el que en su lugar dejó, fué luégo enviar los navíos uno á una parte
y otro á otra parte de la costa, abajo y arriba, á rescatar oro ó
perlas, y tambien se creyó que esclavos si haberlos pudieran. Los
indios de la tierra, ó por los insultos que se les habian hecho por los
españoles, ántes que el Clérigo se partiese, ó por los que despues de
partido les hicieron, ó por la infelicidad dellos mismos, por la cual
no merecieron vivir sin aquellas zozobras é impedimentos para que á
Dios cognoscieran, determináronse de matar la gente del Clérigo, y á
los frailes, y á cuantos españoles pudiesen haber, y dentro de quince
dias despues de partido lo acometieron; y sospechóse que fué tractado
ántes que se partiese, y, por ventura, tambien habian conjurado contra
él, viendo que no salia verdad la paz y amor, y quietud y justicia que
de partes del rey nuevo de Castilla les prometiera. Supiéronlo los
religiosos, tres dias ántes que lo hiciesen, por indicios suficientes,
y preguntándolo á Doña María, la señora que dije, respondia por las
palabras que no, por los indios que estaban presentes, y con los ojos
y meneos del rostro decia que sí; por manera que ántes, tres dias, que
lo hiciesen estuvieron los religiosos y la gente del Clérigo dello muy
ciertos. Á la sazon vino allí un barco que debia de andar rescatando;
rogáronle los criados del Clérigo que los rescibiese, y no sé si los
frailes tambien, pero no quisieron, ó por miedo ó por malicia que los
quisieron dejar matar allí á sabiendas. Pudieran salvarse si Francisco
de Soto cumpliera lo que le dejó mandado el Clérigo, conviene á saber,
que no quitara del puerto los navíos, pues ninguna duda hobiera que,
si no pudieran salvar la hacienda, las personas todas el salvaran y
ninguna se perdiera. En aquellos tres dias andaban los religiosos, y el
Francisco de Soto, muy solícitos de una parte á otra, y de una casa y
personas á otras preguntando cuándo lo habian de hacer, y, teniendo por
entendido que mañana habian de venir sobre ellos, pusieron la gente del
Clérigo la noche de ántes doce ó catorce tiros de artillería alrededor
de la casa, y probada la pólvora, hallaron estar tan húmeda que no
pudo arder. Luégo, en la mañana, en saliendo el sol, pusiéronla para
que se escalentase, y á la misma hora vinieron los indios con terrible
grita sobre ellos, mataron dos ó tres de los criados del Clérigo, luégo
pusieron fuego á la casa ó atarazana y comenzóse á quemar estando los
demas dentro; hicieron cierto portillo en ella y otro en la huerta de
los religiosos, que estaba cercada de un seto de cañas, y entráronse
en ella miéntras los indios se ocupaban en poner el fuego. A la sazon
venia de ver lo que habia el Francisco de Soto del pueblo de los indios
que estaban á la ribera del mar, un tiro de ballesta, como dije, de la
casa y del monasterio, y en el camino lo hirieron por el brazo ó por
la mano de un flechazo con hierba; tuvo con todo lugar de se meter en
la huerta. Tenian los religiosos un estero hecho, de un buen tiro de
piedra, por donde subia el agua del rio hasta la huerta, y en él una
canoa ó barco de indios en que cabian 50 personas; á ésta ocurrieron
los frailes y criados del Clérigo y metiéronse en ella, sólo un fraile
lego, devoto y de muy buena vida, como sintió la grita de los indios,
huyó y metióse en un cañaveral que ninguno lo vido; todos los demas
frailes y seglares, que serían quince ó veinte personas, metidos en
la canoa, vánse por el estero abajo, y dieron en el rio para salir á
la mar é ir á dar á la punta de Araya, que es donde hay las salinas,
donde ciertos navíos estaban cargando sal, y habia de golfo dos leguas
y más. El rio es poderoso y de gran corriente. Salió el fraile lego del
cañaveral y pareció á la ribera; como lo vieron, aunque iban ya más
abajo de donde pareció, forcejaron mucho por subir á él para tomallo
y no podian vencer la corriente; vista por él mismo la dificultad,
hízolos señas con las manos que se fuesen, al cual luégo mataron
los indios haciendo mártir dél. Los indios, ocupados en poner fuego
á la casa ó atarazana, creyendo que los españoles estaban dentro,
