Queda por decir el cómo se amasa el pan cazabí, y cuán fácilmente

y cuánto provecho sale dél, porque por entremeter todas las raíces

domésticas de que la gente desta Isla para su mantenimiento usaba, no

ha tenido en el precedente capítulo esto su lugar. Pasado, pues, el

año, que es el tiempo del cual en adelante tiene su sazon el conuco,

ó labranza, ó la yuca que son las raíces, para comenzar á hacer pan

dellas ó dél, van dos, ó tres, ó cuatro hombres ó mujeres al conuco ó

labranza, y sacan fácilmente y sin trabajo, con un palo escarbando,

las raíces ó yuca de los montones, (como sea tierra mollida y allí

ayuntada, puesto que con las aguas se aprieta algo), de cada rama que

se hizo de cada tarazon de 9 ó 10 de los que de á palmo plantaron, dos

y tres y cuatro raíces mucho mayores que zanahorias y más gruesas, como

se dijo, por manera, que de cada monton sacan cuasi media carga y áun

buena de un asno; y si la tierra es holgada y muy fértil, como la hay

en muchas partes, dá mucha más de la señalada. Traidas estas raíces á

casa, que comunmente junto está la labranza, la cantidad dellas que

quieren traer, con aquellas conchitas que dije como almejas, ó las

que llamamos en Castilla veneras, raspan aquella tez ó hollejo, que

dije ser cuasi como leonada, y quedando la raíz como la nieve blanca,

ráyanlas en unas piedras ásperas sobre cierto lecho, al cual llamaban

guariqueten, la penúltima breve, que hacen de palos y cañas puestas

por suelo de unas hojas ó coberturas que tienen las palmas, que son

como unos cueros de venados; finalmente, como si lo rallasen en una

artesa para que aquella masa no se caiga, que es como la que podria

salir de muchos nabos en un rallo rallados que estaria con mucho zumo

blanco como es la masa dellos, de aquesta misma manera es la masa de la

yuca. Despues de rallada la cantidad que determinan rallar, cúbrenla

con las hojas de las palmas que dije y diré abajo, placiendo á Dios,

y déjanla cuasi como para livdar (_sic_) hasta otro dia; tienen una

manga que llaman cibucam, la media sílaba breve, hecha de empleita de

palma, de braza y media ó poco más y ancha cuanto quepa un brazo, la

cual tiene un asa á cada cabo, de donde se pueda colgar; esta manga

hínchenla de aquella masa, muy llena y apretada, y cuélganla de la

una asa de alguna rama de un árbol, y por la otra asa meten un palo

de dos brazas ó poco más, y metido el un cabo del palo en un agujero

del árbol junto á la tierra, siéntanse dos y tres mujeres ó personas

al otro cabo del palo, y están allí una hora ó más sentadas, y así se

aprieta y exprime toda aquella agua y jugo de la dicha masa. Sácanla

despues de la manga ó cibucam, y queda ni más ni ménos que si fuese

alfeñique blanco y apretado, no seco sino sin zumo, que es placer verlo

cuán lindo está. Tienen luégo un cedazo algo más espeso que un harnero

de los con que aechan el trigo en Andalucía, que llamaban híbiz, la

primera sílaba luenga, hecho de unas cañitas de carrizo muy delicadas,

y allí desboronan aquella masa ya vuelta en otra forma, la cual, como

esté seca ó enjuta sin el agua ó zumo que tenía, luégo se desborona

con las manos, y, pasada por aquel híbiz ó cedazo, queda cernida muy

buena harina, y en el cedazo algunas granzas ó pedacillos de la yuca

que no fué bien rallada. La harina así limpia y aparejada, tienen ya

los hornos calientes, tres y cuatro, si quieren hacer cantidad de pan;

estos hornos son como unos suelos de lebrillos en que amasan y lavan

las mujeres de Andalucía; finalmente, son hechos de barro, redondos y

llanos, de dos dedos en alto, como una rodela grande que estuviese

no por medio levantada sino toda llana: esto llamaban burén, aguda la

última. Tiénenlos puestos sobre tres ó cuatro piedras, y debajo todo el

fuego que cabe, y, ellos así bien calientes, echan la dicha harina por

todo el horno de dos dedos asimismo en alto, y está un cuarto bueno de

hora cociéndose de aquella parte; despues vuelven la torta con una hoja

ó vestidura de palma, que es como si fuese pala ó tabla muy delgada,

de la manera que se vuelve una tortilla de huevos en la sarten con un

plato, la cual está cociéndose de aquella parte otro tanto, y, cocida,

queda la torta de altor de medio dedo, y muy blanca y algo rosada;

