descubierta, llana y graciosa, y está cercana de las sierras de Urraca
ó Veragua, que siempre tuvo de tener mucho oro mucha fama, deseaba el
licenciado Espinosa hacer por allí un pueblo, y aplicar á él todos
los indios de las provincias ó gentes comarcanas para que sirviesen
los españoles, que es todo tras lo que andan. Escribiólo á Pedrárias,
dándole las razones que á su parecer convenian, para que le diese
licencia de poblar; respondióle Pedrárias que le parecia bien, y que
así se haria, pero que él queria en ello hallarse, y por tanto que se
viniese para él, dejando allí la gente que le pareciese convenir, con
la demas; dejó á Francisco Compañon que era uno de los principales
verdugos que en aquellas sus obras le acompañaban, con 50 hombres y dos
yeguas, que no hacian menores estragos con ellas que con caballos, y
con los demas se fué á Panamá donde Pedrárias estaba. El rey Urraca,
que no siempre dormia, sabida la partida del licenciado Espinosa para
Panamá, y que no quedaban en la tierra de Natá sino pocos españoles,
juntó su gente y vino una noche á dar sobre ellos, y los delanteros
hallaron tres españoles en una casa ántes de su real, y con una lanza
atravesaron el uno, y muerto prenden al otro, y el tercero se escondió;
éste toma sus armas, y con grandes voces hizo grande estruendo como
que venia gente, y con gran denuedo y esfuerzo, dá tras ellos y mató
cinco dellos, y con la turbacion sueltan al otro y comienzan retraerse,
de manera que tuvieron lugar los dos de recogerse á donde su compañia
estaba. Entendido por ellos la mucha gente que Urraca traia sobre
ellos, Francisco Compañon, el Capitan, envia á toda furia á Hernando de
Soto, y luégo tras él á Pero Miguel, hombres muy sueltos, que avisen
á Pedrárias del estrecho en que quedaban. Pedrárias, que no era en
semejantes tiempos y peligros negligente, despachó luégo en un navío á
Hernan Ponce con 40 hombres, y llegó á tiempo que Francisco Compañon
queria con su compaña dejar la tierra, porque Urraca habia convocado
cuanta gente habia por aquellas provincias, y los tenía cercados que
no podian salir un tiro de piedra á buscar raíces que comiesen. Como
Urraca vido el navío, estimando que todos los españoles de Panamá
allí venian, alzó el cerco y retrújose á sus sierras. Despachado el
navío, Pedrárias, con 160 españoles y dos caballos, y ciertos tiros de
artillería, y por Capitan de su guardia Francisco Pizarro, determinó
de seguillos; llegado á Paraqueta ó tierra de Natá, donde Compañon
estaba y los demas, y sabido que Urraca se habia con su gente retraido,
mandó á Hernan Ponce que con 30 españoles se quedase allí con él,
y otro dia Pedrárias, para buscar y seguir á Urraca, se partió con
toda la otra gente. Estábalos esperando Urraca para pelear, teniendo
junto consigo á otro señor Exquegua, en la entrada del pueblo deste
que era lugar para su favor fuerte, con gran número de gente, y sí
Pedrárias bien quisiera excusar la contienda por ver el lugar dicho
para los caballos no favorecelle, pero viendo que por muchas parles lo
infestaban y acometian, arremete con toda su gente contra ellos, y los
indios no ménos resistiéndoles su ímpetu, pelearon cuasi todo el dia,
donde hobo muchos heridos; muertos, no pude saber los que fueron de
los indios, porque de los españoles pocos suelen morir, como las armas
de los indios sean para jugar niños. Con toda su poquedad les dieron
aquel dia mal dia, y apretaron tanto á los españoles, que Pedrárias
se vido en harto trabajo, y quisiera más estar en Panamá descansando.
