la isla Española, con la crueldad de las minas y los otros trabajos
que les daban, se les iban muriendo y acabando, inventaron engañar al
Rey Católico para que les diese licencia que pudiesen traer las gentes
naturales de las islas que llamábamos Yucayos ó Lucayos. Esta licencia
concedida, su ocupacion toda por aquellos tiempos fué ir á traerlos;
dellos tomados por engaño, dellos salteándolos y por todas maneras de
injusticia y maldad, los trujeron sin quedar ánima viva en treinta ó
cuarenta islas que son, chicas y grandes, donde, al cabo y los que
restaban, en la pesquería de las perlas todos los mataron y acabaron.
Estos tambien acabados, comenzaron á tractar de otra granjería para
tener á quien más matar en sus minas; como los españoles que vivian
en la isla de Cuba hicieron armadas para saltear los moradores de las
islas de los Guanajos, al Poniente, y las que más pudiesen hallar y
despoblar, segun arriba en el cap. 91 digimos, así los que vivian en la
Española inventaron hacerlas para saltear y cautivar naturales vecinos
de las islas y tierra firme, que la naturaleza puso al Oriente. Estas
armadas hacian de la manera que hicieron las que inventaron para traer
la gente de los Yucayos, juntándose en compañía tres ó cuatro vecinos,
ó más ó ménos, segun tenian el caudal, y ponian cinco, ó seis, ó siete
mil pesos de oro, compraban un navío ó dos, metian 50 ó 60 españoles,
personas bien desalmadas, proveidos de bastimentos ó á soldada, ó
á que en las presas que trujesen tuviesen sus partes. Dábaseles un
Veedor, tan gran ladron como ellos, y ménos temeroso de Dios y que
parecia haber recibido el alma en vano, para que viese lo que allá se
hacia, conviene á saber, que mirase si se hacian los requerimientos,
y si las instrucciones que se les daban guardaban. Las instrucciones
contenian que á cualquiera Isla ó parte de tierra firme que llegasen,
hiciesen sus requerimientos, diciendo que supiesen que habia un Dios
en el cielo, y un Papa vicario suyo en la tierra, y que habia dado
aquellas Indias á los reyes de Castilla, cuyos vasallos ellos eran; que
viniesen á su obediencia, si no que supiesen que les harian guerra y
harian esclavos, etc. ¿Qué mayor escarnio de la fé de Jesucristo y más
injusta maldad, que aquellos mal aventurados letrados, que gobernaban
estas islas y tierras, y que obligados eran á saber ser aquéllo contra
toda ley natural, y divina, y humana, tales instrucciones no tuviesen
vergüenza y confusion de darlas? Destos requerimientos (no pase de aquí
el lector, hasta que vea lo que dellos digimos arriba en los capítulos
57 y 58), algunas veces enviaban un clérigo idiota por Veedor, para
justificar más su tiranía, que veia las maldades que allá se hacian, y
dellas descubria y dellas no; dello por no tener todo por malo, pues
el Audiencia real lo autorizaba, enviaba y mandaba, y mandaba y tenía
en ello parte, siendo todo execrable, dello quizá porque se holgaba
de que se trujese más gente robada, porque tambien de las presas
llevaba su parte de esclavos ó se le daba por aquella su veeduría buen
salario. Estos, salidos del puerto de Sancto Domingo, porque de allí
era su embarcaje, llegaban á la Isla ó á la parte de tierra firme
donde ir acordaban que más cómodo hallaban, y desde los navíos hacian
sus requerimientos, y aunque los hicieran al oido de cada uno de los
moradores, como fuese en nuestra algarabía, no entendieran ni entendian
palabra, y desto daba testimonio el Veedor como en tal puerto de tal
isla ó provincia de la tierra firme se habia hecho el requerimiento
que Su Alteza mandaba. Venian los indios en sus barquillos ó canoas á
ellos trayéndoles comida, y sus cosillas ellos les daban y saltaban en
tierra por asegurallos, y venida la noche daban en el pueblo llamando
á Santiago que los ayudase; tomaban cuantos podian, y otros, para
meter temor á todos, mataban á cuchilladas. Metian en los navíos los
presos, y de allí se iban á otras partes y hacian otro tanto, hasta
que les parecia que tenian buena carga. Siempre por el camino echaban
á la mar muertos mucha parte, del poco comer y beber porque siempre
llevaban ménos bastimento de lo que para tanta gente era necesario, y
del calor por los meter debajo de cubierta, y de angustia y tristeza de
verse así traer, como digimos arriba en los capítulos 43, 44 y 45 de
