comarcanas y circunstantes sentian de Dios y de los dioses, y lo demas
tocante á la religion, y lo que parecia oler y saber á idolatría,
entremos en el abismo y profundidad de la Tierra Firme, donde, cuanto
á algunos reinos y provincias della, excedieron los habitadores dellas
en dioses, y ritos, y sacrificios, y culto divino, aunque sacrílego,
y celo de religion y devocion, á todas las naciones antiguas de que
arriba en muchos capítulos habemos tratado, y á todas las demas
que ignoraron al verdadero Dios por todo el mundo. Y primero que
descendamos á la multitud de los dioses se ha de saber, que ántes que
el capital enemigo de los hombres, y usurpador de la reverencia que
á la verdadera deidad es debida, corrompiese los corazones humanos,
en muchas partes de la Tierra Firme tenian cognoscimiento particular
del verdadero Dios, teniendo creencia que habia criado el mundo, y
era Señor dél, y lo gobernaba, y á él acudian con sus sacrificios, y
culto y veneracion, y con sus necesidades; y en las provincias del
Perú le llamaban Viracocha, que quiere decir Criador, y Hacedor, y
Señor y Dios de todo. En las provincias de la Vera Paz, que es cerca
de la de Guatemala, así lo han hallado y entendido los religiosos,
y tienen noticia haber sido lo mismo en la Nueva España. Pero los
tiempos andando, faltando gracia y doctrina, y añadiendo los hombres
pecados á pecados, por justo juicio de Dios fueron aquellas gentes
dejadas ir por los caminos errados que el demonio les mostraba, como
acaeció á toda la masa del linaje humano (poquitos sacados), como
arriba en algunos capítulos se ha declarado, de donde nació el engaño
de admitir la multitud de los dioses. Y para que se tenga noticia de
los dioses que aquellas tan infinitas naciones tenian y adoraban, es
de tomar por regla general que por todo aquello que se sabe de aquella
vastísima Tierra Firme, al ménos desde la Nueva España, y atras mucha
tierra de la Florida y de la de Cibola, y adelante hasta los reinos
del Perú inclusive, todos veneraban el sol y estimaban por el mayor y
más poderoso y digno de los dioses, y á éste dedicaban el mayor y más
suntuoso y rico y mejor templo, como parece por aquel grandísimo y
riquísimo templo de la ciudad del Cuzco (y otros), en el Perú, el cual,
en riquezas nunca otro en el mundo se vido ni en sueños se imaginó, por
ser todo vestido de dentro, paredes, y el suelo, y el cielo ó lo alto
dél, de chapas de oro y de plata, entrejeridas la plata con el oro, no
piezas de á dos dedos en el tamaño, ni delgadas como tela de araña,
sino de á vara de medir, y de ancho de á palmo y de dos palmos, gruesas
de á poco ménos que media mano, y de media y de una arroba de peso; los
vasos del servicio del sol, tinajas y cántaros, de los mismos metales,
tan grandes que sino los viéramos fuera difícil y casi imposible
creerlo; cabian á tres y cuatro arrobas de agua ó de vino ó de otro
licor, como arriba más largo lo referimos. Por toda la Nueva España
tantos eran los dioses, y tantos los ídolos que los representaban,
que no tenian número, ni se pudieran con suma diligencia por muchas
personas solícitas contar. Yo he visto casi infinito dellos: unos eran
de oro, otros de plata, otros de cobre, otros de piedra, otros de
barro, otros de palo, otros de masa, otros de diversas semillas; unos
hacian grandes, otros mayores, otros medianos, otros pequeños, otros
chiquitos, y otros más chiquitos; unos formaban como figuras de obispos
con sus mitras, otros con un mortero en la cabeza, y allí le echaban
vino en sus fiestas, por lo cual se cree ser aquél el dios del vino;
otros tenian figuras de hombres, otros de mujeres, otros de bestias
como leones, tigres, perros, venados; otros como culebras, y éstas
de varias maneras, largas, enroscadas y con rostro de mujer, como se
suele pintar la culebra que tentó á Eva; otros de águilas y de buhos,
y de otras aves; á otros daban figura del sol y de la luna, y á otros