Finalmente, acudió luégo al remedio último, que fué los tiros de
pólvora, los cuales sueltos, no paró de los indios hombre con hombre;
pero no por eso Urraca que del todo desmayase, y así, por cuatro
continuos dias, salieron á pelear al campo, pero al fin, viendo que
por aquella vía no podian prevalecer, por los tiros de pólvora y los
caballos, acordó de retraerse y convocar más gente de la que quedaba, y
fortalecerse sobre cierto rio llamado de Atra, donde acudieron muchas
gentes de ambas á dos mares á serville y ayudalle. Pedrárias propuso
de ir tras él y probar si podia tomalle, y llegando á la comarca donde
Urraca con su ejército estaba, tuvo un ardid para engañarlos, y fué
que echó ciertos indios, como que se habian descuidado, para que los
prendiesen los corredores, y preguntándoles por Urraca, respondiesen
que en aquella sierra estaba, y consigo tenía gran suma de oro; y
desta industria ó ardid de guerra usó Urraca, porque sabia el ánsia
y sed que los españoles de oro tenian, y que habian de ir á buscallo
desahilados y sin órden, donde podia, con las celadas que tenía puestas
en ciertos pasos, desbaratallos. Presos, pues, los que para ésto envió,
luégo Pedrárias envió á Diego Albitez con 40 hombres, y en el camino
de las sierras cae en las celadas, y dánles tanta priesa que ninguno
quedó dellos que no fuese herido y bien lastimado, y el remedio que
tuvieron fué huir para salvarse. Pedrárias torna con 60 hombres á
enviar al mismo Albitez que suba en pos dellos la sierra, donde no
halló á nadie; torna por lo llano del rio donde los vió, y los indios
con grandes alaridos arremeten á ellos, y pelearon defendiendo que
los españoles, por una angostura que el rio hacia, no pagasen, donde
hobo muchos heridos de ambas partes; y porque los españoles delanteros
comenzaban á desmayar, fué Diego Albitez con ciertos, de priesa, para
los animar, y hobieron de caer en el rio donde se bien remojaron, y
fué harto escapar; finalmente, prevalecieron los españoles despues de
muchas heridas y trabajos, y siguiendo el alcance fueron acuchillando y
matando dellos cuantos podian alcanzar. Despacha Pedrárias cuadrillas
de españoles por toda la provincia en diversas partes, robando y
quemando, y asolando y captivando cuanto y cuantos hallaban; lo mismo
hicieron en las tierras de otros señores, llamados los dos dellos
Bulaba y Musa, que vinieron en ayuda de Urraca, y así quedó toda
aquella tierra lastimada, y menoscabada, despoblada, y la gente della
huida por los montes amedrentada, dejado los muchos muertos y captivos
que della faltaban. Pedrárias, por remunerar á los españoles que tanto
por allí habian trabajado, acordó de hacer un pueblo dellos por allí
cerca en comarca, y pareció que debia de asentarlo en el pueblo, ó
cerca dél, de un Cacique ó señor que se llamaba Natá, la última sílaba
luenga, y quiso que así se llamase; y porque los españoles de las
Indias, en especial los que andaban y andan en estos pasos, tienen y
han tenido poco cuidado de arar y cavar, sino comer de aquellos sus
tan meritorios trabajos á costa de las vidas y ánimas de los indios,
y esto es y fué haciendo repartimientos de los pueblos, y dárselos en
encomienda, que es donde va á parar todo su descanso, señaló Pedrárias
á cada uno de los que allí se quisieron avecindar cierto número de
indios, en los pueblos que por aquellas provincias, con las guerras y
violencias de que usaba, tenía subjetados, que los españoles llaman
pacificados, y que de miedo y por no ser como los demas, hechos
pedazos, querian estar en sus pueblos, y servirlos cuando los españoles
por allí pasasen ó á llamar los enviasen, aunque nunca ellos pensaran
que aquel servicio habia de ser tan duro y tan diuturno hasta acabarse
como se acabaron; y hoy está toda aquella tierra, siendo felicísima y
poblatísima, despoblada. Esto así ordenado y repartido y tiranizado
por Pedrárias, dejó allí por su Teniente y Capitan á Diego Albitez, y
él volvióse á Panamá. Los indios repartidos, enviados á llamar, venian
y servian en hacer las casas y labranzas para los españoles, cazas,
pesquerías y de todos los otros trabajos para sustentar un pueblo de
50 ó 60 vecinos españoles, que es más allá que sustentar una villa
de 2.000 en Castilla, porque quieren ser servidos dellos como hijos
de Condes y Duques regalados, y no sólo servidos, pero adorados.
