Probado en los precedentes capítulos generalmente haber tenido

todas estas gentes buena gobernacion y guardando entre sí todas las

especies y distinciones que suelen hacerse de justicia, por argumento

fortísimo, conviene á saber, mostrando que, si de otra manera fuera,

sustentarse tanta gente junta, y en tan grandes poblaciones y ciudades,

á vivir vida social y política, como los hallamos que vivian mucho

y largo tiempo, fuera imposible, de aquí adelante, para prosecucion

desta sexta parte, que el Filósofo asigna que ha de tener la ciudad

ó república bien ordenada, y por sí suficiente, que es tener jueces

y quien gobierne, y que la gobernacion sea justa y cual conviene á

la buena policía, queremos referir en particular la gobernacion y

regimiento (segun que muchas veces vimos, y en las partes donde no

estuvimos tuvimos noticia, dada por personas fidedignas y religiosas

de Santo Domingo y San Francisco, y tambien buenos seglares), que las

gentes de todas estas Indias tenian en islas y Tierra Firme; donde

tambien contaremos sus costumbres, porque á la mala ó buena gobernacion

parece pertenecer. Y porque no gastemos tiempo en tratar de las tres

diferencias de gobernacion susodichas, pues deste trabajo ellas mismas

nos han librado, esto debemos suponer, que en todas estas Indias,

universalmente, si no fué en muy pocas provincias ó cuasi ningunas,

las cuales nombraremos á su tiempo si Dios quisiere, no tuvieron otra

especie de principado y gobernacion sino de las tres susodichas la

primera, conviene á saber, la de uno que es rey y reino, la cual es

la más natural y entre todas la más excelente, y semejante á la con

que el padre rige y gobierna á sus hijos; así lo afirma y prueba el

Filósofo, libro VIII, capítulo 7.º de las Eticas. De donde parece

cuánto más siguieron estas naciones lo más natural y mas razonable

de los principados y regimientos, en sus policías, que otras muchas;

