Venido el Cardenal, Gobernador de aquellos y estos reinos, y los

Consejos, á Valladolid, hiciéronse todas las provisiones que el

Clérigo pidió para complimiento de la dicha capitulacion y aviamiento

de su viaje necesarias, y partióse para Sevilla, donde halló quien le

prestase dineros, porque todo lo que tenia habia, en idas y venidas

desta isla Española á España y estada en la corte, gastado. Llevó

cierto número de labradores para comienzo de la poblacion que habia

de hacer, gente llana y humilde como era menester para que concordase

con la simplicidad y mansedumbre de los indios. Diéronle amigos

muchos rescates de cuentas de diversos colores, y otras cosas de

menudencias, para dar graciosamente á los indios y atraellos al amor

y conversacion suya, y de los que habian de meter en aquella tierra

consigo. Partió de Sant Lúcar de Barrameda, levantando las velas, dia

de Sant Martin, á 11 de Noviembre del mismo año de 1520; llegó á la

isla de Sant Juan, que llaman de Puerto-Rico, con buen viaje, donde

halló nuevas que los indios de la costa de Chiribichi y Maracapana,

de que arriba dejamos hecha mencion, habian muerto á los frailes de

Sancto Domingo que les estaban allí predicando. Estos pueblos y estas

provincias eran las que tenía el clérigo Casas por principal comienzo

y principio de su conversion y espiritual negociacion, por tener allí

los religiosos hechas sus casas y estar predicando. Fuéle al Clérigo

de grande angustia y dolor viendo el impedimento tan cierto y eficaz

de la prosecucion de su fin y de los religiosos por que tanto habia

trabajado. Tuvo tambien relacion que el Audiencia real de Sancto

Domingo, sabida la muerte de los frailes, hacia cierta armada de gente

de guerra para ir contra aquellas provincias y hacelles guerra á fuego

y á sangre, y hacellos esclavos en venganza y castigo de la muerte de

los dichos religiosos, cosa, que por toda esta isla, y áun por todos

los españoles mundanos que en estas Indias viven ó vivian entónces,

era muy deseada, conviene á saber, que haya causa verdadera ó colorada

para hacer guerra á estas gentes, por hacellos esclavos. Estando cierto

desto y que en breve llegaria en la dicha isla de Sant Juan la dicha

armada, acordó allí esperalla para probar si con los requerimientos que

le hiciese, pudiese, ó impedilla ó templalla. Llegó el armada despues

de pocos dias; hizo el Clérigo sus requerimientos al Capitan della,

que era un caballero llamado Gonzalo de Ocampo, por virtud de las

Provisiones reales, que no pasase de allí para la tierra firme que por

el Rey traia él encomendada, á hacerles guerra ni otros daños; y que

si habian muerto algunos frailes y estaban alzados, á él competia el

atraellos y asegurallos, y á ellos no castigallos, mayormente habiendo

sido causa de aquella muerte los insultos y tiranías de los españoles

que cada dia les hacian, robándolos y cautivándolos y matándolos. El

Capitan respondió que obedecia las provisiones y reverenciaba, pero

que cuanto al cumplimiento no podia dejar su jornada ni de hacer lo

que el Audiencia real le mandaba, y que ella le sacaria, de lo que

hiciese por aquel mando á paz y á salvo; y así se partió el armada para

la tierra firme á hacer esclavos, que era todo su fin, y el Clérigo á

esta isla Española á echar los que iban de allá. Compró un navío en 500

pesos de oro, para comenzar su negocio, en aquella isla de Sant Juan,

fiado, en que vino á ésta, porque como conocieron todos el gran cargo

y favores que traia del Rey, é la mucha tierra rica de oro y de perlas

encomendada, y que ninguno podia entrar en ella sin su licencia, muchos

habia y hobo que por esperar dél ser aprovechados se le ofrecieron de

le ayudar con dineros, y le ayudaron. Antes que se partiese de allí

puso la gente labradora que trujo en este recaudo, conviene á saber,

rogó á los vecinos de la ciudad de Puerto-Rico que recogiesen los

labradores hasta que él tornase, de cuatro en cuatro y cinco en cinco

en sus estancias ó granjas sustentándolos, lo que por aquel tiempo no

fué mucho gasto, y ellos lo hicieron y cumplieron de buena voluntad.

