Ya llegaba este tiempo á los veintidos años sobre quinientos y mil,

y así, pertenecia parte de lo dicho al cuarto libro; pero por no

hacer tantos pedazos de una materia, pareciónos que no se ofendia la

órden que traemos, refiriendo ántes lo que pasó despues algunos dias.

Tornemos, pues, sobre lo que resta que decir perteneciente á este libro

III del año 19 y 20, comenzando de tierra firme. Ya dijimos arriba,

en el cap. 104, como se proveyó por gobernador del Darien y de tierra

firme, el año de 18, en la ciudad de Zaragoza, un caballero de Córdoba

llamado Lope de Sosa, persona prudente y valerosa, por echar de allí á

Pedrárias que habia destruido y asolado todas aquellas provincias, por

sí ó por la gente que enviaba con sus Capitanes, ó verdugos por mejor

decir; uno de los principales fué el licenciado Gaspar de Espinosa,

su Alcalde mayor. Llegó, pues, por este año de 20 ó al fin del de 19,

Lope de Sosa, y con él un licenciado Alarconcillo, por su Alcalde mayor

y que habia de tomar residencia á Pedrárias. Llegó, digo, al Darien

con cuatro navíos y 300 hombres, de la llegada del cual á Pedrárias no

placia, y por no esperalle anduvo rodeando que lo enviase el pueblo

por Procurador á Castilla, como arriba se dijo. Así que, como llegó al

puerto y echó anclas la nao en que iba, en aquel momento dió el ánima

á Dios porque debia de haber enfermado en el camino; fué la nueva á

Pedrárias, que estaba la ciudad algo apartada un poco del puerto, de

como Lope de Sosa era venido, y dentro de un credo llegan otros á

decirle que era fallecido: la diferencia que la una y la otra nueva

en su corazon pornia, Dios lo sabe, que es la verdadera sabiduría.