y esto, argumento es no débil de su buen juicio y prudencia natural,

y mejor que en las otras, pues hallaron y escogieron lo mejor, y más

perpetuo y más seguro, para el gobierno de sus repúblicas, entre las

cosas más necesarias para las perpetuar, lo que no hicieron muchas

otras. Supuesto, pues, que fueron gobernadas y regidas por uno que

es rey, comencemos á ejemplificar, como solemos, por esta felicísima

isla Española. En ella cognoscimos cinco principales reyes que la

gobernaban principaban y regian, cuyos nombres eran: del primero,

Guarionex, que reinaba en todo lo más felice de toda la Real Vega, de

que arriba tantas excelencias digimos; del segundo, Guacanagarí, y

éste principaba en lo postrero della, que llamaban Marien, y éste fué

el primero que trató cristianos, porque allí fué á parar el almirante

don Cristóbal Colon que descubrió estas Indias, y recibió él, y todos

los cristianos que con él venian paternal, y gracioso, y admirable

recibimiento, y no pagables, y áun no pagados ni agradecidos despues,

muchos beneficios. El rey tercero se llamaba Behechío, la penúltima

luenga, y reinaba en la provincia llamada Xaraguá, en la parte del

Occidente; este Rey tenía una hermana que habia por nombre Anacaóna,

en la penúltima el acento, mujer de gran prudencia y autoridad, muy

palanciana y graciosa en el hablar, y en sus meneos, y que fué muy

devota y amiga de los cristianos desde que los comenzó á ver y á

comunicar con ellos. El cuarto rey fué Caonabó, la última luenga, que

señoreaba en la provincia llamada Maguana, contérmina ó que partia

términos con la de Xaraguá, y oriental á ella; éste fué valerosísimo y

esforzado señor, y de mucha gravedad y autoridad, y segun entendimos

los que á los principios á esta Isla vinimos, era de nacion Lucayo,

natural de las islas de los Lucayos, que se pasó dellas acá, y por

ser varon en las guerras y en la paz señalado, llegó á ser rey de

aquella provincia, y por todos muy estimado. Díjose tambien que fué

casado con la dicha señora, hermana del rey Behechío, Anacaóna. El

quinto rey ó reino, fué del todo oriental, cuya tierra se nos ofrece

primero cuando á esta Isla venimos de Castilla, que llamaban los indios

Higuéy, la letra _e_ luenga, y el nombre del rey era Higuanamá, la

última luenga tambien; y en nuestro tiempo reinaba una mujer vieja,

muy vieja, puesto que no supe, cuando lo pudiera saber, si este nombre

Higuanamá fué propio de aquella Reina ó comun de los reyes de aquel

reino, como los reyes de Egipto se llamaron todos Faraones, como se

llamaban reyes. Los señores que á estos cinco reyes obedecian eran

innumerables, y yo conocí grande número dellos, y no poco señores

sino que tenian súbditos infinitos. Decíase tener Guarionex, rey de

la Vega Real, otro rey ó señor por vasallo, entre otros, llamado

Uxmatex, que señoreaba en la provincia de Cibao (que digimos arriba

llamarse Haytí, la última aguda, de donde se denominó toda esta Isla),

que cuando lo llamaba el rey Guarionex le venia á servir con 16.000

hombres de pelea. El rey ó señor que principaba en la provincia de

Haniguayaba, tengo presuncion que era señor y rey libre por sí; la

razon que me mueve es, por estar aquella provincia al último cabo y más

occidental desta Isla, bien 50 y más leguas del reino ó de la ciudad

real de Xaraguá, donde tenía principalmente su silla el rey Behechío,

y porque habia muchos señores otros en aquella provincia, que parece

haber sido súbditos de Haniguayaba, y militar debajo de su señorío,

y por ventura fué lo mismo en otras partes desta Isla, sino que de

sabello en aquellos tiempos poco cuidado tuvimos: como el rey ó señor

de los Ciguayos, llamado Mayobánex, la penúltima luenga, que no fuese

subjecto al rey de la Vega, Guarionex, puesto que, por librar de la

prision ó persecucion que los españoles hacian á Guarionex, padeció

grandes trabajos haciéndoles muchas guerras, no sé decir si lo hacia

como por su rey y señor, ó como á quien puesto en gran necesidad se le

habia encomendado. Lo mismo pudo ser en el reino ó provincia de Higuey,

donde habia muchos señores, y en especial uno que se llamó Cotubanamá,

la última luenga, que yo bien conocí, de quien arriba hablamos; éste

fué valentísimo hombre, y de gran gravedad y autoridad, y se defendió

valerosísimamente muchas veces y por muchos dias, con su persona y

gente, de los cristianos que le hicieron guerra, del cual hablaremos

más largo, si place á Dios, en nuestra Historia general, libro II; así

que no sabré afirmar que fuese súbdito á la reina Higuanamá. Habia

en esta Isla y en cada reino della muchos nobles y estimados por de

mejor sangre que los demas, y que tenian cargo sobre otros como de

regillos y guiallos; éstos, en la lengua comun desta Isla, se llamaban

