Añide más Oviedo contra todos los indios, que son mal inclinados:

poca filosofía estudió y ménos experiencia dellos tuvo, ni de alguna

lengua de todas estas Indias alcanzó noticia para cognoscer las malas

inclinaciones que tenian, y júzgalos temerariamente de lo que no

pudo cognoscer sino por revelacion divina, ó por conjeturas de mucha

conversacion y de muchos tiempos con todas las gentes deste orbe

habidas, y áun entónces no podria, sin juicio temerario, afirmar lo

que, como si ciencia y certidumbre dello tuviera, él afirma. Dice más,

que son de poca memoria, y en ésto yerra como en todo lo demas que

ha dicho y él se contradice, ántes se tiene por notorio tener todos

los indios inmortal memoria, como la tengan de las cosas que muchos

años pasaron, como si las tuviesen por escrito, y desto al mismo

Oviedo pongo por testigo, que dice en el cap. 1.º del libro V, que la

manera de cantar los indios era una historia ó acuerdo de las cosas

pasadas, así de guerras como de paces, porque por la continuacion de

tales cantares no se les olvidan las hazañas é acaescimientos que han

pasado, y estos cantares les quedan en la memoria en lugar de los

libros de su acuerdo, y por esta forma recitan las genealogías de sus

Caciques y señores que han tenido, y las obras que hicieron, y los

males temporales que han pasado, y en especial, las famosas victorias

por batallas, etc. Estas son sus palabras. Luégo no son de muy poca

memoria, como dice Oviedo. Parece tambien patentemente, por lo que

toman de coro de la cristiana doctrina, que no bastarian 10 hombres

que tuviesen buena memoria á tomar y decir de coro en veinte, lo que

ellos toman en un dia; y la prueba dello, por su propia causa natural

es (como en nuestra Apologética Historia, escrita en romance, y en

el libro _De único vocationis modo_, en latin, probamos), que todas

estas gentes _a toto genere_, que es decir, comunmente y cuasi todos,

y que por maravilla falta en algunos, tienen los sentidos exteriores y

interiores, segun natura, no sólo buenos pero por excelencia buenos,

y así, muy mejores que otras muchas naciones; de donde se sigue

necesariamente ser de buenos entendimientos, y desto estuvo harto

ayuno Gonzalo Hernandez de Oviedo, que nunca tractó con los indios,

ni se ocupó por un momento en cosa que á los indios conviniese, sino

en mandallos y servirse dellos como de bestias, con la ceguedad que

todos los otros españoles. Dice más contra ellos, que son mentirosos;

pluguiera á Dios que no les hobieran mentido él y ellos muchas

veces, y que las mentiras que los indios les decian no las hobieran

ellos causado, y no creo que osara más un indio decir una mentira,

mayormente á sus señores, ni entre sí para engañarse unos á otros, que

matarse. De las mentiras que los indios á los españoles decian, y hoy

dicen donde áun no los tienen asolados, las vejaciones y servidumbre

horrible, y cruel tiranía con que los afligian, y afligen y maltratan,

son la causa, porque de otra manera sino mintiendo y fingiendo, por

contentallos y aplacar su contino é implacable furor, no pueden de

mil otras angustias, y dolores y malos tractamientos escaparse; y

cerca desto, como tambien tienen experiencia de infinitas mentiras de

los españoles, y que nunca les han guardado fe que los prometiesen,

ni verdad, hay dichos de indios dignos de considerar: preguntando

españoles á indios (y no una vez acaeció sino más), si eran cristianos,

respondió el indio: «Si señor, yo ya soy poquito cristiano, dijo él,

porque ya saber yo un poquito mentir, otro dia saber yo mucho mentir,

y seré yo mucho cristiano.» Destas y de muchas otras sentencias dichas

de indios, para confusion de los españoles, y que por sus malos

ejemplos han miserablemente nuestra fe y religion cristiana infamado

y maculado en los corazones simples destas gentes, muchas pudiéramos

traer y referir que en estas tierras han pasado. Dice ser de ninguna

constancia todas estas gentes, porque no perseveran, cuando pueden

escaparse, en la vida y trabajos infernales con que los acaban, y

que no perseveran en las cosas de virtud y de la religion cristiana.

