habian partido entre sí la tierra que al Clérigo se habia encomendado,
mayormente Oviedo que por ser tan del Obispo pensaba tener en el
negocio más parte; el cual, despues, en su Historia que compuso, contó
algo de esta batalla que el Clérigo tuvo, diciendo verdad en lo que
no pudo negar, pero lo más calla, y lo que dice mezcla con falsedades
á su propósito en disfavor de los indios, segun siempre hizo, como
enemigo dellos capital y como quien poco sentia del fin del Clérigo, y
que él mismo, si fuera verdadero cristiano, á pretender era obligado.
Y conforme á éstos sus errores é insensibilidad, en el libro último
de su primera parte, que llamó Historia general y natural, cap. 5.º,
levanta al Clérigo que andaba procurando aquella empresa como deseoso
de mandar, y Dios sabe que no dijo verdad, y, como mofando, dice,
que lo que negociando aquello decia era que la gente que se habia de
enviar á aquella tierra no habian de ser soldados, ni matadores, ni
hombres de guerra, ni bulliciosos, sino muy pacífica y mansa gente.
Esto el Clérigo no se lo negará, pero lo que añide, de que habian
de ser labradores, y á éstos que se habian de hacer caballeros de
espuelas doradas, pónelo de su casa, porque los labradores no habian
de ir sino á poblar; y así no supo bien la órden y el modo que el
Clérigo pensaba llevar, como arriba en la relacion de la capitulacion
queda declarado, y por escarnio llámalos caballeros pardos, pero no
habian de ser los que se habian de nombrar sino de espuelas doradas.
Concede que se le concedió al Clérigo cuanto pidió, no obstante que los
señores del Consejo, ó al ménos el Obispo y otros, lo contradecian, y
que algunos españoles, hombres de bien, que á la sazon se hallaron
en la corte, destas partes, desengañaron al Rey é á su Consejo, en
ésto, pero, como he dicho, Laxao pesó más que todo cuanto se dijo en
contrario, etc. Estas son sus palabras. Pero lo dicho arriba es la
verdad, y ninguno de los que allí se hallaron osaron hablar al Rey
ni desengañalle, sólo era su negociar con el Obispo á quien más el
negocio del Clérigo escocia y desagradaba; y lo que más dice cerca del
Clérigo y su negocio, abajo, placiendo á Dios, se declarará. Escribió
despues dél un clérigo llamado Gomara, capellan y criado del marqués
del Valle, de quien ya hemos hablado, y tomó de la historia de Oviedo
todo lo falso cerca del clérigo Casas, y añidió muchas otras cosas
que ni por pensamiento pasaron, como adelante parecerá. Y porque ya
he dicho dos veces que Oviedo fué capital enemigo de los indios, y
arriba en el cap. 23 toqué algo dello, parece que aquí es bien que
se refieran algunas de las falsedades que él, sin saber lo que dice,
contra los indios tan desmandadas dice, porque se vea con qué verdad y
con qué consciencia pudo decir lo que nunca vido, y de qué argumentos
tan feas cosas colije, y como contradiciéndose en algunas dellas se
puede presumir contra todas las demas que afirma, y, por consiguiente,
cuál debe ser la fe y crédito que deben darle las personas cristianas y
pías, mayormente afirmando tan infames y horribles costumbres, absoluta
y generalmente, contra tanta inmensidad de naciones como habia en este
orbe, y haciéndolas todas tan incapaces de la fe y de toda doctrina
y virtud, igualándolas con los animales brutos, sin sacar una ni
ninguna dellas, como si el hijo de Dios no hobiese muerto por ellas,
y la Providencia de tal manera las hobiese á todas tanto aborrecido,
que ningun predestinado para su gloria entre ellas tuviese; y porque
donde quiera que, en su Historia, de indios toca, no abre la boca sin
que los blasfeme y aniquile, cuanto él con sus fuerzas puede, como se
verá refiriendo lo que dellos dice. No parece sino que su fin último,
y bienaventuranza de escribilla, no fué otro más de para totalmente
infamallos por todo el mundo, como ya su Historia vuela, engañando á
todos los que la leen, y poniéndolos, sin por qué ni causa alguna, en
aborrecimiento de todos los indios, y que no los tengan por hombres,
y las horrendas inhumanidades que el mismo Oviedo en ellos cometió,
y los demas sus consortes, las haga excusables. Y que Oviedo haya
sido partícipe de las crueles tiranías que en aquel reino de tierra
firme, que llamaron Castilla del Oro desde el año de 14 que fué, no á
gobernallo sino á destruillo, Pedrárias, que arriba en el cap. 62 y
muchos siguientes habemos contado, hasta este año de 19, confiésalo
él mismo, y véndelo al Rey por servicios señalados; el cual dice así
en el prólogo de su Historia, que llamó Natural, en la columna sexta.
