Salido de allí el Obispo, como rabiando, ó que dél sólo saliese, ó

todo el Consejo de las Indias lo inventase, al ménos ésto fué cierto,

que todos con el Obispo lo determinaron y ordenaron: cogieron de

las peticiones que los españoles que en la corte se hallaron contra

el Clérigo habian presentado, y de otras cosas que inquirieron y

preguntaron de todos los que hallaban que pudiesen decir contra el

Clérigo algo, y otras más que fingieron ellos mismos, hasta treinta

razones ó artículos é inconvenientes que asignaban, por los cuales

querian probar al Rey que por ninguna manera convenia á su servicio

que el Clérigo aquella empresa llevase, ántes revocarle todo lo que

se le habia concedido era muy necesario; haciéndose todo el mismo

Consejo parte sin advertir cuánto perdia de su autoridad y cuán clara

su pasion y ceguedad mostraba, y áun con cuánta razon, si el Rey fuera

viejo como era mozo y tan nuevo en el reinar, pudiera y debiera de su

Consejo y de todos los oficios que tenian privarlos y desecharlos. Las

treinta razones ó artículos é inconvenientes que contra el Clérigo

articularon, fuera cosa digna de ponellas aquí, para que se viera la

ceguedad de aquel reverendísimo Obispo y de su compaña, pero mucho más

dignas de ser vistas y notadas las respuestas ó excepciones que el

Clérigo contra ellos hizo, pero no pensando que llegara este tiempo

y sazon que agora Dios ha dado de escribir las cosas en aquella edad

pasadas, como cosa ya no necesaria, y que no parecia ser menester para

algo, se quemaron más há de cuarenta años; de algunas se hará mencion

si nos acordáremos. La primera fué, que era clérigo y el Rey no tenia

jurisdiccion sobre él, y podia robar la tierra y hacer otros delitos,

sin temer juicio ni pena, bien á su salvo. La segunda fué, que habia

sido escandaloso en la isla de Cuba donde habia morado. La tercera,

que se concertaria ó podria concertarse con ginoveses ó venecianos, y

huirse allá con los tesoros que allí robase. Creo que fué otra, que

habia engañado al cardenal don fray Francisco Ximenez, y que no habia

hecho caso dél. Otras muchas pusieron que justificaban ó ejecutaban

las tiranías que acá se hacian, en especial las que Pedrárias hacia

en el Darien, y que mostraban, segun ellos creian, no haber perdido

rentas el Rey por su mal gobierno, como el Clérigo decia. La postrera

de todas, que fué la trigésima, decia así: «Lo trigésimo, por otras

muchas cosas secretas que diremos á Vuestra Alteza, cuando fuere

servido de nos oir.» Y ésto es cierto, que todas treinta eran tales que

si él mismo las hiciera, con toda cuanta industria pudiera hacerlas,

para darse á sí mismo ocasion de descubrir todos los defectos dellos,

y convencellos de la pésima gobernacion que habian puesto en estas

tierras, por cuya causa perecian y habian perecido tan inmensas gentes,

mayormente al Obispo que desde su principio las habia gobernado, y por

mejor decir, desgobernado y destruido por no haber hecho aclarar más

la verdad por letrados (porque él letrado no era), pues que por aquel

camino de conquistas y encomiendas, todas aquestas gentes se consumian

(aunque no sé si por el tiempo pasado, ántes que el Clérigo viniese

y hiciese manifiesta demostracion de ser todo lo de acá tiránico, y

contra justicia divina y natural, por los ayuntamientos de letrados

que en tiempos del Rey católico se hicieron, el Obispo, por no ser

letrado, como dije, fué excusado, porque despues que el Clérigo vino,

y especialmente habiendo dado el parecer que dieron los predicadores

del Rey, manifiesto es, que ni el Obispo ni los de su Consejo fueron

excusados, mayormente con tanta pertinacia, pasion y obstinacion,

resistiendo á negocio que todos los Consejos aprobaban); así que,

digo, que todos los artículos y capítulos que en el Consejo al Rey

contra el Clérigo dieron, fueron tales, que si el mismo Clérigo los

hiciera industriosamente, para, respondiendo á ellos, los convencer y

confundir, no los hiciera ni deseara hacer mejores, ni para prueba de

su verdad más convenientes y eficaces. Estuvieron en inventar y hacer

los dichos capítulos cerca de tres meses, ó al ménos entretenian al

Gran Chanciller, que deseaba concluir aquel negocio, todo aquel tiempo,

diciendo que tenian cosas de importancia y de servicio del Rey para le

dar, por lo cual el Gran Chanciller no convocaba Consejo; por ventura,

de industria lo dilataban, como hacen los que tienen mal juego, para

que de cansado ó aburrido desmayase y dejase el negocio el Clérigo.