No puede Oviedo decir cosa chica ni grande, porque no fué digno de

lo ver ni de lo entender, para que las blasfemias, que de los indios

contra verdad acumula, moderara. Añide luégo allí, contra sí mismo,

una saetada enherbolada, conviene á saber, que por no trabajar, por su

pasatiempo, muchos dellos se mataron. Cuanto á que se mataron muchos

dellos, dice verdad, pero que por su pasatiempo, manifiesto es que se

lo levanta, y, como dije, que brotó de su corazon contra sí mismo, y

los demas, saetada aponzoñada, por la cual manifiesta la crueldad de

su tiranía ser tan horrenda y tan insufrible y abominable, que una

gente tan mansa y tan paciente, que en sufrimiento se tiene por cierto

haber excedido á todos los mortales, por salir é se escapar della,

escogian por ménos mal matarse. Para la prueba desto fuera bien que

Oviedo respondiera, si oyó alguna vez decir que ántes que los españoles

en estas tierras entrasen y oprimiesen estas gentes, y de tantas

impiedades con ellos y en ellos usasen, algunos por su pasatiempo se

matasen. Fueron tantas y tan nunca oidas las inhumanidades que en

ellos se ejercitaron, y bien parece claro por la obra que han hecho

nuestros hermanos en haber tantas y tan grandes tierras despoblado y

asolado, que para una gente que no cognoscia el verdadero Dios y que

tenia opinion que los que salian desta vida iban á vivir á otra donde

tenian las ánimas de comer y de beber, y placeres, canto y bailes, y

todo descanso corporal en abundancia, ¿de qué nos debemos maravillar,

porque padeciendo en ésta muerte tan contina, deseasen y trabajasen

salir della, y para ir á gozar de la otra se diesen priesa en matarse?

cuanto más que no todos se mataban, ni se sabe más que en esta isla y

en la de Cuba se ahorcasen algunos y otros se matasen bebiendo cierto

zumo ponzoñoso. Dice más en otra parte, que no sin causa permite Dios

que sean destruidos, y que sin duda tiene que por la multitud de sus

delitos los ha Dios de acabar todos muy presto, porque son gentes sin

ninguna correccion, ni aprovecha castigo en ellos, ni halagos ni buena

amonestacion etc. A lo primero, de la permision, digo, que Dios nos

guarde de sus permisiones, como solia decir una sancta persona, y de

ser nosotros los instrumentos de la perdicion de otros, como siempre

Dios castigue algunos malos por otros peores que aquellos, segun

aquello, _vindicabo me de inimicis meis cum inimicis meis_, y guay de

los que Dios toma por verdugos y por azotes de otros, que, acabado

el castigo, suele echar el azote en el fuego como Sant Agustin en la

misma materia dice; pero Oviedo no advertia, como era uno dellos, que

por sólo el pecado original, sin que otro pecado tuvieran, justamente

y sin hacerles injuria, podia Dios asolar todas estas Indias, cuanto

más por otros muchos actuales que tuvieron, pero no se nos da licencia

para que por eso los menospreciemos, ni los robemos, ni matemos, porque

guay de nosotros cuando fuéremos de los robadores y matadores dellos, y

por malos ejemplos, habiéndolos de traer á Cristo por los buenos, los

corrompiéremos, y de su salvacion fuéremos impedimento. Por más que

la divina justicia los aflija y angustie, castigándolos en esta vida,

y muestre desmamparallos entregándolos en nuestra insaciable cudicia,

ninguno de los que entre ellos tiene predestinados la bondad divina,

de lo que nadie que sea cristiano dudar debe, se le saldrá de la mano

que á la fin no lo lleve á gozar de sí mismo en la eterna vida; y por

ventura, y sin ella, despues que por nuestras manos crueles á estas

gentes hobiere Dios acabado, derramará sobre nosotros, por nuestras

violencias y tiranía, su ira, moviendo á otras naciones que hagan

con nosotros lo que con éstas hicimos, y al cabo nos destruyan como

las destruimos, y podrá ser que se hallen, de aquestos que en tanto

menosprecio tuvimos, más que de nosotros á la mano derecha el dia del

juicio; y esta consideracion debria tenernos con grande temor noches y

dias.

