Rey comenzaba entónces á reinar eran frecuentes los Consejos que se
tenian, en especial de Guerra y del Estado), fuése y dijo al Rey todo
lo que habia entre el Obispo y el Clérigo pasado, diciendo «holgárase
Vuestra Alteza de oír lo que dijo micer Bartolomé al Obispo de tierra
firme, sobre las cosas de las Indias, acusándole que no habia hecho
con los indios, sus ovejas, como debia, segun buen pastor y Prelado.»
Oido ésto, el Rey mandó que los amonestasen, que para el tercero dia
pareciesen ante su Real acatamiento, porque los queria oir á ambos,
y como á persona que le tocaban las cosas de las Indias, mandó que
tambien se hallase presente el Almirante. Acaesció en estos dias que
vino allí un religioso de Sant Francisco, que habia estado en esta isla
Española, y visto algunos de los malos tractamientos que se hacian á
los indios, causa de la disminucion dellos; este religioso, por lo
que habia oido del Clérigo, y de los negocios que tractaba y del fin
que pretendia, deseaba vello y conocello, y así lo anduvo á buscar
y vino á él en aquel lugarejo donde el Rey estaba, diciendo: «Señor
yo he sabido los negocios y pasos en que andais, que son de apóstol
verdadero; yo he estado en las Indias y he visto los males y daños que
aquellas miserables gentes padecen, y ved en qué os puedo ayudar» y áun
en la misma casa y á la misma hora que descendia de la brega que habia
con el Obispo pasado lo fué á hallar. El Clérigo lo abrazó y dió las
gracias por el consuelo y ofertas que le daba. Desde allí predicaba
en la Iglesia del pueblo, que no era de más de treinta casas, y cuasi
las palabras se oian en palacio, y, como no habia más de una iglesia,
todos los Grandes allí estaban aposentados, y los que venian de los
otros lugares cada dia á palacio, y los flamencos y de la casa Real,
cuasi iban á oir al fraile, que de otra materia más que de las hazañas
abominables destas Indias no tractaba. Llegado ésto á los oidos del
Rey, mandó tambien que se hallase con el Obispo de tierra firme, y el
Almirante y el Clérigo, ante su presencia, el fraile. Llegado el dia de
la disputa ó audiencia, que el Rey determinó dar al Obispo y al Clérigo
para que en su presencia careados hablasen, llegó primero al lugar ó
cuadra donde el Rey habia de estar el Obispo y luego el fraile; el
Obispo, como lo vido, no le plugo nada, sospechando, que como parecia
libre en el predicar, lo seria quizá en lo que dijese favorable, por lo
cual quísolo, como dicen, sobajar y atemorizar, y para este fin, á lo
que pareció, díjole: «Padre, ¿qué haceis agora vos aquí? bien parece á
los frailes andar por la corte, mejor les sería estar en sus celdas y
no venir á palacio.» Respondió el fraile al Obispo, de su misma órden
fraile: «Así me parece, señor Obispo, que nos sería mejor estar en
nuestras celdas á todos los que somos frailes.» Replicóle el Obispo
cierta palabra en que pretendia echallo de allí, porque cuando saliese
el Rey no le hallase, respondió el fraile: «Callad agora, señor Obispo,
y dejad salir al Rey é vereis lo que pasa.» Creyóse por entónces que
el fraile causó, con lo que habia dicho al Obispo, que perdiese algo
del orgullo y presuncion que mostraba, cuando desde á un rato se vieron
todos delante del Rey. Salido el Rey, é sentado en su silla real,
sentáronse los de su Consejo en bancas, más abajo; éstos eran Mosior de
