Tornando al clérigo Bartolomé de las Casas, visto que no quiso el

Capitan de la armada dejar de proseguir su romería, partióse luégo en

su navío para esta isla Española y ciudad de Sancto Domingo; el que

muchos no quisieran ver, porque ya era por todas estas tierras odioso

por saber que pretendia libertar los indios, y librallos de las manos

de sus matadores, en que todos, pocos que muchos, los españoles tenian

parte, al ménos en desear y procurallo servirse dellos por hacerse

ricos, lo que el padre Clérigo estorbaba, no porque le pesase de sus

riquezas, sino que por adquirillas no destruyesen aquestas gentes que

no les debian nada, y por ello ellos mismos se condenasen. A su tiempo

presentó sus provisiones ante el Almirante y los Jueces de apelacion y

oficiales del Rey, que eran cuasi diez por todos, que llamaban entónces

la Consulta, los cuales para negocios señalados todos se juntaban.

Requirióles lo primero, que las hiciesen apregonar con la solemnidad

debida y acostumbrada, lo cual, despues de obedecidas por ellos, el

Almirante y todos los de la Consulta, con toda la ciudad, presentes,

con trompetas las mandaron apregonar en las cuatro calles, que es el

lugar más público y solemne de aquella ciudad; principalmente una

Provision real se apregonó, que ninguno fuese osado de hacer mal ni

daño ni escándalo alguno á las gentes moradoras de aquellas provincias,

dentro de los límites que llevaba encomendados el dicho Clérigo, por

donde viniese algun impedimento á la pacificacion y conversion que iba

á hacer, sino que los que por la costa pasasen y quisiesen contratar y

rescatar con la gente della, fuese muy pacífica y amigablemente, como

con súbditos y vasallos de los reyes de Castilla, guardándoles toda

verdad en lo que con ellos pusiesen, so pena de perdimiento de todos

sus bienes y las personas á merced del Rey (y en la capitulacion se

ponia pena de muerte), mandando á todas las justicias destas Indias que

las secutasen en los que el contrario hicieren. Esto hecho, requirióles

que le mandasen desembarazar la tierra que llevaba á cargo, y luégo,

con la mayor presteza que ser pudiese, mandasen venir el armada, y que

no hiciese guerra á los vecinos de aquella tierra, y que si habian

muerto los frailes habia sido por los insultos de Hojeda y de los que

le ayudaron, estimando á los frailes por enemigos partícipes de aquella

matanza que en Maracapana hicieron, y que no tenian ellos poder para

los castigar, y él tenia poder para asegurallos y pacificallos, para lo

cual protestaba, etc. Respondieron, que verian en ello, y trujéronlo

muchos dias en palabras, sin determinarse. Estaba allí un vizcaino,

calafate que calafateaba los navíos, al cual oficio habia ganado

algunos dineros, los cuales empleó en tener parte en navíos de los que

andaban á saltear indios de la tierra firme y otras partes, y llegó á

tener dos navíos suyos, y metia 50 ó 60 españoles en cada uno, á su

costa y mision, ó admitiendo á otros en su compañía que pusiesen parte

de los gastos, los cuales iban á la tierra firme é islas, donde más

aína lo podian hacer, y salteando á los vecinos que estaban seguros,

á otros tomaban asegurándolos por engaño, y así henchian los navíos

de hombres y mujeres, y niños y viejos, y traíanlos á esta ciudad,

y vendíanlos por esclavos: desta granjería allegó mucho caudal este

calafate. El cual, como vido al clérigo Casas y supo el cargo que

traia, no le pesó ménos que si viera al diablo, porque via que se le

habia de impedir su espiritual granjería, y sus dos navíos habian