Asentábaseles á los indios esta carga no usada como intolerable, y así
unos venian tarde, otros no curaban, otros se huian, y éstos llaman los
españoles alzarse. Envia Diego Albitez y va tras ellos, que llamaban
ranchear; á los que tomaban, dellos mataban, dellos cautivaban para
los escarmentar, dellos aseguraban, y así los forzó á que viniesen
á servir á sus encomenderos y tiranos. El señor y rey Urraca, cada
y cuando que via la suya, no olvidaba de visitar los españoles con
las gentes que podia juntar y darles muchas buenas alboradas, y los
que hallaba á mal recaudo, no habia menester tornarlos á buscar para
dellos vengarse. Salian los españoles y quemaban y asolaban toda la
tierra y provincia de Urraca, y en ésto se pasaron nueve años, que
nunca pudieron aplacallo; porque, en la verdad, como el aplacallo no
podia ser, segun ellos, sino que sufriese el cautiverio, y servidumbre
y tiranía de los demas, en la cual él y su gente se habian finalmente
de acabar, y ésta es la satisfaccion y recompensa que de los daños
é injusticias tan estupendas los nuestros á aquellas gentes han
acostumbrado y acostumbran dar, él, como hombre prudente y esforzado,
y que sentia bien la justa guerra que proseguia contra quien con tanta
injusticia, sin culpa, ni razon, ni causa, estando en sus tierras
seguro, le habia hecho y hacia tantos daños y males, no cura de se
aplacar. A los indios suyos que los españoles tomaban les daban grandes
tormentos, porque descubriesen la gran suma de oro de que Urraca y sus
vasallos poseer tenian fama; con ésto más cada dia Urraca se indignaba.
Despues, pasado algun tiempo, envió por Teniente de la villa de Natá,
Pedrárias, á Compañon, y por el gran temor que señaladamente se tenía
por los españoles de un indio muy esforzado, Capitan de Urraca, por
los tártagos que muchas veces les daba, este Compañon tuvo muchas
maneras para le haber á las manos, y como no podian por guerra, trabajó
infielmente de habello de paz, y sobre seguro, y así, asegurándolo
con mensajeros indios y con sus engañosas ofertas, hobo de venir al
pueblo á visitar los españoles, y vino á sus manos. Pero el Compañon
quebrantándole la palabra, fealdad bien usada por los españoles con
los indios en aquellas partes, y pocas ó ningunas de parte de los
indios no bien guardada, prendiólo, y cargado de hierros lo envió al
Nombre de Dios desterrado; y no fué poco bien el que le hizo, pues no
lo quemó como muchas veces lo hicieron los que se llaman cristianos.
Desto rescibió grande dolor Urraca, y puso mucho cuidado en juntar toda
la gente que pudo de ambas á dos mares, del Norte y del Sur, y juntos
hacerles una gran habla, diciendo: «No es razon que dejemos reposar
estos cristianos, pues allende de tomarnos nuestras tierras, nuestros
señoríos, nuestras mujeres y hijos, y nuestro oro, y todo cuanto
tenemos y hacernos esclavos, no guardan fe que prometan, ni palabra,
ni paz; por eso peleemos contra ellos y trabajemos, si pudiéramos, de
los matar y de tirar de nosotros tan importable carga, miéntras las
fuerzas nos ayudaren, porque más nos vale morir en la guerra peleando,
que vivir vida con tantas fatigas, dolores, amarguras y sobresaltos.»
No dijeron más Judas Machabeo y sus hermanos sobre la misma causa.
