De lo dicho parece que los reyes y señores que hobo en esta Isla, si

mandaban enterrar consigo á sus mujeres ó alguna dellas, no fueron los

primeros que aquesta ley pusieron en el mundo, ni parece haber sido

tan cruel ni más irracional que la que habia en otras partes, ni fué

tampoco en estos reinos general, porque sólo los señores la usaban y no

los particulares, como entre otras muchas gentes por altos y bajos se

acostumbraba, y así en esta parte aquestas, llegarse más cerca de razon

y alongarse más léjos de crueldad que las demas, mostraron. Y si las

mujeres de su propia voluntad, con alegría por morir con sus maridos,

se mataban ó se consentian matar, lo que, como apunté, no averiguamos,

pueden ser alabadas de fieles á sus maridos, y atribuilles corona de

castidad. Todo lo cual no deroga á la buena gobernacion que las gentes

desta Isla tenian, como ni á la de los griegos, si en lo demas era

buena, derogaba, ántes por el contrario en alguna manera la adornaba.

CAPÍTULO CCIV.

Porque las costumbres buenas ó malas de las gentes pertenecen á la

buena ó mala gobernacion, como arriba se dijo, por ende prosigamos

adelante algunas otras costumbres que restan de referir, que los

moradores desta Isla en sus tiempos solian tener. Las mujeres destas

islas, y mayormente desta, era cosa maravillosa con cuán poca

dificultad y dolor parian, cuasi no hacian sentimiento alguno más de

torcer un poco el rostro, y luégo, que estuviesen trabajando y ocupadas

en cualquiera oficio, lanzaban el hijo ó hija, y luégo lo tomaban y

se iban y lavaban á la criatura, y á sí mismas, en el rio; despues de

lavadas daban leche á la criatura, y se tornaban al oficio y obra que

hacian. Lo mismo cuenta el Filósofo en el tractado _De Admirandis in

natura auditis_, que las mujeres Ginovesas hacian, y refiérelo por

maravilla; desto tambien hace mencion Estrabon, en el tercer libro de

su Geografía, y lo mismo cuasi toca de las mujeres de España en alguna

provincia. Tenian tambien de costumbre, cerca de los que enfermaban,

una que juzgábamos entónces los españoles ser bestialísima y apartada

de toda razon, porque ignorábamos el fin que pretendian y lo que usaban

en el mundo otras muchas discretas y políticas naciones; ésta era,

que en enfermando la persona, mujer ó hombre, si estaba muy mala, la

sacaban de casa los parientes y deudos, y la ponian cerca de allí en el

monte; allí le ponian algunos jarros de agua, y otras cosas de comer,

sin que con ella estuviese persona alguna. Creo que la requerian de

cuando en cuando y la lavaban, porque por principal medicina usaban

lavar los enfermos, aunque quisiesen espirar, con agua fria, lo cual,

ó hacian por la continua costumbre que tenian cada hora, estando

sanos, por limpieza lavarse, ó por supersticion, creyendo que el agua

tenía virtud de limpiar los pecados y dar sanidad corporal, como

arriba desto asaz digimos. Debian ponellos apartados en el monte,

porque los enfermos así lo querian, como refieren Solino, cap. 65, y

Pomponio Mela, libro III, capítulo 7.º, de algunas gentes de la India,

conviene á saber, que cuando alguno se hallaba muy viejo ó agraviado

de grande enfermedad, se iba él mismo ó se hacia llevar muy léjos á

lugar apartado y secreto, para morir más sin congoja estando en soledad

y no viendo hijos, ni mujer, ni cosa que pena le diese; y ésto, para

entre gente á cuya cabecera no habian de estar frailes trayéndoles á

la memoria que se acordasen de la pasion de Jesucristo, no era sin

fundamento de prudencia. Podian nuestros indios tener sin éste otros

dos fines ó alguno dellos; el uno el gran miedo que tenian de las