de las estrellas; á otros formaban como sapos y ranas y peces, que
decian ser los dioses del pescado. Destos llevaron el de un pueblo que
estaba cabe una laguna (ó rio ó agua) á otro pueblo; pasando por allí
luégo ciertas personas, y pidiéndoles que les diesen para comer algun
pescado, respondieron que les habian llevado el dios de los peces, y
por esta causa ya no lo tomaban. Tenian por dios al fuego, y al aire, y
á la tierra y al agua, y destos figuras pintadas de pincel, y de bulto,
chicas y grandes. Tenian dios mayor, y éste era el sol, cuyo oficio
era guardar el cielo y la tierra; otros dioses que fuesen guardadores
de los hombres y estuviesen por ellos como abogados ante aquel gran
dios; tenian dios para la tierra, otro de la mar, otro de las aguas,
otro para guarda del vino, otro para las sementeras; y para cada
especie dellas tenian un dios, como para mahíz ó trigo uno, para los
garbanzos, ó habas, ó frísoles otro; otro para el algodon, para cada
una de las frutas otro, y así de las otras arboledas y frutales y cosas
de comer, otros. Tenian tambien dios de otras muchas cosas que les eran
provechosas, hasta de las mariposas, y de las que les podrian hacer
mal, como de las pulgas y langostas, y dellas tenian muchas figuras
é ídolos muy bien pintados de pincel, y de bulto, grandes y bien
labrados. Item, tenian dios de las guerras, otro para que los guardase
de sus enemigos, otro de los matrimonios, y otro muy principal dios
para que los guardase de ofender al dios grande. El año de aquellas
gentes mejicanas tenian trescientos y sesenta y cinco dias, y diez
y ocho meses y cinco dias tenía el año, y cada mes veinte dias, y la
semana de trece dias, de lo cual tenian constituido un calendario, y
para cada dia de la semana, y del mes, y del año tenian su ídolo con
su nombre propio, y estos nombres, ya eran de hombres, ya de nombres
de mujeres que tenian ó habian tenido por diosas, y así todos los dias
estaban ocupados con estos ídolos, y nombres, y figuras, de la manera
que nuestros breviarios y calendarios tienen para cada dia su santa
ó santo. Era ley entre algunas de aquellas gentes que los reyes y
señores tuviesen continuos en sus casas seis dioses, los caballeros y
nobles cuatro, y dos los plebeyos y populares. Los dioses comunes que
tenian en los templos y en los altares estaban puestos por su órden,
tantos á una parte como á otra, y en medio de todos tenian puesto un
grande ídolo mayor que todos, con una máscara de palo, dorada, y con
unos cabellos muy negros, y muy enmantado con unas mantas blancas de
algodon, como sábanas, muy albas y muy limpias; tenian ídolos en los
patios de las casas, y en los lugares eminentes, como montes ó sierras,
y collados, y puertos ó subidas altas; teníanlos tambien cabe las
aguas, como cerca de las fuentes, adonde hacian sus altares con gradas
cubiertos, y en las principales fuentes habia cuatro altares puestos á
manera de cruz, unos enfrente de otros. De aquellos altares habia en
los caminos por muchas partes con sus ídolos, y en los barrios y cuasi
por toda la tierra y á toda parte, como humilladeros y oratorios para
que tuviesen los caminantes lugares sacros en que adorar y sacrificar,
donde quiera que allegasen. Plantaban en aquellos lugares cipreses y
ciertas palmas silvestres, para que estuviesen acompañados y adornados
los oratorios y altares, en lo cual remedaban á los gentiles pasados,
poniendo aquellas arboledas y haciendo aquellas florestas artificiales
que llamaban lucos, no por el fin que aquéllos, conviene á saber,
para cometer allí de dia y de noche muchos feos pecados, sino para
ornamento y en reverencia de los dioses que honraban. Habia en la
provincia de los Totonos ó Totonacas, que son, ó por mejor decir eran,
las gentes que estaban más propincuas á la costa de la mar ó ribera del
Norte, viniendo de Castilla á la Nueva España, en fin es la provincia