pónenla luégo al sol, donde se tuesta en dos ó tres horas y se para

tan tiesta como si fuese un plato de barro cocido ó una tabla, pero al

tiempo del comer, luégo ó despues de muchos dias que lo ponen en la

mesa, pártenlo á pedazos con la mano, el cual luégo se parte y poco

ménos suena al partir que si partiesen un plato; metiéndolo en caldo

de la olla se han de dar priesa á sacallo luégo, porque no se quede

todo deshecho en la escodilla como si fuese una oblea. Queda blandísimo

y suave, y cuasi enjuto, despues de sacado del caldo y puestos los

pedazos en un plato, del cual pueden comer suavemente mozos y viejos

sin dientes, harto mejor, al ménos lo viejos, que del pan de trigo;

hacíase y hácese muy delgado, y muy más lindo y blanco, para poner á la

mesa para los Señores, cuasi como unas muy hermosas obleas, cuando es

rallada la yuca en unos cueros de pescado como cazon, que los indios

llamaban libuça, la media sílaba luenga, el cual cuero tenían apegado

á una piedra, ó cubierta la piedra con él, sobre que rallaban, y las

tortas delgadas que desta masa rallada en aquellos cueros hacian,

llamaban xabxao; en las piedras comunes rallado, hacian las tortas

más gruesas para mantenimiento de mucha gente, y así cuando querian

lo diferenciaban. Despues de puesto al sol aquellas, dos, ó tres, ó

cuatro horas ó poco más, en las cuales se seca y hace bizcocho, como

es dicho, cuando se hace cantidad ponen las tortas en unos cadalechos

de palos ó cañas sobre unas horquetas, medio estado altas del suelo,

y dura dos y tres años sin dañarse, tan bueno como si hobiera un mes

que se hobiera hecho, pero hánlo de guardar de goteras y de agua,

porque luégo se deshace y no aprovecha para cosa sino para echarlo á

los puercos y á las aves. Tiene cada persona que comer en dos arrobas

de aquel pan ó de aquellas tortas un mes bueno en abundancia. Salen

comunmente de cada millar de montones 200 arrobas, que son cien cargas

de las de los indios, porque á dos arrobas se mandó que echasen en cada

carga; puesto que nunca lo han guardado los españoles ó pocas veces

lo han guardado que no echen más á un indio, y áun tres y cuatro han

acostumbrado á echar. Tierras hay muchas en esta Isla, que de un millar

de montones se sacarán 150 y 170 cargas de pan cazabí, que, como dicho

es, cada carga tiene dos arrobas. Y reducida toda la facilidad con que

se hace planta y cria y amasa este pan, y el aprovechamiento dél, á

cierto compendio y brevedad, sumámosla así: que 20 personas de trabajo

que trabajen un entero mes, seis horas no más cada dia, harán tanta

labranza de estos conucos, que dije llamarse, cuanto puedan comer de

pan 300 personas en dos años, y ántes me acorto que alargo; mayormente

que arada la tierra con bueyes, como hay dellos tan grande abundancia,

y alzando los montones con azadas de hierro, no como los pobres indios,

que con un palo de una braza, tostada la punta y en tierra vírgen y

dura, la cavaban y los alzaban, es manifiesta hoy la ventaja. Amasarán

y cocerán cinco ó seis mujeres, con cinco burenes ó hornos de los que

digimos, cada dia 50 y 60 arrobas deste pan, que son 25 ó 30 cargas,

con que comerán mil personas largas, mayormente que ya no es menester

para sacar ó exprimir el zumo ó agua de las raíces ó yuca las mangas

de empleita, ni sentarse las mujeres en el palo, porque ya hay, y se

pueden hacer cada dia, unas prensillas de husillo, que en un credo se

puede todo el agua ó jugo exprimir sin alguna tardanza ó trabajo. Y

así creo que consta bien clara la facilidad con que se hace aqueste

pan, y la utilidad y provecho que dello se saca y puede sacar. Y esta

es y ha sido, y no otra, la causa porque no hay en esta Isla más trigo