«El católico rey D. Hernando, abuelo de vuestra cesárea Majestad, me
envió por su Veedor de las fundiciones del oro á la tierra firme, donde
así me ocupé, cuando convino, en aquel oficio, como en la conquista
y pacificacion de algunas partes de aquella tierra con las armas,
sirviendo á Dios y á Vuestras Majestades como su Capitan y vasallo en
aquellos ásperos principios que se poblaron algunas ciudades é villas,
que ahora son de cristianos, donde con mucha gloria del real sceptro
de España, allí se continua y sirve el culto divino, etc.» Estas son
sus palabras formales. Hélo aquí Oviedo conquistador, y los servicios
que á Dios y á sus Majestades hizo, creo que ya quedan bien explicados
en los capítulos arriba citados, y en el precedente cuasi en suma
recapitulado. Y porque dos modos han tenido nuestros españoles para
destruir estas gentes, como por toda esta Historia nuestra queda muchas
veces mostrado, el uno las guerras nefandas, que ellos conquistas han
llamado, y el otro los repartimientos, que tambien por dalles algun
barniz encomiendas nombraron, porque Gonzalo Hernandez de Oviedo en
todo tuviese parte, de lo cual no se tiene por injuriado, ántes se
jacta y arrea dello, y piensa quedar muy ufano, él mismo de sí dice
que tuvo indios y los echó á las minas, como los tiranos. Hablando de
cómo se saca el oro, en el libro de su Historia, cap. 8.º, refiere
Oviedo: «Yo he hecho sacar el oro para mí, con mis indios y esclavos,
en la tierra firme, en la provincia y gobernacion de Castilla del Oro,
etc.» Estas son sus palabras. Aquellos esclavos no eran, cierto, los
que heredó de sus padres, ni los prendió en batalla de los moros de
Berbería, ni eran negros, porque entónces ningun negro traer á estas
Indias se permitia, y parece algo desto por lo que arriba se ha dicho;
eran, pues, de los indios que habian hecho y hacian esclavos cada
dia, contra toda razon y justicia. Llamaba tambien «sus indios» los
repartimientos que tenia, sojuzgados con las violencias y entradas que
se han referido arriba, en las cuales, y en los robos que por ellas se
hacian, tenia Oviedo su parte, como la tenia Pedrárias que desgobernaba
la tierra, y los otros oficiales del Rey, con el señor Obispo, como se
mostró en el cap. 64, arriba. De lo dicho podrá colegir el discreto y
cristiano lector, si Oviedo contra los indios podrá ser fiel y verídico
testigo _omni exceptione major_, en algun justo contradictorio juicio;
y por consiguiente, de cuánto crédito, en todo lo que en su Historia
pronuncia contra los indios, es digno. Y es cosa de admiracion con
cuántas y cuáles palabras, de arrogancia plenísimas, procura en el
prólogo de su primera parte persuadir primero al Emperador, y despues á
todos los leyentes, no salir un punto de la verdad en toda su Historia,
diciendo, que su Historia será verdadera y desviada de las fábulas que
otros escritores escribir han presumido en España á pié enjuto, que no
lo vieron sino que por oidas lo supieron, como si él hobiera visto lo
que escribió desta isla y de las demas, y no escribiera estando muchos
años morador en esta ciudad de Sancto Domingo, que no es ménos que si
escribiera morando en Sevilla; sólo vido y se halló y participó en
las tiranías y destruicion de aquella tierra firme, cinco años que en
ella estuvo, segun arriba queda dicho. De aquellos males y perdicion
que hizo y ayudó á hacer concedémosle que será muy cierto testigo,
pero no dice él ni dirá cosa dellos, sino en cuanto fuere en infamia
y en detrimento de los indios, y en excusacion y justificacion de sus
crueldades y de sus consortes, ambicion y cudicia. De manera, que
todo lo que escribió, fuera de aquello del Darien, fué por relacion
de marineros ó de asoladores destas tierras, los cuales no le decian
sino aquello que á él agradaba saber, conviene á saber, «conquistamos,
sojuzgamos aquellos perros que se defendian de tal provincia, hicimos
esclavos, repartióse la tierra, echamos á las minas», y si le decian
«matamos tantos millares, echamos á perros bravos que los hacian
pedazos, metimos á cuchillo todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos y
niños, henchiamos los bohíos ó casas de paja de cuantos haber podiamos
de todo sexo y edad, y quemábamoslos vivos» desto, poco, cierto, se
hallará en la Historia de Oviedo; pero sí le decian que eran idólatras
y sacrificaban 10 hombres, añadir que eran 10.000, é imponiéndoles
abominables vicios que ellos no podian saber, sino siendo participantes
ó cómplices en ellos, de todo ésto bien se hallará llena su Historia.