primera de la Nueva España, una diosa muy principal, y ésta llamaban la
gran diosa de los cielos, mujer del sol, la cual tenía su templo en la
cumbre de una sierra muy alta, cercado de muchas arboledas y frutales
de rosas y flores, puestas todas á mano, muy limpio y á maravilla
fresco y arreado; era tenida esta diosa grande en gran reverencia y
veneracion, como el gran dios sol, aunque siempre llevaba el sol en ser
venerado la ventaja; obedecian lo que les mandaba como al mismo sol, y
por cierto se tenía que aquel ídolo desta diosa les hablaba. La causa
de tenella en gran estima, y serle muy devotos y servidores, era porque
no queria recibir sacrificio de muerte de hombres, ántes lo aborrecia y
prohibia, y los sacrificios que ella amaba y de que se agradaba y les
pedia y mandaba ofrecer eran tórtolas, y pájaros, y conejos, los cuales
le degollaban delante; teníanla por abogada ante el gran dios, porque
les decia que le hablaba y rogaba por ellos. Tenian grande esperanza
en ella, que por su intercesion los habia de enviar el sol á su hijo,
para librarlos de aquella dura servidumbre que los otros dioses les
pedian de sacrificarles hombres, porque lo tenian por gran tormento,
y solamente lo hacian por el gran temor que tenian al demonio, por
las amenazas que les hacia y daños que dél recibian. A esta diosa
trataban con gran reverencia, y reverenciaban sus respuestas, como de
oráculo divino y más que otros señalado, los Sumos Pontífices ó Papas
y todos los sacerdotes. Tenia especialmente dos continuos y peculiares
sacerdotes, como monjes, que noche y dia la servian y guardaban;
éstos eran tenidos por hombres santos, porque eran castísimos y de
irreprensible vida para entre ellos, y áun para entre nosotros fueran
por tales estimados sacada fuera la infidelidad. Era tan virtuosa y
tan ejemplar su vida, que todas las gentes los venian á visitar como
á santos, y á encomendarse á ellos, tomándolos por intercesores para
que rogasen á la diosa y á los dioses por ellos; todo su ejercicio
era interceder y rogar por la prosperidad de los pueblos y de las
comarcas y de los que á ellos se encomendaban. A estos monjes iban á
hablar los Sumos Pontífices, y comunicaban y consultaban sus secretos
y negocios arduos, y con ellos se aconsejaban, y no podian los monjes
hablar con otros, salvo cuando los iban á visitar como á santos con sus
necesidades. Cuando los visitaban, y les contaban cada uno sus cuitas,
y se encomendaban á ellos, y les pedian consejo, ayuda y favor, estaban
las cabezas bajas sin hablar palabra, en cuclillas, con grandísima
humildad y mortificacion, honesta y triste representacion; estaban
vestidos de pieles de adives, los cabellos muy largos encordonados ó
hechos crisnejas, no comian carne, y allí, en esta vida, y soledad, y
penitencia, vivian y morian por servicio de aquella gran diosa. Cuando
alguno dellos moria elegia el pueblo otro (porque iban por eleccion
como abajo se verá), el que se elegia era estimado por de buena y
honesta vida y ejemplo, no mozo, sino de sesenta y setenta años arriba,
que hobiese sido casado y á la sazon fuese ya viudo. Estos escribian,
por figuras, historias, y las daban á los Sumos Pontífices ó Papas, y
los Sumos Pontífices las referian despues al pueblo en sus sermones.
Tenian otra diosa los mejicanos y los de su comarca, de otra calidad
que la ya dicha, de la cual dicen ó fingen que una vez se les tornaba
culebra, y afírmase por cosa notoria; otras veces se transfiguraba
en una moza muy hermosa, y andaba por los mercados enamorándose de
los mancebos, y provocábalos á su ayuntamiento, el cual cumplido los
mataba; y esto puede ser verdad de historia, y que el demonio usase
con aquella gente de tantos engaños transfigurándose, permitiéndolo
Dios por sus pecados; y como estas transformaciones el demonio por
prestigios haga, arriba fué asaz declarado.
CAPÍTULO CXXII.