que en Sicilia, ni en Italia ni en toda España, conviene á saber, que

como los españoles no hayan venido ni vengan á estas Indias por otro

fin, ni tengan ni hayan tenido otro intento, el que más asentado parece

que está, sino haber oro y las riquezas que haber pretenden á costa

de las vidas y trabajos ajenos, y tornarse á Castilla á las pompear

y gozar como esta Historia por su discurso mostrará, constándoles la

facilidad y ganancia deste pan, miéntras les duraron los indios que en

servidumbre tuvieron, hasta que en ella los acabaron en las minas y

en otros trabajos, no curaban de hacer más deste pan para con que los

indios les sirviesen, porque, para sí mismos, con dos pipas de harina

que traian los navíos de Castilla, que les costaban á diez castellanos,

tenian que comer un año; despues de aquellos muertos que mataron á los

indios, sucedieron otros vecinos que hoy en esta Isla hay, los cuales

comenzaron á traer negros que en lugar de los indios pasados heredaron

los trabajos, y hallan el mismo provecho y áun mayor en los ingenios

de azúcar y otras granjerías, y el pan para mantener aquellos tan á

la mano, ¿quién les ha de boquear en que á sí mismos y á la gente que

tienen ocupen en arar, y cavar, y hacer molinos y aceñas, y semejantes

cuidados de dónde no han de haber más utilidad de tener pan, teniéndolo

de Castilla para sus personas por 10, ó 20, ó 30 castellanos? Si en

esta Isla no hobiera pan, ó no tal pan, más trigo y mejor pan hobiera

dél que en todo lo poblado del mundo, y de no habello hoy ninguna

otra ha sido la causa. Con esta cosa de maravillar quiero acabar lo

que toca á este pan, y es, que aquella agua ó zumo, que es mucha, que

tiene y sale de la dicha masa, y la llaman los indios hyen, es de tal

naturaleza, que cualquiera que la bebiese así cruda como sale, moriria

como si bebiese agua de rejalgar, con la cual se han muerto á sí mismos

muchos indios, bebiéndola desesperados, en esta Isla y en la de Cuba,

por salir de la vida tan amarga que los españoles les daban, segun que

en otra parte se dirá; pero con un hervor que se dé al fuego, pierde

la ponzoña y queda hecho vinagre sabroso para guisar algunos guisados

que requieren agro ó vinagre, y así los hacian los indios y yo comí

algunas veces dellos. Sembraban y cogian dos veces en el año el grano

que llamaban mahíz, no para hacer pan dél, sino para comer tierno por

fruta crudo, y asado cuando está en leche, y es muy sabroso, y tambien

hacian dél cierto potaje, molido y con agua; era menudo y de muchas

colores, morado y blanco y colorado y amarillo, todo esto en un macora,

llamábanlo mahíz, y desta Isla salió este nombre.

CAPÍTULO XII.

Habia en esta Isla algunas frutas silvestres por los montes, y dellas

muy buenas, ninguna, empero, doméstica, porque no curaban de tener

huertas ni frutales los indios, como se dirá, el contrario de los de

Tierra Firme, sino que cuando las topaban acaso, las comian, la mejor

de las cuales, y quizá de gran parte del mundo, eran los que llamaban

mameyes, que arriba digimos haber de su orígen sólo en la punta desta

Isla, que se llamaba la Guacayarima; las que llamamos piñas, que es

fruta en olor y sabor admirable, no la habia en esta Isla, sino que

de la isla de San Juan se trujo, y por esto aquí no hablo hasta su

lugar della. Habia las que llamaban guayabas, la penúltima sílaba

luenga, y éstas son muy odoríferas, sabrosas tambien, pero las desta

Isla eran chiquitas; las que hoy hay, y está la Isla llena dellas,

que son muy mayores y muy más hermosas y más sabrosas y más olorosas,

fueron traidas de Tierra Firme, y, cierto, es fruta de harta golosina.

