍTULO CCXLII.

Pasadas estas provincias de Guatemala y de la Vera Paz y el reino de

Yucatan, que está en sus espaldas, síguense las que llamamos de Gracias

á Dios y Comayagua, y el valle de Ulancho, y Zula, y Naco, yendo hácia

el Oriente por la tierra dentro, entre las dos mares, y hácia la mar

del Sur la felicísima provincia de Nicaragua, y á la del Norte la de

Honduras y Veragua; y puesto que cuando hablábamos arriba del reino de

Mechocan, digimos que habíamos entendido en la provincia de Honduras

y Nicaragua se elogian ciertos jueces para que gobernasen tantos

meses, debia ser algun pueblo, ó por ventura nos fué aquesto no muy

averiguado. Finalmente, como ya hemos en algunas partes dicho, todas

las Indias parece haber tenido el regimiento real, muy pocas partes

sacadas, y así creo ser averiguado en todas las provincias y reinos

agora nombradas, y las de Tierra Firme desde Paria, Cumaná, Venezuela,

y Santa Marta, y Darien, y el Cenú, y la tierra dentro las provincias

de Popayan, y, sin haber duda alguna, el Nuevo Reino de Granada, que

llamaban en aquella lengua Bogotá, la última sílaba aguda. Todas estas

provincias y reinos tenian sus reyes y señores, á quien obedecian los

pueblos que por señores los reconocian, de cuya manera de gobernacion,

como fueron acabados presto, al ménos los de ambas á dos costas ó

riberas de la mar, yendo de Guatemala por el Oriente hasta Panamá y

Nombre de Dios, y tambien por no haber habido en aquellas provincias

religiosos que para predicalles aprendiesen sus lenguas, los cuales

solos son los que saben y penetran sus secretos, tener noticia no

pudimos; de algunas costumbres cuasi comunes á todos, ó al ménos á

muchos de los que de personas seglares oimos, podemos algo decir. Todas

las gentes, desde Nicaragua hasta el Darien, que eran infinitas, que

hay más de 400 leguas de tierra, andaban desnudos, cuanto á los hombres

todos los cuerpos, sus vergüenzas algunos traian metidas, los pobres

y gente comun, dentro de unos caracoles, otros en unas calabacillas,

otros atadas con unos cordelejos, sumidas todas dentro de las tripas ó

de la barriga, que cuasi cosa dello no parecia, otros en unos embudos

de oro muy bien hechos; las mujeres, desde la cinta abajo, traian unas

faldillejas de algodon hasta la media pierna y más algo, como digimos

de las mujeres que en la Española vivian: las doncellas andaban del

todo, hasta ser casadas, desnudas. Los señores en algunas partes se

vestian unas camisetas de algodon, sin mangas hechas, no muy bajas de

la rodilla. Todos ellos y ellas se adornaban las orejas de zarcillos

tan grandes como manillas, y las narices y los pechos con unas águilas

y collares como medias lunas; joyas de oro cuantas ellos podian haber

traian. Usaban traer los cabellos luengos, pero tranzados y vueltos

para las frentes, como las mujeres de Castilla, y otros ceñíanlos

por el colodrillo; poníanse tambien coronas, y guirnaldas, y unos

brazaletes y patenas de oro muy finos; poníanse en las gargantas de

las piernas y brazos muchas sartas de cuentas de huesos de pescados

y algunas de piedras, las señoras traian una pieza grande de oro, á

manera de peto, señalados en ellos sus pechos y tetas. En las guerras,

los hombres traian sobre sí todas sus más ricas joyas, venian pintados

los cuerpos y gestos de bixa, como digimos de los desta Isla, que es

color bermejo; peleaban con piedras los que iban á la delantera, y

lanzas y dardos tostadas las puntas, y macanas, y arcos, y flechas;

sonaban cornetas de caracoles grandes, y daban grandísimos alaridos

que hacian temblar las carnes á sus enemigos, y aunque en las guerras

eran valentísimos y osaban morir, pero todavía amaban y deseaban

la paz y posesion de sus casas y haciendas. Cuando los señores y

caciques se casaban, guardaban estas ceremonias: Enviaba sus capitanes

y principales hombres por mensajeros al padre de aquella que habia

elegido por esposa, rogándole de su parte que tuviese por bien de

darle su hija por mujer y compañera para cuanto durase la vida, el

cual se la llevaba luégo con gran fiesta y compañía. En otras partes

de por allí enviaban presentes algunos, de caza ó de otras comidas;

acostumbraban algunos otros que despues que el padre de la moza la

concedia, venia el que la deseaba con sus capitanes y compañía á casa

del suegro, y allí concertaban el dote que le habia de dar con ella;