Xevres, el Gran Chanciller, el obispo de Badajoz, el licenciado Aguirre
y otros tres ó cuatro que se me han caido de la memoria; la órden de
se asentar fué ésta, en las bancas de la mano derecha, por respecto
del Rey, estaba Mosior de Xevres, y luégo, junto á él, el almirante
de las Indias y despues dél el Obispo de tierra firme, y despues dél
el licenciado Aguirre. En las de la mano izquierda; el primero era el
Gran Chanciller y despues dél el Obispo de Badajoz, y de allí adelante
los demas. El Clérigo allegóse á la pared, frontero del Rey, y el
fraile de Sant Francisco junto al Clérigo. Todos así ordenados y en
gran silencio callando, desde á un poco de rato levantáronse Mosior de
Xevres y el Gran Chanciller, cada uno por su lado, y suben la grada de
la peana donde el Rey estaba sentado, con sumo reposo y reverencia;
hincadas las rodillas, junto al Rey, consultan lo que mandaba, hablando
muy paso, como á la oreja, un ratico de tiempo; tornáronse á levantar,
y, hecha su reverencia, viénense á sus lugares y siéntanse como de
ántes lo estaban, y estando un poco así, callando, habla el Gran
Chanciller (cúyo es hablar y determinar lo que en el Consejo se ha de
tractar presente ó ausente el Rey, por ser cabeza y Presidente de los
Consejos): «Reverendo Obispo, Su Majestad manda que hableis, si algunas
cosas teneis de las Indias que hablar;» ya era venido el decreto de la
eleccion del Rey, Emperador, y por ésto se le hablaba con Majestad. El
Obispo de tierra firme se levantó y hizo un preámbulo muy gracioso y
elegante, como quien solia graciosa y elocuentemente predicar, diciendo
que muchos dias habia que deseaba ver aquella presencia real, por las
razones que á ello le obligaban, y que agora que Dios le habia complido
su deseo, cognoscia que _facies Priami digna erat imperio_; lo que
el poeta Homero dijo de la hermosura de Priamo, aquel excelente Rey
troyano. Cierto, pareció muy bien á todos, y de creer es que al Rey no
ménos agradó el preámbulo. Tras el proemio, añidió luégo, que porque
él venia de las Indias y traia cosas secretas, de mucha importancia,
tocantes á su real servicio, y que no convenia decirlas, sino á sólo Su
Majestad y su Consejo, por tanto, que le suplicaba que mandase salir
fuera los que no eran de Consejo; y dicho ésto, estuvo así un poco y
hízole señal el Gran Chanciller y tornó á sentarse. Parado así todo,
y todos callando, tornaron Mosior de Xevres y el Gran Chanciller, por
la misma órden, á levantarse, y subieron al Rey, y hecha reverencia, y
hincadas las rodillas, tornaron á consultar al oido lo que Su Majestad
mandaba. Tórnanse á sentar con toda la su dicha modestia y reposo, y
desde á un poquito, dice el Gran Chanciller: «Reverendo Obispo, Su
Majestad manda que hableis si teneis que hablar.» Levántase el Obispo,
y tórnase á excusar, diciendo: que las cosas que trae que decir son
secretas, y que no conviene que las oiga sino Su Majestad y los de su
Consejo, y tambien porque no venia él á poner en disputa sus años y
canas. Tornan los susodichos Mosior de Xevres y Gran Chanciller por la
misma órden, y gravedad, y ceremonias pasadas, á consultar al Rey, é
consultado, tórnanse á sentar, y dice el Gran Chanciller: «Reverendo
Obispo, Su Majestad manda que hableis si teneis que hablar, porque los
que aquí están, todos son llamados para que estén en este Consejo.»