CAPÍTULO CXLVI.

La causa de la perdicion y acabamiento destas gentes asigna Oviedo que

es porque son gentes sin alguna correccion, ni aprovecha con ellos

castigo, ni halago, ni buena amonestacion, é naturalmente son gente

sin piedad, ni tienen vergüenza de cosa alguna; son de pésimos deseos

é obras, é de ninguna buena inclinacion. Estas son sus palabras. Cosa

es maravillosa de ver el tupimiento que tuvo en su entendimiento

aqueste Oviedo, que así pintase todas estas gentes con tan perversas

cualidades, y con tanta seguridad, para mostrar que decia verdad, como

si fuera una alhaja de su casa, á la cual hobiera dado mil vueltas

por de dentro y por de fuera, no las habiendo tractado sino cinco

años, y éstos á sólos los de la provincia del Darien, como arriba

queda dicho, y no en otra cosa sino salteándolos, y robándolos,

matándolos, y captivándolos, y echándolos y teniéndolos en las minas

del oro y en los otros trabajos, donde de hambre y molimientos y

crudelísimas aflicciones perecian, y áun éstos allí no los via sino

por maravilla, porque los entregaba en poder de un cruel carnicero,

criado suyo, que ponia para que los hiciese trabajar, que llamaban

minero ó estanciero, por otro nombre Calpisque, un género de los más

infames hombres y crueles que jamás nunca fué visto, ni haciendo más

cuenta el mismo Oviedo dellos en toda manera de estima que si fueran

hormigas ó chinches. Mirad cómo pudo saber Oviedo que todas estas

gentes (donde entran las desta isla, de quien va hablando, y todas

las demas destas Indias que nunca vido), ser de pésimos deseos y de

ninguna buena inclinacion, y si dijere que otros que habian tractado

con ellos se lo referian, á éstos se responde lo mismo que á él, que

como no pretendiesen otro fin sino robar y captivar y aniquilar

estas gentes, como él, y uno el dél y de todos fuese un oficio, el

mismo crédito se les debe de dar que á los falsarios testigos; y para

entender bien lo que dice, que no aprovecha con ellos castigo ni

halago ni buena amonestacion, debiera Oviedo de respondernos si aquel

castigo y halago y buena amonestacion era porque viniesen á oir la

predicacion del Evangelio, y porque dejasen los vicios y pecados que

tenian, ó porque se huian de las minas donde cogian el oro, muriendo

de hambre y de infernales trabajos, cuales son los que en ellas se

padecen y donde sabian que si no huian habian de perecer; y porque

muchas veces se huian é iban tras ellos, y traidos, los desollaban con

tormentos que les daban de azotes y otras aflicciones, dice Oviedo que

no aprovechaba con ellos castigo y que eran sin alguna correccion.