Plugo á todos, y todos profesaron de morir peleando, miéntras las
fuerzas y la vida les durasen, y así, los repartidos á los españoles
se alzaron y mataron cinco de los que estaban en los pueblos dellos
descuidados, muy con imperio mandándolos. Muertos aquéllos, vienen
gran número dellos sobre la negra villa de Natá; salen los españoles,
pelean todos fuertemente, hay muertos y muchos heridos de todas partes,
mayormente de los indios, porque con los caballos, por ser la tierra
llana y descombrada, rescibieron muy gran daño. Duró la guerra muchos
años, dentro de los cuales murieron en ellas muchos españoles y de los
indios, sin comparacion, innumerables; pero porque los tristes eran
desnudos y tan flacas, como se ha dicho, sus armas, viéndose cada dia
sin algun fruto, ni remedio, ni esperanza dello, perecer, cansados
y quebrantados de andar por sierras y por valles tantos tiempos en
guerra, sudando y hambreando y padeciendo mil otros trabajos que
aquella vida, en especial en las Indias, consigo trae, acordaron todos
los más de los pueblos de venirse á los españoles, en su servidumbre, á
acabar su vida desventurada. Sólo el rey Urraca, con la gente que tenía
y le habia quedado de tanta mortandad, nunca quiso venir, sino siempre
tuvo su teson de aborrecimiento contra los españoles, llorando toda su
vida no podellos acabar; al cual del todo dejaron en su tierra sin
illo más á buscar, cognosciendo que nunca vez le hicieron guerra que
muchos dellos no saliesen della muertos y bien descalabrados, y así en
su tierra y casa murió, y con él su gente, no con más cognoscimiento
de Dios del que tuvo ántes que oyese nombrar cristianos, en su
infidelidad. ¿Quién habrá dado cuenta de su perdicion y de tantas
ánimas, que ningun impedimento de su parte para rescibir la fe tenian
si se les predicara? bien claro para cualquiera cuerdo cristiano está.
CAPÍTULO CLXIV.
Despues de haber destrozado aquellas provincias y puestas en la
servidumbre ordinaria del repartimiento y encomiedas, que es el fin
de los españoles propincuo, para conseguir el último que es abundar
en oro, pareció á Pedrárias que habia mucha gente española en Panamá
junta; por derremalla envió á un Benito Hurtado, que mucho habia
servido, segun los vocablos, en los insultos y tiranías pasadas
y presentes, con cierto número dellos, á que pusiese en la misma
servidumbre, por mal ó por bien, á las gentes que de los confines
de Natá habia, hasta la tierra que, por mandado de Espinosa, Hernan
Ponce por la mar habia descubierto, y mandóle Pedrárias que poblase un
pueblo en la provincia de Chiriquí, donde llegado comenzó á enviar á
llamar las gentes de la tierra: vinieron á su llamado los de Chiriquí,
é despues otra gente llamada bareclas, y despues los de la provincia
de Burica, y los que vivian sobre el golfo que llamamos de Osa, toda
tierra muy poblada y que dura cerca de cien leguas. Todas aquellas
gentes vinieron sin resistencia, por estar asombradas de las guerras
y crueldades que habian oido haberse hecho á las provincias pasadas,
y experimentado quizá cuando por aquellas tierras ó por sus vecinas
los años pasados habia andado Espinosa. Estuvieron dos años en aquel
pueblo de Chiriquí los españoles, sirviéndoles los indios, pero no
pudiendo sufrir tan dura servidumbre y contina tiranía, se levantaron
contra ellos, y mataron algunos dellos, y al cabo, por cierta ocasion,
acordaron los españoles de deshacer ó despoblar su pueblo. Toda aquella
tierra como otras muchas que contienen millares de leguas, estando de