¡Y no las halla Oviedo ser estas mentiras, y afirma que su Historia
será verdadera y que le guarde Dios de aquel peligro que dice el sabio,
que la boca que miente mata el ánima!
CAPÍTULO CXLIII.
Lo que yo creo de la escritura de Oviedo y de toda su parlería, que lo
que dice de los árboles y hierbas desta isla que escribe verdad, porque
las vido y las ven cuantos verlas quieren, y así será lo que escribiere
de los de la tierra firme; pero no lo que refiere cuanto á muchas cosas
del tiempo del Almirante viejo, porque ya cuando vino él á vivir á esta
isla no habia de los indios 50, y de los españoles sino dos ó tres, y
uno era un marinero llamado Hernan Perez, el cual alega algunas veces
como á su Evangelista; y éste, aunque fuese buen hombre, no era muy
auténtico. Pero todo lo que refiere de los indios desta isla, que lo
haya habido del dicho Hernan Perez, marinero, ó lo levante de sí mismo,
mayormente cuanto á los vicios contra natura que á todas estas gentes
impone, es falsísimo, y ésto sabemos por mucha inquisicion é industria
que para sabello tuvimos en los tiempos pasados, muchos años ántes
que Oviedo pensase quizá venir á estas Indias, como arriba en el cap.
23 dijimos. Y así, podemos convencer á Oviedo de inmensas mentiras,
puesto que á sabiendas él no quisiese mentir, pero la ceguedad que
tuvo en no tener por pecados las matanzas y crueldades que se cometian
y se cometen en aquestas gentes, y que él hizo y ayudó á hacer, y la
presuncion y arrogancia suya de pensar que sabia algo, como no supiese
qué cosa era latin, aunque pone algunas autoridades en aquella lengua,
que preguntaba y rogaba se las declarasen algunos clérigos que pasaban
de camino por esta ciudad de Sancto Domingo para otras partes, le cegó
tambien, con la permision divina, á que diese crédito á los que le
referian mentiras, y él tambien de suyo las dijese sin creer que las
decia. Y con esta ceguedad dijo en el libro II, cap. 6.º de su primera
parte historial, que dos veces que se halló en Castilla en el año de
25 y en el de 32, por mandado del Consejo de las Indias le fué tomado
juramento de lo que sentia destas gentes, y que habia depuesto que
eran llenas de abominaciones, y delitos, y diversos géneros de culpa,
y que eran ingratísimos y de poca memoria y ménos capacidad, y que
si en ellos hay algun bien es en tanto que llegan al principio de la
edad adolescente, porque entrando en ella adolescen de tantas culpas y
vicios que son muchos dellos abominables, y que si en aquel mismo dia
en que juró, él estuviera en el artículo de la muerte, en verdad, dice
él, aquello mismo dijera. Estas son sus palabras; y en verdad que yo
así lo creo, que, segun su insensibilidad, que así lo testificara en
el artículo de su muerte. Pero véase aquí con cuánta verdad y con qué
consciencia pudo decir é jurar de los indios desta isla, que no vido,
cierto, dellos 50 personas (puesto que él dice que no habia 500, y
dice verdad, porque ni 50 eran vivos de los naturales della), ni vido
de las otras islas ninguno ó alguno, que eran sodomitas, y llenos de
otros vicios abominables; y asignando las causas de la total perdicion
y acabamiento de la gente desta isla, pone una que fué «por echallos
á las minas que eran ricas y la cudicia de los hombres insaciable,
trabajaron algunos excesivamente á los indios, otros no les dieron tan
bien de comer como convenia, y junto con ésto, dice él, esta gente de
su natural es ociosa, y viciosa, y de poco trabajo, é malencónicos é
cobardes, viles y mal inclinados, mentirosos, y de poca memoria y de
ninguna constancia; muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con