la segunda parte desta Historia, hablando de los Yucayos. Veníanse al
puerto de Sancto Domingo los navíos con sus cabalgadas, desembarcaban á
los tristes desventurados, desnudos, en cueros, flacos, para espirar,
echábanlos en aquella playa ó ribera como unos corderos, los cuales,
como venian hambrientos, buscaban los caracolicos ó hierbas y otras
cosas de comer, si por allí hallaban, y como la hacienda era de muchos,
ninguno dellos curaba para les dar de comer y abrigallos hasta que se
hiciesen partes, sino, de lo que traian en el navío, algun caçabí,
que ni los hartaba ni sustentaba. Y porque siempre no faltaba quien
dijese y publicase algunas señaladas crueldades que allá se habian
hecho cuando los tomaban (y tan bien las sabian los Oidores como los
predones que las hacian, porque cierto les era que no los podian tomar
ó prender sino haciendo grandes males), para engañar al mundo, ponian
una persona que se les antojaba, que quizá tendria en el armada parte,
que averiguase si habian sido bien tomados. ¡Oh gran Dios y Señor, y
que has sufrido con tu paciencia y longanimidad en este caso que nunca
se hallaron ser mal tomados ni traidos, estando en sus tierras y en
sus casas sin hacer mal á nadie, como que no fuera iniquísimo enviar
salteadores que los robasen y trujesen para los hacer esclavos! y si
alguna vez hallaban, segun su ceguedad, alguna causa que á su parecer
era más desvergonzada en fealdad que condenaba la traida de aquellos,
no por eso los libertaban ni enviaban á sus tierras, diciendo que ya
que estaban acá mejor les era porque serian cristianos, ó que moririan
por el camino, y otras excusas semejantes, como que de su cristiandad
tuvieran algun cuidado. Verlos por aquella playa, la ribera del rio,
dellos sentados, dellos echados en aquel suelo que no se podian tener,
dos y tres dias y noches, al sol y al agua, miéntras los repartian,
llenos de espanto y de toda tristeza, era una de las grandes miserias
y calamidades, para quebrantar los corazones de cualquiera persona que
no fuera piedra ó mármol, que se podian ver. Viniendo á la partija,
cuando el padre via que le quitaban el hijo, y el marido que daban
á otro dueño su mujer, y la madre á la hija, y la mujer al marido,
¿quién podrá dudar que no les fuese nuevo tormento y doblada miseria,
llena de dolor grandísimo, derramando lágrimas, dando gemidos,
lamentando su infelicidad, y quizá maldiciendo su suerte? Entre las
inexpiables ofensas, que contra Dios y los hombres en el mundo se han
cometido, han sido, cierto, las que en las Indias habemos hecho, y de
aquellas esta granjería fué una de las más injustas, más en maldad y
daños calificadas y más crueles. Entre otros saltos que los nuestros
hicieron en aquella costa de tierra firme, abajo de Cumaná obra de
45 leguas, quiero contar uno, aunque de otro especie, porque fué sin
embarazo de requerimientos. Está donde digo una provincia, ó era un
gran pueblo en ella, á la ribera de la mar, en un Cabo que entra en
la mar y hace algun puerto que llamaban el cabo de la Codera; el
señor della ó del pueblo se llamaba Higoroto, nombre propio de la
persona ó comun de los señores dél, este señor, aunque infiel, era
muy virtuoso, y su gente buena, y que imitaba en amar la paz y ser
hospedativa á su señor. El señor y toda su gente tuvo grande amor á
los españoles, y los rescibian y abrigaban en su pueblo y casas como
si fueran padres y hijos, y acaecia venir huyendo por los montes
algunos malos cristianos españoles, de otras provincias ó pueblos de
otros indios que habian salteado, y escapádose de las manos dellos,
muertos de hambres, descalzos y afligidos, y recibíalos el señor
Higoroto y abrigábalos, dándoles de comer y su cama, y lo que más les
era menester, con mucha alegría; y despues de los haber reformado,
y ellos de su hambre y trabajos convalecido, y se querian ir, los
enviaba en una canoa por la mar á la isleta de Cubagua, donde estaban
los españoles en su granjería, proveidos de lo que habian menester,
acompañados de muchos indios, y así libró á algunos de los nuestros de
la muerte que no fueran oidos ni vistos. Finalmente era tal Higoroto
y su gente, y á los españoles obligaba con tan continuos beneficios,
que todos los españoles llamaban aquel pueblo de Higoroto meson y casa
refugio y consuelo de todos los españoles que por allí iban y venian.