gentes refertísimas, está hoy desierta y habitada de fieras bestias,
mayormente de tigres. Porque un poco más arriba se dijo, que por
derramar la gente que sobrada habia en Panamá Pedrárias envió á Hurtado
con della, es de saber que una de las cosas que ha destruido y asolado
y despoblado las Indias ha sido dar licencia el Consejo del Rey á todos
los que han querido pasar á ellas, indiferentemente y sin número ni
medida, porque comunmente han pasado gente holgazana, y que por fuerza
habia de comer de sudores ajenos aunque pesase á Rey y á Roque que se
lo prohibiese, de donde, sin otros inconvenientes, ha sucedido que,
para que tanta gente no destruyese, comiendo, las haciendas de los
españoles de una comarca ó de una provincia, no las que ellos cavaban
y sudaban sino cavadas y sudadas por los indios, los que gobernaban, y
áun hoy gobiernan, enviaban y hoy envian golpe de gente española, con
color de descubrir ó de apaciguar ó de poblar, que destruian cuerpos y
ánimas de infinitas gentes de indios; y otro tras éste no ménos cruel
y diabólico ni conveniente, que, como se ha dicho arriba, llevaban
de los opresos y siempre fatigados indios, que servian á los pueblos
de los españoles, mucha gente, dejando desmamparadas sus mujeres y
hijos, con cargas de tres y cuatro arrobas y todo fardaje, de los
cuales si sacaban 1.000, por los trabajos y cansancio y hambres, 50
no volvian. Ha habido en ésto tan desatinada é incomparable desórden,
que de cuarenta cuentos de ánimas que habemos echado desta vida,
desde que entramos en aquellas infelices Indias, los quince por esta
causa tenemos por cierto haber perecido. Todo ésto han sabido los
del Consejo del Rey, y ha sido tanta su insensibilidad que ni lo han
castigado ni prohibido, y si á proveer algo en favor de los indios se
arrojan, por los clamores que religiosos siempre les dan y han dado
por cartas ó por presencia, mandan y escriben, ó dan por instruccion á
los que allá gobiernan y de nuevo de acá envian, lo que saben que ni
guardan ni cumplen ni han de guardar ni cumplir, pensando, engañando
á sí mismos, que con la estrechísima y periculosísima obligacion que
acuestas tienen, han cumplido, y con ésto comen y beben y duermen sin
escrúpulo, á lo que en ellos parece, pues andan alegres y se rien,
habiendo de llorar todos los dias de su vida, la menor negligencia
en negocio tan grande y tan puesto á su cuenta, en que cognosciesen
haber incurrido. ¡Cuánto más debian y debrian de gemir é áun lamentar
la perdicion de tantos millones de cuerpos y ánimas que injustamente
habemos muerto, teniendo ellos en las manos el gobierno espiritual y
temporal de aquel Nuevo Mundo, y el ejercicio ó administracion de la
justicia! Todo lo que aquí escribo, muchas veces, juntos en su Senado y
Tribunal, y en sus casas á cada uno lo he dicho. Dejo de decir de los
robos y tantos millones que habemos tomado á sus propios dueños con
tantos daños dellos y tan mal adquiridos; dejo de encarecer tambien
estar á su cuenta la conversion de aquel mundo tan grande, tan ancho
y tan extendido; dormir á sueño suelto y á pierna, como dicen, muy
tendida, y comer y beber muy á sabor, y vivir con mucho contento y
alegría, quien tan estrecha cuenta, y de cosas tan pesadas, ante el
Divino juicio espera dar (si piensa, empero, darla, porque si no piensa
darla su insensibilidad será más incurable), no se yo cómo aquello les
es posible. Tornando al propósito, es aquí de notar que tres estados
han tenido siempre los españoles, y hoy tienen, en las Indias, á los
cuales corresponden otros tres estados de infelicidad en los indios.