luégo el esposo volvíase á su tierra, de donde por un mes entero le

enviaba un presente cada dia; pasado el mes, volvia muy acompañado á

recibilla, dentro de un apartado ó retraimiento en que se habia criado

y estado encerrada desde niña, sin ser vista, porque ninguno la veia

sino eran unos niños que la llevaban la comida; el suegro dábale lo que

por dote le habia prometido, y cada uno de sus deudos tambien le daba

sus dones segun podia: cortábanles los cabellos por las orejas en señal

de la libertad que en casarse perdia. Pero la gente comun tenía de

costumbre de servir en sus labores un año al padre de la que por mujer

queria, de la manera que Jacob sirvió á Laban por sus hijas Rachel y

Lya; cumplido el año, era ley que luégo se la entregase por pago de su

servicio. Díjose que los señores y los súbditos podian tener cuantas

mujeres con su hacienda ó trabajos sustentar pudiesen. Fuera de madre y

hermana, todos los demas deudos casarse tenian por lícito. Parian las

mujeres cuasi sin ningun dolor, y luégo que acababan de parir se iban

al rio y lavaban á sí é á lo que habian parido. Cerca de los difuntos,

sepultura y entierros, guardaban los ritos y ceremonias siguientes:

Cuando el Rey enfermaba, luégo hacian consultar los sacerdotes ó

hechiceros á sus oráculos, que no eran otra cosa sino los demonios

con quien tenian hecho su pacto y concierto, y si se le respondia

que era enfermedad por la cual habia de fenecer la vida, la mitad de

todas sus joyas y riquezas de oro echaban en el rio cuasi por ofrenda

y sacrificio al agua, que quizá veneraban, ó al dios en que, segun su

opinen, creian. Ya se dijo arriba cómo por mucha parte de las tierras y

provincias de que vamos diciendo adoraban á un solo Dios, que llamaban

Chicuna, que quiere decir principio de todo, que moraba en el cielo,

á quien ocurrian en todas sus angustias y necesidades y ofrecian sus

sacrificios; así que, puede colegirse, que aquella mitad de las joyas y

riquezas ofrecian al principio de todo, que tenian por Dios del cielo,

para que los guiase por su camino. La otra mitad de sus riquezas,

despues que espiraba, con él junto en la sepultura la ponian; hacian

grandes llantos y lamentos cuando el cuerpo metian en la sepultura,

que era, segun dicen, como un silo hueca, hecha encima de las puntas

de los cerros. Heredaba el estado y señorío el hermano y no los hijos,

y por ventura, cuando faltaba hermano, heredaban los sobrinos hijos

de las hermanas, por la incertidumbre que habia de que fuesen los

hijos propios hijos. Esta costumbre tenian las gentes moradoras de

la provincia de Panamá, que agora es puerto del Perú en la mar del

Sur. En otras provincias de la misma tierra que llevamos en la mano,

hacian en los entierros de los señores lo dicho, y añadian enterrar ó

echar con ellos en las sepulturas las mujeres y personas, sirvientes

llamadas, vivas, para que le acompañasen por el camino y sirviesen, y

no les faltase compañía en la otra vida; poníanles tambien mucha comida

y vinos de lo que beber solian. Ponian una estaca de árbol sobre la

punta del sepulcro para señal, que se hace gran árbol en breve dias.