Veneraban y adoraban tambien por dioses á los hombres que habian hecho
algunas hazañas señaladas, ó inventado cosas nuevas en favor y utilidad
de la república, ó porque les dieron leyes y reglas de vivir, ó les
enseñaron oficios ó sacrificios, ó algunas otras cosas que les parecian
buenas y dignas de ser satisfechas con obras de agradecimiento. En la
ciudad Mejicana tenian un gran dios, cuya estatua estaba en el templo
grande y principal de la ciudad, de que arriba se hizo mencion, el
cual llamaban Uchichibuchtl, que correcto y comun vocablo llamamos
Uchilobos; éste, con dos hijos suyos, ó segun otros dicen dos hermanos
llamados, Texcátepocatl el uno, el cual fué señor y dios de la ciudad
de Tezcuco, y Camachtl, el segundo hijo ó hermano que señoreó la
provincia de Tlaxcala, y en ella lo tuvieron por dios (y fingen los
Tlaxcaltecas que la mujer de éste se convirtió en la sierra donde está
fundada la su ciudad de Tlaxcala y vinieron éstos de hácia el Poniente,
de la generacion que se dice Chichimecas), fueron grandes capitanes
esforzados, y entre ellos valerosos hombres, los cuales señorearon por
grado ó por fuerza aquellas provincias de Méjico, Tezcuco y Tlaxcala,
cuyos propios naturales habitadores y aborígenes eran la gente que se
llaman Otomíes. Dícense aborígenes las gentes que habitan en algunas
tierras que son tan antiguas, que no se sabe dellas de donde trujeron
orígen, y así las gentes antiquísimas que se hallaron y poblaron á
Italia y estaban derramadas por ella cuando Eneas vino á ella se
dijeron aborígenes, cuasi sin orígen, ó que no se sabía su orígen. Así
lo refiere Salustio y Trogo Pompeyo en el principio del libro XLIII,
y Dionisio Alicarnasso, libro I, y Tito Livio en el principio de sus
Décadas, y Solino, capítulo 2.º y 8.º Este Uchilobos fué el que primero
puso por sobrenombre á Méjico Theonustitlan, porque era su genealogía
de los Thehules Chichimecas, que viene de Thehuthiles, que es una fruta
que llamamos tunas, vocablo desta isla Española, y porque della se
mantenian aquellos Thehules Chichimecas; traia por armas ó insignias el
dicho Uchilobos las tunas, las cuales agora tiene la ciudad de Méjico
por concesion real. Este Uchilobos amplió la ciudad y dió órden para
que se hiciesen las calzadas por la laguna, porque de la ciudad se
pudiese salir por tierra enjuta sin tener necesidad de canoas ó barcos;
puso tambien órden en los templos y sacrificios, y fué el primero que
inventó y mandó que se sacrificasen hombres, el cual sacrificio en toda
aquella tierra nunca fué ántes hecho ni visto. Dícese de éste, que en
su vida quiso que lo celebrasen por dios, aunque no con tanta soberbia
quizá, y áun sin quizá, como Nabucodonosor, que mandó á Holofernes que
todos los dioses de las tierras estirpase, para que todas las naciones
que sojuzgase á él sólo adorasen por dios, como parece en el libro
de Judith, cap. 3.º, 5.º y 6.º Y Cayo Calígula, Emperador de Roma,
envió por todo el imperio su imágen, mandando que todos por dios lo
adorasen, y que le constituyesen templo, llamándose hijo de Júpiter, y
constituyó sacerdotes suyos, y singulares y exquisitos sacrificios; y
á su estatua de oro que mandó poner en su templo en Roma, ordenó que
cada dia le sacrificasen pavones y faisanes, y otras aras preciosísimas
y costosas. Todo esto dice de él Suetonio, y Josefo, libro XVIII, cap.