El uno es entrar haciendo violencias y guerras en ellos, donde matan
y destruyen cuantos pueden por sojuzgallos hasta en su servidumbre
traellos. El segundo, entre sí repartillos y servirse dellos como de
jumentos ó asnillos, y pluguiese á Dios que así los tractasen y no
fuesen ménos que sus bestias tenidos. El tercero, despues que los han
muerto todos, ó cuasi todos, si de todas sus violencias y tiranías
se hallan con dineros, venirse á heredar ó á hacendarse á Castilla,
y si no tienen con qué venirse, como, por la mayor parte, que medren
con cuanto roban Dios no les permite, sino que vivan en necesidad,
quédanse, y entónces comienzan á hallar ménos los indios, y no sé si
les pesa de tan inexpiables pecados que han cometido. El cuarto estado,
el cual yo no dudo, es, en muriendo irse á los infiernos á lastar lo
que con tanta sangre de sus prójimos hobieron comido y bebido, si en
algun tiempo de su vida la Divina clemencia no les socorrió con su
gracia, para que cognosciesen sus tan inexpiables pecados, y por el
perdon dellos implorasen su misericordia con entrañables suspiros y
gemidos. Al primero correspondió el primero de los indios que padecian
tan grandes crueldades y matanzas que con las guerras les hacian. Al
segundo respondió la cruel servidumbre y cautiverio en que poco á poco
iban pereciendo, sin hacer más cuenta dellos de la que dije, no sólo
cuanto á lo que tocaba á la vida y salud del cuerpo, pero á la salud y
vida del ánima, porque no tuvieron más cuidado de que fuesen cristianos
que si fueran borricos. El tercero estado fué, despues de muertos todos
en el servicio de los que les debieran dar vida, no dándoles tantas ni
tales fatigas, y las tierras todas despobladas, remanecian dos aquí é
cinco allí, casi en pegujalejos, y á éstos los españoles comenzaban
á tractar bien, y otros que aún no dejaban de llevar el acostumbrado
camino. Del cuarto estado tampoco debemos dudar, pues es manifiesto que
todos los más morian sin fe y sin sacramentos, y si á muchos se dió el
bautismo dióseles sin doctrina y sin saber lo que rescibian, como se
han hecho muchas veces por muchos, cerca desto, grandísimos desatinos
en las Indias; y dejemos aquí por agora de hablar de tierra firme, por
aquella parte, hasta que tornemos á contar sus desventuras y miserias.
CAPÍTULO CLXV.
Resta decir algo de lo que acaesció en la otra parte de tierra firme
que está al Oriente, conviene á saber, la costa de Cumaná, y que
dicen de las Perlas en la isleta de Cubagua, lo cual tenía su lugar
poco ántes deste tiempo; ya se dijo en el cap. 159 como los indios
de la provincia de Cumaná, despues de salido el clérigo Bartolomé de
las Casas para la isla Española, mataron un fraile y ciertos criados
suyos, y quemaron el atarazana y toda la hacienda que allí tenía, y
como al cabo se metió fraile como en el el cap. 160 queda escripto.
Luégo el Almirante y Audiencia y toda la Consulta, que dijimos ser
con éstos los oficiales del Rey, determinaron de enviar otra armada
para que castigase por guerra á aquella gente, porque estando alzados
como estaban no podian vivir los moradores de Cubagua, que allí
vivian por la granjería de las perlas, por no tener agua la isleta,
y la que bebian era del rio de Cumaná en la misma tierra firme, de
la isleta siete leguas, y no podian irla á coger sin pelear con los
indios, que era muy peligroso por la ponzoña de la hierba que en las
flechas ponian. Fué por Capitan desta gente un vecino de la ciudad de
Sancto Domingo, llamado Jácome de Castellon; éste fué y llevó alguna
gente, y tomó de la gente que estaba en la isla de Cubagua en la dicha
pesquería de las perlas, y junta cuanta pudo pasó á la tierra firme,
siete leguas de allí por la mar, y asentóse con ella á la boca del
dicho rio de Cumaná, donde ya tuvo segura el agua para que pudiesen
venir por ella libremente los que quedaban en la dicha isleta. Desde
allí envió cuadrillas de españoles tras los indios, mató muchos
dellos, y hizo muchos esclavos, que es lo que despues del oro es lo
más deseado de los españoles; los que no pudo haber asegurólos que no
rescibirian más daños, que se viniesen á sus pueblos, y así quedaron
apaciguados. Edificó Jácome de Castellon una fortaleza á la boca del
rio de Cumaná, donde el clérigo de las Casas la queria edificar, para
tener segura la cogida del agua, sin la cual, como está dicho, no
podian vivir los de la isleta de Cubagua. Hízose despues un muy buen
pueblo de españoles en la isleta, con muchas casas de piedras y adobes
y tapias, como si hobieran de perseverar por algunos quinientos años,
pero acabadas las perlas, despues algunos y no muchos años, se quedó
la poblacion ó pueblo todo despoblado, aunque primero, ó poco más
tarde ó poco ménos, se consumieron los indios en aquel ejercicio de
sacar perlas, donde han perecido inmensidad dellos; con las guerras
dichas y esclaverías que en ellas se hicieron, y con las perlas está
desierta ó cuasi desierta de sus habitadores toda aquella tierra. Y
porque se vea si sacar las perlas es ménos pernicioso para los indios
que sacar el oro, y por consiguiente los bienes que de las Indias
vienen á España vienen por todas partes justificados, y si es posible
que con tales bienes se puede esperar que Dios haga merced á España,
es, pues, la vida de los indios que se traen para pescar perlas, no
vida, sino muerte infernal (algo dijimos della en el libro II, cap.