Tornados á casa, sus parientes y amigos se cortaban los cabellos por

luto y tristeza; duraban los llantos y obsequias un mes entero, á cabo

del cual, juntos todos los principales del pueblo, alzaban por señor al

mayor hijo. En otras partes, como en la provincia del Darien, hacian

lo mismo en los entierros de sus señores, pero envolvian los cuerpos

con todas las joyas de oro en unas hamacas hechas de tela de algodon

tejida, que se ponian en el aire (como desta isla Española se dijo,

puesto que las desta Isla no eran de tela sino de hilos torcidos), y en

torno de la hamaca, donde él estaba envuelto, ponian sus armas con que

salia á las guerras, y si era hombre ó persona plebeya, poníanle los

instrumentos del oficio de que vivia. Poníanle tambien mucha comida,

y bebida y cosas de bastimentos; vueltos á casa, los vivos, hacian

grandes meneos y cantos proporcionados á los muertos, y tristes, como

acá hacemos las honras á los que se nos mueren. En aquellos cantos

refieren con lástima los esfuerzos y valentías que habia hecho en

las guerras, y buenas obras en la paz, miéntras vivia; levantaban

por señor al hijo mayor, con todo el poder, dignidad y autoridad que

el padre tenía. Estas obsequias, ó cantares lúgubres, ú honras, como

los cristianos hacemos los aniversarios, estas gentes por todo un

año diz que hacian. Otras gentes de otras provincias desta tierra de

que referimos, cuando el señor cercano á la muerte se sentia mandaba

juntar todos los suyos, para que en su presencia alzasen por señor á su

hijo; despues de muerto llorábanlo terriblemente, y envolvíanlo en sus

propias mantas de algodon, y, liándolo con ciertas cuerdas, poníanlo

en unas parrillas hechas de madera, y debajo encendian fuego manso y

suave, para que poco á poco se le consumiese todo lo que habia en él

húmedo y así quedase todo enjuto y seco; durante aqueste artificio,

cantaban sus endechas de muertos muy tristes, refiriendo las miserias

desta vida, y cuán vil cosa es el hombre pues al cabo aunque suba en

gran prosperidad, y honra, y riquezas, viene la muerte que de todo

le priva. De allí llevábanlo con los mismos cantos de tristeza y

menosprecio del mundo á meter en la sepultura, con todos los esclavos,

que allí ahogaban primero, para que fuesen á servillo; quemaban luégo

las armas suyas y todas cuantas cosas para su servicio tenía, por no

acordarse dél cuando las viesen. Comun fué aquesta costumbre de enjugar

los cuerpos de los muertos al fuego, para que se perpetuasen sin del

todo corromperse, á muchas gentes por muchas provincias de aquesta

tierra. En una provincia della hobo un gran señor llamado Pomogre, muy

nombrado los tiempos pasados, cuando los españoles entraron en ella á

los principios, lo uno por ser valeroso y esforzado de su persona, y lo

otro, y principal, porque de oro era muy rico; éste, sabiendo una vez

que un capitan llamado Vasco Nuñez de Balboa iba en su busca, salióle á

recibir con siete hijos, y, recibido con grande alegría en su pueblo y

casa, comenzóle á mostrar todo cuanto tenía. Su casa era de tan extraña

grandeza, que los cristianos admirados, queriendo medirla, hallaron

que tenía de largo 150 pasos, y de ancho más de 80; era de madera muy

bien hecha y de paja cubierta. Dentro de una sala que estaba en medio

vieron gran número de cuerpos de muertos, secos, colgados de la cumbre,

todos con las joyas y atavíos de oro que siendo vivos en las partes de

sus cuerpos traer solian; todos eran los reyes antecesores de aquel

señor Pomogre. Por manera, que como en otras partes, con bálsamo y

especies aromáticas, sin corrupcion se conservaban los cuerpos muertos,

así aquellas gentes los conservaban con aquella industria de fuego.

Dió de su voluntad este señor á los cristianos 4.000 pesos de oro,

que en aquel tiempo, ántes que el Perú se descubriese, que ha causado

ser poco cuanto oro hay en el mundo, era mucho. Y es bien decir aquí,

aunque fuera de nuestro propósito presente, lo que en presencia del

dicho señor hicieron los cristianos sobre la partija, los cuales,

sobre si luégo allí el oro se partirian, ó lo llevarian para despues

por partir, comenzaron, con palabras recias y meneos, turbados á reñir;

entendiéndolo el hijo mayor de los siete que el señor habia traido

consigo, pone los ojos en el capitan y comenzó á decirle: «Maravillado

estoy, valiente capitan, del mucho caso que de tan poca cosa haceis,

habiendo llegado á punto de os perder como si yo viera que venian

enemigos contra enemigos; si deste oro mucha gana teneis, la cual veo

que no sólo os fuerza á la destruccion destas nuestras tierras, pero

áun á la de vosotros mismos, yo os llevaré á la region de Tubanamá,

donde hartareis vuestra codicia de grandes riquezas; pero sabed que

para llegar allá habeis de pasar por tierra de fieros caribes que comen

carnes humanas, y si vuestra ventura y esfuerzo fuese tal, y trajésedes

1.000 cristianos para que pasásedes á otra gran mar mayor que este

nuestro Océano, mi padre y yo os ayudaríamos con todo lo que pudiésemos

para poner en efecto lo que deseais», etc. Todo esto escribió un

español llamado Tobilla, el cual, segun afirma, hizo diligencia para lo

saber. Contentóse muy mucho destas nuevas Vasco Nuñez y sus compañeros,

y desde allí comenzó á tratar de buscar la mar del Sur, y así fué el

primero que la descubrió el año de 1513, al principio del mes de Junio.

CAPÍTULO CCXLIII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 38 / 41 段