no sintieron la huida que los frailes y seglares hicieron, la cual
sentida, toman luégo una piragua, que es canoa de otra arte hecha y
muy ligera, y entran los que cupieron, con sus armas, arcos y flechas,
y fueron tras ellos; iban ya una legua en la mar, llenos de vejigas
las manos y desolladas de remar, y cuando vieron venir tras ellos los
indios, cuasi del todo desmayaron, pero no dejaron de más apriesa
remar. Finalmente, la canoa de los frailes y seglares y la piragua
de los indios llegaron en un tiempo en tierra á zabordar, aunque un
tiro de herron los unos de los otros; y aquella playa es tan llena de
cardones que tienen tan bravas y espesas espinas, que un hombre armado
de todas armas no se osara, sino con mucho tiento, entre ellas menear,
y como los indios eran de los piés á las cabezas desnudos, estuvieron
mucho en llegar aquella poca distancia donde estaban los seglares y los
frailes. Y parece que habia tanta espesura que no pudieron menearse
para matar los frailes ni los demas, porque me dijo despues el dicho
padre fray Juan Garceto que él vido junto á sí, á sus espaldas, un
indio ó indios que le querian herir, ó con piedra ó con porra, que
llamamos por la lengua desta Española macána, la penúltima luenga, y
que hincado de rodillas, cerrados los ojos, levantado el corazon á
Dios, esperaba que luégo le habian de dar y matar, y como vido que no
le daban abrió los ojos y no vido á nadie. Esto no fué, dejado aparte
la voluntad de Dios, sino que estaba tan cercado de espinas el fraile y
los indios en cueros que no osaron á él allegarse; por esta vía todos
escaparon, y los indios se tornaron de esta hecha vacuos. Esperaron
en aquella fortaleza de espinas buen rato, metiéndose más en ellas,
y salieron al cabo todos enclavados y espinados y atribulados por
todas partes, y llegaron á donde estaban los navíos cargando de sal;
recibiéronlos en ellos con harto dolor de todas partes. Faltó sólo el
Francisco de Soto que dijimos venir herido del flechazo; hobo quien
dijo que lo habia visto debajo de una peña en el espinal, fueron allá
con cierta barca, legua y media, donde quedaba, y halláronlo vivo
á cabo de tres dias que le hirieron, sin comer ni beber, y tráenlo
metido en la nao. Como la hierba ponzoñosa causa grandísima sed pidió
luégo agua, que se asaba; dánsela, y luégo comenzó á rabiar y desde á
poco murió. Es averiguado que el que de la hierba de aquellas tierras
fuere herido, no ha de comer ni beber hasta con algunos remedios
ser curado, porque en comiendo ó bebiendo luégo hace la hierba su
operacion y no cesa hasta matar. Así que mataron de esta hecha, con
este Francisco de Soto, por todos, cuatro de los criados del Clérigo,
y el fraile. El Clérigo prosiguió su viaje para esta isla Española,
el cual no es mayor de lo que se puede navegar en cinco ó seis dias,
pero los pilotos de los navíos, errando el viaje, no cognosciendo la
tierra y pensando que la costa desta isla por donde navegaban era la
costa de la isla de Sant Juan, fueron á parar 80 leguas deste puerto
de Sancto Domingo abajo, al puerto de Yaquimo; estuvieron dos meses
forcejando contra las corrientes de aquella tierra y mar, que hácia
este puerto son grandísimas, que ha acaecido los tiempos pasados estar
un navío en doblar ó pasar la isleta de la Beata ocho meses, por lo
cual se halló por ménos trabajoso rodear 400 leguas y más, yendo de
Cartagena y Sancta Marta, y del Nombre de Dios por la Habana, que
venir de allí aquí. Visto, pues, que tanto se tardaba en aquella
isleta de la Beata, no pudiendo navegar, acordó irse 20 leguas más
abajo al puerto de Yaquimo, y salirse en tierra, y enviar los navíos
á este puerto y ciudad, y él de allí venirse al pueblo de la Yaguana
que está nueve leguas la tierra dentro, y dél por tierra para aquí, é
así lo hizo. Entre tanto, luégo, desde á diez ó quince dias, muertos
los susodichos y alzada la tierra, vinieron los navíos que á la sazon
cargaban de sal, y en ellos los frailes y los demas que escaparon, y
dieron nuevas en esta ciudad de lo acaecido, y comienzan en el vulgo á
publicar que los indios de las perlas habian muerto al clérigo Casas y
á todos cuantos estaban con él; nuevas que mucho agradaron y á pocos