Acordó un mal aventurado hombre de con una insigne obra mostrar el
agradecimiento de tanto beneficio; llegó, pues, aquél allí con un
navío, y en él su compañía, que debian de no haber hallado aparejo
para hacer salto en toda la costa, y por no tornar de vacío saltaron
en tierra, y los indios con su señor rescibiéronlos y regocijáronlos
como á los otros solian. Tornáronse al navío y convidaron mucha gente,
hombres y mujeres, grandes y chicos; entran en él seguros como en otros
otras veces hacian. De que los tuvieron dentro alzaron las velas, y
viniéronse á la isla de Sant Juan y vendiólos por esclavos; y á la
sazon yo llegué á aquella Isla y lo vide y supe la obra que habia
hecho, y cómo mostró al señor Higoroto y á su gente ser los españoles
de cuantos beneficios dél rescibieron agradecidos. Desta manera dejó
destruido aquel pueblo, porque los que no pudo robar se desparcieron
por los montes y valles, huyendo de aquellos peligros, y despues al
cabo todos perecieron, con las maldades tiránicas de los españoles que
fueron á poblar ó despoblar á Venezuela, como aparecerá en el siguiente
libro. A todos los salteadores y malos cristianos, que en aquellos
pasos andaban, pesó entrañablemente de aquella maldad que aquel pecador
con el pueblo de Higoroto hizo, y es de creer que no por la fealdad
de la obra tanto, segun éstas y otras semejantes cada paso se hacian,
cuanto por haber perdido todos aquel cierto y buen hospedaje que
Higoroto y su gente á todos sin diferencia hacian.
CAPÍTULO CLXVII.
¿Quién podrá numerar los insultos, y encarecer las fealdades y gravedad
dellos, que con estas y en estas armadas se hicieron, y cuántas gentes
á la isla Española y á la de Sant Juan se trujeron y vendieron, y
en ellas, sin sus naturales vecinos, en las minas y otros trabajos
perecieron? y no sé si diga que fueron más de dos cuentos. Muéstralo
bien la despoblacion y soledad de toda aquella costa de tierra firme, y
de muchas islas que estaban poblatísimas; y esta es cosa digna, cierto,
de considerar, que ha mostrado la divina justicia, que ninguno se cree,
de cuantos en estas armadas entendieron y pusieron dineros, teniendo
parte en la cofradía, que no viviese pobre y mezquino, y las muertes
fuesen de sus obras testigos, ó que despues de sus vidas, por muchas
haciendas que dejasen, que en breve, por diversas vías, no fuesen
consumidas. Hombre destos cognoscimos en esta isla, que dejó hacienda
que valia 300 y 400.000 castellanos, y en ellos dos ó tres mayorazgos,
y á cinco ó seis años despues de su muerte se habia deshecho tanto
entre las manos, cuasi imperceptiblemente, á no valer toda 50.000, y
no se duda que no vaya del todo adelante, hasta que sus herederos,
ó que gocen poco de aquellos bienes, ó que vengan á tiempo que
mendiguen, y destos hobo muchos en aquella ciudad y en toda la Isla.