ponzoña, por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias,
y á otros se les recrecieron tales dolencias, en especial de unas
viruelas pestilenciales que vinieron generalmente en toda la isla, que
en breve tiempo los indios se acabaron,» etc. Estas son sus palabras,
y en el libro VI cap. 9.º dice desta manera, hablando de las naciones
de los Scythas y de los de estas tierras que comian carne humana;
dice Oviedo así: «E no sin causa permite Dios que sean destruidos,
y sin duda tengo que por la multitud de sus delitos los ha Dios de
acabar todos muy presto, porque son gentes sin ninguna correccion,
ni aprovecha con ellos castigo, ni halago, ni buena amonestacion,
é naturalmente son gente sin piedad, ni tienen vergüenza de cosa
alguna; son de pésimos deseos é obras, é de ninguna buena inclinacion.
Bien podrá Dios enmendarlos, pero ellos ningun cuidado tienen de se
corregir ni salvar; podrá muy bien ser que los que dellos mueren niños
se vayan á la gloria, si fueren bautizados, pero despues que entran
en la edad adolescente, muy pocos desean ser cristianos, aunque se
bauticen, porque les parece que es trabajosa órden; y ellos tienen
poca memoria, é así cuasi ninguna atencion, é cuanto les enseñan luégo
se les olvida, etc.» Todas estas son palabras de Oviedo; y en el
proemio del libro V, dice: «Despues que vino Colon á estas Indias y
pasaron los primeros cristianos á ellas, corren hasta el presente año
de 1535 otros cuarenta y tres años, y, por tanto, estas gentes debian
ya haber entendido una cosa en que tanto les va como es salvar sus
ánimas, pues no han faltado ni faltan predicadores religiosos, celosos
del servicio de Dios, que se lo acuerden; pero en fin, estos indios
es gente muy desviada de querer entender la fe católica, y es machar
hierro frio pensar que han de ser cristianos, y así se les ha parecido
en las capas, ó, mejor diciendo, en las cabezas porque capas no las
tenian, ni tampoco tenian las cabezas ni las tienen como otras gentes,
sino de tan recios y gruesos cascos, que el principal aviso que los
cristianos tienen, cuando con ellos pelean, es no darles cuchilladas
en la cabeza, porque se rompen las espadas, y así como tienen el casco
grueso, así tienen el entendimiento bestial y mal inclinado, como
adelante se dirá de sus ritos y ceremonias é costumbres.» Estas son
sus palabras. ¿Qué más puede decir, aunque fuera verdad, en infamia de
todo este orbe nuevo, donde tan infinitas naciones hay, y engañando á
todo el otro mundo viejo por donde anda su historia? Si infamar una
sola persona, puesto que se dijese verdad, descubriendo sus pecados, de
donde le puedo venir, é peor si le viene, algun gran daño, es grande
pecado mortal y es obligado el tal infamador á restitucion de todo
aquel daño, ¿qué pecado fué el de Oviedo, y á cuánta restitucion será
obligado, habiendo infamado de tan horrendos pecados á tan sin número
multitudines de gentes, tanta infinidad de pueblos, tantas provincias
y regiones plenísimas de mortales que nunca vido ni oyó decir, por
la cual infamia incurrieron todas en ódio y en horror de toda la
cristiandad, y los que á estas partes han pasado de los nuestros, y
de los de otra nacion, en las guerras que se hallaron no hicieron
más cuenta de matar indios, que si chinches mataran, y hicieron por
esta causa en ellos tantos géneros y novedades de crueldades, que
ni en tigres ni bravos osos y leones, ántes ni los mismos tigres y
bestias fieras, hambrientas, en otras de otro género no las hicieran
tales como ellos cometieron en aquestas gentes desnudas y sin armas?