Manifiesto fué que el Obispo andaba porque saliesen de allí el Clérigo
que tanto le habia dos dias ántes lastimado, y tambien porque saliese
el fraile, de quien media hora habia que le diera un buen tártago;
finalmente, habla el Obispo tornándose á excusar y alegando que no
venia á poner en disputa sus años y canas, pero, pues Su Majestad lo
mandaba, proseguia adelante, y dijo así: «Muy poderoso señor, el Rey
católico, vuestro abuelo, que haya santa gloria, determinó de hacer
una armada para ir á poblar la tierra firme de las Indias, y suplicó á
nuestro muy Sancto Padre me criase Obispo de aquella primera poblacion,
y dejado los dias que he gastado en la ida y en la venida, cinco años
he estado allá, y como fuimos mucha gente y no llevábamos que comer
más de lo que hobimos menester para el camino, toda la más de la gente
que fuimos, murió de hambre, y los que quedamos, por no morir como
aquellos, en todo este tiempo ninguna otra cosa hemos hecho sino robar,
y matar y comer. Viendo, pues yo, que aquella tierra se perdia, y que
el primer Gobernador della fué malo, y el segundo muy peor, y que
Vuestra Majestad era en felice hora á estos reinos venido, determiné
venir á darle noticia dello como á Rey y señor, en cuya esperanza está
todo el remedio; y en lo que toca á los indios, segun la noticia que
de los de la tierra donde vengo tengo, y de los de las otras tierras,
que viniendo camino vide, aquellas gentes son siervos _a natura_, los
cuales precian y tienen en mucho el oro, y para se lo sacar es menester
usar de mucha industria, etc.» Estas palabras y otras á este propósito,
aunque con alguna contradiccion de sí mismo, segun allí se notó, dijo
ante el Rey é aquel Consejo y de los demas el dicho Obispo de tierra
firme, y éstos fueron los secretos que traia para decir al Rey, é no
queria que el clérigo Casas ni los demas los oyesen.
CAPÍTULO CXLIX.
Cesó de hablar el Obispo, y levantáronse Mosior de Xevres y el Gran
Chanciller, y van al Rey con la órden y ceremonias susodichas, y
tornándose á sentar, dijo el Chanciller al Clérigo: «Micer Bartolomé,
Su Majestad manda que hableis.» Entónces el Clérigo, quitado su bonete
y hecha muy profunda reverencia, comenzó desta manera: «Muy alto y
muy poderoso Rey y señor, yo soy de los más antiguos que á las Indias
pasaron, y há muchos años que estoy allá, en los cuales he visto por
mis ojos, no leido en historias que pudiesen ser mentirosas, sino
palpado, porque así lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes
mansas y pacíficas las mayores crueldades y más inhumanas que jamás
nunca en generaciones por hombres crueles ni bárbaros irracionales
se cometieron, y éstas sin alguna causa ni razon, sino sólamente por
la cudicia, sed y hambre de oro insaciable de los nuestros. Estas
han cometido por dos maneras: la una, por las guerras injustas y
crudelísimas que contra aquellos indios que estaban sin perjuicio
de nadie en sus casas seguros, y tierras donde no tienen número las
gentes, pueblos y naciones que han muerto; la otra, despues de haber
muerto á los señores naturales y principales personas, poniéndolos
en servidumbre, repartidos entre sí, de ciento en ciento, y de
cincuenta en cincuenta, echándolos en las minas donde al cabo, con
los increibles trabajos que en sacar el oro padecen, todos mueren.
