habitacion desta Isla sea próspera y deleitable, veamos en este
capítulo cómo concurren las causas favorables particulares. Concurren,
pues, todas cinco causas, porque toda esta Isla es tierra enjuta de
agua de mar, de lagunas hediondas, y las de una que hay son muy limpias
y de muy buen pescado, que tengan el agua salada ó dulce, y las riberas
della arenosas, y la tierra de alrededor tiesta y no lodosa, enjuta,
airosa y limpia de todo lo que le puede dañar; es limpia de ciénagas
de charcos esta Isla y de toda hediondez, porque todas las aguas que
tiene, que pudieran causar ciénagas ó alguna pudricion, no son sino
arroyos y rios corrientes, y de limpias y delgadas y suaves aguas. El
terruño ó tierra de toda ella, es jugosa y gruesa ó llena de grosura en
sí, cubierta de odorífera yerba de árboles fructíferos y lindos, y así
fertilísima y felicísima; y de muy agradable color, no negra sino en
algunos lugares colorada, y generalmente algo pardilla como un leonado
oscuro. Bestias ponzoñosas no las hay, puesto que hay, como se dijo,
unas poderosas culebras muy mansas y cobardes que las pisa el hombre
muchas veces y cuasi no lo sienten, porque miéntras se revuelven á
deshacerse de como están hechas rosca pasa mucho tiempo; y yo he visto
comerlas á los españoles, con hambre, á los principios que comenzaron
á destruir las gentes, vecinos y moradores desta Isla, y comer de la
cola donde tienen las culebras y sierpes la ponzoña y no recibir mal
alguno. Es asimismo toda esta Isla, tierra descubierta y exenta, no
avahada ni sombría, sus sierras y montes y montañas muy altas, rasas;
los collados, los valles, las cuestas muy bien asentadas, las cuales
todas, y cada parte dellas, las bañan y penetran y apuran los aires
y el sol; los valles muy sin nieblas, claros y deleitosos, con sus
corrientes rios y arroyos, y si algunas causan en ellos los vapores,
como son muy delgadas y sotiles, fácilmente las resuelve y deshace
el sol. Los aires naturales que se engendran en esta tierra son de
necesidad claros, sotiles, no espesos, nebulosos ni oscuros, sino de
buena sustancia, porque se engendran de los frescores de las sierras y
montañas tan altas y valles desavahados, que causan las suaves noches,
y por eso no se les mezclan vapores ó fumosidades extrañas, ni gruesas,
ni de mala naturaleza, porque no hay de dónde, como quiera que no
pasen por lugares cenagosos, podridos ó hediondos, ni por donde haya
malas yerbas ó ponzoñosos árboles que los inficionen con sus vapores,
ántes los árboles por donde pasan, como sean pinos y otros muchos muy
altos que arriba hemos contado, son de nobilísima especie ó casta, y
las yerbas odoríferas y medicinales, como queda declarado, y así no
exceden en alguna de las cuatro primeras calidades, que son, frio,
calor, humedad y sequedad; y aunque alguna humedad parece tener esta
Isla más que sequedad, pero recompénsase con la enjutez de la tierra y
clemencia de los aires, y tambien de los vientos, como luégo se dirá.
De la sotileza, claridad, buena sustancia y clemencia de estos aires,
podré dar un argumento bien claro, que de cerca de sesenta años que ha
que conozco esta Isla y habitado en ella muchos años, no me acuerdo que
pasase más de un dia que no se viese el sol en invierno ni en verano;
aunque á la verdad no hay invierno sino que todo el año es verano,
pues por Navidad canta el ruiseñor, como arriba ha sido relatado. Los
vientos comunes que corren por esta Isla, y por la mayor parte de
todas estas Indias son los que llaman los marineros brisas, y por el
aguja del marear se llaman Nordeste y Nornordeste y Lesnordeste, que
parte son boreales, vecinos del Norte, y parte orientales, y así son
los más sanos de todos los cuatro cardinales ó principales, segun los
filósofos y médicos y astrólogos, y segun Aristóteles en el séptimo de
la Política, capítulo 11, y en el segundo de los Meteoros. Los vientos
orientales son más sanos que otros, porque por su mucha materia moran
más debajo de la vía del sol, por lo cual son más cálidos, y por su
calor resuelven las nubes y sutilizan y apuran el aire, y así causan
sanidad. Item el aire de las regiones orientales es aire claro y poco
seco, templado, entre húmedo y cálido, y por esto el viento (que no
es otra cosa sino aire movido y forzado á correr por las fumosidades
ó vapores, que salen de la tierra con ímpetu y que de Oriente nascen)
clarifica las aguas y dáles sabor suave, y por esta causa los cuerpos
conservan sanidad por la templanza de sus calidades; de aquí tambien es
que los vientos orientales más que otros abundan en flores y frutos.