de buscar otro modo de granjear en que ocuparse. Este creemos que

principalmente, y otros, comenzaron á publicar que el navío del clérigo

Casas no estaba para navegar, ni estaba tal que se pudiese adobar, y

porque no pereciese la gente que en él navegase, se debia echar al

través y la mar abajo; mandó el Audiencia que se pusiesen personas que

lo examinasen, creo que fué uno el mismo calafate y otros marineros

y gente de aquella arte, que temian el impedimento de su saltear, y

así condenaron al navío del Clérigo que lo dejasen ir el rio abajo por

no estar para navegar ni ser remediable, todo para impedir el negocio

del Clérigo, por ser á todos odioso, porque á todos, con los mismos

Jueces y Oficiales, de aquel robar y saltear hombres cabia parte; y

desta manera el padre Clérigo perdió 500 pesos de oro ó 500 castellanos

que el navío le habia costado. En estos dias comenzaron á venir navíos

cargados de indios esclavos que habia tomado en la guerra que habia ya

hecho el Gonzalo de Ocampo, capitan, con su armada, el cual, llegado

con ella al puerto de Maracapana, tierra y señorío de Gil Gonzalez,

disimulando, como que venian de Castilla bozales, teniendo la gente

toda debajo de cubierta, no pareciendo más de tres ó cuatro, vino

luégo el Gil Gonzalez en una canoa al navío donde estaba el Capitan,

y sin llegarse á él preguntaba qué queria, con algunos vocablos, mal

pronunciados, castellanos; el Capitan respondia muy en castellano,

haciendo muy del ignorante, como persona que no sabia en qué tierra

estaba; llegóse más el Gil Gonzalez, fingen que le quieren dar pan de

Castilla y vino y no se que más, llégase más al navío, estaba aparejado

un marinero muy suelto y nadador, y ahorrado de ropa, y, de súbito,

salta del navío en la canoa, y abrázase con el Gil Gonzalez, y ambos

dan consigo en el agua, y el marinero, con una daga que por detras

llevaba, dále ciertas puñaladas, y saltan luégo otros marineros, y

así lo tomaron y mataron; sale luégo toda la gente española en tierra

en sus bateles, y combaten el pueblo, matan cuantos pudieron, y todos

los demas tomaron por esclavos, y de lo uno ó de lo otro muy pocos se

escaparon. Muerto su señor Gil Gonzalez corrieron la tierra despues

por allí abajo, matando y captivando cuantos hallaban, y cargando

los navíos dellos, y enviándolos á esta ciudad; viéndolos venir el

padre Clérigo rabiaba, y con terrible rigor lo detestaba delante el

Audiencia, afirmando ser tiránico todo, injusta la guerra, y que no

eran aquellos esclavos, y protestábales de tornar al Rey y de hacer que

los castigase y que pagasen los gastos que en hacer aquella armada

hicieron de la hacienda del Rey, sin tener comision para hacella, y

cuantos daños en aquella tierra se hacian, y escándalos, destruyendo

aquellas gentes, y estorbando que la fe no se les predicase, ántes

daban causa que blasfemasen della, y aborreciesen la religion

cristiana; de las cuales protestaciones ningun placer ni consuelo

todos ellos tomaban, ántes temian el daño que el Clérigo les podia

hacer, porque le cognoscian tener vigor y ánimo, y habian visto que no

habia ido vez á Castilla que no trujese cuanto pretendia negociado,

y siempre con favor de los Reyes ó de los que gobernaban. Pasaron en

ésto algunos dias, y, muchas veces entre sí platicando, acordaron de

no descontentar al Clérigo, ántes ganallo, y tambien, alguna cudicia

mezclándoseles, tomar algun medio con él, para que desde la tierra

firme que llevaba á su cargo él procurase los intereses que deseaban.