nitaynos, la _y_ letra luenga, nobles y principales. Tres vocablos

tenian con que pronunciaban el grado y la dignidad ó estado de los

señores, el uno era Guaoxerí, la última sílaba luenga, el cual ser

el menor de los tres grados, como nosotros decimos á los caballeros

«vuestra merced», significaba; el segundo era Baharí, la misma última

luenga, y éste como á mayor señor que el primero, como cuando á los

señores de título decimos «señoría», ellos Baharí lo llamaban; era el

tercero y supremo Matunherí, asimismo el acento en la postrera sílaba,

que á solos los reyes supremos, como nosotros á los reyes decimos

«Vuestra Alteza», ellos Matunherí lo aplicaban. Entre todos estos cinco

principales reinos, fué el más ilustre el del rey Behechío, en aquella

provincia ó ciudad real de Xaraguá, porque tuvo muy muchos señores

que á su reino y jurisdiccion suprema pertenecian; y eran por todos,

si no me engaño, por lo que despues vimos, más de 100 y quizás más de

200, porque hobo, señaladamente en aquellas provincias de al rededor

de Xaraguá, mucha nobleza. Excedian todas las gentes deste reino de

Behechío á todas las desta Isla, en la lengua ser más delgada y de

mejores y suaves vocablos polida; excedian lo mismo en ser hombres

y mujeres de más hermosas facciones, y disposicion natural de los

cuerpos y gestos que era cosa de maravilla. Yo cognoscí y vide algunos

años despues que á esta Isla vinimos una villa, en el mismo asiento

que el rey Behechío tuvo su casa real, de 60 ó 70 españoles vecinos,

casados todos con de aquellas señoras ó mujeres de los señores ó hijas,

que eran tan hermosas, cuanto podian ser las más hermosas damas que

hobiese en nuestra Castilla. Señaladas fueron algunas en hermosura

en el reino de Guarionex y en otras partes desta Isla, pero no tan

en comun y general como las gentes del reino de Behechío; en otras

muchas cosas eran estas gentes más polidas, por las cuales habia entre

nosotros tal manera de decir, que aquel reino de Xaraguá era la corte

desta Isla. Todas estas gentes vivian desnudas, los hombres desde los

piés hasta la cabeza, las mujeres casadas, desde algo más abajo de la

cinta hasta la rodilla, poco más y algo ménos, con cierta manera de

faldillas hechas y muy bien hechas de algodon, se cubrian; y puesto

que por toda esta Isla se hacian éstas de algodon y las hamacas en que

dormian, pero en hacer y labrar cosas de algodon, la gente de Xaraguá

era la prima. Todas las doncellas vírgenes, miéntras lo eran, ninguna

cosa de sus cuerpos se cubrian; las camas en que dormian, que llamaban

hamacas, eran de hechura de una honda, cuanto á lo ancho, puesto que

aquello ancho tenía un estado y medio y dos estados, y uno de longura,

y todo de hilos de algodon torcidos, no como red atravesados, sino á

la luenga extendidos; atravesaban por todo lo ancho ciertas tejeduras

de otros hilos, como randas, de dos dedos en ancho, y habia de una á

otra, por respecto de lo luengo que tenía toda ella, un palmo y más

y ménos; á los cabos de la longura de toda ella, que digimos tener

un estado, quedan muchas asas, un palmo de luengo apartadas de la

postrera randa, y estas asas son de todos los hilos que la hamaca en el

luengo tiene, y en esto no es como honda que tiene solamente un ramal

ó cuerda de una parte y de otra: allí, en cada una de aquellas asas,

ponen unas cuerdas muy delgadas y bien hechas y torcidas, de mejor

materia que de cáñamo pero no tan buena como de lino (y ésta llaman

cabúya, la penúltima luenga), de la manera puestas como si quisiésemos

ponellas en las mallas cabeceras de una red cuadrada, de un cabo y de

otro, para haber de colgar la red de ambas partes y que quedase en el

aire suspendida. Estas cuerdas son tan luengas como una buena braza,

las cuales van á juntarse al cabo como una rosca chica y áun como una

manilla; de aquellas dos roscas ó manillas se asen con otras cuerdas

recias, de gordor de un dedo, muy polidamente hechas, mejor que la

hechura de trenza, y átanlas á sendos palos de una parte y de otra, y

queda en el aire suspensa, y así se echan en ella, que es buena cama

y limpia para tierra donde no hace frio. Tiene más, que siendo de dos

estados de ancho y uno de luengo, como dije, no pesa toda ella ocho

libras, y puédenla llevar debajo del sobaco; finalmente, para por

camino es propísima. Tres lenguas habia en esta Isla distintas, que la

una á la otra no se entendia; la una era de la gente que llamábamos del

Macoríx de abajo, y la otra de los vecinos del Macoríx de arriba, que

pusimos arriba por cuarta y por sexta provincias; la otra lengua fué

la universal de toda la tierra, y ésta era más elegante y más copiosa

de vocablos, y más dulce el sonido; en ésto, la de Xaraguá, como dije

arriba, en todo llevaba ventaja y era muy más prima.