fantasmas de noche, y éstas llamaban hupias, la penúltima luenga, y

hupia no era otra cosa sino el ánima del hombre, porque así llamaban el

ánima, y cuando alguna fantasma les aparecia de noche, con verdad ó que

se les antojaba en la imaginacion, decian que era la hupia, conviene

á saber, el ánima de alguno que á ellos venia; de aquí creíamos

que debia el demonio aparecer algunas veces á algunas particulares

personas, allende los sacerdotes que llamaban behiques, de quien arriba

queda dicho, para los atemorizar, y engañar, y causar algunos malos

prestigios. El otro fin, en sacar los enfermos fuera de las casas y

ponellos en el monte ó apartados de allí, pudo ser aquel que á otras

naciones antiguas movia, ú otro semejante; éste fué para que todos los

que por allí pasasen ó llegasen diesen parecer con qué aquel mal se

curase, si por ventura ellos habian dél sanado habiéndolo tenido. Así

lo cuenta Herodoto de la gente de Babilonia, libro I, conviene á saber,

que tenian una ley sabiamente puesta, por la cual, en cayendo enfermo

alguno lo sacaban luégo á la plaza, para que todos los que allí se

hallasen, y por allí pasasen, diesen parecer sobre aquella enfermedad,

si por caso la habian padecido ó supiesen que otro della hobiera sido

curado, y con qué medicina; y á ninguno le era lícito pasar de donde

hobiese enfermos sin preguntar de qué ó cómo enfermado habian, para

dalles consejo, segun lo que de aquella enfermedad le parecia. Esta ley

ó costumbre, dice Estrabon, libro III de su Geografía, que tuvieron los

Bastetanos, pueblos del Andalucía en nuestra España, y que fué uso muy

viejo de los de Egipto. Algo mejor y más pío era que el que algunos de

la India cerca de sus enfermos tenian: cuenta Herodoto, libro III, que

cuando alguna persona enfermaba, de cualquiera enfermedad que fuese, si

era hombre, los hombres, familiares, y criados, ó deudos suyos luégo lo

mataban, y alegaban que si en él crescia el mal se enflaqueceria, y,

comiendo dél, las carnes dellos se les corromperian, y no aprovechaba

nada que él negase estar enfermo, porque de morir habia, el cual

muerto, con gran fiesta lo comian; y si la enferma era mujer, las

mujeres, criadas, ó sirvientas, ó deudas, lo mismo que los varones

al varon, ellas á ella hacian: á los que llegaban sin enfermedad á

viejos, tambien los mataban, y en convites los comian. Por estas dos

causas, de matar los enfermos y los viejos, entre aquellas gentes se

hallaban viejos por maravilla; todo esto es de Herodoto. Cierto, muy

ajenos de tan crueles bestialidades fueron las gentes inocentísimas

desta Isla, y así, harto ménos bárbara gobernacion que otras naciones

tuvieron, éstas tenian. Otra manera tenian de curar los enfermos los

desta Isla; ésta era, que los sacerdotes ó hechiceros, que arriba

digimos llamarse behiques, les tomaban los brazos desde los hombros,

con ambas manos, estregándolos y soplando, y lo mismo las piernas, y

por todo el cuerpo, cuasi como que con aquel estregar y soplar echasen

el mal fuera, y esto creo hacian entender á la simple gente, y por

ventura decian algunas palabras llamando al demonio, con quien debian

tener hecho pacto. Cerca de los muertos, no supimos más sino que los

enterraban en sepulturas, creo que en el monte, apartados de la casa

donde morian, por el miedo que habian de las fantasmas como se dijo;

por luto se tresquilaban, y esta fué costumbre de los Mylesios y de

otras muchas gentes, como refiere Alexander ab Alexandro, libro III,

cap. 7.º Otras costumbres tenian estos indios no muy limpias, cuanto

al comer, segun la limpieza de que hoy las gentes políticas usamos;