Antes que de aquí pasemos adelante, será bien referir la causa por qué

y la manera como los indios mataron en aquella costa ó provincia dos

frailes que mataron. Un pecador de hombre, llamado Alonso de Hojeda,

que moraba en la isleta de Cubagua, donde se pescaban las perlas, y

en ella debia hacer lo que los otros teniendo los indios por fuerza

en aquellos detestables trabajos, deseoso de hacer esclavos como los

demas, para que les sacasen perlas de la hondura de la mar, acordó,

con otros como él, de hacer un romeraje, que fué ir por la costa abajo

y saber dónde comian los indios por allí carne humana, para, con este

achaque, por paz ó por guerra, captivar los que pudiesen y llevallos

por esclavos. Halló para ésto hartos compañeros, consintiendo en ello

y autorizándolo, á lo que creimos, el Alcalde de los españoles que

allí los gobernaba; métense en un barco ó carabela de las que por allí

trataban quince ó veinte galanes, y van siete leguas de allí la costa

abajo, á parar al puerto de Chiribichi, que los religiosos de Sancto

Domingo, como arriba dijimos, pusieron nombre Sancta Fe, y hicieron una

casa con sus propios y grandes trabajos, y donde á la sazon estaban dos

religiosos siervos de Dios, el uno sacerdote y el otro fraile lego,

porque los demas eran idos á la misma isleta de Cubagua á predicar á

los españoles, que no tenian mucho ménos necesidad que los indios de

ser doctrinados. Saltaron en tierra los del barco, tan seguros como

podian entrar en sus propias casas, porque cinco años habia que allí

estaban los frailes y tenian con su ejemplo de santidad todas aquellas

provincias tan pacíficas seguras y llanas, que no lo podian estar

más; íbase un solo español cargado de rescates tres y cuatro leguas,

la tierra dentro, y se volvia sólo cargado de lo que habia rescatado,

y los mismos que ésto hicieron me lo afirmaron. Fuéronse luégo al

monasterio, rescibiéronlos los frailes con grande alegría y consuelo

como á ángeles, lo uno por la caridad que en ellos, cierto, vivia;