Fué Pedrárias con toda la ciudad, y trujeron el cuerpo, y con toda

la pompa y honra posible le dieron sepultura; hechas las obsequias

debidas, recogió Pedrárias á su hijo Juan Alonso de Sosa, que despues

fué tesorero del Rey en la Nueva España, y á sus criados y á toda

su casa el tiempo que en el Darien quisieron estar, y porque lo que

más Pedrárias deseaba era verse fuera y libre del temor que tenia

de la residencia, segun le acusaban sus obras pasadas, tuvo manera,

por industria y solicitud del dicho licenciado Espinosa, su Alcalde

mayor y Capitan general, que persuadiese al licenciado Alarconcillo,

que trujo Lope de Sosa por Alcalde mayor, y le hiciese entender que

no habia espirado su poder por la muerte de Lope de Sosa, y que le

tomase la residencia que en vida de Lope de Sosa le habia de tomar,

y que si el Rey no la diese por buena que no se habria perdido sino

la tinta y papel; como en la verdad, segun parece que se debe creer,

la residencia al Gobernador principalmente se suele cometer, y él

la toma por su Alcalde mayor, y así parece que el Alarconcillo, que

era delegado de Lope de Sosa, ninguna jurisdiccion tuvo muerto el

Gobernador; pero finalmente se la tomó como el Pedrárias quiso dalla,

segun la presuncion que desto pudo resultar, y no fué sola ésta las

mañas y cautelas que para excusar y justificar jueces tiranos se han

tenido en aquellas Indias, porque no merecen pagallas aquí. Pocos

dias ántes que Lope de Sosa llegase, llegó Gil Gonzalez de Avila,

de quien arriba en el capítulo 154 dijimos algo, con tres navíos y

en ellos 200 hombres, y Andrés Niño, su piloto mayor, que le paso

en aquella demanda. No hizo cuenta el Gil Gonzalez de Pedrárias,

teniendo por cierto que ya Lope de Sosa estaria en la tierra y usaria

su gobernacion, porque ya le debia haber hablado en Castilla, de

quien esperaba favor para su despacho y pasaje de la mar del Sur, y

fuése con sus navíos y gente al puerto de Acla, 50 ó 60 leguas más al

Poniente del Darien, donde estaba Pedrárias, porque allí le convenia

ir, porque es lo más angosto, para pasar á la mar del Sur; pero como

no habia llegado Lope de Sosa, rescibiendo dello gran pesar, no pudo

hacer otra cosa sino humillarse y escribir á Pedrárias notificándole

su venida, y excusándose de no poder ir á velle y entrar primero en

su puerto del Darien, por la comodidad que para su viaje y negocio

tenía más en el puerto de Acla que en el de Darien, etc. Rescibida

Pedrárias la carta, respondióle, muy sin sabor, que se maravillaba dél,

que sabiendo que él era Gobernador de aquel reino, haber desembarcado

con tanta gente sin su licencia, no habiéndole mostrado ó enviado

licencia ó provision del Rey, para que supiese con qué autoridad y

propósito á tierra que él tenia á cargo venía. Con esta respuesta

rescibió Gil Gonzalez grande pesar; y por no saber qué fuese sido de

Lope de Sosa, y sus negocios eran de tal calidad que no podian parar

sino con gran daño, como trujese tanta gente á su mision, y le restase

tanto que hacer para adelante, acordó enviar á Andrés Niño con las

provisiones reales al Darien, y con ellas requerir á Pedrárias que le

favoreciese y ayudase á efectuar su viaje y demanda, como el Rey á

todas y cualesquiera justicias y personas mandaba, y en especial que le

mandase entregar los navíos que habian sido de Vasco Nuñez de Balboa,

que estaban en la otra mar. Llegó Andrés Niño al Darien, mostró sus

provisiones reales, hizo sus requirimientos en forma, y como Pedrárias

no era menester enseñalle á hablar, ni á pensar, ni á obrar, sino á

matar y destruir indios, y despoblar aquellos reinos, respondió que

las obedecia, pero, cuanto al cumplimiento, decia que aquellos navíos

no habian sido de Vasco Nuñez de Balboa, más de lo que dellos le podia

caber como Capitan, sino de 300 hombres españoles, que á hacellos le

habian con sus trabajos ayudado (y el triste no hacia cuenta de tres

ó cuatro mil indios que habian muerto para hacellos, con llevar las

anclas y maromas, y otros pesos inauditos y nunca pensados, á cuestas,

como arriba en el cap. 74 se vido), y que aquellos cúyos eran andaban

en ellos sirviendo al Rey, descubriendo tierras y gentes en aumento de

su Estado, y que él haria relacion á Su Alteza de toda la verdad, y

si sabida se lo tornase á mandar, luégo cumpliria su mandado. Tornóle

otra vez á requerir Andrés Niño, protextando daños y males; respondió

Pedrárias que no podia dar lo ajeno, por eso que podia tornarse.

Tornóse Andrés Niño á Acla sin nada; en estos dias llegó Lope de Sosa

al puerto, y fué dél lo que queda declarado. Sabida la muerte de Lope

de Sosa, en cuya venida tenía colocada toda su esperanza, viéndose

perdido, acordó de por su persona ir á rogar á Pedrárias que le diese

aquellos navíos pues el Rey lo mandaba, y no le desaviase, que sería

perder toda la demanda que traia, de donde muy grandes servicios y

provechos para Dios y para el Rey se esperaban. Pedrárias, que muerto

Lope de Sosa, en mayor insolencia se habia encumbrado, como por algunos

dias estaba seguro que no habia de haber quien le fuese á la mano

como en lo pasado, en cuanto á concedelle los navíos hizo tan poca

cuenta dél como del Andrés Niño que habia enviado, diciéndole que no

le daria la menor cuaderna dellos porque le diese toda su armada.