Cerca de aquellos requerimientos que por ceremonia hacian los que iban
y mandaban hacer los que gobernaban, y llamábanse letrados juristas
(y por aquel oficio de letrados comian y señoreaban, no por sus ojos
bellidos, y por tanto no les era lícito ignorar aquella tan inhumana y
grosísima injusticia), quiero aquí contar lo que me acaesció tractando
dello con el mayor dellos, que sobre todos ellos presidia. Decíale yo,
y traíale razones y autoridades para persuadille, ser aquellas armadas
injustas y de toda detestacion y fuego eterno dignísimas, y cómo los
requerimientos que se mandaban hacer y hacian eran hacer escarnio de
la verdad y de la justicia, y en gran vituperio de nuestra religion
cristiana, y piedad y caridad de Jesucristo, que tanto por la salvacion
de aquellas gentes habia padecido, y que no les pudiendo limitar
tiempo dentro del cual se convirtiesen á Cristo, pues él ni á todo el
mundo lo limitó, más de dalle todo el tiempo que hobo y hay desde su
principio hasta el dia del Juicio, ni á persona particular alguna, sino
que á cada uno le concedió todo el espacio de la vida, dentro del cual
se convirtiese usando de la libertad del libre albedrío, y que los
hombres cortasen aquel privilegio divino de tal manera, que unos decian
que bastaban requerilles y esperalles tres dias, otros se alargaban
diciendo que bien era esperallos quince dias; respondióme él: «No,
poco es quince dias, bien es dalles dos meses para que se determinen».
Quise dar gritos desque oí é vi insensibilidad tan profunda y maciza,
en quien gran parte de aquellas regiones regia. ¿Qué mayor ignorancia
y ceguedad podia caer en persona que profesaba ser letrado y gobernar
tanta tierra y tanta gente, que no supiese, lo uno, que aquellos
requerimientos eran injustos y absurdos y de derecho nulos; lo otro,
que aunque fueran justos y se les pudieran hacer, que eran dichos en
lengua española que no entendian, y así no los obligaban, y que para
entendellos más tiempo habian menester de dos meses, y áun de catorce
y de veinte para que los obligaran; lo otro, que no por más probanza
ni testimonio de afirmar aquellos, que por tan malos infames y crueles
hombres por sus malvadas obras tenian, que Dios del cielo habia dado el
señorío del mundo á un hombre que se llamaba Papa, y el Papa concedió
aquellos reinos de las Indias á los reyes de Castilla, que pensase y
creyese quedar obligados á creellos y rescibillos, y dar á los reyes de
Castilla la obediencia, y donde no, pasados los dos meses, les pudiesen
hacer guerra. Item, que creyese aquel Presidente de aquella Audiencia
que fuesen obligados aquellas gentes á rescibir á los reyes de
Castilla por señores, teniendo sus señores naturales y Reyes, primero
que de Dios su criador y redentor se les diese cognoscimiento. Pero
esta ignorancia y ceguedad, del Consejo del Rey tuvo su orígen primero,
la cual fué causa de proveer que se hiciesen aquellos requerimientos;
y plega á Dios que hoy, que es el año que pasa de 61, el Consejo esté
libre della. Y con esta imprecacion, á gloria y honor de Dios, damos
fin á este tercero libro.
APÉNDICE.
ALGUNOS CAPÍTULOS
DE LA
APOLOGÉTICA HISTORIA
cuanto á las cualidades, dispusicion, descripcion, cielo y suelo
destas tierras, y condiciones naturales, policías, repúblicas, maneras
de vivir y costumbres de las gentes destas Indias occidentales y
meridionales, cuyo imperio soberano pertenece á los Reyes de Castilla.
ARGUMENTO DE TODA ELLA.