lo otro, porque como solos entre indios estaban, naturalmente de ver

españoles de su naturaleza se holgaban; dánles de merendar, huélganse

de platicar con ellos un rato; dicen que quieren hablar al señor del

pueblo que se llamaba Maraguáy, la penúltima sílaba luenga. Este señor

era hombre de su natural fiero, sabio y recatado, y que no del todo

estaba satisfecho de las costumbres de los españoles, sino que pasaba y

disimulaba las cosas que hacian por tener en su tierra los frailes como

por fiadores de los cristianos; enviáronlo á llamar (ó los frailes,

ó el Alonso de Hojeda que iba por Capitan de la carabela ó barco),

que estaba en su pueblo, un arroyo de agua en medio. Venido el señor

Maraguáy, apartóse Hojeda con él y otro que iba por Veedor y otro

escribano, y en presencia del Maraguáy pidió Hojeda un pliego de papel

y escribanía al religioso, que era Vicario de la casa, y dióselo con su

simplicidad y váse. Comienza Hojeda y los demas á preguntar á Maraguáy

si sabía que algunas gentes de sus alrededores comian carne humana; el

cual, como oyó preguntar por quien comia carne humana, de que tenía

experiencia que á los tales los españoles hacian guerras y llevaban por

esclavos, alteróse mucho mostrando enojo, y dijo en su lengua, «no, no

carne humana, no carne humana»; y levantóse, no queriendo más con ellos

hablar. Ellos disimularon y quisiéronlo aplacar lo mejor que pudieron,

pero quedó él desto muy resabiado é indignado, entendiendo que buscaban

achaques, ó para contra él urdir algun mal ó daños, ó á sus vecinos,

parientes ó aliados. Despidiéronse de los frailes, por ventura quedando

los frailes sin saber nada desto en su simplicidad; y tornados en su

carabela ó barco, van cuatro leguas de allí la costa abajo, á un pueblo

llamado Maracapana, donde señoreaba un señor que habian puesto los

españoles nombre Gil Gonzalez, por haber venido á esta isla Española,

y haberle hecho buen tractamiento un Contador del Rey que aquí hobo

llamado Gil Gonzalez. Este señor de Maracapana no era ménos prudente

que Maraguáy, el cual miraba bien las obras de los españoles, y vivia

lo mismo, recatado, catado, pero siempre hospedaba graciosamente y con

mucha alegría á los españoles que venian á su pueblo y casa. Llegados,

pues, á Maracapana, desembarcáronse, y salió el señor Gil Gonzalez

con toda su gente á rescibillos con mucho placer, y dánles de comer y

regocíjanlos, como solian, y tractan con ellos con dulce y amigable

conversacion; fingió el Hojeda y su compañía que venian á rescatar, ó

comprar maíz ó grano para pan, de los tagáres, la penúltima luenga, que

era la gente serrana que vivia en las sierras, tres leguas de allí, y

descansado aquel dia partióse Hojeda, con 15 ó 20 de los que traia, la

sierra arriba, dejando algunos en guarda de la carabela. Rescibiéronlos

los tagáres ó serranos como si fueran sus propios hermanos, y como

todas las gentes deste orbe siempre acostumbraron á rescibir á los

españoles, ántes que dellos rescibiesen males y agravios; dícenles que

les vendan 50 cargas de maíz, y 50 hombres que se las traigan hasta el

pueblo de Gil Gonzalez, Maracapana, que estaba en la ribera de la mar

y que allí les pagarian el maíz y el corretaje. No dudaron mucho los

tagáres en les conceder lo que demandaron ni se pusieron en regatear.

En una hora fué todo el maíz allegado, y hechas las cargas, y los

hombres que las trujeron aparejados y cargados, y llegaron con ellas al

pueblo de Maracapana un viérnes en la tarde. Luégo, en llegando, en una

plaza echan las cargas en el suelo y tiéndense á descansar (mayormente

donde la tierra es caliente como aquella y ellos tienen poca ropa

que se desnudar), tan seguros como si entraran en sus propias casas.

Estando así descuidados, echados descansando, cércanlos disimuladamente

los españoles, desenvainan las espadas y comienzan á los querer

atar; vistas las espadas, levántanse, quieren huir, dan en ellos los

españoles, á unos matan, á otros cortan brazos, á otros piernas, otros,

por no morir hechos pedazos, están quedos y déjanse atar; destos,

metieron en la carabela treinta y cinco ó treinta y tantos, y Hojeda

con ellos, y sus compañeros los demas; y ésta fué la paga del comercio

que hicieron nuestros españoles con los serranos tagáres, y tambien el

galardon del corretaje. Bien se podrá desta obra colegir é adevinar,

qué alegría rescibiria Gil Gonzalez, señor de Maracapana, y todo su

pueblo, y qué podia el otro dia esperar de nuestros cristianos, y si

aquella injuria que se hizo á Gil Gonzalez, señor de Maracapana, en

su pueblo señorío, y casa, so cuya proteccion confiando vinieron los

tagáres, y quizá que eran sus vasallos, adquirió derecho de castigalla:

bien creemos que ningun prudente, aunque no sea letrado lo negará,

mayormente siendo señor que no recognoscia superior, segun creemos,

Gil Gonzalez. Vista esta matanza y maldad tan horrenda y desaforada,

Gil Gonzalez, sintiéndola como la razon natural lo dictaba, hizo

luégo sus mensajeros por toda la provincia y las demas, haciéndoles

saber lo que pasaba, y dentro de cuatro horas se apellidó toda la

tierra, y creemos que se supo y voló la nueva por 20 leguas, yendo

los mensajeros como volando de mano en mano; y parecióles á todos,

que, para del todo quitar que no fuesen los españoles á inquietallos,

era bien matar los frailes, teniéndolos por culpados en aquel hecho,

como vian que los españoles cada vez que por aquella costa pasaban, se

iban á aposentar y refrescar, y holgar, y platicar con los frailes, y

vieron ó entendieron que habian dado papel y escribanía cuando Hojeda

en el pueblo de Chiribichi preguntó el dia de ántes al señor Maraguáy

si por aquella tierra se comia carne humana, y así acordaron que si el

domingo siguente (cuando los cristianos huelgan y salen á tierra de los

navíos á espaciarse, de lo cual ya tenian experiencia), salia Hojeda de

la carabela con su gente, los mataria Gil Gonzalez, y Maraguáy aquel

dia matase los frailes, y desde adelante, todos puestos en armas, de

cuantos españoles en la tierra entrasen no diesen la vida á nadie.

Esto así determinado, no esperó Hojeda á salir el domingo á tierra,

sino el sábado de mañana, con su poca vergüenza y temeridad como si

no hobiera hecho nada; por lo cual la divina justicia no acordó de

esperallo más. Desembárcanse él y otros 10 ó 12 de sus compañeros,

quedando los demas guardando los indios presos en la carabela; sálelos

Gil Gonzalez á rescibir á la playa con alegre rostro, como si no

hobiera pasado nada, y llegando á las primeras casas del pueblo, que

estaban junto al agua, salieron mucha gente armada, con sus arcos y

flechas, y otras armas como porras, que estaba en celada, y dieron en

ellos y mataron al Hojeda, con otros cuantos pudieron, sino fueron

pocos, que, echándose á la mar, fueron y llegaron á la carabela nadando

y así se escaparon. Desembarazados los indios de la muerte que dieron

á Hojeda y los demas, fueron en sus canoas ó barcos á combatir la

carabela, pero no pudieron prevalecer por se defender bien dellos los

españoles, y alzar las velas y huir, que fué el remedio principal.

El Maraguáy no se dió tanta priesa en matar los frailes, porque como

los tuviese como corderos en corral, dejólos vivir hasta otro dia

domingo, como se habia determinado, y así otro dia domingo, estando el

religioso ya vestido para decir misa, y el otro fraile lego confesado

para comulgar, llamó Maraguáy á la campanilla, y fué el lego á ver

quién llamaba, abrió la puerta, y luégo allí lo mataron, sin sentir

nada el que estaba encomendándose á Dios para celebrar en el altar, al

cual llegan por detras, y dánle con un hacha por medio de la cabeza,

y así los enviaron á ambos á rescibir la Sancta Comunion, donde ya no

debajo de las especies sacramentales como en esta vida se rescibe el

cuerpo y sangre del hijo de Dios, pero se ve y adora, gusta y goza en

aquella vision beatífica toda la Santísima Trinidad; y, cierto, se

puede piadosamente creer que nuestro Señor aceptó aquella su muerte en

lugar y obra de martirio, pues la causa de su estada y trabajos allí no

era ni fué sino predicar y fundar y dilatar la sancta fe católica; pero

guay de quien de aquella injusta muerte fué causa, y el impedimento que

puso á que aquellas gentes no fuesen alumbradas por la predicacion, y

se convirtiesen á su Criador y redentor. Quemaron luégo el monasterio

y cuanto en él habia, y mataron á flechazos un caballo que tenian los

religiosos para traer un carreton, con que se servian é ayudaban en

las cosas necesarias. Súpose luégo este desastre por dicho de indios

en la isleta de Cubagua; salieron della luégo dos ó tres barcos llenos

de españoles armados, y fueron la costa abajo; hallaron toda la costa

puesta en armas, y porque no osaron saltar en tierra tornáronse, y

ésta fué la causa de haber muerto aquellos frailes, y la órden el cómo

y el cuándo los mataron. Venida la relacion á la Audiencia, ordenaron

ir á castigar y despoblar aquella tierra, trayendo la gente della por

esclavos, segun arriba dijimos, con este achaque, para lo cual se

hizo la dicha armada de 300 hombres, pocos ménos, en cinco navíos, y

gastáronse en ella, de la hacienda del Rey, diez ó doce mil ducados ó

pesos de oro.

CAPÍTULO CLVII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 13 / 41 段