Item, las aguas de los rios tambien que corren hacia Oriente y que por
allí entran en la mar, como hay infinitos en esta Isla, son mejores y
más claras y más sanas; la razon es por el encuentro de los vientos
orientales, y tambien por la reverberacion del sol, que viene de
Oriente, que las apuran y sutilizan. Los vientos boreales, que tambien
corren y vientan en esta Isla y proceden de debajo del polo Ártico
que llamamos Norte, y segun San Isidoro, en el libro XI, capítulo 13,
y libro XIV, cap. 8.º, proceden de aquellos montes Hiperbóreos que
digimos en el capítulo precedente, donde viven las gentes beatísimas,
son asimismo salubres y convenientes á la humana habitacion, porque
son frios y secos y vientan con ímpetu y vehemencia, y por razon de
su fuerza limpian y apuran el aire, ahuyentando las nubes y vapores
gruesos que están en él, y por su frialdad y sequedad endurecen los
cuerpos y cierran los poros por de fuera, incluyendo y ahuyentando
el calor intrínseco natural para la buena digestion; purifican los
humores, sutilizan los espíritus y los sentidos, ayudan la potencia
digestiva, la retentiva confortan, el aire pestilencial sanan, y ayudan
la potencia generativa y así causan en todo sanidad, lo que no puede
ser sin mediocridad ni templanza. Pues que las aguas desta Isla son
sanas y maravillosas, y ayudan á la templada y buena habitacion humana,
por lo que dellas hemos dicho arriba en los capítulos 6.º y 9.º,
bien claro á quien lo leyere parecerá; y la razon desta mediocridad
y sanidad es, porque son muy dulces, muy movibles y corrientes,
clarísimas, muy sotiles y delgadas, descubiertas, donde las dá todo
el dia el sol, descienden de montañas ó sierras muy altas, pasan por
tierras enjutas y arenosas, con el calor del sol y con el verano muy
presto se escallentan, y con la frescura de la noche y con el tiempo
que acá tenemos por invierno, aunque no lo es pero es el más fresco de
todo el año, se suelen fácilmente enfriar. Todas las dichas calidades
ó propiedades, que en este capítulo y en el precedente habemos
notificado, ponen y acumulan los que, de las señales y juicio que
alguna tierra es templada y cómoda y proporcionada para la habitacion
humana, trataron, del número de los cuales es Avicena en el libro I _De
locorum habitabilium indiciis_, cap. 11, é Hipocras en el libro _De
Aere et aqua_, y Aristóteles en el VII de Las Políticas; Tolomeo en el
Quadripartito, tratado II, capítulo 1.º y 2.º, y Haly, su intérprete;
Alberto Magno, en el libro I, tratado primero, cap. 25 de los Meteoros,
y en el libro _De Natura locorum_, cap. 11 y 13, y otros muchos. Y así,
de todo lo dicho manifiestamente parece, concurren esta Isla, no sólo
la causa universal, aspecto y figura del cielo, pero muchas favorables
particulares que juntamente causan en ella mediocridad y templanza, y
por consiguiente hacen salubre y deleitable su habitacion; y porque
su altura es desde 16 hasta 20 grados, cuanto á su latitud, por eso el
sitio que tiene cae debajo del clima primero, segun la distribucion de
los climas que hicieron los antiguos, pero debajo del segundo y tercero
segun la de los modernos. Comunmente la costa ó ribera de la mar del
Sur es más caliente que la del Norte, aunque los embates y vientos de
la mar ordinarios la templan desde medio dia abajo, como arriba hemos
dicho, pero la del Norte abunda en frescura más; es la razon porque por
aquella parte le vientan las brisas ó vientos boreales, sin que los
impida la tierra como le vengan descubiertos inmediatamente por la mar.