Dejo todas aquellas gentes, donde quiera que hay españoles, pereciendo
por estas dos maneras, y uno de los que á estas tiranías ayudaron, mi
padre mismo, aunque ya está fuera dello. Viendo todo ésto yo me moví,
no porque yo fuese mejor cristiano que otro, sino por una compasion
natural y lastimosa que tuve de ver padecer tan grandes agravios é
injusticias á gentes que nunca nos las merecieron, y así vine á estos
reinos á dar noticia dello al Rey católico, vuestro abuelo; hallé á
Su Alteza en Plasencia, díle cuenta de lo que digo, rescibióme con
benignidad, y prometió para en Sevilla, donde iba, el remedio. Murió
en el camino luégo, y así, ni mi suplicacion ni su real propósito
hobieron efecto. Despues de su muerte hice relacion á los Gobernadores
que eran el cardenal de España D. Fray Francisco Ximenez, y el Adriano,
que agora es cardenal de Tortosa, los cuales proveyeron muy bien todo
lo que convenia para que tan grandes daños cesasen y aquellas gentes
no pereciesen, pero las personas que las dichas provisiones fueron á
ejecutar, desarraigar tanta maldad y sembrar tanto bien y justicia no
merecieron; torné sobre ello, y despues que Vuestra Majestad vino, se
lo he dado á entender, y estuviera ya remediado, si el Gran Chanciller
primero en Zaragoza no muriera; trabajo ahora de nuevo en lo mismo,
y no faltan ministros del enemigo de toda virtud y bien, que por sus
propios intereses, mueren porque no se remedie. Va tanto á Vuestra
Majestad en entender ésto y mandallo remediar, que dejado lo que toca
á su Real ánima, ninguno de los reinos que posée, y todos juntos, se
igualan con la mínima parte de los estados y bienes por todo aquel
orbe; y en avisar dello á Vuestra Majestad, se yo de cierto que hago
á Vuestra Majestad uno de los mayores servicios que hombre vasallo
hizo á Príncipe ni señor del mundo, y no porque quiera ni desee
por ello merced ni galardon alguno, porque ni lo hago por servir á
Vuestra Majestad, porque es cierto (hablando con todo el acatamiento
y reverencia que se debe á tan alto Rey é señor), que de aquí á aquel
rincon no me mudase por servir á Vuestra Majestad, salva la fidelidad
que como súbdito debo, sino pensase y creyese hacer á Dios en ello gran
sacrificio, pero es Dios tan celoso y granjero de su honor, como á él
se deba sólo el honor y la gloria de toda criatura, que no puedo dar un
paso en estos negocios, que por sólo él tome á cuestas de mis hombros,
que de allí no se causen y procedan inestimables bienes y servicios de
Vuestra Majestad: y para rectificacion de lo que dicho tengo, digo y
afirmo, que renuncio cualquiera merced y galardon temporal que Vuestra
Majestad me quiera y pueda hacer, y si en algun tiempo, yo, ó otro por
mí, merced alguna quisiere y pidiere directo ni indirecte, en ninguna
cosa de las susodichas Vuestra Magestad me dé crédito, ántes sea yo
tenido por falso, engañador de mi Rey é señor. Allende desto, aquellas
gentes, señor muy poderoso, de que todo aquel mundo nuevo está lleno
y hierve, son gentes capacísimas de la fe cristiana, y á toda virtud
y buenas costumbres por razon y doctrina traibles, y de su _natura_
son libres, y tienen sus Reyes y señores naturales que gobiernan sus
policías; y á lo que dijo el reverendísimo Obispo, que son siervos _a
natura_ por lo que el Filósofo dice en el principio de su Política,
que _vigentes ingenio naturaliter sunt rectores et domini aliorum_,
y _deficientes a ratione naturaliter sunt servi_, de la intencion
del Filósofo á lo que el reverendo Obispo dice hay tanta diferencia
como del cielo á la tierra, y que fuese así como el reverendo Obispo
afirma, el Filósofo era gentil, y está ardiendo en los infiernos,
y por ende tanto se ha de usar de su doctrina, cuanto con nuestra
sancta fe y costumbre de la religion cristiana conviniere. Nuestra
religion cristiana es igual y se adapta á todas las naciones del mundo,
y á todas igualmente rescibe, y á ninguna quita su libertad ni sus
señoríos, ni mete debajo de servidumbre, su color ni achaques de que
son siervos _a natura_ ó libres, como el reverendo Obispo parece que
significa, y por tanto, de Vuestra Real Majestad será propio desterrar
en el principio de su reinado de aquellas tierras tan enorme y
horrenda, delante Dios y los hombres, tiranía, que tantos males y daños
irreparables causa en perdicion de la mayor parte del linaje humano,
para que nuestro Señor Jesucristo, que murió por aquellas gentes, su
real Estado prospere por muy largos dias.» Esta fué la oracion del
clérigo Casas, en la cual estuvo buenos tres cuartos de hora, y el Rey
muy atento, y todos mirándole y notando cada palabra de lo que decia.