Algunas veces los halagaban con palabras blandas, diciéndoles que

fuesen buenos, y llamaban ser buenos que no se huyesen de las minas

y trabajos en que los ponian, y porque huian de la vida infernal que

tenian decian, y dice Oviedo, que no aprovechaba halago ni buena

amonestacion con ellos. Esto es cierto que así se hacia, y desta manera

los castigaban y halagaban, y así los atormentaban, y finalmente,

así los acabaron y acabarán los que quedan, con todo ésto el pago

que Oviedo les dá á los que él consumió y ayudó á destruir, é por

los otros que destruyeron tantos millares de gentes, es infamallos

para siempre, ya que no les puede ni pueden hacer más mal, y que los

echó y echaron á los infiernos. Por ventura, si fuera digno Oviedo de

ver los fructos de la predicacion evangélica que cada dia la divina

Providencia saca por manos é industria de sus siervos, de las gentes

que el cruel cuchillo de los españoles aún no los rayó de la haz de la

tierra, como hizo á los desta isla y las demas, y muchos millares de

la tierra firme, con cuánta fe y devocion, dejados los falsos dioses

que por no cognoscer otro mejor Dios adoraban, y todos los demas vicios

que tenian, al verdadero Dios y redentor del mundo se convierten;

y cuánto se corrigen y cuán clara y manifiestamente aprovecha la

correccion en ellos, no dijera tan gran falsedad é infamia perniciosa

contra tan infinito número de gentes, pero no fué digno de vello,

porque, por permision divina, vaciase del estómago su ánima la ponzoña

infamativa que contra estas universas naciones, pueblos y reinos, y

orbe tan grande, tan sin razon ni causa habia concebido, aunque estando

en esta ciudad de Santo Domingo, donde muchos años vivió despues de

en esta isla no haber ya indios, como se dijo, pudo haber oido de

muchas personas dignas de fe como en la Nueva España y en el Perú,

y en otras provincias donde habia religiosos que en la instruccion

dellos entendian, el inestimable fruto y aprovechamiento y correccion

que en ellos hacian, á quien debiera Oviedo creer más que á su errada

y ciega, y plegue á Dios que no maliciosa, fantasía. Levanta otro

falso testimonio á todos los indios, diciendo que desque entran en

la edad adolescente pocos desean ser cristianos, aunque se bapticen,

y que ninguna atencion tienen á lo que les enseñan, y que luégo se

les olvida; podria bien bastar lo dicho para convencer la falsedad é

insensibilidad deste Oviedo, pero todavía es bien responder á éstos

sus perniciosos dichos, y fuera cosa conveniente que respondiera si en

los cinco años que en el Darien estuvo, y veinte ó treinta que moró

en esta isla, donde, como dije, ya cuando á ella vino no habia indio,

vido predicar la fe y enseñar la doctrina cristiana á algunos indios,

¿cómo habian los tristes y trabajados y perseguidos indios de desear

ser cristianos, ni cosa de la fe de Jesucristo, si nunca tuvieron

dél noticia? _¿Quomodo invocabunt in quem crediderunt, aut quomodo

credent ei quem non audierunt? ¿quomodo aut audient sine predicante?_;