En todas partes, frias ó calientes, siempre la costa ó ribera de la
mar naturalmente es caliente, porque la mar de su género y naturaleza
es cálida, por la terrestridad que se la apega cálida ó quemada por la
reverberacion de los muchos rayos del sol, que se desparcen por muchas
partes sobre ella, y por esto, de necesidad, los lugares vecinos á la
mar han de ser cálidos y secos ó cálidos y húmedos, sino fuere por
alguna causa particular, como vemos especialmente en estas islas, segun
hemos dicho, de las continuas brisas y virazones del dia y los terrales
de noche.
CAPÍTULO XIX.
Entre otras cosas buenas que esta Isla tiene no es de dejar de referir
ésta, que tampoco es de no mucho estimar, conviene á saber, que en
toda ella no crian los españoles piojos ni pulgas; de los piojos, por
maravilla uno se suele, sino muy raras veces, hallar; de las pulgas,
ninguna se halla donde quiera que la casa está de gente habitada. Lo
que dellas he visto, por experiencia, es que cuando se hacen algunas
chozas, así como se suelen hacer en las minas, que hoy las hacian y
dende á un mes ó dos, acabada la mina, por ir á buscar otra mina,
dejaban aquella choza, luégo que la gente salia se henchia de pulgas,
y duraban en ella tres ó cuatro dias y despues se morian todas. Los
vecinos naturales indios desta Isla criaban en las hamacas, sus camas,
y tambien en las cabezas, hartos piojos; perecidos ya todos los indios
y sucedido en esta tierra tanta multitud de negros, no sé cómo les
va de piojos. Generalmente las naos y la gente que por la mar anda
hierven de aquesta fruta en tanto, que para los que de nuevo en la
mar caminan no es poco cuidado y trabajo, pero por el viaje destas
Indias vemos una cosa singular y de notar; que hasta las Canarias y
100 leguas más acá, ó por el paraje de las islas de los Azores, son
muchos los piojos que se crian, pero desde allí para acá comienzan á
morirse todos, y llegando á las primeras islas no hay hombre que crie
ni vea uno; á la tornada para Castilla, van todas las naos y gentes
dellas limpios destas criaturitas, hasta llegar en la dicha comarca,
desde allí adelante, como si los esperasen, los tornan luégo en mucho
número á inquietar. Dos cosas hobo y hay en esta Isla, que en los
principios fueron á los españoles muy penosas: la una es la enfermedad
de las bubas, que en Italia llaman el mal frances, y ésta, sepan
por verdad que fué desta Isla, ó cuando los primeros indios fueron,
cuando volvió el almirante don Cristóbal Colon con las nuevas del
descubrimiento destas Indias, los cuales yo luégo vide en Sevilla, y
éstos las pudieron pegar en España, inficionando el aire ó por otra
vía, ó cuando fueron algunos españoles, ya con el mal dellas, en los
primeros tornaviajes á Castilla, y esto pudo ser el año de 1494 hasta
el de 1496; y porque en este tiempo pasó con un gran ejército en
Italia, para tomar á Nápoles, el rey Cárlos de Francia que llamaron el
Cabezudo, y fué aquel mal contagioso en aquel ejército, por esta razon
estimaron los italianos que de aquéllos se les habia pegado, y de allí
adelante lo llamaron el mal frances. Yo hice algunas veces diligencia
en preguntar á los indios desta Isla si era en ella muy antiguo este
mal, y respondian que sí, ántes que los cristianos á ella viniesen sin
haber de su orígen memoria, y desto ninguno debe dudar; y bien parece
tambien, pues la divina Providencia le proveyó de su propia medicina,
que es, como arriba en el cap. 14 digimos, el árbol del guayacan. Es
cosa muy averiguada que todos los españoles incontinentes, que en