Acabada la habla del Clérigo, levantáronse Mosior de Xevres y el Gran
Chanciller, y fueron al Rey como solian, y, consultado, tornados á
sentar, dijo el Gran Chanciller al religioso de Sant Francisco: «Padre,
Su Majestad manda que hableis si teneis que hablar en las cosas de las
Indias.» El religioso, hecho al Rey su debido acatamiento, comenzó así:
«Señor, yo estuve en la isla Española ciertos años, y por la obediencia
me fué impuesto y mandado con otros que fuese á visitar y contar el
número que habia en la isla de indios, y hallamos que habia tantos
mil; despues, á cabo de dos años, me tornaron á encargar y mandar lo
mismo, y hallamos que habian perecido en aquel tiempo tantos mil que
habia ménos, y así, de aquesta manera, se habia destruido la infinidad
de gentes que habia en aquella isla; pues si la sangre de uno muerto
injustamente, tanto pudo que no se quitó de los oidos de Dios, hasta
que Dios hizo venganza della, y la sangre de los otros nunca cesa de
clamar, _vindica sanguinem nostrum, Deus noster_, ¿qué hará la sangre
de tan innumerables gentes como en aquellas tierras con tan gran
tiranía é injusticia han perecido? Pues por la sangre de Jesucristo y
por las plagas de Sant Francisco, pido y suplico á Vuestra Majestad
que remedie tanta maldad y perdicion de gentes, como perecen cada dia,
porque no derrame sobre todos nosotros su rigurosa ira la divinal
justicia.» Esto fué lo que oró el padre religioso de Sant Francisco;
fué harto breve, pero con gran hervor y harto sangriento todo lo que
dijo, que parecia que los que allí estaban eran ya puestos en el final
juicio. Desque el religioso cesó de hablar, Mosior de Xevres y el Gran
Chanciller fueron á consultar al Rey, é tornados á sentarse, dijo el
Gran Chanciller al Almirante que Su Majestad mandaba que hablase. El
cual, con brevedad y prudentemente, se expidió diciendo: «Señor, los
males y daños que en las Indias se han hecho y se hacen, que refieren
estos Padres, son muy manifiestos, y hasta ahora clérigos y frailes,
no los pudiendo sufrir, los han reprendido, y, segun aquí ha parecido,
ante Vuestra Majestad vienen á denunciarlo, y puesto que Vuestra
Majestad recibe en destruille aquellas gentes y tierras inestimable
daño, pero mayor lo rescibo yo, porque aunque lo de allá todo se
pierda, no deja Vuestra Majestad de ser Rey y señor, pero yo, ello
perdido, no me queda en el mundo nada donde me pueda arrimar, y ésta ha
sido la causa de mi venida para informar dello al Rey católico que haya
sancta gloria, y á ésto estoy esperando á Vuestra Majestad; y así, á
Vuestra Majestad suplico, por la parte del daño grande que me cabe, sea
servido de lo entender y mandar remediar, porque en remediallo Vuestra
Majestad cognoscerá cuán señalado provecho y servicio á su real Estado
se seguirá.» Cesó el Almirante de hablar, y levantóse el Obispo de
tierra firme y suplicó por licencia para tornar á hablar. Consultaron
al Rey los dos que solian, con el modo y ceremonias ya declaradas, y
respondió el Gran Chanciller al Obispo: «Reverendo Obispo, Su Majestad
manda, que si más teneis que decir, lo deis por escrito, lo cual,
despues se verá.» Levántose luégo el Rey, y entróse en su cámara, y no
hobo en ésto por entónces más: todo ésto pasó allí estando yo presente.
CAPÍTULO CL.