Cuanto más que en muchas de las maldades que dice referir de muchas
destas gentes no dice verdad, y cuanto á otras muchas naciones de las
descubiertas todas las fealdades que tan suelta y temerariamente de
todas universalmente blasona, les levanta; en sola la idolatría puede
comprenderlas á todas, porque poco que mucho, unas más y otras ménos, y
muchas en muy poquito, fueron della inficionadas, por no haber tenido
quien les mostrase y diese conocimiento del verdadero Dios; y en este
punto debiera considerar Oviedo cuáles estuvieron sus abuelos y todo
el mundo ántes que viniese al mundo el hijo de Dios, y quitase las
tinieblas de ignorancia, enviando por él la lumbre de su evangélica
palabra. Tambien no le hiciera daño haber considerado, pues presumió
de muy historiador y leido en Plinio, que tenia no en latin sino en
toscano, que no fueron estas indianas gentes las primeras que comieron
carne humana, ó antropófagos que es lo mismo, ni que sacrificaron á los
ídolos hombres, como él dice arriba, en el cap. 9.º de aquel libro VI,
y otros abominables vicios que se siguen á la idolatría, y no por eso
dejaron de ser hombres capaces y de buena memoria, ni sin esperanza de
correccion, ni tampoco de Dios menospreciados, ni por eso indignos
de oir la evangélica predicacion, y tampoco los Apóstoles y otros
sanctos predicadores de la Iglesia primitiva, y sus sucesores, hicieron
dellos asco, ni desesperaron, como el Sr. Oviedo, de su conversion y
salvacion.
CAPÍTULO CXLIV.
Todavía será bien responder á cada defecto de los que Oviedo contra
los indios opone y á muchos levanta, y á todos por ellos cuasi excluye
de todo remedio de conversion y salvacion, como si él estuviera ya
muy cierto della; y á lo que dice que eran sodomitas, ya está, con
verdad, en el cap. 23 afirmado, que falsa y malvadamente de tan
vilísimo crímen los infama: dice que son ingratísimos, júzguenlo
los idiotas de sayago. ¡De cuánta ceguedad ó malicia fué aqueste
buen Oviedo herido, que la culpa terrible de desagradecimiento, que
él y los demas que han destruido estas gentes y tierra tienen, la
cargue sobre los lastimados y tan agraviados indios, sin las obras de
humanidad y benevolencia de los cuales, en servilles y hartalles la
hambre, y salvallos millares de veces de infinitos peligros, millones
de veces hobieran perecido! y mirad qué obras dellos, en señal de
agradescimiento y recompensa han recibido, habiendo despoblado y
raido de la haz de la tierra tantos millones de ánimas como habia en
esta isla y en las demas, y por ocho y diez mil leguas que dura la
tierra firme. Mirad qué beneficio rescibieron dellos, porque los llama
Oviedo ingratísimos, como áun diga y conceda él para su confusion,
en el libro IV, cap. 3.º, que informados los padres Hierónimos de
los grandes daños y muertes que sobrevenian á los indios naturales
destas partes que estaban encomendados á los caballeros é Perlados
que residian en España, y cómo los indios eran tratados por criados
y mayordomos dellos, y por ellos deseado el oro que se cogia con las
vidas destos indios y gente miserable, y como todos los principales
de acá eran favorecidos de aquellos señores, el fin de todos ellos
era adquirir y enviar y rescibir oro, por lo cual se daba excesivo
trabajo y mal tractamiento para este fin á los indios, y morian todos
ó tantos dellos, que, de los repartimientos que cada cual tenia en
número de 200 ó 300 indios, brevemente este número era consumido
y acabado, y tornado á rehacer de los otros indios que estaban