esta Isla no tuvieron la virtud de la castidad, fueron contaminados
dellas, y de ciento no se escapaba quizás uno sino era cuando la otra
parte nunca las habia tenido; los indios, hombres ó mujeres, que las
tenian eran muy poco dellas afligidos, y cuasi no más que si tuvieran
viruelas, pero á los españoles les eran los dolores dellas grande
y continuo tormento, mayormente todo el tiempo que las bubas fuera
no salian. Lo otro, que afligió algunos españoles á los principios,
fué las que llamaban los indios niguas; éstas son cierta especie de
pulgas, y así saltan como pulgas, y son tan chiquitas que apénas pueden
ser vistas. Engéndranse del polvo de la tierra, y para que no las
haya, ó se crien ménos, requiérese tener siempre la casa muy barrida,
regada y limpia; éstas se meten comunmente en las cumbres de los dedos
de los piés, junto á la uña, y van comiendo y cavando todo el cuero
hasta la carne, y allí paran; cuando comen causan la comezon como de
los aradores, y algo más vehemente y más penosa. Ella ya metida en la
carne, allí, poco á poco dentro de un dia ó dos, se corrompe y deja de
ser pulga, y hácese una bolsita blanca de un cuero ú hollejo delgado,
de la hechura de una lanteja y de su tamaño, y si la olvidan siete
ú ocho dias cresce á ser poco ménos que un garbanzo: parece propia
como una perlita de aljofar. Esta bolsilla está llena de liendres muy
blancas, y que terná dentro de sí, por chica que sea, más de ciento,
y en cierto tiempo todas viven y se tornan negras como fué la madre y
son otras tantas niguas. Hánse de sacar con un alfiler apartando el
cuero del dedo muy sotilmente y poco á poco, porque no reviente ó se
quiebre, porque, si revienta, las liendres se desparcen, y otras quedan
en el agujero que deja, el cual es tamaño cuanto ella es gorda, y no se
pueden bien todas sacar, y por esto luégo las liendres que allí quedan
se hacen niguas, y se convierten en otras bolsas llenas de aquella
simiente; así que, apartando el cuero poco á poco con el alfiler,
despues con los dos pulgares de las manos apretando como quien quisiese
sacar la podre de algun divieso ó granillo, luégo sale la bolsa toda
entera, segun dije, como un grano de aljofar ó perla. Ella fuera,
hinchan el agujero, que deja hecho, de ceniza y luégo suelda, á ella
echalla en el fuego ó molella entre dos piedras porque mueran todas las
liendres, y para que no entren más en aquel agujero es bien henchirlo
de aceite; son muy más penosas de sacar ántes que la pulguilla se
corrompa y haga la bolsilla, y cuanto la bolsa es más grande ménos
pena dan sacándolas. Y como en aquellos tiempos primeros andaban los
nuestros españoles monteando por su propia culpa los indios, que huian
de su braveza y crueldad, calzados con alpargates, y no sabian lo que
las niguas eran, ni sacarlas, olvidábanse en los piés y pudríanse
en ellos, y escupian infinitas liendres, con las cuales se cundian
en otros muchos lugares, y así padecíanse mucha manquedad afliccion
y trabajos. Dije calzados con alpargates, porque allí se esconden
aquellas pulguillas más que en otro calzado, quien anda calzado con
calzas y zapatos, y mejor si con borceguíes, por maravilla le puede
entrar alguna; los indios dellas recibian poco daño, aunque andaban
descalzos, lo uno por la limpieza de se lavar muchas veces, y lo otro
porque tienen diligencia en luégo como las sienten sacarlas: lléganse
mucho á la suciedad, y porque los negros son sucios y no se acostumbran
á lavar, ó tambien porque quizás su carnadura es más que otra dispuesta
para ellas, son dellas más fatigados.
CAPÍTULO XX.