Habia otra mucho buena y suave, muy sabrosa, puesto que no odorífera,

tan grande como un membrillo, que no es otra cosa sino una bolsa

de natas ó mantequillas, y así es blanco y más ralo ó líquido que

espeso, como manteca muy blanda, lo que della es comestible; tiene

dentro algunas pepitas negras y lucias, como si fueran de azabaja,

tan grandes como piñones con sus cáscaras, aunque muy más lindas; la

cáscara ó bolsa donde está lo comestible es como entre verde y parda,

la cual llamaban los indios annona, la penúltima luenga. Otra fruta

hay que se llama hovos, propios como ciruelas, sino que son amarillos

y tienen los cuescos grandes y poca carne, pero lo que tienen es muy

sabroso mezclado con un poco de agro, y sobre todo es muy odorífero,

y no hay cosa que más coman los puercos, y vayan 10 leguas al olor por

buscalla; los árboles son muy grandes y altos y graciosos á la vista,

la hoja es no del todo redonda, del tamaño de un real de plata, verde

clara; cocida en agua es muy buena para lavar las piernas los que las

tienen malas. Hay otra en esta Isla que llaman guanabanas, la penúltima

sílaba breve, que son tan grandes como unas bolas de jugar birlos; la

corteza tienen verde clara, y unas como tetillas de niño, con unas

espinitas en ellas; lo de dentro, y que es de comer, algo amarillo, y

como un muy maduro y tierno melon. Son muy sabrosas, con un poco de

agro que le dá el buen sabor; hay en cada una que comer dos hombres.

Otra fruta hay del tamaño de una almendra, sin cuesco, y de aquella

cuasi hechura, colorada como una guinda ó cereza, poco ménos, y creo

que tanto sabrosas que ellas, y así zumosas y frescas como ellas. Otra

es llamada pitahaya, la penúltima sílaba luenga; es colorada la cáscara

por de fuera y tiene ciertas espinas no buenas en ella, lo de dentro

es cuasi como lo de una madura breva, con unos granitos muchos negros

como los de los higos paharies de Castilla, y de la hechura de la

breva; algo es sabrosa y fresca. El árbol en que nace son unas pencas

luengas, de la naturaleza de las çabilas de Castilla, de que creo

hacen el acíbar, aunque las çabilas están nacidas en la tierra y sus

pencas son muchas y derechas desde abajo arriba, y las pencas de las

pitahayas sale una de la tierra y encarámase en otros árboles y cunde

al traves y al reves por ellos que parece culebra, y desta salen otras

pocas de pencas, y todas llenas de espinas no muy buenas; finalmente,

nunca están solas sino entre otros árboles de otra especie que las

sostienen. Otra es redonda como una gran lima ó una naranja pequeña, es

amarilla clara la cáscara por de fuera; lo de dentro, que se come, es

cuasi como lo de la pitahaya, puesto que no tan bueno, el nombre no me

acuerdo; nace en unos espinos de espinas bravísimas, los cuales no hay

á qué comparallos, sino que hasta un estado en alto es tan gordo como

un gordo muslo, de allí salen dos ó tres como cirios, muy derechos,

cuasi juntos y como labrados por un entallador, con sus follajes, para

poner en un retablo, llenos, empero, de grandes espinas como alfileres

grandes, y áun agudas como agujas de acero, sin otra hoja alguna. Hay

unos árboles grandes, mayores que grandes nogales, que producen unas

uvas del tamaño de guindas, entre coloradas y leonadas, sabrosas; no

se me acuerda el nombre dellas. Otro árbol hay que parece algo en las

hojas á grandes higueras, aunque es mayor y las hojas mayores, y algo

más abierto en las ramas y brazos que tiene que las higueras, que

llaman yabruma, la penúltima luenga, todo el mástil ó tronco dél y

las ramas tiene huecas y cuasi como canutos de las cañas de Castilla.