CAPÍTULO CXCVIII.

La gobernacion que estos reyes y todos los señores inferiores por

toda esta Isla puesta tenian, era naturalísima, porque en ninguna

cosa de la paterna que los padres usan con sus hijos, teniendo fin

principalmente al bien dellos como libres, diferia; tratábanlos como

si todos los súbditos fueran sus propios hijos, y ellos como á propios

padres, por amor y no por temor, los reverenciaban y obedecian; y en

tanto grado amaban los indios á sus reyes por la dulce gobernacion y

obras de padre que dellos recibian, que cuando los señores andaban

escondidos por los montes, huyendo de los españoles, mandaban á sus

indios, que si alguna vez los españoles alguno dellos tomasen, que por

ningun tormento que les diesen los descubriesen, y así lo hacian; y que

cuando los llevasen atados, hallando algun despeñadero, se derrocasen

de allí abajo, y llevasen, si pudiesen, el español ó españoles que

los llevaban atados, consigo: poníanlo así por obra sin faltar un

punto, y esto es certísimo. Y era tanta la humanidad que los señores

usaban con sus vasallos y súbditos indios, que sin punta ni resabio

de presuncion alguna, no sólo junto con ellos y á la mesa, pero del

mismo plato ó vaso en que los señores comian, que comiesen y tomasen

por su mano el manjar los admitian, y esto vide yo muchas veces, y así

hablo como testigo de vista. No debe parecer poquedad esta tan humilde

conversacion ó comunicacion destos reyes y señores con sus súbditos,

pues los antiguos reyes tan humilde y moderado estado tenian, que

segun Herodoto, libro VIII de su Historia, sus propias mujeres les

guisaban la olla y lo que habian de comer: y en aquellos tiempos se

puede presumir que los súbditos podian comer con los reyes, y pluguiera

á Dios que todos los reyes vivieran hoy, y de vivir en tal simplicidad

fueran contentos, porque harto mejor que hoy le va al linaje humano le

fuera. Y siendo, como eran, estas gentes tan sin número en esta Isla,

y que un rey y señor tenía en su reino y señorío infinitos, no pasaba

más trabajo en los gobernar que un padre de familias tiene con su casa

sola, mujer é hijos; y cierto, no en muchas partes del mundo se hallará

esta maravilla. No se sabía qué cosa fuese hurto, ni adulterio, ni

fuerza que hombre hiciese á mujer alguna, ni otra vileza, ni que dijese

á otro injuria de palabra y ménos de obra, y cuando alguna vez por gran

maravilla recibia enojo alguno de otro, la venganza que dél tomaba era

decille, si era zarco de los ojos, buticaco, que quiere decir, anda,

para zarco de los ojos; y si tenía los ojos negros, xeyticaco, y si

le faltaba algun diente, mahite, anda, que te falta un diente, y así

otras injurias desta manera. Y es verdad, como arriba en un capítulo

dije, que habia veinte años que yo estaba en esta Isla, y nunca ví

reñir en ella, ni en otra parte, indio con indio, sino una vez en la

ciudad de Santo Domingo, que vide reñir dos, y estábanse dando el uno

al otro con los hombros ó con los codos, estando quedas las manos, que

no mataran una mosca si donde se daban con los hombros la tuvieran;