Cuatro maneras de provechos pretendian haber de aquella tierra que el

clérigo Casas llevaba: la una, la pesquería de las perlas que habia

en la isleta de Cubagua, donde por entónces se pescaban, porque allí

tenian los principales desta ciudad de Sancto Domingo sus casas y

cuadrillas de indios, y dellos de los lucayos, con sus mayordomos que

tenian cargo de aquella pesquería, con que los mataban y al cabo los

acabaron; otra era el rescate del oro que por toda aquella costa hasta

la provincia de Venezuela, y más adelante, por cosillas de Castilla,

en especial hachuelas de hierro, se rescataba; la tercera, y ésta era

la mayor y donde ponian más cuidado y de lo que tenian mayor ánsia,

conviene á saber, poder haber muchos esclavos; la cuarta era, que como

habian hecho muchos gastos en hacer aquella armada sin tener comision

del Rey para hacerla, pensaron recompensarlos con favorescer al dicho

Clérigo, de cuyo suceso bueno al Rey se recreciese provecho por su

parte: llamaban suceso bueno que el Clérigo fuese autor y consintiese

hacer guerra á los indios, y en ella muchos esclavos. Pues para

conseguir las dichas cuatro utilidades, parecióles que no se podia

mejor guiar que dando manera como tuviesen entrada ó salida en aquella

tierra, para poder de los bienes temporales que ellos creian que habia

en ella participar, y porque sabian que sin voluntad del Clérigo no

podian rodeallo, y que resistiéndolo él pudieran poco aprovecharse,

ordenaron que debian de hacer cierta compañía con él, so color de

dalle favor y ayuda para su despacho, pues él no tenia facultad para

se despachar por hallar todas las cosas mudadas, y así mostrar que

lo hacian por servir al Rey como se lo mandaba, ayudándole á que su

negociacion fuese adelante. La compañía ordenaron desta manera; que se

hiciesen veinticuatro partes que costeasen y ganasen por igual, las

seis fuesen del Rey y las seis del Clérigo y de sus 50 caballeros de

espuelas doradas, que habia de escoger, y de las otras doce hobiese el

Almirante las tres, y los cuatro Oidores que eran el licenciado Marcelo

de Villalobos, y el licenciado Juan Ortiz de Matienzo, y Lucas Vazquez

de Ayllon, y el licenciado Rodrigo de Figueroa, tuviese cada uno su

parte, y los tres Oficiales, tesorero Miguel de Pasamonte y contador

Alonso de Avila y factor Juan de Ampies las tres, y las otras dos los

dos secretarios de la Audiencia, Pedro de Ledesma y Diego Caballero.

Y así, el Rey contribuyó por seis partes, y el Clérigo por seis, y el

Almirante por tres, y los Jueces y Oficiales y Secretarios cada uno por

la suya; y de las ganancias y provechos, que imaginaban que habian de

haber, por la misma forma habian de gozar y tener el interes. Esto así

entre ellos determinado, enviaron á llamar al clérigo Casas, y dánle

parte de lo que habian pensado, platicado y determinado, encareciéndole

que lo habian así ordenado por favorecello y ayudallo. El Clérigo,

visto que para se despachar de allí por entónces no tenía otro remedio,

y que si no era su despacho con voluntad y beneplácito dellos nunca

lo pudiera hacer, y que entre tanto despoblarian, trayendo esclavos,

aquella tierra, respondió que le placia que se hiciese la compañía.

Hízose capitulacion desta compañía, que contenia en suma lo siguiente:

Que se le diese al Clérigo el armada que se habia enviado á hacer

guerra á los indios, con ciertos bergantines y barcos della y todo

lo que en ella habia, y que de la gente que habia llevado el dicho

Capitan, que eran 300 hombres, se eligiesen 120 á sueldo y los otros

se despidiesen; éstos habian de servir con un Capitan, y señalóse el

mismo Gonzalo de Ocampo, para tener la tierra en paz, porque tuviese

el clérigo Casas, con los predicadores que habia de meter consigo,

libertad de predicar las gentes della. Y éste era el primer capítulo,

como comienzan las santiguaderas que comienzan en Dios y acaban en su

contrario. Otro capítulo fué para sustentar el rescate de las perlas

y tiranía que en sacallas se hacia, aunque no lo decia el capítulo

así, sino que fuese con voluntad de los indios, pero nunca se hizo

sino por maravilla por su voluntad. Otro capítulo contenia, que la

dicha compañía y armada se ordenaba para que por el dicho licenciado,

clérigo Bartolomé de las Casas, se averiguasen las gentes y provincias

donde se comia carne humana, y los que no querian estar en paz y en

conversacion de los españoles, y los que no querian rescibir la fe y

los predicadores della; y habia de decir él, «yo declaro tal provincia

por comedores de carne humana, y tales que no quieren ser amigos de

los españoles, y tales no quieren rescibir la fe ni los predicadores

della», y luégo el Capitan con los 120 hombres y dalles guerra y hacer

todos los que tomasen á vida esclavos; y ésto era todo su principal

fin y deseo á que todo lo que hacen se ordenaba, porque pensaban

y esperaban que el Clérigo les habia de henchir todas sus casas y

haciendas y granjerías de esclavos. Y era tanta su ceguedad que no

advirtieron, que habiendo andado cinco ó seis años el Clérigo, como

todos sabian, trabajando y muriendo, yendo y viniendo á Castilla porque

no hiciesen esclavos, y los que tenian hechos los libertasen aunque

fuesen de los caribes ó que comian carne humana, oyéndole afirmar

que hacellos á aquellos esclavos era tiranía, que así engañasen á sí

mismos, que pensasen que el Clérigo habia de ser causa de aquellas

guerras y de que se hinchiese de esclavos esta isla, señalando y

diciendo de claro que la gente de tal provincia son caribes. Item, que

teniendo los indios todos de aquellas provincias justísimas causas de

perseguir y destruir, matando y despedazando, todos cuantos españoles

pudiesen haber, por los males y daños irreparables que de ellos habian

rescibido, que si no quisiesen ser sus amigos, sin satisfaccion y

sin cesar de sus tiranías, que el Clérigo por ésto los hobiese de

declarar por enemigos, y que la guerra luégo por el mismo caso se

hobiese de seguir. Item, que si no quisiesen rescibir los predicadores,

como si supieran la diferencia que habia de predicadores á tiranos,

y si resistian y mataron á los frailes que verdaderamente lo eran

predicadores, los mataran como á predicadores y no como á cómplices de

salteadores y amigos y naturales de la misma nacion á quien ellos tanto

tenian aborrecida, ó si los mataron por razon de odio que tuviesen á la

fe. Item, que si no quisiesen rescibir la fe, declarándolos el Clérigo

por tales, se les habia de hacer luégo guerra y hacellos esclavos,

como si á palos se les hobiera de dar y contra su voluntad rescibilla,

y luégo, en llegando el armada, con requerilles que la rescibiesen

hobieran en el crimen _lesæ majestatis_ incurrido. Fué, pues, grande la

ceguedad ó ignorancia, ya que no fuese malicia, de aquellos señores, en

creer que aquellas horribles y absurdas condiciones habia el Clérigo de

cumplir, teniéndolo por buen cristiano y no cudicioso, y que moria por

libertar y ayudar á salvar estas gentes como lo tenian. Pero el Clérigo

aceptó las condiciones por redimir su vejacion, con intencion de en

todo lo que se pudiese grangear buenamente y sin pecado y perjuicio

de los indios y de su principal negociacion, que era la predicacion,

como del Rey traia, con ello acudilles con toda fidelidad, así como

en los rescates del oro por toda aquella costa de mar, y con atraer á

los indios, por bien y con dones de los rescates, que viniesen á sacar

perlas á la isleta, y con todo lo que de provecho en la tierra hobiera,

que no fuera para ellos de chico interese. Pero todo les pareciera poco

sin henchilles las casas y granjerías, como dije, de esclavos indios,

de lo que el Clérigo estaba bien desviado.

CAPÍTULO CLVIII.

En estos dias, á tantos de Mayo, año de 1521, víspera de Santa

Catherina de Sena, murió aquel siervo de Dios, el padre fray Pedro

de Córdoba, que trujo la órden de Sancto Domingo á esta isla, como

arriba dijimos; murió de ético, de las grandes penitencias que habia

hecho en su vida, en esta casa y ciudad de Sancto Domingo, rescibidos

los sanctos Sacramentos muy devotamente, siendo Vice-provincial, de

edad de 38 años, _consummatus in brevi explevit tempora multa, etc.

Sapientiæ 4.º_. Predicó á su entierro, Domingo, dia de Santa Catherina

de Sena, el padre fray Anton Montesino, de quien tambien arriba hicimos

larga mencion, y tomó por tema, _Quam bonum et quam jocundum habitare

fratres in unum_; y, cierto, se estimó que fué luégo ó en breve á gozar

de Dios, en compañía de la Vírgen de Sena, beata y santa de la misma

Órden. Tornando á nuestro negocio del Clérigo, diéronsele luégo dos

navíos en esta ciudad y puerto de Sancto Domingo, ambos bien amarinados

y cargados de vino y aceite y vinagre, y mucha cantidad de quesos de

las Canarias, y otras muchas cosas de bastimentos y municiones, y

rescates, y licencia para tomar de la isla de la Mona 1.100 cargas de

pan caçabí de lo que el Rey allí tenía, que los indios moradores de

aquella isleta le solian dar, y, finalmente, fué muy bien despachado

de esta isla, y proveido de todo lo necesario para su viaje y para lo

que en la tierra firme se habia de ordenar y tractar. Partióse deste

puerto por el mes de Julio, año del Señor de 1521; con buen viaje

llegó á la Mona, donde tomó el dicho pan, y de allí fué á la isla de

Sant Juan de Puerto-Rico, donde pensó de hallar la gente labradora

que habia traido y llevalla consigo, pero no halló alguno que llevar

porque se habian ido con ciertos salteadores á robar y saltear indios,

que era el oficio y granjería que más se usaba por aquellos tiempos;