encomendados á los casados y vecinos destas partes; en manera, que los
repartimientos de los pobladores se iban disminuyendo, y los de los
caballeros acrecentando, y de los unos y de los otros todos morian
con el mal tractamiento, que fué potísima causa para gran parte de su
total destruccion y acabamiento. Estas son palabras de Oviedo; y en
el capítulo precedente dice: «De los mismos caballeros que estaban
en España gozando de los sudores ilícitos destos indios»; y en libro
III, cap. 6.º, dice así: «Para mí, yo no absuelvo á los cristianos
que se han enriquecido ó gozado del trabajo destos indios, si los
maltrataron y no hicieron su diligencia para que se salvasen.» Y un
poco más arriba, dice: «que vele cada uno sobre su conciencia de
tratar los indios como á prójimos, aunque ya en éste caso poco hay
que hacer en esta isla y en las de San Juan y Cuba y Jamáica, que lo
mismo ha acaescido en ellas, en la muerte y acabamiento de los indios,
que en esta isla.» Estas son sus palabras. Veis aquí confiesa Oviedo,
aunque le pese, convencido de las obras abominables manifestísimas de
los españoles, los beneficios que los indios rescibieron dellos, y
argúyelos de serles ingratos, y así parece la verdad que en todo lo
que afirma dice; y lo que añade allí, que no quiere pensar que sin
culpa de los indios los habia Dios de castigar y asolar en estas islas,
siendo tan viciosos, y sacrificando al demonio, etc., no advierte el
pecador cuántos más tormentos padecerán en los infiernos los que los
asolaron, siendo cristianos, que los habian por buenos ejemplos de
atraer al conocimiento de Dios, con el cual se purgan y desechan los
pecados de la idolatría, como acaesció en nuestros antiguos padres, que
no ellos mismos, por idólatras y pecadores que fuesen, á los cuales
la divina justicia determinó por ellos, como por verdugos crueles
y reprobados, castigar. A lo que dice, que aquesta gente era de su
natural ociosa y viciosa y de poco trabajo; á lo de ser viciosa ya
está respondido, y añadimos, que pluguiese á Dios, quitada fuera la
infidelidad, que no fuesen ni hobieran sido delante de Dios los vicios
y pecados de los españoles más abominables y no más dignos de fuegos
eternos que los de los indios; cuanto á ser de poco trabajo, bien se
lo concedemos, porque de su natural eran delicadísimos como hijos
de Príncipes, por razon de las regiones y aspectos de los cielos, y
suavidad ó amenidad de las tierras, y por otras causas naturales que
pusimos en nuestro primer libro, cap. 4.º _De único vocationis modo
omnium gentium ad veram religionem_, y tambien por vivir desnudos,
que los hacia más delicados, y lo mismo por ser de poco comer y los
manjares, comunmente más que otros, de ménos substancia; lo cual,
empero, todo era suficiente para vivir é multiplicarse y haberse
tan increiblemente multiplicado, como tan inmensos pueblos hayamos
dellos hallado poblados, y éstos, con muy poco trabajo, alcanzaban de
todas las cosas necesarias grande abundancia. El mucho tiempo que les
quedaba, suplidas sus necesidades (porque no infernaban las ánimas por
allegar riquezas y acrecentar mayorazgos), era ocuparse en ejercicios
honestos, como jugar á cierto juego de pelota, donde harto sudaban,
y en bailes y danzas y cantares, en los cuales recitaban todas sus
historias y cosas pasadas. Sacrificios y actos de religion, como no
tuviesen ídolos, no los tenian, y, por consiguiente, cuasi ninguna
señal ó muy delgada era entre ellos de idolatría, como en nuestro
libro llamado Apologética Historia, escripta en romance, declaramos.