45), y es ésta: Llévanlos en las canoas, que son sus barquillos, y va
con ellos un verdugo español que los manda, llegados en la mar alta,
tres y cuatro estados de hondo, manda que se echen al agua; zabúllense
y van hasta el suelo, y allí cogen las ostias que tienen las perlas,
y hinchen dellas unas redecillas que llevan al pescuezo ó asidas á
un cordel que llevan ceñido, y con ellas ó sin ellas suben arriba á
resollar, porque no siempre donde se zabullen las hallan, y si se
tardan en mucho resollar, dales priesa el verdugo que se tornen á
zabullir, é á las veces les dan de varazos que se zabullan, y siempre
todo este tiempo nadando y sosteniéndose sobre sus brazos; están
en ésto todo el dia desde que sale hasta que se pone el sol, y así
todo el año si llegan allá: la comida es algun pescado, y el pescado
que tienen las mismas ostias donde están las perlas, y pan caçabí
hecho de raíces y maíz, que son los panes de allá, el uno de muy poca
sustancia, que es el caçabí, y el otro que se hace con mucho trabajo,
y destos no muchas veces quizá se hartan. Las camas que les dan á la
noche son el suelo con unas hojas de árboles ó hierba, los piés en el
cepo porque no se les vayan. Algunas veces se zabullen, y no tornan
jamás á salir, ó porque se ahogan de cansados y sin fuerzas y por no
poder resollar, ó porque algunas bestias marinas los matan ó tragan.
Hay dos especies de bestias comunmente, y áun tres crudelísimas, que
comen los hombres y áun caballos hacen pedazos, la una es tiburones, la
segunda marrajos, la tercera cocodrilos, que llaman los que no saben
lagartos; los tiburones y lagartos que tienen los dientes admirables,
asen del hombre ó del caballo por la pierna ó por el brazo, ó por otra
cualquiera parte, y llévanlo al hondo y allí lo matan, y despues de su
espacio lo comen; los marrajos son muy más grandes y tienen grandes
bocas, y del primer bocado lo tragan. Una vez acaesció que un indio,
zabulléndose, vido cerca de sí un marrajo; subióse luégo, huyendo á lo
alto, el español verdugo riñe con él porque se subió tan presto sin
sacar algo, dijo que estaba por allí un gran pescado, y que tuvo temor
dél no le matase; fuérzalo á que tornase á se zabullir, é, por ventura,
le dió de varazos. Zabullóse el triste, y el marrajo que lo estaba
aguardando, arremete con él y trágalo. Parece que al principio peleó el
indio con el pescado, y hobo cierto remolino en el agua por un rato;
entendió el español que el pescado habia acometido al indio, y como
vido el indio que se tardaba, mató un perrillo que allí tenía y púsolo
en un anzuelo de cadena grande que para estos pescados comunmente
traen, y echólo al agua, y luégo lo asió el marrajo que aún no estaba
contento, y el anzuelo prendió dél de manera que no pudo escaparse;
sentido por el español que estaba preso, lárgale soga, y poco á poco
váse hácia la playa en su canoa ó barco. Salta en tierra, llama gente
que le ayuden, sacan la bestia, dánle con hachas y piedras, ó con lo
que pudieron y mátanla; ábrenle el vientre y hallan al desdichado
indio, y sácanlo, y dá dos ó tres resuellos y allí acabó de espirar. De
aquí se puede cognoscer si con esta granjería de pescar ó sacar perlas
nuestra gente guarda los mandamientos divinos del amor de Dios y del
prójimo, poniendo en peligro de muerte corporal y tambien del ánima,
por morir sin fe y sin sacramentos, á sus prójimos, por anteponer su
propia cudicia y interese temporal; y ésto allende la tiranía con que
los oprimen trayéndolos allí por fuerza y contra su voluntad; item,
allende la infernal vida que les dan hasta que los acaban y consumen
por la mayor parte en breves dias; porque ¿cómo es posible los hombres
vivir, estando la mayor parte de la vida sin resuello debajo del agua?