prosiguió de allí su viaje á la tierra firme, y halló al Capitan y

gente, buscando qué robar y captivar, ocupados. Habia comenzado á hacer

un pueblo de españoles Gonzalo de Ocampo, media legua el rio de Cumaná

arriba, que llamó Toledo, y como los indios de toda la tierra andaban

huyendo, y sin ellos nunca los españoles por todas las Indias se vieron

hartos, éstos andaban hambreando, y por ésto vivian muy descontentos

y ni quisieron poblar á Toledo, ni aunque lo llamara Sevilla no lo

poblaran; y si mucho el Clérigo se tardara bien se creyó que se

amotinaran, pero venido, y sabido que traia licencia para los que no

quisieran quedar de su voluntad se tornasen, asosegáronse. Dándoles

parte de la negociacion que el Clérigo traia, ninguno quiso con el

Clérigo quedar; dellos, porque andaban ya cansados de montear indios,

con muchos trabajos y hambres; otros, porque no esperaban medrar con

él, entendiendo que en el robar y captivar indios, y en hacerles otros

agravios acostumbrados, les habia de ir á la mano, y con temor que no

los quisiese tener por fuerza, y les tomase los navíos donde se habian

de tornar, nunca quisieron salir todos en tierra, sin dejar en cada

batel ó barca de los navíos 20 hombres que los guardasen. Finalmente,

se hobieron todos de volver á esta isla, y para el camino les mandó dar

el Clérigo cinco libras de pan caçabí, para cinco dias que comunmente

duraba el viaje, á cada uno graciosamente, sin ser á ello obligado,

con lo cual y lo poco más de bastimentos que tenian en los navíos se

tornaron. Quedóse el Clérigo sólo con algunos criados suyos y algunos

otros que tomó á sueldo para que lo acompañasen. El capitan Gonzalo

de Ocampo, que era amigo del Clérigo, mostró pesar de su soledad,

y en ella lo consolaba, el cual despues se partió para esta isla.

Habian ido ciertos religiosos de la órden de Sant Francisco á poblar

en Cumaná, con aquella gente, cuyo Perlado era un fraile llamado fray

Juan Garceto, extranjero, creo que de Picardia, que habia venido á esta

isla con el que dijimos arriba llamarse fray Remigio; aquél era muy

buen religioso y persona prudente, deseoso de hacer fruto en aquellas

gentes. Estos religiosos, como vieron al Clérigo con la prosperidad

que parecia traer y buen recaudo para la conversion dellas, hobieron

alegría inestimable; saliéronle á rescibir con _Te Deum laudamus_,

diciendo: _Benedictus qui venit in nomine Domini_, y él con ellos

dió muchas gracias á nuestro Señor Dios de hallarlos. Tenia su casa

y monasterio de madera y paja, y una muy buena huerta donde habia

naranjos de maravillosas naranjas, y un pedazo de viña y hortaliza, y

melones muy finos, y otras cosas agradables; todo ésto habian puesto

y edificado los religiosos de la misma Órden que fueron al principio,

cuando el padre fray Pedro de Córdoba con sus Dominicos, como en el

cap. 54 de la parte II queda declarado. Estaba esta casa y huerta un

tiro de ballesta de la costa de la mar, junto á la ribera del rio

que llaman de Cumaná, de donde toda aquella tierra se nombra Cumaná.