y dice el pobre hombre, que desde que los cristianos vinieron á

estas tierras, corrian cuarenta y tres años, dentro de los cuales

debieran ya de haber entendido una cosa en que tanto les iba, como era

salvar sus ánimas, como quiera que pudiera estar doscientos años sin

saber en qué consistia su salvacion, si tanto duraran, matándolos y

destruyéndolos, ántes que oyesen cosa de su salvacion; y no es verdad

lo que dice, que nunca faltaron predicadores, porque nunca los vido,

ni los habia, ni los hobo en aquella parte de tierra firme donde él

estuvo, ni en esta isla, cuando pudieran doctrinar y aprovechar á los

indios, y cuando los hobo, no habia ya á quien enseñar, por habellos

todos muerto; y segun la desórden que los españoles tuvieron en su

infernal cudicia y crueldades, de que trabajándolos con ellos usaron,

aunque hobiera muchos predicadores no tuvieran lugar para predicalles,

ni los indios para oillos, porque harto tenian que hacer los tristes

indios en pensar huirse á los montes, por hartarse de cualesquiera

hierbas ó raíces, segun la hambre que pasaban, y por salir de aquella

vida trabajosa, infernal, en la cual tenian certidumbre que hoy ó

mañana, ó esta semana ó la otra, ó en este mes ó en el otro, habian de

acabar sus vidas. Mirad con qué conciencia y con qué verdad pudo decir

Oviedo que muy pocos de los indios deseaban ser cristianos, y que era

gente muy desviada de querer entender la fe católica, y que debieran

de haber ya entendido cosa en que tanto les iba, como es salvar sus

ánimas. Confirma cuanto ha dicho Oviedo ser falsedad, el inextimable

y áun increible fructo que en todas las gentes destas Indias Dios ha

sacado, y todo el mundo sabe, donde quiera que ha habido religiosos

que les han predicado, como arriba queda ya probado. Llámalos tambien

Oviedo gentes sin piedad; júzguelo Dios como lo juzgará y lo tiene ya

juzgado, y áun cualquiera hombre que tenga mediano juicio lo podrá

juzgar, por las obras que habemos en ellas cometido, con tanta impiedad

y crueldad, ¿á quién juzgará Dios más rigurosamente de impiedad en el

postrimero dia, á nosotros cristianos ó á los infieles indios, cuando,

por testigos tan grandes, tan inmensas y tan nunca otras vistas ni

oidas despoblaciones de tantos reinos, y regiones, y provincias se le

presentaren? Finalmente, ya parece superfluidad responder á cada cosa

de las infamias y testimonios falsos con que á toda la universidad

destas indianas gentes macula é infama, como áun en sus dichos es

vario, y lo que alguna vez afirma otra vez dice lo contrario, y así

parece el crédito que en todo se le debe dar. En el cap. 13 del

libro II, dice, que naturalmente los indios destas Indias están de

contino diferentes, siendo todos, por la mayor parte, pacíficos, y

demasiadamente mansos todos entre sí, si no era algunos Caciques y

señores grandes que movian guerra contra otros, por ciertas causas;

y el contrario desto dice en el cap. 2.º del libro III, que la gente

desta isla tenia la más quieta y asosegada manera de vivir, y en el

cap. 6.º y 12 del libro II, tractando de la causa porqué el Almirante,

primero que esta isla é Indias descubrió, dejó los 38 hombres, dice que

lo hizo porque esta gente le pareció muy doméstica y mansa, y dice así:

«Viendo el Almirante que aquesta gente era tan doméstica, parecióle que

seguramente podia dejar allí algunos cristianos,» etc., y así se tuvo

por cierto, que si los 38 españoles no hicieran agravios á los indios,

ni se desparcieran unos de otros, metiéndose por la tierra dentro, que

nunca los mataran, como en el lib. I, cap. 86, referimos, y el mismo

Oviedo tambien recita en el cap. 12, donde arriba.

CAPÍTULO CXLVII.

Referidos los males y testimonios falsos, y dadas las razones que por

falsos los declaran, con que Oviedo todas estas gentes de todo este

orbe ha infamado y aniquilado temerariamente delante todo el mundo,

tornando á nuestra Historia, diremos las cosas, demás de las dichas,

que estando todavía el Rey en Barcelona en este año de 519, acaecieron;