pero sí señalaremos haber tenido algunas gentes las mismas y otras

peores, no nos maravillaremos dellas. Una era, que de los conejos que

cazaban y tenian por nombre hutías, y de las otras cosas vivas, ninguna

cosa de lo que tenian dentro, como eran las tripas, rellenas como se

estaban, ni de lo de fuera sino era el pelo sólo, desechaban; y así

ponian en sus cazuelas las tripas con el estiércol que tenian, sin

lavarlas, donde las cocian con su pimienta y otras yerbas y cosillas

que allí mezclaban, y despues de cocidas las yantaban. Esta, cierto,

por gran suciedad debe ser tenida, y lo es, porque parece que causa

horror y asco naturalmente á la complixion humana; pero si consideramos

los que se mantenian de carnes de serpientes y dragones, animales

tan horribles naturalmente á los hombres, parece que la naturaleza

es aparejada para engendrar mucho más horror y más vehemente asco, y

hacer á éstos excusados. Aquéllos son una gente que llaman los autores

Trogloditas, pueblos de Africa ó de Etiopía; así lo toca la divina

Escritura en el Salmo 73: _Tu confregisti capita draconis dedisti

eum escam populis Ethiopium_: tráelo Herodoto, libro IV, donde dice

que todo género de culebras, lagartos, y de los animales que andan

rastreando por el suelo, comen. A los dragones quítanles ciertas partes

negras, donde saben que tienen la ponzoña, mayormente las lenguas, y

todo lo demas comen sin peligro; desto tambien son testigos Solino,

cap. 44, y Pomponio, libro I, cap. 8.º Cuanto á lo que toca á la

suciedad de comer aquellos rellenos estas gentes, quiérolas más excusar

con otra más sucia obra que hacian mis españoles, porque aprendamos

á no menospreciar nacion alguna por barbáricas costumbres que tenga,

ni pensemos que, por tenellas cuan barbáricas sean, luégo nos deben

sujecion y podemos maltratallas, ántes conozcamos la inmensidad de la

deuda que á Dios debemos en sacarnos con su evangélica predicacion

y doctrina de tanta y mayor ceguedad y barbaridad, y no cesemos de

darle gracias. Cuenta Estrabon, libro III, página 110 de su Geografía,

y Diodoro, libro VI, cap. 9, una costumbre de los españoles, aunque

no de todos, tan vil y tan sucia, que no creo que bárbaro alguno

del mundo tuvo jamás otra tal ni que tanto asco causase, la cual es

esta, y sea referida salva toda honestidad y reverencia: Tomaban de

los orines que estaban muy podridos en las letrinas que llamamos

necesarias, y con ellos los cuerpos se lavaban. Otra era peor y más

abominable, conviene á saber, que con la misma suciedad y estiércol

de los hombres, así podrida y antigua, bien majada, los maridos y las

mujeres se limpiaban muy bien los dientes; porque se vea qué tales

estarian los labios y los carrillos por de dentro, y áun tambien los

paladares: de lo cual escarnece harto Estrabon, y dice que vivian

vida con costumbres brutales y depravadas. De aquí se suelta una duda

que un religioso y varon de mucha bondad tuvo, cerca de los indios

moradores de la provincia de Cumaná, Tierra Firme, cuya vecina era la

isleta de Cubagua, donde solian las perlas pescarse; este religioso,

viendo aquellos indios traer siempre aquellas yerbas, que arriba

digimos causarles una costra muy negra en los dientes, dudaba y decia

que aquella costumbre tan sucia y fea era grande inconveniente para

que aquellas gentes recibiesen el Santo Sacramento del altar, y, por

consiguiente, tenian impedimento para que la fe se les predicase.