Este dá una fruta pardilla que parece gusano, tan complido y grueso

como un buen dedo, y está tambien hueco; esta fruta sabe cuasi como

higos pasados, porque tiene dentro de sí cierta dulzura como miel, y

pasarse hia al sol como se pasan los higos. Otra se halla en ciertos

árboles grandes que están en las riberas frescas de los rios, que se

llamaban por los indios guabas, y es cuanto á las vainas ó cáscaras

como garrobas propias la fruta, salvo que lo que tiene de comer es como

manteca blanca, sino que es poquita pero dulce y muy sabrosa, y de la

manera que digimos que es la de las annonas, y tienen dentro de sí,

entre lo comestible, unas pepitas. Todas estas frutas, si se hubieran

traspuesto y hecho domésticas en huertas y sido curadas y cultivadas

ó regaladas, como todas las frutas del mundo de que hoy en Castilla

gozamos se trasplantaron, domesticaron y curaron, sin duda ninguna

cada una dellas fuera estimada, y algunas por excelentes, y más que

muchas de las de España, tenidas; pero ni los indios, por no ser de su

naturaleza dados á regalos ni curiosidades, no se curaron dellas más

de cuanto las comian cuando acaso las topaban, ni los españoles por

sus ocupaciones de adquirir dineros y poco cuidado de poblar en estas

tierras, é imperseverancia de morar en ellas mucho tiempo, y áun porque

son amigos de comer de sudores ajenos, ni las estiman ni han dellas

curado. En las riberas de la mar hay una fruta que llamaban los indios

tunas, de hechura de las bolsas en que están las adormideras, pero

son verdes claras y llenas las cáscaras de unas espinitas delgadas, á

trechos por órden bien puestas; nacen en unos arbolillos de hasta á

cuatro palmos poco más altos del suelo, todos espinosos y fieros; lo

que tiene dentro esta fructa, quitada la cáscara, es de zumo y carne

como lo de las moras de nuestra tierra; comiéndola, toda va á parar

al orina, y á los principios, cuando no sabíamos qué era, la comieron

algunos, no sin gran miedo, creyendo que era sangre lo que salia y que

se debian de haber rompido todas las venas. En las mismas riberas de la

mar hay otros arbolitos, que la hoja y cuasi todo tienen de madroños;

la fruta es unas manzanillas cuasi del tamaño de nueces, con un hollejo

ó cáscara delgada, blanca y algunas veces morada, y otras colorada; lo

de dentro, que se come, es blanco y sabroso, pero es poco, por tener

los cuescos grandes; llamaban los indios á esta fructa hicacos, la

penúltima luenga. Ninguna fruta ni árbol, los indios desta Isla y áun

de las demas islas, tenían cuidado sembrar ni plantar despues de su pan

y ajes y batatas, y el axi, que es la pimienta, y el mahíz y las otras

raíces que se han dicho, sino solos arbolillos de las manzanillas, con

que cuando se sentian enfermos se purgaban, y nosotros acá, desque lo

supimos, nos purgábamos, y áun agora en Castilla mezclan los médicos en

purgas que dan. Estos arbolillos plantaban junto á sus casas, como cosa

que mucho estimaban, y otras yerbas, como lechugas grandes, medicinales

ó purgativas, como abajo diré. Este arbolillo de las manzanillas no

es mayor ni crece más de hasta estado y medio; tiene pocas ramas y

poco bulto, la hoja es muy hermosa, cuasi es como la de la yuca, de

que se hace el pan cazabí, como una gran mano los dedos desparcidos

ó abiertos; la fruta es cuasi como avellanas, y así blancas, es la

que llaman los médicos ben, de la manera que está escrita, y hace

mencion della la medicina; es de gran eficacia para purgar, de cólera

principalmente, segun se cree por los no médicos por lo que se ha

visto por la experiencia. Con ella nos purgábamos antiguamente sólo

mascándolas como si mascáramos avellanas, y como no iban molidas, sino

en pedacillos enteros, pasábamos gran trabajo en los vómitos y grandes

arcadas, las cuales no cesaban miéntras los pedacitos no se deshacian

ni desapegaban de las tripas; despues caímos al cabo de muchos años

en tostallas y molellas, y así no daban tanta pena, pero despues que

vinieron á esta Isla médicos usaron dellas como debian, preparándolas

y confeccionándolas con otras convenientes medicinas, porque dicen que

estas manzanillas son, no purga sino punta de purga en la medicina;

finalmente, la leche dellas, que es muy blanca como de almendras, es la

que tiene la virtud purgativa. Otra cosa para purgar, no sé para qué

enfermedades, hay en esta Isla, y sospecho que debe ser para males de

flema, y ésta es una correa ó raíz, no porque esté debajo de tierra,

sino que tiene su raíz debajo della y encarámase por los árboles de la

manera de la hiedra, y así parece algo, no en la hoja, porque no la

tiene, sino en parecer correa y encaramarse como la hiedra; llamábanla

los indios bexuco, la penúltima sílaba luenga. Pueden atar cualquiera

cosa con ella como una cuerda, porque es nervosa y tiene 15 ó 20 brazas

y más de luengo: generalmente hay muchos bexucos en todos los montes, y

sirven para todas cosas de atar y son muy provechosos.

CAPÍTULO XIII.