despluguieron, porque se les quitase aquel tan cierto impedimento que
tenian del cumplimiento de sus deseos, y porque tenian ya por cierta la
guerra contra aquellos indios de aquella tierra, para hacer esclavos
que era y es hoy de todos su pio. Viniendo, pues, el dicho Clérigo
de la Yaguana para esta ciudad de Santo Domingo, con ciertos que con
él venian, sesteando en un rio y él durmiendo debajo de un árbol,
llegaron ciertos caminantes allí; preguntados por los que estaban qué
nuevas habia de la ciudad ó de Castilla, respondieron: «no hay otras
sino que los indios de la costa de las perlas, han muerto al clérigo
Bartolomé de las Casas y á toda su familia.» Respondieron los que
estaban: «nosotros somos testigos que eso es imposible;» estando sobre
ello porfiando, despertó el Clérigo como de un abismo, y, entendidas
las nuevas, no supo qué decir ni si lo creer, pero, considerada la
disposicion que dejaba en la tierra y los casos acaecidos, comenzó á
temer y á creer que debia ser todo, cuanto habia por aquesto trabajado,
perdido, y como despues cognosció más destas cosas, juzgó haber sido
juicio divino que le quiso castigar y afligir por juntarse á hacer
compañía con los que él creia que no le ayudaban ni favorecian por
Dios ni por celo de ganar las ánimas, que por aquellas provincias
perecian, sino por sola cudicia de hacerse ricos, y parece que ofendió
á Dios maculando la puridad de su negocio espiritualísimo, y fin que
sólo por Dios pretendia, que era ayudar los religiosos y él andarse
con ellos alumbrando aquellas gentes con la predicacion de la fe y
cristiana doctrina, con la basura é impuridad terrenísima de medios
tan humanos y áun inhumanos y tan desproporcionados de los que llevó
Jesucristo; porque Dios, aunque para efectuar sus altas obras usa y
admite medios humanos, pero no ha menester para la predicacion de su
Evangelio tales adminículos, sino, sin mezcla de favor tan inficionado
como era aquél que le daban, pudiera el padre Clérigo, á lo que parece,
esperar á hacer de su espacio el nombramiento de los 50 que habia
de elegir para que le ayudaran, personas que fueran cristianas, los
cuales, aunque tambien se movian porque los habian de hacer caballeros
de espuelas doradas, y tener en las rentas del Rey la docena parte
y otras mercedes favorables y humanas, todavía parece que iba el
negocio más sin peligro y en honestidad fundado; lo uno, porque habia
de escoger no cualesquiera sino personas que fuesen tales; lo otro,
porque todo su interese temporal de aquellos, de la pacificacion de
aquellas gentes y del aprovechamiento de la fe colgaba, como arriba en
los capítulos 130 y 131 fue declarado, y no de las guerras y matanzas
y captiverios de gentes libres y damnacion de ánimas, é infamia de
la fe y aborrecimiento del nombre cristiano, que los con quien hizo
compañía, por medios de su temporal interese tomaban. A ésto respondió
el Clérigo, que si se dió tanta priesa en aceptar el partido que le
ofreció el Audiencia, hízolo por impedir los daños y muertes que hacia
el armada, y esta razon parece bastante; púdosele replicar, segun
parece, que no era á tanto obligado, etc. Finalmente, se puede creer
con piedad que nuestro Señor miró á su buena intencion, y no á la
obra, si quizá delante su acatamiento fué errada, y por eso lo escapó
de aquella muerte que con los demas pasara, puesto que con su ayuda
divina, si él allí estuviera, ni los navíos de allí se quitaran, ni
en los tres dias que la conjuracion se descubrió y se supo no es de
creer que en tanto peligro se descuidara. Finalmente, siguió su camino,
sabidas estas tristes nuevas, con mucho desconsuelo y cuidado de saber
por entero lo acaecido, para esta ciudad; no faltaron algunos amigos
que le salieron al camino á consolar, y que le ofrecieron cuatro y
cinco y más millares de ducados prestados, para si quisiese tornar al
negocio y llevarlo adelante; si se movian por sólo Dios y por celo de
las ánimas, ó por allegar bienes temporales, como de aquella tierra más
que de otra muchos esperaban, sólo Dios es el que lo sabe y el que lo
ha de juzgar y juzgará el dia del juicio universal.