El Clérigo mandó hacer una casa grande como un atarazana, para meter

toda la hacienda que traia, junto á las espaldas de la huerta de los

frailes; lo más presto que pudo, dió á entender á los indios por los

religiosos, y ellos por medio de una señora india llamada Doña María,

que sabia algo de nuestra lengua, como venía enviado por el Rey de los

cristianos, que entónces de nuevo reinaba en España, que ya no habian

de rescibir daño alguno dellos, sino buenas obras, y habian de vivir

en mucha paz y amistad, como verian adelante; y con ésto trabajaba de

los alhagar y ganalles la voluntad, dándoles de las cosas que traia, y

siempre recatado de los que con él estaban no diesen materia ú ocasion,

por chica que fuese, de escándalo. Ya está dicho arriba, que la isleta

de Cubagua, donde se cogian las perlas, carece de agua potable, porque

ninguna dulce hay sino unos charquillos de agua salada, por manera que

no bebian si no la llevaban del rio de Cumaná, que está de la dicha

isleta siete leguas distante; y porque siempre temió el Clérigo que

aquellos españoles amadores de las perlas, que allí moraban, le habian

de hacer una fortaleza en la boca del rio, para si no hiciesen lo

que debian, quitarles el agua (ésto fuera muy cierto freno para que

en toda aquella costa escándalo ninguno ni daño á los indios hacer

osaran), para este fin tomó un maestro de cantería, y concertóse con

él por ocho pesos de oro cada mes, que valen 10 ducados poco ménos.

Debieron de entender al Clérigo los apóstoles de Cubagua, y tuvieron

luégo manera de, por ruegos ó por precio, quitárselo, y así quedó el

Clérigo sin las más necesarias armas, porque aunque la fortaleza era

bien hacerse para la seguridad de los que allí habian de estar por

respeto de los indios, pero mucho más necesaria era para refrenar los

saltos é insultos, y escándalos, y desórdenes que los españoles hacian

morando allí en Cubagua, como parece por lo que referimos arriba de

la muerte de los frailes, y por lo que sucedió al Clérigo parecerá.

No se tardó muchos meses ni dias que, con achaque de venir al rio

por agua en sus barcos, inquietaban la gente del pueblo y pueblos

que por allí cerca estaban; algunos, siendo pesados á los indios con

su conversacion cuotidiana, de que ellos mucho se resabiaban por el

celo que tienen de sus mujeres y hijas, teniendo experiencia de lo

que los españoles hacen; otros, importunándoles porque les diesen

oro ó les vendiesen algunos indios á trueque de botijas de vino,

por el cual principalmente engañaban los más resabidos á muchachos

y personas simples, y vendíanlos á los españoles (y ésto del vino

era la más preciosa moneda que los indios amaban, y por qué daban y

dieran todo cuanto les mandaran), sucedia de aquí, que como al vino no

sabian echarle agua emborrachábanse fácilmente, y más fácilmente, ya

borrachos, reñian y tomaban las armas, arcos y flechas enherbadas con

hierba ponzoñosa, y así, ó se herian y mataban, ó maltrataban. Mirad

qué disposicion y aparejo para les predicar y traerlos á la religion

cristiana. Comenzó el Clérigo á beber grandes amarguras, y entender los

impedimentos de todo su negocio, y sin ser tan eficaces, que totalmente

se lo desbarataban, como quiera que de lo que de parte del Rey habia

dicho á los indios se hacia por los españoles el contrario; y llegó á

tanta angustia que se paraba á pensar si sería posible por alguna vía

verse fuera de tanta afliccion y cuidado. Pasó á la isleta de Cubagua,

é hizo requerimientos terribles al que allí estaba por Alcalde mayor,

pero no le aprovechó nada; cognosció tambien estar en gran peligro de

la vida suya y de los religiosos, y de los demas que con él estaban.