y una dellas fué otro terrible combate que se le ofreció al susodicho

clérigo Bartolomé de las Casas, y la victoria que con el favor divino

y con la fuerza de la verdad que traia y defendia consiguió dél. Esto

acaesció desta manera: el obispo don fray Juan Cabedo, primer obispo

del Darien, de quien algunas veces arriba hemos hablado, acordó de

ir á la corte, no supe á qué fin, no al ménos para remedio de las

tiranías y perdicion que padecian sus ovejas, segun por algunas de sus

palabras se pudo conjeturar; el cual, salido del Darien vino á dar á la

isla de Cuba, donde andaba ya la frecuencia de las quejas del clérigo

Casas, que trabajaba de libertar todos los indios, quitándolos á los

españoles, estimándole por ello por destruidor de tantos hidalgos

que con los indios se mantenian y de enemigo de su nacion; díjose

despues, que oido ésto en Cuba, con lo que él tambien habia oido en

el Darien contra el Clérigo, se ofreció á hacer que lo echasen de la

corte. Tambien se presumió que Diego Velazquez le habia untado las

manos ayudándole para el camino, porque como era el Obispo persona de

mucha autoridad, sin que fuera Obispo, en especial siendo solemnísimo

predicador, esperando que le podia en la corte con el Rey nuevo, que

era el Emperador, en sus negocios ayudar, mayormente habiéndosele

alzado Hernando Cortés con su armada, y la tierra y señorío de la Nueva

España que tan copiosa muestra habia dado de tan grandes riquezas,

y con la esperanza que habia cobrado de ser en ella muy gran señor,

como de cierto lo fuera si Cortés no le hurtara la bendicion. Así

que, llegado el Obispo de tierra firme á la corte, que á la sazon,

segun ha parecido, estaba en Barcelona, puesto que por la pestilencia

que en la ciudad sobreviniera, el Rey estaba en un lugar muy fresco,

llamado Molin de Rey, tres leguas de la ciudad, y todos los Consejos

y los grandes á legua y á media legua, otros más y otros ménos, por

lugarejos y fortalezas por allí al rededor, el Obispo se aposentó en

uno de aquellos lugares como mejor pudo; venia de cuando en cuando

á comer con el obispo de Badajoz, por haber sido ambos predicadores

del Rey en un tiempo, á tractar de sus negocios, posaba el obispo de

Badajoz un cuarto de legua, en una torre y casa de placer de Molin de

Rey, donde el Rey estaba aposentado. Un dia vino el dicho Obispo de

tierra firme á palacio, que fué la primera vez que el clérigo Casas

supo que era venido; como lo vido el Clérigo en la cuadra donde el Rey

come, y preguntado quién era aquel tan reverendo fraile, dijéronle

que era obispo de las Indias. Llegóse á él, y díjole: «Señor, por lo

que me toca de las Indias, soy obligado á besar las manos de vuestra

señoría.» Preguntó á Juan de Samano, que despues fué secretario de las

Indias, con quien el Obispo estaba hablando: «¿Quién es este padre?»