CAPÍTULO CLX.
Por todas las cosas referidas en este libro III, desde el cap. 79 hasta
el precedente, que han hecho mencion al dicho padre clérigo Bartolomé
de las Casas, con pura verdad, puede parecer el ánimo que tuvieron
los historiadores Gonzalo Hernandez de Oviedo y Francisco Lopez de
Gomara, clérigo, criado del marqués del Valle, á quien tanto tocan
las historias de las Indias, para con el dicho clérigo Bartolomé de
las Casas, y como entendieron cuál fué su principio y su medio y su
fin cerca destos negocios de las Indias, y las verdades que en lo que
dél escriben dijeron. El Gonzalo Hernandez de Oviedo, en su primera
parte, libro XIX, capítulos 4.º y 5.º de la Historia que llamó Natural,
allende lo que se refirió suyo en el cap. 142, dice lo siguiente: que
como aquel Padre se habia criado en esta Española, sabia muy bien que
los indios de Cumaná y de aquellas provincias con ella comarcanas
estaban de paz ántes de su rebelion, y él pensó que, así como á él
se le fantaseó, así pudiera hacer lo que habia inventado y dicho en
España, y en tanto que él fué á entender en el negocio los indios se
rebelaron y mataron á los frailes franciscanos y dominicos, y otros
cristianos que he dicho, y cuando llegó á la tierra con aquellos sus
labradores, nuevos caballeros de espuelas doradas que él queria hacer,
quiso su dicha y la de sus pardos milites que halló al capitan Gonzalo
de Ocampo que habia ya castigado parte de los malhechores, y poblado
aquel lugar que llamó Toledo, y estaban las cosas en otro estado
que el Clérigo habia arbitrado; mas como venía favorecido y con tan
grandes poderes, luégo comenzaron á contender y estar desconformes él
y Gonzalo de Ocampo, como he dicho, dice Oviedo, y lo que habia dicho
en el fin del cap. 4.º, es ésto: «Llegado este Padre licenciado,
hobo discordias y diferencias muchas entre él y el capitan Gonzalo de
Ocampo.» Estas son sus palabras, y prosigue más en el capítulo 5.º:
«Dió órden el Clérigo como hizo una gran casa, y tenía en ella grandes
bastimentos, y rescates, y armas, y otras cosas muchas, lo cual todo
dejó allí, é vino á esta ciudad de Sancto Domingo é isla Española,
á se quejar en esta Audiencia real del capitan Gonzalo de Ocampo, y
venido él, y los indios viendo estas discordias entre los cristianos, y
persuadidos de su propia cudicia y malicia, dieron sobre los cristianos
que allí estaban, y mataron á cuantos pudieron, puesto que algunos se
escaparon, etc.» Estas son sus palabras. De donde parece la noticia
que con verdad habia inquirido, y de donde comenzaba la historia del
Clérigo, dando á entender que desde esta isla habia ido de principal
intento á pedir la gobernacion de aquella tierra, como arriba en aquel
capítulo dice. Y cuanto á lo que añide que tuvo discordias con Gonzalo
de Ocampo, á ésto se responde con verdad delante de Dios, que es la
suma y esencial verdad, que el clérigo Bartolomé de las Casas de muchos
años atras cognosció y amaba al dicho Gonzalo de Ocampo, y que nunca
con él comunicó que no fuese con alegría y riendo, y cuando en Sant
Juan de Puerto-Rico le hizo los requerimientos que con su armada se
volviese y no fuese á tierra firme, lo mismo, y que jamás tuvo con
él dentro de su corazon, ni fuera, por palabra, enojo ni pena, ni se
ofreció de qué ni para qué la tuviese, y donde mayor conversacion y
más familiar y amorosa tuvieron y con más alegría, fué miéntras el
Gonzalo de Ocampo estuvo allí con él en la tierra firme y en la isleta
de Cubagua, hasta que de allí á esta isla el Gonzalo de Ocampo se vino;
y en suma, el Clérigo le era naturalmente aficionado, porque tenía la
conversacion amigable, y en sus dichos y habla era graciosísimo. De
aquí se podrá colegir el crédito que á Gonzalo Hernandez de Oviedo
se le debe dar en todo lo que dice, como arriba por el 142 y 143, y