Cuanto á lo de recibir el Santo Sacramento decia muy gran verdad,

porque si aquella costumbre despues de la fe recibida les durara, eran

indignísimos de ser absueltos en el Sacramento de la confesion, y

mucho más indignos de comulgar, porque fuera grandísima irreverencia,

é indecencia y crímen muy grande, llegarse con bocas tan sucias al

santo altar; pero, cierto, harto más indecentes y sucias, sin alguna

comparacion, eran las bocas y todos los cuerpos de mis españoles,

lavándose con aquel agua de azahar y limpiando los dientes con aquellos

confites molidos de anís ó de culantro preparado. Y esto supuesto,

podráse bien responder á la duda de aquel padre, lo primero, que no

se les habia de dejar de predicar la fe por aquella y ni por otras

tachas peores que tuviesen; lo segundo, pues que con la predicacion

y doctrina de nuestra santa fe se quitó á nuestros españoles tan vil

y tan sucia costumbre, y más impeditiva de llegarse dignamente al

Santo Sacramento que la de los indios de Cumaná, que tambien, con

la misma fe y doctrina, la suya con el favor divino se les quitara,

si la diligencia debida hobiera habido. Otra costumbre tuvieron los

desta Isla, tan poco limpia, y era que comian los piojos de la cabeza,

porque decian que aquéllos no eran otra cosa sino de su carne y sangre

nascidos, y que por eso la carne y sangre suya se restituian; no fueron

éstos solos en el mundo, porque la tuvieron y tienen hoy los Tártaros,

segun Mustero, en el libro V de su universal Cosmografía, los cuales

se comen los mismos piojos unos á otros, no sólo de la cabeza pero

de cualquiera parte donde los crien, y comiéndolos dicen aquestas

palabras: «Así haré á mis enemigos». Esta costumbre tambien tuvieron

los Budinos, pueblos de Scythia, segun Herodoto, libro IV; de aquella

gente habla Plinio, libro IV, cap. 12. Tenian otro uso nuestros indios,

que parecia vicio, pero no por vicio sino por sanidad lo hacian, y

éste fué que acabando de cenar (cuya cena era harto delgada), tomaban

ciertas yerbas en la boca, de que arriba digimos parecer á las hojas

de nuestras lechugas, las cuales primero las marchitaban al fuego y

envolvíanlas en una poca ceniza, y puestas como un bocado en la boca

sin tragallo, é idos al rio, que siempre lo tenian cerca, les provocaba

echar lo que habian cenado, y despues de lavados volvíanse y tornaban á

hacer colacion; y como todo el comer dellos fuese siempre de dia y de

noche, tan poco y de tan pocas cosas, parece claro que no lo hacian por

glotonía sino por hallarse más ligeros y vivir más sanos. No lo hacian

así algunos, al ménos uno conocí yo, de los nuestros españoles, y áun

era harto persona honrada, del cual se decia que tomaba las mismas

yerbas y hacia el efecto de los indios, por tornar otra vez á cenar.