Vuelto á Acla, viendo que ningun remedio podia venirle de Pedrárias,

acometió una obra que el Rey acometerla, con mucho mayor número de

gente, y facultad, y aparejo que él tenía, no osara, y fué hacer de

nuevo otros navíos en aquella mar, con la gente que traia consigo de

Castilla y materiales. Comienza con ocho caballos á pasar lo que tenía

por aquellas altísimas y aspérrimas sierras, de que dimos noticia en

el capítulo 74, trabajos nunca pensados; manda cortar y aserrar madera

para tres navíos y dos bergantines en el rio de la Balsa, y aunque

le aconsejaron algunos de los vecinos españoles de Acla que no los

hiciese allí, porque se le comerian luégo de bruma ó de otros achaques,

creyendo que por estorballe lo engañaban, no curó, sino pasó por su

obra adelante. Fueron tantos los trabajos que en ello, por los caminos

y en los montes, y en la obra de los navíos, y por poco y mal comer

y hambre padecieron (porque no comian sino caçabí por onzas, de lo

que acarreaban los caballos, y de lo que habian traido de Castilla en

sus navíos, que siempre es muy poco y muy presto se les acaba), y con

ésto ser nuevos en la tierra, y aquella ser montuosa y sombría y para

los nuevamente venidos mala, que de 200, muertos y enfermos, 80 no le

quedaron. Finalmente, con tanto riesgo, y costa y angustias acabó sus

navíos mal ó no bien acabados; embarcóse con sus 80 hombres, y fuése á

las isletas de las Perlas que están de aquel rio dentro en la mar 12 ó

15 leguas. Estando allí aparejando para se partir á su descubrimiento,

dentro de veinte dias se le pudrieron todos sus navíos y bergantines;

miserable cosa de decir é oir y más de quien lo padecia y via, que cosa

que tantas hambres, angustias, trabajos, muertes y enfermedades habian

costado viesen tan en breve aniquilado, no pudo ser sino muy triste

y muy amargo. Gil Gonzalez era hombre prudente, y aunque angustiosa

tribulacion ésta fué bastante para desmayar, todavía cobró ánimo y

determinó de tornar á hacer los navíos, y porque ya no tenía gente

para los trabajos, por habérsele muerto y enfermado tanta, y la que

quedaba sana quedaba muy molida y quebrantada, escribió á Pedrárias

rogándole que le socorriese con gente de indios y españoles para tornar

á rehacer los vasos para su viaje necesarios. O le respondió Pedrarias

desabridamente, ó entendió que detraia dél, con algunas indecentes

palabras; viénese á Acla y de allí váse para el Darien en un barco y

saca cierta provision del Rey, por la cual mandaba, so graves penas,

que á cualesquiera Gobernadores, justicias y á personas públicas ó

privadas pidiese socorro y ayuda, se lo diesen luégo, y en ninguna cosa

le estorbasen; Pedrárias le dió cierto número de indios, que poco le

habian á criar costado, que llevaban á cuestas y acarreaban, del puerto

de Acla y del Nombre de Dios, bastimentos y otras cosas necesarias, y

ciertos españoles que en todo lo que pudiesen le ayudasen. Tornóse Gil

Gonzalez á la isla de las Perlas, donde de la mejor madera que pudo

sacar de los navíos perdidos, y de otra que hizo cortar y aserrar, y

clavazon de aquellos, tardando casi un año en hacerlos, acabó tres

navíos y un bergantin con que pudo hacer su viaje; y porque pertenece

lo demas que hizo al libro IV, quédese aquí agora Gil Gonzalez, hasta

que, si Dios fuere servido, tornemos en su lugar á tomarlo.

CAPÍTULO CLXII.