Y allende la frialdad del agua que los corrompe, mueren comunmente de
echar sangre por la boca, y de cámaras de sangre por el apretamiento
del pecho, por causa de estar cuasi la mitad de la vida sin resuello.
Conviértenseles los cabellos, siendo ellos de su naturaleza negros,
quemados como pelos de lobos marinos, y sáleles por las espaldas
salitre que parecen otra especie de hombres ó de monstruos. Con este
trabajo mortífero y vida desesperada acabaron de consumir las gentes
de los lucayos, como dejamos referido en el segundo libro, y, despues
de aquéllos, otra inmensidad de gentes de otras partes; hoy en este
dia, que pasa de 1560 años, matan gentes en el cabo de la Vela, donde
se pasó la dicha pesquería porque se acabó la de la isleta de Cubagua.
Muchas veces lo ha mandado remediar el Consejo con cédulas del Rey
é no ha aprovechado nada, pero la culpa principal y el pecado muy
grande tiene el mismo Consejo, porque no parece sino que lo proveen
solamente por cumplir, é para que no se cumpla lo que en favor de los
indios mandan, pues no castigan rigurosamente los que no cumplen su
mandado. Y es cosa de burla cuanto en estos casos mandan, y por ésto
principalmente, conviene á saber, por no castigar los delincuentes,
así jueces como particulares que no cumplen lo que en favor de
aquellas gentes han proveido y proveen, ha sido la causa principal
de estar aquel orbe asolado, lo cual se pedirá á ellos principal
y aspérrimamente. Y aunque lo que aquí agora contaré acaesció en
aquella provincia de Cumaná algunos años despues, y pertenecia su
historia al cuarto libro, todavía lo quiero referir aquí como me lo
escribió el mismo capitan Jácome de Castellon, porque quizá no se me
olvide. Primero dia de Setiembre año de 1530, á las diez horas ántes
de mediodía, estando el dia sereno y los aires tranquilos, súbitamente
se alzó la mar, y sobrepujó los límites ordinarios en altura cuatro
estados, que alcanzó por encima de ciertos árboles que están á la
boca del rio (el cual es grande y caudal) y cubrió todos los llanos,
llegando hasta las laderas de las serrezuelas que hay por allí, cerca
de media legua, y así como la mar comenzó á entrar en la tierra, la
tierra comenzó á temblar terriblemente, y duró el primer temblor un
ochavo de hora, y despues dió temblores diversas veces por aquel dia;
éstos fueron tan grandes que la fortaleza cayó en tierra hasta los
cimientos, que no quedó della sino una esquina de la primera cerca.
Abrióse la tierra por muchas partes en los llanos y en las serrezuelas,
y por las aberturas manaba una agua como tinta, negra y salada, que
hedia á piedra azufre. Una sierra del golfo que llaman de Cariaço, que
entra por allí dentro en la tierra 14 leguas, se abrió en tanto que
queda dividida y hecha en ella una gran abra. Cayéronse muchas casas
de los indios, que son de paja y madera por lo cual murieron algunos
indios, juntamente por el terror y espanto que hobieron.
CAPÍTULO CLXVI.