Referidas las frutas que en esta Isla hay naturales y silvestres,

digamos de los árboles más principales de que tenemos más frecuente

noticia, y esto es general en todos, que nunca pierden la hoja en todo

el año. Ya digimos arriba la multitud y grandeza y hermosura de los

pinos, los cuales creo que ocupan 50 leguas de sierras, mayormente en

la provincia de Cibao, que son las minas del oro, donde más numerosidad

dellos hay; son derechos como cirios, muy altos y muy gruesos para

másteles de muy grandes naos, son muy jugosos por la mucha resina que

tienen para hacer mucha y muy buena pez; llevan unas piñitas chiquitas

inútiles, finalmente, son de los que en Castilla llaman negrales;

puédese hacer gran tablazon dellos y nunca acabarse. El árbol que se

llama guayacan en lengua desta Isla, la sílaba postrera luenga, cuya

agua se toma para sanar de la enfermedad de las bubas, es árbol bien

grande, como nogal pero más lindo; la hoja me parece que será como

la del peral de Castilla y más clara, verde, y más chica, el tronco

principal y las ramas son como plateadas y doradas entreveradas de

dos ó tres colores; para sacar el agua se ha de cortar la madera y

hacer dos ó tres almozadas de pedacitos muy menuditos y echallos á

remojar en agua del rio, que haya cuatro azumbres, cinco y seis dias

y más, despues cocello que mengüen los tres azumbres y quede sólo el

uno. Ha de tener, el que lo toma, muy gran dieta, sin comer sino un

par de yemas de huevos, y, de tres á tres ó cuatro dias, un cuartillo

de una polla con unos bizcochillos, y más delicado y sano, y para

esta cura más provechoso, creo es que el cazabí xabxao, que no los

bizcochos de pan de trigo; no ha de beber, todo el tiempo que determina

tomallo, agua ni vino, sino solamente aquella agua del palo, que no

es ménos amarga que hieles ó acíbar; desta manera lo han tomado mucho

tiempo en esta Isla, pero ya hay más experiencia en la manera como

se ha de tomar, y en la dieta que hay que tener, especialmente en

Castilla; todavía, digo, que requiere sobre todo extrema dieta y no

beber otra cosa sino aquella agua. Acostumbróse á tomar en esta Isla

desta manera, que tomándola con mucha dieta, despues de pasados los

9 ó 15 ó más dias que la determinaban tomar, tenian una olla, como

dicen, podrida, y comian mucho de todo lo que en ella estaba, y como

el estómago estaba tan delgado de la dieta pasada, prorumpia luégo en

cámaras dos ó tres dias, por las cuales purgaba todo el humor malo, y

así quedaban del todo muy sanos; y yo tuve dello experiencia, que lo

vide y tambien lo oí haber acaecido á algunos. Tengo por cierto, que

no sólo para las bubas, pero para cualquiera enfermedad que proceda

de humor frio, tomándola, será cierta la sanidad, y cuando acaece del

mal de las bubas ó de otro alguno con ella no sanar es porque procede

de humor caliente, y esto tengo por cierto dias ha; el palo de la isla

de San Juan se tiene por mejor, no sé si es de la misma especie de

lo desta Isla ó de otra que difiera en cualidad, al cual llaman los

españoles el palo santo. Hay en esta Isla, y comunmente en todas estas

Indias, donde no es la tierra fria sino más caliente, unos árboles

que los indios desta Isla llamaban ceybas, la y letra luenga, que son

comunmente tan grandes y de tanta copa de rama y hoja y espesura que

harán sombra y estarán debajo dél 500 de caballo, y algunos cubrirán

mucho más; es muy poderoso, alegre y gracioso árbol; tiene de gordo

más que tres y cuatro bueyes su principal tronco, y algunos se han

hallado, y creo que está uno en la isla de Guadalupe, que fueron 10

ó 12 hombres, los cuales abiertos los brazos, y áun con dos pares de

calzas extendidas, no lo pudieron abrazar, y así lo oí certificar.