Arriba dijimos como Pedrárias escribió al Rey, que convenia mucho

deshacer ó despoblar la ciudad del Darien, y pasar la iglesia catedral

á Panamá, porque el Darien era tierra enferma y no conveniente para

de españoles ser poblada; esto deseaba en grande manera Pedrárias por

hacer y prosperar á Panamá, por parecerle que para el trato de la mar

del Sur estaba con el puerto del Nombre de Dios más proporcionado,

y así era verdad si no fuera tan enfermo como el Darien, y quizá

doblado. Los españoles, que eran vecinos del Darien, resistian por

tener ya hechas allí sus casas y hogares; finalmente, vista por el

Rey la carta de Pedrárias, respondióle mandándole que si allí no

convenia estar aquella ciudad, que la pasase á Panamá, donde decia,

ó á otro lugar que mejor le pareciese que debia estar la iglesia

catedral. Esta respuesta y mando recibido, luégo escribió Pedrárias

á Gonzalo Hernandez de Oviedo, que habia dejado en el Darien por su

Teniente, que con la mayor priesa que pudiese, por la mar y por la

tierra, sacase y hiciese sacar todo lo que en la ciudad habia, y

la despoblase trayéndolo todo á Panamá, y así cada vecino sacó sus

alhajas, haciendas movibles y ganados, hácia el Nombre de Dios, y de

allí, aunque con muchos trabajos, y regañando y con tardanza no chica,

y con dolores y angustias, hambres y sudores, y áun muertes algunas,

segun creemos, de los indios, porque ellos son los que todo lo lloran,

los que todo lo padecen y trabajan hasta espirar, y así á Panamá se

pasaron. En este tiempo ó poco despues se proveyó por Obispo primero

de Panamá un religioso de la órden de Sancto Domingo, llamado fray

Vicente Peraza, natural de Sevilla, hijodalgo y de buena casta, el

cual vivió muy pocos dias despues de á Panamá llegado. Entre otros

Reyes y señores de aquella tierra firme que Pedrárias y el licenciado

Espinosa con sus satélites infestaban y destruian y destruyeron, fué

uno llamado Urraca, muy gran señor y esforzado, y debia señorear, ó á

la provincia de Veragua, ó las sierras confines della y comarcanas;

éste rescibió grandes agravios, insultos é invasiones, de los españoles

en sus vasallos, y fué muy corrido muchas veces por tomallo y hacer dél

y de sus gentes lo que de todos los demas, en especial que tuvieron

nueva que tenía mucho oro, pero era tan valiente y tan ardil, prudente

y solícito en la guerra, que muchas veces lastimó á los españoles,

que por su tiránico ejercicio, sin causa ni razon como á los demas,

lo impugnaban. No hobo recuentro con ellos que no hiriese muchos,

y algunos mataba, y nunca jamás pudieron sojuzgarlo. El licenciado

Espinosa, prosiguiendo sus obras de insigne tirano, salió de Panamá por

la mar del Sur en dos navíos, con cierta gente y dos ó tres caballos

para ir la costa abajo del Poniente á sojuzgar la gente de las islas

que llamaron de Cebaco, más de 30 grandes y chicas, 70 leguas de

Panamá, y envió á Francisco Pizarro por tierra, con la parte de la

gente que le pareció, que fuese haciendo su mismo oficio, matando y

captivando, y destruyendo todos cuantos no se le daban, de donde muchos

de los que consigo llevaba quedaron muchas veces bien descalabrados,

aunque al cabo, como los desventurados de los indios son desnudos y

sus armas de aire, siempre quedan muertos, captivos y sojuzgados; todo

lo que anduvo por aquella tierra, más de 50 leguas, con el terror de

las crueldades que hacia, los que no pudieron defenderse ó esconderse

ó huirse viniéronse á subjetar y poner en sus manos. Y ésta fué la

predicacion del Evangelio que por toda aquella tierra firme hicieron y

ayudaron á hacer nuestros hermanos; y háse de tener siempre por cierto,

como ya queda dicho algunas veces, que si han de salir 50 españoles á

guerrear ó conquistar como ellos dicen, que tambien llaman pacificar,

llevan consigo 500 ánimas, mujeres y hombres, cargados con cargas

importables, y para su servicio, que ver lo que aquellos padecen,

los sudores y cansancios, las hambres y amarga vida y peor muerte

de los muchos que mueren por aquellos caminos, es cosa lastimera,

angustiosa, plorable y lamentable. Llegó Espinosa á las islas dichas,

y todos le salieron de paz, porque no se atrevieron á resistille ni

pelear, y como su principal Evangelio era preguntar lo primero si

tenian oro ó nueva donde lo hobiese, respondieron señalando que en

aquellas sierras muy altas, cuyo Rey y señor era Urraca, habia mucha

abundancia, y por eso creo que aquel Rey señoreaba en la provincia de

Veragua, que siempre, desde que el Almirante primero Don Cristóbal

Colon la descubrió por la mar del Norte, el año de 1502, segun en el

libro I dijimos, de abundar aquella tierra en oro tuvo gran fama.