entónces yo, admirado de ver cosa tan nueva, llamé á ciertos españoles

que allí estaban, haciendo testigos. En lo de hurtar, doy testimonio

de lo que muchas veces por los ojos vide, y esto es, que no teniendo

puertas en las casas, ni arcas, ni llaves, ni cerraduras, como entónces

no las teníamos, se andaban los talegones llenos de oro, y áun no de

granos para que estuviesen contados, sino menudo como si fuera molido,

en especial en las minas, en unos como dornagillos hechos de ciertas

hojas de palma, donde poníamos nuestras ropillas, que tambien por

aquellos tiempos eran pocas, y metiendo las manos cada hora los indios

que teníamos en casa muchas veces al dia, y trayendo cada hora de una

parte á otra los talegones, con 500, y 600 y 1.000 castellanos que

tenian, nunca se halló que un grano ni una punta hiciese ménos algun

indio, ni tal sospecha en nosotros caia. Y cierto, con mucha verdad

podemos decir de aquellas gentes lo que por refran suele decirse,

haber sido tan fieles y tan sin sospecha de hacer ménos cosa alguna,

que se les podia fiar, como infinitas veces se hizo, oro molido. Asaz

hobo gentes por el mundo á quien hicieron estas ventaja en carecer

deste vicio de hurtar; entre los alemanes harto usado era, y ni pena

ni alguna infamia incurrian si hurtaban fuera de su ciudad, decian que

aquello era para ejercitar los mancebos, porque no fuesen perezosos

y cobardes; tampoco tuvieron por pecado matar hombres, segun cuenta

Julio César, libro VI, _De Bello gallico_. Aulo Gelio, libro XI, cap.

18, dice, los Lacedemonios tener por gran honra y gloria ser los

mancebos ladrones, porque con aquel ejercicio aprendian á ser sotiles

y saber muchas maneras y cautelas, y hacerse á los trabajos para las

guerras, con tanto que no hurtasen por hacer mal ni por ser ricos.

Allí dice ser tambien lícito el hurtar en Egipto, y Diodoro, libro

IV, cap. 3.º, afirma que habia en Egipto una ley que mandaba, cuando

alguno quisiese darse al oficio de hurtar, fuese ante el Sumo de los

sacerdotes y dijese su propósito, y diese por escrito su nombre, y

todo lo que hurtaba lo habia de presentar ante el Sumo sacerdote;

lo mismo los dueños de las cosas hurtadas, en hallándolas ménos, se

habian de presentar y escribir sus nombres, y declarar las cosas que

les faltaban, con el dia y la hora que les faltaron: esto así hecho,

de las cosas hurtadas sacábase la cuarta parte para el ladron, y lo

demas el dueño lo llevaba. Daban la razon desta ley los Egipcios; que

como fuese imposible excusarse los hurtos, era mejor excusarse algun

daño que no perdello todo al que se lo hurtaban: otras muchas naciones

fueron vencidas deste vicio. Eran tan honestos cuanto al conversar con

sus mujeres que nunca hombre de los españoles vido ni oyó decir que

se sintiese algun acto dellos tocante á la tal conversacion, burlando

ni de veras. Cuanto al vicio nefando, es verdad lo que aquí afirmo,

que, en muchos años que tuve cognoscimiento destas gentes y traté

con ellas, nunca sentí, ni entendí, ni oí, ni sospeché, ni supe que

hombre de los nuestros sintiese, ni entendiese, ni sospechase, ni oyese

decir que indio alguno de toda esta Isla tal pecado cometiese, y ha

más de treinta años que caí en hacer particular inquisicion dellos; y

confesando á una señora india, viuda y vieja, bien antigua, que habia

sido casada con un español de los antiguos que yo cognoscí, preguntéle

si en los tiempos pasados, ántes que viniésemos los españoles á esta

Isla, habia algo de aquel vicio, respondióme que no, porque, si algun

hombre hobiera maculado dello, las mujeres (dijo ella), á bocados lo

comiéramos ó lo matáramos, ó otras semejantes palabras que me dijo.