Destos eran los que por hartar su gula dividieron la tragantonería en

cuatro miembros, en almuerzo, yantar, cena, y comensacion ó colacion

segun decimos; destas cuatro paradas de gula usaban los antiguos

griegos, segun escribe Philemon, y porque la colacion ó comensacion

era más excesiva que la cena, tenian necesidad de vomitar lo que

habian cenado cada hora. Destos tales dijo Séneca, _Edunt ut vomant,

vomant ut edant_, y llamábanse gormadores; desto trata largamente

Celio, libro XXVIII, capítulo 2.º Y así parece cuánta ventaja hicieron

aquellos griegos, y otras naciones tambien del mundo, á éstas en las

glotonerías y excesos execrables de la gula, porque su comida destas,

puesto que luégo de mañana almorzaban y luégo íbanse á trabajar en sus

labranzas ó á pescar, ó á cazar, ó hacer otros ejercicios, despues al

mediodía yantaban, y comunmente lo demas que restaba del dia gastaban

en bailes, y cantos, ó en jugar á la pelota, á la noche cenaban, y á

la postre hacian la susodicha colacion, era, digo, toda esta su comida

tan liviana, que, como ya se dijo arriba, toda era sin encarecimiento

muy poco ménos que la penitencia que hacian en el desierto los Santos

Padres. Comian carne de aquellos animalicos que parecian ratones,

comian pescado de los rios con el pan cazabí, comian por fruta de las

raíces llamadas ages y batatas, que son como quien come turmas de

tierra ó como nabos, aunque harto mejores y de mejor sabor; todo en tan

poca cantidad, que tengo por cierto cualquiera de nosotros comer más

en una comida que dos dellos en cuatro. Las cosas cocidas que comian

eran siempre con mucha de la pimienta que llamaban axí, la última

sílaba luenga, y más comun que otro manjar era cocer mucha junta de la

dicha pimienta, con el sabor de sal y del zumo de la yuca ó raíces de

que hacian el pan cazabí, que digimos arriba servir de vinagre, y esto

comian como quien come berzas ó espinacas bien guisadas. Cazaban los

animalillos dichos quemando los yerbazales y atajándolos muchos indios

juntos dellos, porque no criaban en cuevas como nuestros conejos, sino

en la haz de la tierra entre la yerba. Pescaban con redes muy bien

hechas en los rios, y en la mar los que la alcanzaban, con anzuelos

hechos de huesos de pescados; tambien con flechas á los pescados

grandes; eran grandes y maravillosos nadadores. Tenian sus barcos, como

queda dicho, hechos de un madero cavado que llamaban canoas, donde

cabian 50 y 100 hombres, y destos se usan en todas estas Indias; los

remos son como palas de horno, aunque las puntas agudas y muy bien

hechos. Destos mismos barcos usaban en España los antiguos, en especial

en el Andalucía, segun Estrabon, libro III, y áun de pellejos hacian

los barcos, hasta que vino á España Bruto, de Roma, segun el mismo

dice. Eran muy amigos de sus bailes, al son de los cantos que cantaban

y algunos atabales roncos de madera hechos todos sin cuero ni otra cosa

pegada; era cosa de ver su compas, así en las voces como en los pasos,

porque se juntaban 300 ó 400 hombres, los brazos de los unos puestos

sobre los hombros de los otros, que ni una punta de alfiler salia un

pié más que el otro, y así de todos. Las mujeres por sí bailaban con el

mismo compas, tono y órden; la letra de sus cantos era referir cosas

antiguas, y otras veces niñerías, como «tal pescadillo se tomó desta

manera y se huyó», y otras semejantes, á lo que yo en aquellos tiempos

entendí dellos. Cuando se juntaban muchas mujeres á rallar las raíces

de que hacian el pan cazabí cantaban cierto canto que tenía muy buena

sonada. Era bien de ver cuando jugaban á la pelota, la cual era como

las de viento nuestras, al parecer, mas no cuanto al salto que era

mayor que seis de las de viento; tenian una plaza comunmente ante la

puerta de la casa del señor, muy barrida, tres veces más luenga que

ancha, cercada de unos lomillos de un palmo ó dos de alto, salir de

los cuales la pelota creo era falta. Poníanse 20 y 30 de cada parte,

á la luenga de la plaza; cada uno ponia lo que tenía, no mirando que

valiese mucho más lo que el uno más que el otro á perder aventuraba,

y así acaecia, despues de que los españoles llegamos, que ponia un

cacique un sayo de grana y otro metia un paño viejo de tocar, y esto

era como si metiera cien castellanos. Echaba uno de los de un puesto

la pelota á los del otro, y rebatíala el que se hallaba más á mano,

si la pelota venia por alto, con el hombro, que la hacia volver como

un rayo, y cuando venia junto al suelo, de presto, poniendo la mano

derecha en tierra, dábale con la punta de la nalga, que volvia más que

de paso; los del puesto contrario, de la misma manera la tornaban con

las nalgas, hasta que, segun las reglas de aquel juego, el uno ó el

otro puesto cometian falta. Cosa era de alegría verlos jugar cuando

encendidos andaban, y mucho más cuando las mujeres unas con otras

jugaban, las cuales no con los hombros ni las nalgas, sino con las

rodillas la rebatian, y creo que con los puños cerrados; la pelota

llamaban en su lengua batéy, la letra _e_ luenga, y al juego, y tambien

al mismo lugar, batéy nombraban. Concluyendo con las costumbres de las

gentes desta Isla, segun lo que acaso y no de industria en aquellos

tiempos supimos, y que agora tan tarde nos acordamos, su contar no se

extendia á más de los dedos de las manos y tambien los de los piés,

y así de veinte no pasaba; hasta diez tenía cada número su nombre,

como á uno decian hequetí, la última luenga, por dos decian yamocá,

por tres canocúm, las últimas luengas tambien, por cuatro yamoncobre,

la penúltima luenga, etc.; los otros, hasta diez, se me han olvidado:

si habian de significar once ó doce ó más, juntaban ambas manos, y

apartaban uno ó dos ó más dedos de los piés, y si querian decir veinte,

señalaban piés y manos. Esta simple y corta manera de contar les

bastaba para cumplir con su simplicidad y natural necesidad, como todas

las cosas para la vida necesarias tuviesen presentes y en abundancia,

y no hobiesen de ir á tratar en Flandes como los burgaleses, ni tener

como ellos libros de caja; como bastaba á los Albanos habitadores de

Albania, cerca de Armenia, contar hasta ciento porque no sabian contar

más, segun dice en el libro XI Estrabon. Y ciertamente, ésta y todas

las otras costumbres arribas contadas, tampoco polidas y delgadas

de las gentes desta Isla, ninguna cosa derogaban á su gobernacion

buena, pues tenian en abundancia todo lo necesario á la vida humana,

y vivian en paz y quietud sin hacer daño alguno á nadie, y carecian

de mil abominaciones y abusos irracionales, y no ménos innaturales

y bestiales, como de otras muchas hemos contado. En todo lo cual

queda manifiesta la gran ventaja que á todas ellas hicieron, y, por

consiguiente, con legítima razon les podemos atribuir lo que algunas

veces oí decir (como arriba he dicho) á los nuestros españoles: Que

cuanto á lo natural, y que se podia sufrir sin fe y conocimiento de

Dios, ellos eran bienaventurados.

CAPÍTULO CCV.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 37 / 41 段