Toda su comunicacion era con los frailes, en especial con el fray

Juan Garceto, persona, como dije, prudente; tractaban del estado en

que los negocios y ellos estaban. Parecióle al religioso que aquellos

estorbos é inconvenientes ántes habian de ir cresciendo que menguarse,

si el Rey ó la Audiencia con gravísimas penas no lo atajasen, y

que para ésto alcanzar el mismo Clérigo y no otro habia de irlo á

negociar. Esto bien lo cognoscia y admitia él, que sin expresas nuevas

penas, y amenazas, y castigos reales, no podia remediarse, pero que

él hobiese de ir en persona á procurallo parecíale absurdidad y cosa

irracionable; lo uno, porque todavía estando él presente algunos males

estorbaba, lo otro, porque absentándose quedaba toda aquella tierra tan

desmamparada, que no quedara parte della que no se metiera, como dicen,

á sacomano, robándola y haciendo esclavos, y, así, causando mayor

enemistad y aborrecimiento de los cristianos que ántes les tenian,

y, por consiguiente, poniéndolos en más remota distancia ó potencia

para rescibir la fe y convertirse, que nunca tuvieron; lo otro, aunque

era lo ménos y mucho ménos, por el mal recaudo que podia quedar en la

hacienda que allí tenía, que valia 50.000 castellanos, en los cuales

tenía su parte el Rey. El religioso á todos estos inconvenientes

respondia con razones, pero no muy perentorias ni que satisfaciesen

por la claridad ó evidencia dellos. Finalmente, despues de veces

platicado y conferido en ello, llegó á tanto la persecucion del padre

fray Juan Garceto (no por la evidencia que hacia, sino porque Dios

habia de salir con lo que tenia determinado hacer del Clérigo), que

comenzó el Clérigo á considerar que podia ser aconsejarle bien, aunque

á él no le pareciese; por lo cual vino á determinarse en que miéntras

se cargaban de sal dos navíos para enviar á esta isla Española, y se

ponian á punto de se partir, que tardarian en todo poco ménos que un

mes, dijesen cada dia misa, y los demas suplicando á nuestro Señor

inspirase lo que conviniese más, y despues de dicha platicasen cada

dia en ello, y al cabo deste tiempo se determinase de quedar ó de ir.

Pareció á todos que se hiciese así, y entre tanto entendió el Clérigo

en hacer dos despachos, el uno escribiendo cartas para esta Audiencia

y para el Rey, haciendo relacion de lo que padecia y del peligro en

que estaban los frailes y él, los estorbos que le ponian, el daño que

las gentes de aquellas provincias temporal y espiritual incurrian, la

infamia de la religion cristiana, los impedimentos de la conversion

dellas y perjuicio de la fe, etc. Este despacho era enderezado para

que lo llevase la persona que acordase enviar, si se determinasen

que se quedase él. Otro hizo para en caso que hobiese su persona de

venir, conviene á saber, la instruccion de lo que habia de hacer el

Capitan ó persona principal que allí habia de dejar en su lugar. Cada

dia, despues de misa, se juntaban á platicar, y nunca pudo mudar del

parecer primero al religioso en cuantas veces dello hablaban, diciendo,

«no me parece, señor, sino que vos habeis de ir á buscar el remedio

destos males en cuya cesacion tanto va». Llegado, pues, el postrero

dia en que los navíos no tenian que esperar más, dijeron el religioso

y el Clérigo sus misas, y encomendando á Dios el negocio tornáronse á

juntar; el religioso, permaneciendo en su primer voto, dijo al Clérigo:

«vos, señor, habeis de ir, é por ninguna vía quedar.» Entónces el

Clérigo, creyendo que aquella debia ser la voluntad de Dios, respondió:

«Dios sabe cuánto ésto hago contra lo que yo entiendo, y así contra mi

voluntad, pero yo lo quiero hacer pues á vuestra reverencia parece, y

si es yerro más quiero errar por parecer ajeno que por el mio acertar;

porque yo espero en Dios, que pues no lo hago por otro algun intento,

sino por hacer lo que debo en lo que por él traigo á cargo, él, para

bien mio, ya que se yerre, lo convertirá.» Así determinado, nombró por

Capitan ó por principal de los que allí dejaba á un Francisco de Soto,

natural de Olmedo, antiguo criado de la casa Real, que habia traido

consigo de España, buena persona y cuerda pero pobre, por la cual

pobreza deshechar le vino mucho mal á él y al negocio y á los demas.

A éste dió la instruccion que tenia hecha; uno de los capítulos della

fué, que no quitase ni mandase desviar del puerto, por ninguna causa,

uno ni ninguno de las dos piezas de navíos que le dejaba, que era uno

que llamaban _San Sebastian_, que volaba, y el otro era una fusta de

moros de muchos remos, que llamaban los indios en su lengua _ciento

pies_ por los muchos remos, y tenian mucho miedo della, y que siempre

estuviese sobre aviso si los indios estaban alterados y mal seguros,

y si viese que habia peligro que con toda disimulacion embarcase toda

aquella hacienda y sus personas, y se fuesen á la isleta de Cubagua; si

fuese el peligro tan furioso y violento que para salvar la hacienda no

tuviesen lugar, al ménos las personas salvasen: desta instruccion le

hizo el Clérigo firmar un treslado. De toda la hacienda que allí dejó

ninguna cosa metió en los navíos, sino dos arcas propias suyas, una de

vestidos y de libros la otra; y así se partió con harto dolor de los

frailes, no siendo el que él llevaba menor.

CAPÍTULO CLIX.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 14 / 41 段