Finalmente, que deste pecado y de comer carne humana, y de otra

semejante desvergüenza y miseria, fueron limpísimos y exentísimos

los habitantes desta Isla. No se jactarán de la carencia deste vicio

los sabios de Grecia, que cada uno tenía su mozo por mancebo, y

tampoco los franceses, entre los cuales los mozos se casaban unos con

otros sin vergüenza y sin pena; así lo refiere Eusebio, libro VI,

cap. 8.º _De Evangelica præparatione_. Y es cierto lo que arriba en

cierto capítulo dije, y quiérolo repetir, que algunas veces oí decir

á algunos españoles destas gentes (aunque para dejallos de fatigar

en los trabajos, tenian, segun creo, poca piedad dellos): ¡oh qué

gente tan bienaventurada era ésta, si cognoscieran á Dios y tuvieran

nuestra fe! No mirando más de aquello que veian, porque debieran

pasar con la consideracion adelante, y cognoscer que para que les

diéramos la fe y no para servirnos dellos nos los habia descubierto

la Providencia divina. Pues así como ser la mujer, y los hijos, y la

familia de una casa pacífica, modesta y bien morigerada, careciente

de vicios y de hacer mal á nadie, testifica y manifiesta la bondad,

prudencia, solicitud y buen regimiento, y cuidado cerca della del padre

de familias, de la misma manera, y áun mucho más, ser tan gran número

de gentes tan modestas, tan benignas, tan concertadas, tan pacíficas,

tan obedientes, tan limpias y exentas de vicios, y tan honestas, sin

alguna duda, testimonio claro daban de la bondad, prudencia, solicitud

y cuidado de la justicia, y justa gobernacion de sus reyes y señores

que tenian y los regian y gobernaban. Y si alguno dijere que no debia

causarlo sino las buenas inclinaciones y condicion natural de aquestas

gentes, que de su naturaleza eran mansas, humildes, pacíficas, y

de todos los inconvenientes de la virtud naturalmente apartadas, y

no por la solicitud de los reyes que los gobernaban, digo que al

ménos ninguno negará que destas buenas inclinaciones, y condicion, y

disposicion, mansedumbre, humildad, modestia y benignidad naturales, á

los mismos señores y reyes no les cupiese parte; y así, todos, señores

y súbditos, eran dotados de bondad natural, y, por consiguiente, todos

eran felices, bienaventurados. Con todo esto, mucha y grande parte de

la inocente vida, modestia y humana é inoxia conversacion, y buenas

costumbres, y carencia de vicios de los súbditos, dependia de la bondad

y buena órden puesta, regimiento y gobernacion de los reyes y señores,

y de los buenos ejemplos que de sí á todos daban, viviendo bien y

no haciendo obras contra razon; esto testifica la divina Escritura

Ecclesiastes, cap. 10: _Secundum judicem populi sic et ministri ejus,

et qualis rector civitatis tales et habitantes in ea_. Y exponiendo lo

que dijo de los príncipes que no son los que deben, ni gobiernan los

pueblos segun justicia, y los enderezan en buenas costumbres, añade

luégo allí: _Rex insipiens perdet populum suum_, dejándolos ir sin

rienda, que es la ley, por la corrupcion de los males. De los buenos

pone lo contrario: _Et civitates inhabitabuntur per sensum prudentium_.