en los demas capítulos se vido; y aunque Oviedo excedió en hablar
tan falsamente del Clérigo, atribuyendo el deseo y fin que tuvo de
mamparar estas desmamparadas gentes, y quitar de su conversion y
salvacion tan eficaces impedimentos, á ambicion y deseo de mandar, y
tambien á cudicia, todavía le sobrepujó en maldecir detrayendo de la
honra del clérigo Bartolomé de las Casas; y con mayor desvergüenza
el Francisco Lopez de Gomara, clérigo, capellan de Hernando Cortés,
porque dijo todo lo que Oviedo, porque de su libro lo tomó, y añidió
cosas harto indecentes. Y dice así Gomara, clérigo, contra Bartolomé
de las Casas, clérigo: «Estaba el licenciado Bartolomé de las Casas,
clérigo, en Sancto Domingo, al tiempo que florecian los monasterios de
Cumaná y Chiribichí, é oyó loar la fertilidad de aquella tierra, la
mansedumbre de la gente y abundancia de perlas; vino á España, pidió al
Emperador la gobernacion de Cumaná, informóle cómo los que gobernaban
las Indias le engañaban, y prometióle de mejorar y acrecentar las
rentas reales. Juan Rodriguez de Fonseca, el licenciado Luis Zapata y
el secretario Lope de Conchillos, que entendian en las cosas de las
Indias, le contradijeron con informacion que hicieron sobre él, y lo
tenian por incapaz del cargo por ser clérigo, y no bien acreditado ni
sabidor de la tierra y cosas que tractaba; él entónces favorecióse
de Mosior de Laxao, camarero del Emperador, y de otros flamencos y
borgoñeses, y alcanzó su intento, por llevar color de buen cristiano
en decir que convertiria más indios que otro ninguno, con cierta
órden que pornia, y porque prometia enriquecer al Rey y enviarles
muchas perlas (venian entónces muchas perlas). Pidió labradores para
llevar, diciendo no harian tanto mal como soldados desuella-caras,
avarientos é inobedientes; pidió que los armase caballeros de espuela
dorada, y una cruz roja diferente de la de Calatrava, para que fuesen
francos y ennoblecidos. Diéronle á costa del Rey, en Sevilla, navíos y
matalotaje, y lo que más quiso, y fué á Cumaná el año de 20, con obra
de 300 labradores que llevaban cruces, y llegó al tiempo que Gonzalo
de Ocampo hacia á Toledo; pesóle de hallar allí tantos españoles, con
aquel caballero, enviados por el Almirante y Audiencia, y de ver la
tierra de otra manera que pensaba ni dijera en corte. Presentó sus
provisiones, y requirió que le dejasen la tierra libre y desembargada
para poblar y gobernar. Gonzalo de Ocampo dijo que las obedecia, pero
que no cumplia cumplirlas, ni lo podia hacer sin mandamiento del
Gobernador y Oidores de Sancto Domingo que lo enviaran. Burlaba mucho
del Clérigo, que lo cognoscia de allá de la Vega por ciertas cosas
pasadas, y sabia quién era; burlaba eso mismo de los nuevos caballeros
y de sus cruces, como de sambenitos; corríase mucho el Licenciado, y
pesábale de las verdades que le dijo. No pudo entrar en Toledo, é hizo
una casa de barro y palo, junto á do fué el monasterio de franciscos,
y metió en ella sus labradores, las armas, rescates, y bastimento que
llevaba, y fuése á querellarse á Sancto Domingo, é Gonzalo de Ocampo se
fué tambien, no sé si por ésto ó por enojo que tenía de algunos de sus
compañeros, y tras él se fueron todos, y así quedó Toledo desierto, y
los labradores solos. Los indios, que holgaban de aquellas pasiones y
discordia de españoles, combatieron la casa y mataron cuasi todos los
caballeros dorados, los que huir pudieron acogiéronse á una carabela,
y no quedó español vivo en toda aquella costa de Perlas», etc. Todo
ésto dice formalmente Gomara, capellan y cronista del marqués del
Valle. Cotejado todo lo que este Gomara dice y lo que escribió Oviedo,
con lo del capítulo precedente, y finalmente con toda la Historia de
cuasi lo más deste tercero libro, que con pura verdad se ha afirmado