15 de las Antigüedades, y otros autores. Herodes Agrippa poco ménos
que aquéllos con su soberbia ofendió, sufriendo del pueblo lisonjero
divinos honores, por lo cual luégo envió Dios un ángel que lo hirió de
tal plaga que fué consumido de gusanos, porque no dió la honra que
se debia á sólo Dios; así se lee en el capítulo 22 de los Actos de
los Apóstoles. Al propósito de Uchilobos tornando, ya digimos arriba,
en cierto capítulo, que sobre los altares del templo grande habia dos
ídolos como gigantes, creemos que eran las imágenes de los dos hermanos
de este Uchilobos, pero la estatua de éste estaba puesta sobre la
capilla de los susodichos dos; ésta era grandísima y espantable, della
y de las otras dos abajo se dirá más largo. Aquestos dos sus hermanos
edificaron la ciudad de Tezcuco y á Tlaxcala, y ordenaron sus ritos
y sacrificios, y despues de muertos los tuvieron y veneraron por sus
dioses. Del de Tezcuco, que se llamaba Texcátepocath, se cuenta que
vivo se metió en el volcan de la Sierra Nevada, que está cerca de
allí, y que de aquel lugar les envió el hueso de su muslo, el cual
pusieron en su templo por su principal dios, y dello se jactan mucho
los de Tezcuco; y de este hecho tomó nombre Popocateptl el dicho
volcan. El tercero, que fué Camachtl, edificó y señoreó á Tlaxcala y
sus provincias; era gran cazador, del cual fingen que tiraba una saeta
con su arco hácia el cielo, y que de la ida y vuelta que hacia la saeta
mataba gran número de aves y animales, de que mantenia toda su gente.
Pero el más celebrado y mejor, y digno sobre todos los dioses, segun
la reputacion de todos, fué el dios grande de la ciudad de Cholola,
que está dos leguas de donde agora es la ciudad de la Puebla de los
Angeles, que llamaron Queçalcoatl; éste, segun sus historias, vino de
las partes de Yucatan á la ciudad de Cholola, y era hombre blanco,
crecido de cuerpo, ancha la frente, los ojos grandes, los cabellos
largos y negros, la barba grande y redonda. A éste canonizaron por su
sumo dios y le tuvieron grandísimo amor, reverencia y devocion, y le
ofrecieron suaves y devotísimos y voluntarios sacrificios, por tres
razones; la primera, porque les enseñó el oficio de la platería, el
cual nunca hasta entónces se habia sabido ni visto en aquella tierra,
de lo cual mucho se jactan ó jactaban todos los vecinos naturales de
aquella ciudad; la segunda, porque nunca quiso ni admitió sacrificios
de sangre de hombres ni de animales, sino solamente de pan y de rosas,
y flores y perfumes, y olores; la tercera, porque vedaba y prohibia
con mucha eficacia las guerras, robos y muertes, y otros daños que los
hiciesen unos á otros. Cuando quiera que nombraban delante dél guerras
ó muertes ó otros males tocantes á daños de los hombres, volvia la
cara y tapaba los oidos por no los ver ni oir; lóase tambien mucho
dél que fué castísimo y honestísimo y en muchas cosas moderatísimo.
Era en tanta reverencia y devocion tenido este dios, tan visitado y
reverenciado con votos y peregrinaciones en todos aquellos reinos, por
aquellas prerogativas, que áun los enemigos de la ciudad de Cholola se
prometian venir en romería á cumplir sus prometimientos y devociones, y
venian seguros, y los señores de las otras provincias ó ciudades tenian
allí sus capillas y oratorios y sus ídolos ó simulacros, y sólo éste
entre todos los otros dioses se llamaba el Señor, _antonomaticè_ ó por
excelencia, de manera que cuando juraban y decian por nuestro Señor,
se entendia por Queçalcoatl y no por otro alguno, aunque habia otros
muchos en toda la tierra y que eran dioses muy estimados; todo esto
por el amor grande que le tuvieron y tenian por las tres susodichas
razones, y la razon general y en suma es, porque en la verdad el
señorío de aquel fué suave, y no les pidió en servicio sino cosas
ligeras y no penosas, y les enseñó las virtuosas, prohibiéndoles las
malas y nocivas ó dañosas mostrándoles aborrecerlas. De donde parece,