Ocupábanse tambien en hacer cosas de buen artificio de manos, el tiempo
que de su agricultura y casa y pesquería los vacaba. Algunas guerrillas
tenian sobre los límites y términos de sus tierras y señoríos, pero
todas ellas eran como juegos de niños y fácilmente se aplacaban; y así
no estaban ni eran tan ociosos como Oviedo de ociosidad los infama,
porque de ningun defecto y vicio de su lengua y mano se les escapen, lo
que en la verdad no era vicio en ellos, sino señal de virtud y vivir
más segun razon natural que vivieron los españoles, despues que en
esta isla y en las demas entraron, sacado fuera lo que tocaba á la
religion cristiana, y de aquello ántes debiera Oviedo de alaballos
que vituperallos é infamallos. Añide ser melancónicos, dándoselo por
vicio lo que era natural y sin culpa, pero más por la mayor parte son
todas estas gentes sanguinos y alegres, como puede cada cual discreto
entender por las cualidades de las regiones, y tambien por los efectos
de ser muy dados á regocijos y cantares y bailes. Dice que son viles,
no por ser humildes, pacíficos, y mansos como éstos eran, sino por
ser deshonestos y llenos de vicios y pecados, y en ésto Dios sabe la
ventaja que les llevamos. Algunas costumbres tenian, que á los que
somos cristianos parecen mal y tienen alguna parte de deshonestidad,
como orinar sentados y ventosear delante de los otros, y otras
semejantes, que rescibida la fe fácilmente se dan de mano, pero no se
hallará que hombre sienta de otro tener participacion con su propia
mujer ni con otra, ni haga otra cosa deshonesta semejante, de lo que no
se podrán alabar los nuestros cristianos que vinieron á estas partes.
Que sean cobardes, no es absolutamente vicio sino cosa natural, y
procede la cobardía de benignidad y de nobilísima sangre, por no querer
hacer mal á nadie ni recibirlo; es propiamente la cobardía vicio,
cuando se ofrece caso en que se deba ejercer algun acto de virtud,
y, por temor del peligro de la muerte ó de otro daño grande, no se
resiste al contrario de aquella virtud; como es, si, viendo el hombre
padecer servidumbre ó muerte ó algun gran daño su república, por miedo
de la muerte dejan de ayudar y resistir por su parte, y morir si fuere
menester por la defension della, ó por miedo de aquellos daños hace el
hombre algun pecado y obra contra la virtud; y en éste caso, cierto,
muchas destas gentes, considerada su desnudez y carencia de armas, y
las demasiadas y fuertes armas de los españoles, y variedad dellas,
y sobre todo los caballos, cada y cuando que ellos podian, viéndose
tiranizados y opresos, y perecer cada dia en los trabajos con los daños
é injusticias que padecian, y tambien en batallas campales contra los
españoles sus opresores y destruidores, resistian y peleaban tan
animosamente, aunque se vian desbarrigar con las espadas y trompillar
con los caballos, y alancear por los que encima de los caballos venian
(que uno de á caballo en una hora mataba 10.000 dellos), que dellos
á leones y á los más esforzados varones pasados del mundo no habia
diferencia. Y debiera de preguntarse á Oviedo, que se jacta mucho de
Capitan en la tierra firme, andando á robar y hacer esclavos para matar
en sus minas, cómo lo fué á Francisco Becerra, y á Joan de Tabira y
Vasco Nuñez, y á otros muchos que los indios quitaron, peleando, las
vidas; y en las guerras que los españoles hicieron á los indios en
esta isla, indios desnudos hicieron hazañas en manifestacion de su
esfuerzo y animosidad, como arriba en el libro II algunas referimos.
Cuanto más, una de la señales ser los hombres esforzados es osar
morir, y osar morir presupone una de las causas naturales que hace
los hombres animosos y esforzados, y ésta es abundar en mucha sangre,
porque la naturaleza, cognosciéndose á sí misma, confia de sí viendo
en sí abundar el principal humor que sostiene la vida; pues como éstas
gentes todas, segun es notorio, abunden en sangre, señal es que de su
naturaleza teman ménos el morir, é así naturalmente son animosos y
esforzados, lo cual, como he dicho, han por las obras bien mostrado
y probado, sino que su infelicidad consistió en carecer de armas y
caballos, porque si ellos les tuvieran para se defender de tan crudos
enemigos, no hobieran tan inmensos perecido, ni los que los destruyeron
se fueran alabando, ni Oviedo parlara tanto contra ellos como dejó
escripto. Del esfuerzo destas gentes, asignando causas naturales, se
podrá ver en nuestra Apologética Historia, y tambien en el susodicho
libro, _De unico vocationis modo_, cap. 4.º.
CAPÍTULO CXLV.