haber sido todo dicho, á la discrecion del prudente cristiano lector
se remite que juzgue cuál lleva más semejanza de verdad, y cuánta fe
se deba dar á todo lo que todos éstos escriben, pues en cosas tan
manifiestas tuvieron tanto descuido en referir la verdad, si no los
cegó su propia malicia lo que no osaría creer. Cerca de lo que ambos
dicen de las cruces que el Clérigo trujo para los labradores, lo que
en ello hay es ésto: que para que los indios de aquellas tierras, que
tan escandalizados y maltratados estaban, creyesen y no pensasen que
les habia de faltar la palabra de partes del Rey luégo que habia
venido á reinar á Castilla, como muchas veces se les habia quebrantado
la fe y palabra en lo que les prometian por los españoles, pareció al
Clérigo que, así como les habia de certificar de partes del Rey cosas
nuevas, como eran que habia sabido los escándalos y daños que habian
recibido y le habia pesado mucho dello, y que por tanto enviaba á él
para que desde en adelante no tuviesen temor alguno que les habia de
suceder agravio de los pasados, y que él los habia de defender, que así
convenia que mostrase el Clérigo y los 50 que para caballeros habia de
escoger ser gente nueva y diferenciada de los pasados, y por aquella
señal todos los cognosciesen; y porque no tuvo lugar de señalar los
50, como por la Historia se ha visto, no dió la cruz á alguno, él sólo
se la puso al principio, y de aquí comenzó el parlar destos y fingir
que los labradores que llevaba para cavar y arar eran los caballeros
que con cruces habia de llevar y meter en la tierra consigo. Y, por
concluir la historia del padre Clérigo, llegado á Sancto Domingo,
escribió al Rey todo lo que pasaba, y determinó de esperar respuesta
por no tener sustancia para poder ir personalmente á la corte, puesto
que si quisiera ir no faltara quien le ayudara y prestara dineros, y,
cierto, si fuera él, trujera buen recaudo y remedio de la perdicion
que despues se siguió en aquella tierra, y áun castigo para los que le
habian impedido y sido causa de aquellas muertes y levantamientos de
los indios, porque llegara cuando ya tornado habia el Rey á aquellos
reinos, y con él eran venidos los caballeros y privados que lo habian
favorecido; y ésto pareció despues, porque los mismos, desque supieron
lo que le habia sucedido, le escribieron que tornase allá, y que
ternia más favor para con el Rey que ántes habia tenido, y el mismo
Papa Adriano tambien le mandó escribir sino que llegaron las cartas
cuando ya no podia determinar de sí. Por ventura, si cuando llegó á
esta ciudad luégo para Castilla se partiera, y que no le faltaran,
como dije, dineros, pudiera haber sido que la tiranía destas Indias
se hobiera echado fuera; pero, en la verdad, no se lo puso Dios en
el corazon que fuese, ó porque él no lo mereció, ó porque aquellas
gentes, segun los profundos juicios divinos, se habian con otras
muchas de perder, ó porque tambien los facinorosos pecados de nuestra
nacion, que en aquellas gentes han cometido, no se habian tan presto de
fenecer. Así que, habiendo escripto al Rey lo que más convino escribir,
esperó algunos meses la respuesta, y entre tanto su conversacion era
comunmente con religiosos de Sancto Domingo, y en especial con un
Padre llamado fray Domingo de Betanzos, religioso en virtud y religion
señalado; éste le dió muchos tientos que fuese fraile, diciendo que
harto habia trabajado por los indios, y pues que aquel negocio tan
pío se le habia desbaratado, parecia que no se queria Dios servir
dél por aquel camino. Entre otras respuestas y excusas que le daba
fué, decir que convenia esperar la respuesta del Rey para ver qué le
mandaba. Respondió el buen Padre: «Decid, señor Padre, si entre tanto
vos os morís, ¿quién rescibirá el mandato del Rey ó sus cartas?»