La causa final de escribilla fué cognoscer todas y tan infinitas
naciones deste vastísimo orbe infamadas por algunos, que no temieron á
Dios, ni cuánto pesado es ante el divino juicio infamar un solo hombre
de donde pierda su estima y honra, y de allí le suceda algun gran
daño y terrible calamidad, cuanto más á muchos, y mucho más á todo un
mundo tan grande, publicando que no eran gentes de buena razon para
gobernarse, carecientes de humana policía y ordenadas repúblicas, no
por más de por las hallar tan mansas, pacientes y humildes, como si la
Divina Providencia en la creacion de tan innumerable número de ánimas
racionales se hobiera descuidado, dejando errar la naturaleza humana,
por quien tanto determinó hacer y hizo, en tan cuasi infinita parte
como ésta es del linaje humano, á que saliesen todas insociales, y por
consiguiente monstruosas, contra la natural inclinacion de todas las
gentes del mundo, no permitiendo que yerre así alguna especie de las
otras corruptibles creaturas, sino alguna por maravilla de cuando en
cuando. Para demostracion de la verdad, que es en contrario, se traen
y copilan en este libro (referida primero la descripcion y calidades
y felicidad de aquestas tierras, y lo que pertenesce á la geografía y
algo de cosmografia) seis causas naturales que comienzan en el cap.
22, conviene á saber, la influencia del cielo, la dispusicion de las
regiones, la compostura de los miembros y órganos de los sentidos
exteriores é interiores, la clemencia y suavidad de los tiempos, la
edad de los padres, la bondad y sanidad de los mantenimientos; con
las cuales concurren algunas particulares causas, como la dispusicion
buena de las tierras y lugares y aires locales, de que se habla en el
cap. 32. Item otras cuatro accidentales causas que se tratan en el
capítulo 27, y éstas son la sobriedad del comer y beber, la templanza
de las afecciones sensuales, la carencia de la solicitud y cuidado
cerca de las cosas mundanas y temporales, el carecer asimesmo de las
perturbaciones que causan las pasiones del ánima, conviene á saber,
la ira, gozo, amor, etc. Por todas las cuales, ó por las más dellas,
y tambien por los mismos efectos y obras de estas gentes, que se
comienzan á tractar en el cap. 39, se averigua, concluye y prueba,
haciendo evidencia ser todas, hablando _à toto genere_, algunas más,
y otras muy poco ménos, y ningunas exportes dello, de muy buenos,
sotiles y naturales ingenios y capacísimos entendimientos; ser
asimismo prudentes y dotadas naturalmente de las tres especies de
prudencia que pone el Filósofo, monástica, económica y política; y
cuanto á esta postrera, que seis partes contiene, las cuales, segun el
mismo, hacen cualquiera república por sí suficiente y temporalmente
bienaventurada, que son labradores, artífices, gente de guerra, ricos
hombres, sacerdocio (que comprende la religion, sacrificios y todo lo
perteneciente al culto divino), jueces y ministros de justicia, y quien
bien gobierne, que es lo sexto, las cuales partes referimos en breve
abajo en el cap. 45, y en el 57, por gran discurso, hasta las acabar
proseguimos; cuanto á la política, digo, no sólo se mostraron ser
gentes muy prudentes y de vivos y señalados entendimientos, teniendo
sus repúblicas (cuanto sin fé y cognoscimiento de Dios verdadero pueden
tenerse) prudentemente regidas, proveidas y con justicia prosperadas,
pero que á muchas y diversas naciones que hobo y hay hoy en el mundo,
de las muy loadas y encumbradas, en gobernacion, política y en las
costumbres se igualaron, y á las muy prudentes de todo él, como eran
los Griegos y Romanos, en seguir las reglas de la natural razon con
no chico exceso sobrepujaron. Esta ventaja y exceso, con todo lo que
dicho queda, parecerá muy á la clara cuando, si á Dios pluguiere, las
unas con las otras se cotejaren. Escribió esta Historia, movido por
el fin de suso dicho. Fray Bartolomé de las Casas ó Casaus, fraile
de Sancto Domingo y Obispo que fué de la ciudad Real de Chiapa,
prometiendo delante la divina verdad, de en todo y por todo lo que
dijere y refiriere decir verdad, no saliendo en cuanto él entendiere, á
sabiendas, cosa ninguna de la verídica sustancia.
CAPÍTULO PRIMERO.