Samano respondió: «Señor, el señor Casas.» El Obispo, no con chica

señal al ménos de arrogancia, dijo: «¡Oh señor Casas, y qué sermon os

traigo para predicaros!» Respondió Casas, no muy amedrentado, ántes

con alguna colerilla: «Por cierto, señor, dias há que yo deseo oir

predicar á vuestra señoría, pero tambien á vuestra señoría certifico

que le tengo aparejados un par de sermones, que si los quisiere oir

y bien considerar, que valgan más que los dineros que trae de las

Indias.» Respondió el Obispo: «Andais perdido, andais perdido.» Dijo

Samano: «Señor, del señor Casas y de su intencion, todos estos señores

están satisfechos,» ésto decia por los del Consejo. Añidió el Obispo

una palabra harto indigna de Obispo, «que con buena intencion podia

cometer cosa deshonesta, que fuese pecado mortal.» Oida la torpe

sentencia, el Clérigo conmovido, con alguna alteracion determinó de

le responder _juxta stultitiam_, que lo entendieran cuantos en la

cuadra habia; abrieron la puerta de la cámara del Rey, donde estaba en

Consejo, y salió el obispo de Badajoz, á quien esperaba el de tierra

firme para se ir á comer con él, y así no tuvo lugar el Clérigo de le

lastimar con su respuesta. Visto el Clérigo que se iba á comer con el

obispo de Badajoz, y que podia dañalle los negocios, como el de Badajoz

fuese de mucho crédito cerca del Rey, y hasta allí siempre hobiese al

Clérigo favorecido, acordó de se despachar luégo é irse al castillo

donde posaba el obispo de Badajoz, y hallólos sobre comida. Acaesció

haber comido allí el almirante D. Diego Colon, segundo de las Indias,

y D. Juan de Zúñiga, hermano del conde de Miranda, que despues fué ayo

del rey D. Felipe, siendo Príncipe; y sobre comer el obispo de Badajoz

y el Almirante, jugaron á las tablas, pasando por recreacion un poco de

tiempo, miéntras se hacia hora de ir á palacio el Obispo. En ésto entró

el Clérigo, y estando mirando todos el juego, cierta persona que habia

estado en esta isla hablaba con el Obispo de tierra firme, diciendo que

se habia hecho trigo en esta isla; el Obispo de tierra firme, afirmaba

que no era posible. El Clérigo llevaba en la bolsa ciertos granos de

muy buen trigo, de ciertas espigas que habian nacido debajo de un

naranjo en la huerta del monasterio de Sancto Domingo desta ciudad,

y dijo con toda reverencia y mansedumbre: «Por cierto, señor, yo lo

he visto muy bueno en aquella isla, y pudiera decir, veíslo, aquí lo

traigo conmigo.» El cual, así como oyó hablar al Clérigo, con sumo

inflamento menosprecio é indignacion, dijo: «¿Qué sabeis vos? ésto será

como los negocios que traeis, ¿vos qué sabeis de lo que negociais?»

Respondió el Clérigo modestamente: «¿Son malos ó injustos, señor, los

negocios que yo traigo?» Dijo él: «¿Qué sabeis vos ó qué letras y

ciencia es la vuestra, para que os atrevais á negociar los negocios?»

Entónces el Clérigo, tomando un poco de más licencia, mirando siempre

de no enojar al obispo de Badajoz, respondió: «Sabeis, señor Obispo,

cuán poco sé de los negocios que traigo, que con esas pocas de letras

que pensais que tengo, y quizá son ménos de las que estimais, os porné

mis negocios por conclusiones, y la primera será: que habeis pecado

mil veces, y mil y muchas más por no haber puesto vuestra ánima por

vuestras ovejas, para librallas de las manos de aquellos tiranos que

os las destruyen. Y la segunda conclusion será, que comeis sangre y

bebeis sangre de vuestras propias ovejas. La tercera será, que sino

restituis todo cuanto traeis de allá, hasta el último cuadrante, no

os podeis más que Judas salvar.» Desque vido el Obispo, que por las

veras no podia mucho con el Clérigo ganar, comenzó á echarlo por burlas

y mofar, riéndose y escarneciendo de las saetadas que el Clérigo le

daba. El Clérigo, todavía, teniendo el rigor de las veras, díjole:

«¿Reisos, señor? debíades de llorar vuestra infelicidad y de vuestras

ovejas.» Dijo el Obispo: «Sí, ahí tengo las lágrimas en la bolsa.»

Respondió el Clérigo: «Bien sé que tener lágrimas verdaderas de lo

que conviene llorar, es don de Dios, pero debíades de, sospirando,

rogar á Dios que os las diese, no sólo de aquel humor que llamamos

lágrimas, pero de sangre que saliese del más vivo del corazon, para

mejor manifestar vuestra desventura y miseria y de vuestras ovejas.»

En todo ésto callaba el obispo de Badajoz, pasando con su juego de

las tablas adelante, donde parecia que se holgaba de lo que pasaba,

y con ésto el Clérigo tomaba favor para confundir al Obispo y á su

insensibilidad, porque á la primera palabra que el de Badajoz dijera,

no hablara el Clérigo más, por no enojallo y perder su favor como lo

tuviese ganado. Pasado lo que está dicho, atajó lo demas el obispo de

Badajoz, diciendo: «No más, no más.» Entónces habló el Almirante y el

D. Juan de Zúñiga en favor del clérigo Casas; el Almirante, refiriendo

lo que sentia del Clérigo y de sus negocios y buena voluntad, que lo

cognoscia más, y D. Juan de Zúñiga, segun la noticia que dél tenia por

oidas. Ello todo así, asosegado el Clérigo, desde á un rato fuése á su

posada.

CAPÍTULO CXLVIII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 9 / 41 段