De manera, que mucho hace para la bondad ó maldad de los pueblos,

y para la multiplicacion ó disminucion de los hombres, la bondad ó

maldad de los reyes, por lo cual, en los Proverbios, cap. 14, Salomon

atribuye á gloria del Rey la multitud, en el reino, de las gentes,

y á vicio y culpa suya la poquedad de los vecinos y moradores: _In

multitudine populi dignitas regis, et in paucitate plebis ignominia

principis_, como que lo uno y lo otro esté y haya estado en su mano. No

se les usurpe, pues, á los reyes y señores desta Isla lo que la Santa

Escritura en general dice y atribuye á todos los del mundo, y pues

hallamos estos pueblos tan numerosos de gentes y tan bien morigerados,

entendamos que la solicitud, cuidado y prudencia, y buena órden y justo

regimiento de los que los gobernaban, el cual era como de verdaderos

padres, que tenian por fin hacellos buenos y multiplicallos, y en

aquella multitud y bondad conservallos, era mucha y grande y la mayor

parte; y en esto hicieron estas gentes á los españoles antiquísimos

excesiva ventaja, conviene á saber, que tuvieron reyes que los rigiesen

y bien gobernasen, de los cuales carecieron nuestros españoles por

muchos siglos de los pasados, hasta que para se defender de los guerras

tiránicas de los romanos, siguieron y no eligieron á Viriato, como á

hombre muy cauto y experto en huir y saberse guardar de los peligros,

y con esto muy esforzado, al cual por pura necesidad sufrieron que los

capitanease, no por virtud, porque no querian tener á quien obedecer

ni quien á sus barbáricas obras, robos y maleficios pusiese regla

ni tasa. Este Viriato hizo guerras fortísimas contra los romanos,

defendiendo á España por tiempo de diez años, en los cuales hizo

señalados estragos. Todo esto cuenta Trogo Pompeyo y su abreviador

Justino, que fué español, en el libro XLIV, donde su Historia acaba:

_In tanta seculorum serie nullus illis Dux magnus preter Viriatum

fuit, qui annos decem Romanos varia victoria fatigavit: adeo feris

propriora quam hominibus ingenia sunt. Quem ipsum, non judicio populi

electum, sed ut cavendi scientem declinandorumque periculorum peritum,

sequuti sunt_, etc. De manera que los ingenios y condicion de los

españoles eran más propios de fieras bestias que de hombres. Y abajo

dice que las mujeres tenian oficio de labrar y cavar los campos y las

heredades, y cuidado de las cosas de casa, y los maridos con las armas

en las manos andaban á robar, porque no tengamos presuncion que venimos

de los cielos de virtudes muy adornados. Y abajo del todo, con que

acaba toda su Historia, dice de la gente de aquel tiempo que moraba

en España, ser pueblo bárbaro y fiero, traido á vivir debajo de leyes

por el Emperador Octaviano: _Populumque barbarum ac ferum legibus ad

cultiorem vitæ usum traductum_, etc. Gobernaban (porque al propósito

tornemos) los reyes desta Isla _manu regia_, conviene á saber, sin

leyes, por su buen albedrío, tantos pueblos y tantas gentes que eran

sin número. Y estas palabras, sin número, se hallarán haber escrito en

sus cartas á los católicos reyes el Almirante primero, que vido, cuando

descubrió y trató esta Isla, esta manera de gobernar los pueblos los

buenos reyes, _manu regia_, que es por su buen juicio y albedrío; sin

leyes se gobernó la romana república á los principios. Algunas guerras

tenian, pero rarísimas; las causas dellas eran, segun entendimos, por

alguna de tres, como arriba señalamos: la una, porque algunos de otros

reinos venian á cazar en los campos, dentro de los término del otro

reino; la otra, si venian á pescar en los rios; la tercera, cuando

algun rey ó señor se concertaba con el otro que le diese su hija ó

hermana por mujer, y le enviaba por ello ciertas preseas, y el otro

por alguna razon que le movia no se la enviaba, ó la daba á otro; pero,

por la mayor parte, siempre todos vivian pacíficos. Esto se muestra en

la relacion que el Papa hizo en la Bula de la concesion destas Indias

á los reyes de Castilla, informado por la que los Reyes Católicos le

hicieron, segun lo que el Almirante destas gentes habia sentido; dice

así: _In quibus scilicet Insulis quamplurimæ gentes pacifice viventes,

et ut asserunt nudæ incedentes, inhabitant_, etc. Las armas ofensivas,

ya digimos arriba que eran flechas y arcos, y unas varas tostadas como

dardos, los cuales tiraban con cierta industria, como si salieran de

una ballesta de las antiguas que llamaban de garrucha; las flechas eran

los cohollos de las cañas, que acá son más recios que los de Castilla,

y por casquillos les ponian unas espinas de pescado, que despues de

entradas en la carne no podian salir sin desgarrar della buena parte;

algunas puntas ponian de pedernal en algunas flechas. Poníanles cierta

yerba ponzoñosa, que de cosas ponzoñosas conficionaban, puesto que hay

pocas en esta Isla, ó ningunas, y así la yerba desta Isla hacia poco

daño; de la misma manera tenian las flechas otras gentes antiguas,

como cuenta Herodoto de los Etiopes, libro VII, y que las ponian por

casquillos puntas de pedernal. Armas defensivas no tenian ninguna, sino

sólo los pellejos de fuera, porque todos andaban desnudos como los

parieron sus madres; y para gente desnuda no eran poco dañosas estas

armas.