y parecerá más claro abajo, que los indios que hacian y hoy hacen
sacrificios de hombres no eran ni es de voluntad, sino por el miedo
grande que tienen al demonio por las amenazas que les hace, que los ha
de destruir y dar malos tiempos y muchos infortunios, si no cumplen
con él el culto y servicio que por tributo en señal de su señorío le
deben, por el derecho que de tantos años atras sobre aquellas gentes
pretende tener adquirido. Afirman que estuvo veinte años con ellos,
despues de los cuales se tornó por el camino que habia venido, llevando
consigo cuatro mancebos principales, virtuosos, de la misma ciudad
de Cholola; y desde Guaçaqualco, provincia distante de allí ciento y
tantas leguas hácia la mar, los tornó á enviar, y entre otras doctrinas
que les dió fué, que dijesen á los vecinos de la ciudad de Cholola,
que tuviesen por cierto que en los tiempos venideros habian de venir
por la mar, de hácia donde sale el sol mediantes las estrellas, unos
hombres blancos con barbas grandes, como él, y que serian señores de
aquellas tierras, y que aquellos eran sus hermanos. Los indios siempre
esperaron que se habia de cumplir aquella profecía, y cuando vieron los
cristianos luégo los llamaron dioses, hijos y hermanos de Queçalcoatl;
aunque despues que conocieron y experimentaron sus obras no los
tuvieron por celestiales, porque en aquella misma ciudad fué señalada,
y no otra hasta entónces igual en las Indias y quizá ni en mucha
parte del orbe, la matanza que los españoles hicieron. Otros dicen
que siempre creyeron los de Cholola que habia de volver á gobernallos
y consolallos, y que cuando vieron venir los navíos á la vela de los
españoles, decian que ya tornaba su dios Queçalcoatl, que traia por
la mar los templos en que habia de morar, mas cuando desembarcaron
dijeron, «muchos dioses son estos (que en su lengua dicen Tequeteteuh),
no es nuestro dios Queçalcoatl». A estos cuatro discípulos, que tornó
á enviar Queçalcoatl del camino, recibieron luégo los de la ciudad
por señores, dividiendo todo el señorío della en cuatro tetrarchas,
quiero decir cuatro principados, cada uno de los cuales tenía la cuarta
parte del señorío de la tierra (ó de la provincia, ó de la ciudad, ó
del reino), como quiera que ántes la ciudad se rigiese con regimiento
político y no real. De estos cuatro primero señores descienden los
cuatro señores que hasta que llegaron los españoles tuvieron, y hoy
dura dello alguna señal tal cual en aquello que se les ha dejado, y
con hartos pocos vecinos en el señorío de cada uno. A este dios mismo
veneraron en la provincia de Tlaxcala, y le hicieron muy suntuoso y
notable templo, al cual llamaron por otro nombre, conviene á saber,
Camastle; al mismo adoraban en Huexucingo, que corrompido el vocablo
nombran muchos Guaxocingo, debajo del nombre de Camastle. Queçalcoatl,
en aquella lengua mejicana, quiere decir ó significar una cierta manera
de culebra que tiene una pluma pequeña encima de la cabeza, cuya
propia tierra donde se crian es en la provincia de Xicalango, que está
en la entrada del reino de Yucatan, yendo de la de Tabasco; fuera de
esta provincia de Xicalango, pocas ó ninguna destas culebras, segun
se dice, se han visto. Afirman los indios que aquestas culebras, en
ciertos tiempos, se convierten en pájaros ó aves de las plumas verdes,
de las cuales hay muchas en la dicha provincia de Xicalango, y son
entre los indios muy preciadas. Esta conversion puede ser por ventura
naturalmente, corrompiéndose las culebras primero, por podricion ó
podrimiento, y de aquella cosa podrida engendrarse aquellas aves,
como muchas cosas se engendran de otras ya podridas, como trata el
Filósofo en el IV de los Metauros, ó por arte diabólica ó prestigiosa,
como arriba queda declarado; y esto para engañar los que Dios permite
que sean engañados. Tuvieron en toda esta tierra otro dios en grande
reverencia, y era el dios del agua, que llamaron Tlaluc, á quien
ofrecian muy costoso sacrificio como se dirá.
CAPÍTULO CXXIII.