De ser comunmente grandísimos y grosísimos y admirables ninguno debe

dudar, ni tener por exceso que aquél fuese tan grande, porque en esta

Isla, en la ribera de Hayna, 8 ó 10 leguas de Santo Domingo, yendo

hácia la Vega, hobo uno que llamaban el árbol gordo, y cerca dél se

asentó una villa de españoles que la nombraron así, que si no me he

olvidado cabian dentro de sus concavidades, pienso que, 13 hombres, y

estaban cubiertos, cuando llovia, del agua, y á mí en él acaeció lo

mismo, y creo que no lo podian abrazar 10 hombres, si, como digo, no

me he olvidado. El mástel ó tronco principal ántes que comiencen las

ramas terná dos y tres lanzas en alto; comienzan las primeras ramas, no

de bajo á alto como los otros árboles, sino extendidas mucho derechas

por lo ancho que parece maravilla con el peso que tienen no quebrarse,

y por este lo hacen tan capaz y que tanta sombra haga; son tan gruesas

comunmente las ramas dichas como un hombre, aunque tenga más que otros

de gordura; las hojas son verdes oscuras, delgadas y arpadas, si bien

me acuerdo; no siento que haya en Castilla á qué las comparar, sino es,

sino me engaño, á las del que llamamos árbol del paraíso. Y porque lo

dicho no parezca increible, léase lo que dice Estrabon en el XV libro

de su Geografía, donde cuenta que hay árboles de admirable grandeza en

las Indias, algunos de los cuales apénas podrán cinco hombres abrazar,

los brazos extendidos; así, pues, como hay tan gruesos que los troncos

ó másteles dellos no los puedan cinco hombres abrazar, parece que

aunque se diga que 6 y 10 tienen que hacer en abrazar alguno, no será

increible maravilla, cuanto más que habemos visto lo que decimos. Hay

en algunas partes robles, pero en pocas y pocos; háylos, más que en

otras, en la provincia de Yaquimo, en unos valles cerca de la mar, y

en esta provincia hobo y hay el brasil, pero no mucho, de donde pensó

el Almirante que descubrió este orbe que salieran grandes riquezas,

como abajo diremos. Tiene tambien otros árboles esta Isla, que llamaban

caoban la o letra luenga, los indios; tienen muy buena madera para

arcas ó mesas, algo colorada ó encarnada con algun olorcillo bueno,

que parece que quiso ser cedro pero no lo es, porque en esta Isla no

hay cedros, en la de Cuba sí muy excelentes. Otros árboles hay, como

hayas, algo blancos, en lengua de indios no sé el nombre dellos. Hay

otros árboles delgados, pequeños, en los montes de la costa del Sur

hácia Santo Domingo especialmente, que los indios llamaban caymitos, la

penúltima luenga, que tienen la madera para hacer arcos como de tejo, y

de éstos creo que los hacian los indios; tienen la hoja muy señalada,

porque de una parte la tienen muy verde como la del naranjo, aunque es

chiquita, y de la otra parte como si toda fuese alheñada. Hay otros

que llamaban los indios guacimas, la media sílaba breve, que propios

son moreras en la hoja, puesto que la tienen áspera y gruesa, pero

cuando comienza la nueva creo que sería para criar seda ó poco ménos;

la fruta es de hechura de moras, pero es muy dura y negra, puesto que

tiene algun zumo pero muy poquito, y es dulce como miel, por lo cual

los puercos la comen y con ella engordan, y la van á buscar donde la

huelen, como tras los hovos digimos en el precedente capítulo. Deste

árbol sólo sacaban fuego los indios; tomaban dos palos dél muy secos,

el uno tan gordo como dos dedos, y hacian en él con las uñas ó una

piedra una mosquecita, y ponian este palo debajo de ambos piés, y el

otro palo era más delgado como un dedo, la punta redondilla, puesta

en la mosca, con ambas palmas de las manos traíanlo á manera de un

taladro, y esto con mucha fuerza; con este andar de manos salia del

palo de abajo molido polvo, de la misma manera delgado como harina,

cuanto el palo de abajo se ahondaba con el de arriba, y cuanto más el

hoyo se ahondaba y el polvo salia, tanto más se hacia apriesa con las

manos y con fuerza ó vehemencia, y entónces el mismo polvo ó madera

molida que del palo de abajo salia era encendido, de la manera que se

enciende la yesca dando con el eslabon en el pedernal en Castilla.

Y esta es la industria que los indios para sacar fuego sin hierro y

pedernal tenian, la cual es antigua, segun della hace mencion Plinio en

el libro XVI, capítulo 41, donde dice: «que los soldados en la guerra,

y los pastores en los montes ó campos, hallaron este secreto, como no

tuviesen pedernal ni eslabon para sacar fuego»; sacábanlo de la manera

dicha, segun él, de las ramas de los morales y laureles, y de los

tejos, porque son cálidos de su naturaleza.

CAPÍTULO XIV.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 24 / 41 段