Estas palabras le atravesaron el alma al clérigo Casas, y desde allí
comenzó á pensar más frecuentemente en su estado, y al fin determinó
de hacer cuenta que ya era muerto, cuando las cartas ó respuestas del
Rey allegasen; y así, pidió el hábito con instancia, y se lo dieron
con mucho gozo y alegría de los frailes, y no ménos toda la ciudad,
y todas las Indias desque lo supieron, aunque de diferente manera y
por diversos fines los frailes y los seglares se gozaron, porque los
frailes, espiritualmente, por el bien de la conversion del que amaban
con caridad, y los seglares porque vian faltarles, como si lo vieran
enterrado, aquél que les estorbaba los robos que hacian y entendian
hacer con todo su inícuo interese temporal. Sino que despues resucitó,
á lo que puede creerse por voluntad de Dios, á pesar de muchos, para
estorbar algunos males que estorbó con el favor divino, y para mostrar
al mundo con el dedo, como el sol, el estado peligroso en que muchos
vivian, y el sueño letárgico y profunda ceguedad que los descuidaba,
en no tener por pecados los que nunca otros tan graves ni tantos se
cometieron, despues que los hombres comenzaron y supieron pecar. En
el tiempo de su noviciado le vinieron cartas del cardenal Adriano, que
fué Papa, y de caballeros flamencos que le persuadian que tornase á la
corte, y que ternia tanto y más favor que la otra vez le habian dado,
y los Perlados del monasterio, porque no se inquietase quizá, no se
las quisieron mostrar. De su frailía, dice Gonzalo Hernandez de Oviedo
éstas palabras. «El padre licenciado Bartolomé de las Casas, como supo
el mal suceso de su gente, y cognosció el mal recaudo que habia por
su parte puesto en la conservacion de las vidas de aquellos simples y
cudiciosos labradores, que al olor de la caballería prometida y de sus
fábulas le siguieron, y el mal cuento que hobo en la hacienda que se
le encargó, y que él á tan mala guarda dejó, acordó que, pues no tenia
bienes con que pagarlo, que en oraciones y sacrificios, metiéndose
fraile, podria satisfacer en parte á los muertos y dejaba de contender
con los vivos, y asi lo hizo, y tomó el hábito del glorioso Sancto
Domingo de la observancia, en el cual está hoy dia en el monasterio
que la Órden tiene en esta ciudad de Sancto Domingo, etc.» Esto dice
Oviedo; de donde parece la noticia y propósitos causa y fin del clérigo
Casas, y señaladamente deste caso y de todo lo acaecido en aquella
costa de tierra firme, que Oviedo tenía, y no ménos con qué ánimo todas
estas cosas que al clerigo Casas tocaban referia, lo cual todo nuestro
Señor le perdone, pues ya está en la otra vida. Y con ésto, dejemos de
tractar por algunos años que el Clérigo, ya fraile, fray Bartolomé de
las Casas, durmió al parecer, de las cosas dél, hasta que ocurra el
tiempo, si Dios diere vida, que tornemos á su historia, de quien habrá
bien que decir.
CAPÍTULO CLXI.