Oidas estas nuevas con mucho placer, deja el buen capitan Espinosa los

navíos con solos pocos marineros, y salta con toda la gente, bien en

aquel oficio amaestrada, en tierra, y saca los caballos y va derecho

camino á la tierra del señor Urraca; el cual, viendo desde lo alto de

las sierras donde habitaba, los navíos andar por la mar, sabiendo que

no andaban por allí en valde y que podia resultar fácilmente venillo

á buscar, estaba apercibido ya, y puestas las mujeres, y niños, y

viejos, y que no eran para pelear, en recaudo, y, venidas las espías

de como venian los españoles cerca, sáleles al encuentro con tanto

esfuerzo y braveza como si fueran tigres ó leones contra gatos que

los rascuñaran. Toparon primero con ciertos indios de los que traian

los españoles de su servicio, que andaban por el campo, los que iban

delante espiando ó haciendo otra cosa que les mandaron, y á éstos luégo

los mataron, y sueltan sus dardos y flechas contra los de caballo,

y los de á pié herian y mataban cuantos podian; los indios, contra

ellos fortísimamente peleando, herian muchos de los españoles, y en

gran manera los lastimaban como eran muchos y que de todas partes

los cercaban, y en tanto grado los apretaron que cuasi se perdieran,

desmayando. Parece que de la gente que sacó Francisco Pizarro debió

de enviar á Hernando de Soto, con 30 hombres, á hacer algun salto por

aquella tierra, y acaeció andar tan cerca de por allí, que oyeron las

voces de la batalla, y acudió allá, y visto los indios el socorro tan

tempestivo se retrajeron algo. Ayudábales la aspereza de la tierra,

que no se podian bien aprovechar de los caballos, y donde ésto hay en

aquellas Indias, mucho ménos pueden los españoles contra los indios, y

no hobieran tan presto asoládolos; como el licenciado Espinosa sintió

que podia por entónces ganar poco con Urraca, determinó de noche,

cuanto secretamente pudo, tornarse; pero Urraca, que estaba con su

gente vigilante, sintiólos ir, y va tras ellos hasta esperallos en un

peligroso paso, en el cual pelearon los indios como fieros leones por

atajallos, y muriendo muchos dellos, y muchos más con las espadas y

ballestas heridos, dejaron el paso libre, y los españoles no tuvieron

por poca ayuda y merced de Dios de verse fuera de aquel peligro, y no

con poco miedo se tornaron á los navíos. Pasó adelante la costa abajo

á una de las islas dichas, que llamaron de Sancto Matías, y de allí

saltaron en su derecho en tierra, que es costa y tierra de Borica;

por las nuevas que de las obras de los españoles sabian, salieron

gran número de indios á resistilles la venida, pero como vieron los

caballos, estimando que los habian de tragar, comenzaron á huir. Van

en el alcance los españoles, entran en su pueblo, prenden las mujeres

y hijos y cuanto pudieron haber, sin los muertos y heridos, robando

y quemando cuanto hallaron; el señor del pueblo, viendo llevar sus

mujeres y hijos y de los suyos, acordó de venirse á los españoles

teniendo la pérdida y absencia dellos, que la de su libertad, por más

grave; rogó al Licenciado con lágrimas que le diese sus mujeres y

hijos: de compasion lo hizo así el Licenciado. Supo de él que cerca de

allí estaba ó vivia otro señor y que debia tener oro (porque, como ha

parecido, ésto era lo primero que se preguntaba); envió el Licenciado

á Francisco Compañon con 50 hombres á salteallo. Dió en el pueblo al

cuarto del alba, pero no los tomó descuidados; salieron contra ellos

con tanto esfuerzo y ánimo, que los hicieron retraer y huir por donde

habian venido un buen pedazo, pero ellos, viéndose avergonzados, segun

ellos decian, y tambien en peligro si les dieran alcance, tornaron

sobre sí con nuevo ánimo y dan en ellos, hiriendo y matando cuantos

delante sí hallaban, hasta llegar al pueblo donde tenian hecho un

palenque de madera como fortaleza, y en el mismo entraron y allí

mataron más, porque, no pudiendo salir del palenque por unos á otros

estorbarse, tuvieron lugar los españoles de emplear bien sus fuerzas

brazos y espadas. De allí toma toda la gente el licenciado Espinosa,

y váse por tierra para dar sobre la gente de la provincia ó pueblos

de Acharibra, mandando á los navíos que se fuesen para allá, pero la

gente dallos, como estaban sobre el aviso, salieron al encuentro, y

comenzaron á pelear, pero al cabo, viendo los caballos, pusiéronse

en huida y no pararon; acordó Espinosa con su apostolado tornarse á

Paraqueta, que era la tierra de Natá, donde pensaba poblar. Y desta

manera quedó en todas aquellas provincias la fe predicada, y afamada y

estimada la religion cristiana.

CAPÍTULO CLXIII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 16 / 41 段