CAPÍTULO CXCIX.

Cuanto á los casamientos que entre aquestas gentes habia, no entendimos

que tomasen por mujer hermana, ni prima hija de hermanos, ni que

tuviesen los particulares más de una; tampoco alcancé ni alcanzamos,

porque tuvimos todos, clérigos, y frailes, y seglares, de escudriñar

estas cosas poco cuidado, si sus casamientos eran perpetuos ó por

alguna causa las repudiaban, puesto que muchas y muchos vide casados

ó ayuntados hombres y mujeres, viejos de edad y que tenian hijos y

grandes hijos, que parecia haber mucho tiempo que eran casados, y en

sus casamientos no haber habido mudanza; tampoco caimos en inquirir con

cuáles ó con cuántas ceremonias se casaban. Los reyes y señores tenian

muchas mujeres, no supe hasta qué tantas; del rey Behechío se dijo que

tuvo 30: cuál fuese la principal, ó si eran todas iguales, tambien

todos lo ignoramos. Lo mismo de las herencias, del todo punto no lo

penetramos más de haber entendido que no los hijos de los señores sino

los de sus hermanas sucedian en sus estados, la razon que daban era

porque no eran tan ciertos ser sus hijos lo que por hijos tenian como

los que parian sus propias hermanas, y de las hermanas eran ciertos

ser sus hermanas, pues habia parido á ellos y á ellas una sola madre.

Los señores y los demas compraban á los padres las hijas que habian de

ser sus mujeres, enviándoles por paga ciertas sartas de cuentas que

llamaban cibas, por excelencia, que quiere decir piedras, porque cibas

llamaban á todas las piedras, y cibas á estas cuentas, por excelencia,

como cosa que tenian por muy preciosa y de gran estima; estas piedras

ó cuentas arriba digimos que parecian poco ménos que muelas podridas.

Daban tambien por precio ciertas hojas de guanín, que era cierta

especie de oro bajo que ellos olian y tenian por joyas preciosas, para

ponerse colgadas de las orejas; pesaban, las que de mayor peso eran,

obra de medio peso ó de un ducado, y en tanto grado era estimado este

guanín, la última luenga, destas gentes por el olor que en él sentian,

ó por alguna virtud que haber en él creian, que acaeció valer aquellas

hojas, que no pesaban sino lo que digo, entre los mismos españoles,

para dallas á la hija de algun cacique y señor de aquellos, porque el

señor les diese á ellos lo que pretendian, cien y más castellanos;

llamaban en su lengua á estas hojas y joyas de las orejas taguaguas,

la media sílaba luenga. Gentes de las antiguas hobo por el mundo que

tuvieron las costumbres mismas que éstas en lo de sus casamientos, y

muchas, otras naciones, harto viles, feas, irracionales, y no ménos

desvergonzadas, en la cuales aquestas hicieron á aquellas incomparable

ventaja.

CAPÍTULO CCIII.

Cerca de las mujeres de los reyes, habia en esta isla Española, segun

lo que en aquellos primeros tiempos pudimos entender, otra costumbre

harto áspera, pero no singular en el mundo, y esta fué, que las mujeres

se enterraban con los maridos y señores; las ceremonias ó manera

del entierro, y si vivas ó primero muertas las echaban en cuevas ó

sepulturas, no lo alcanzamos y tampoco lo escudriñamos. Esto sólo fué,

como dije, de los reyes y señores, no de los hombres particulares, la

cual costumbre hallamos asaz entre muchas naciones haber sido celebrada

y muy guardada, y tenida tambien por virtud, y señal de fidelidad, y

castidad observada á sus maridos, y corona de que las buenas mujeres se

arreaban y jactaban.

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Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 36 / 41 段