Desque tuvieron aparejados sus treinta capítulos contra el Clérigo,

dice el Obispo al Gran Chanciller que mande juntar la congregacion,

porque el Consejo de las Indias queria presentar ciertas relaciones

que convenian mucho al servicio del Rey, y tuvieron forma, ó el mismo

Obispo inmediatamente, ó el Gran Chanciller, que suplicasen al cardenal

Adriano se hallase presente; y porque en las congregaciones que se

hacian solian llamar al Clérigo para que hablase segun el artículo

y materia de que se tractaba, en aquella no le llamaron, de lo cual

el Clérigo quedó harto sospechoso no hobiese el Obispo urdido algo.

Entraron, pues, en su congregacion todos los señores arriba nombrados,

que eran muchos, y los del Consejo de las Indias, y más el Cardenal,

como dijimos, Adriano, donde se leyeron muy despacio y á sabor del

Obispo los treinta capítulos y objecciones contra el Clérigo, en hartos

pliegos de papel, que todas se enderezaban á derogar el autoridad y

crédito que se habia dado y daba por el Gran Chanciller y por todos

los demas al Clérigo, porque como hombre defectuoso y que excedia, en

lo que de los males y daños que padecian estas gentes y destruicion

de estas tierras afirmaba, los términos de la verdad, el negocio que

le fiaban le quitasen y de su persona no hiciesen caso. Leidos y

platicado sobre ellos mucho espacio de tiempo, excusando los unos al

Clérigo y acusando los otros, segun se creyó, al cabo saliéronse, y á

la salida, viendo el Cardenal al Clérigo, díjole riéndose: _Oportet

respondere_, menester es que respondais. Fué á la noche á hablar al

Gran Chanciller, y dióle á entender lo mismo, no diciéndole lo que

contenian los capítulos. Mandó el Gran Chanciller al secretario Cobos

que le trujese aquellos capítulos, que los queria ver despacio; Cobos,

por contentar ó no descontentar al obispo de Búrgos, que era muy suyo,

ni al Consejo de las Indias, porque viniesen á noticia del Clérigo,

porque bien sospechaban que no le habia de faltar qué decir dellos en

su defensa, rehusó muy mucho de darlos al Gran Chanciller; muchas veces

le mandaba que se los llevase, y no le faltaban excusas, un dia que no

estaban trasladados, otras, las espesas ocupaciones, que habia muchas,

y otras que no le faltaban; y en ésto pasaron dos meses y quizá más.

El Clérigo daba cada dia priesa al Gran Chanciller, que su señoría

determinase aquel negocio, y no diese lugar á tan maliciosa dilacion, y

que si algo le restaba de decir ó responder, que mandase dalle copia de

lo contrario y que responderia, etc. Finalmente, algun dia, con alguna

acrimonia aunque era modestísimo, el Gran Chanciller mandó á Cobos que

luégo le llevase aquellos capítulos, y que no hiciese otra cosa, y

así lo hizo; y cuando se los dió pidióle la fe que no saldrian de su

poder. Donde parece el temor que tenian al Clérigo, y cómo rehusaban

que sus obras viniesen á la lumbre, porque no fuesen argüidas de malas

como lo eran; bien tenian entendido, que si á noticia del Clérigo

los capítulos venian, que habia de lastimarlos en las respuestas que

hiciese. Desque tuvo el Gran Chanciller los capítulos en su poder dijo

al Clérigo, que de contino lo acompañaba, que se viniese á comer con

él, lo cual algunas veces el Clérigo hacia; habiendo comido, el Gran

Chanciller mete al Clérigo consigo en su cámara, y creo que aquel dia

convidó el Gran Chanciller á comer á Mosior de Laxao, que era el que

mucho favorecia al Clérigo, para que se hallase presente por dalle

placer, y solíalo hacer así las veces que habia que tractar de los

negocios del Clérigo. Dentro en la cámara del Gran Chanciller sentados,

saca el Gran Chanciller un buen cuaderno de su escritorio y dice al

Clérigo: «Responded agora á estos inconvenientes y cosas que se dicen

contra vos.» Respondió: «¿Cómo, señor, estuvieron tres meses ellos

forjándolos y haciéndolos, y despues de leidos á su placer há dos meses

que vuestra señoría no puede sacallos dellos, y tengo yo de responder

agora en un credo? démelos vuestra señoría á mí cinco horas, y verá

qué respondo.» Dijo el Gran Chanciller: «No, porque me han tomado la

fe...» Acudió el Clérigo luégo: «¿que no los viese yo?» Dijo: «no,

aunque bien creo que no querrian ellos que los viésedes vos, sino que

no saliesen de mi poder.» Entónces, dijo el Clérigo, aunque no se me dé

más tiempo del presente, comience vuestra señoría, que yo responderé

á cada uno de los capítulos. Comenzando el Gran Chanciller el primero

capítulo, que porque era Clérigo y el Rey no tenia jurisdiccion sobre

él, y él respondió que daria fianzas llanas y abonadas de 20 y 30.000

ducados, que lo fiasen de la haz, que cada y cuando el Rey lo enviase á

llamar pareceria ante él, donde se proveia tambien al tercer capítulo

que decia que se huiria á Venecia ó Génova, entró uno de la cámara

que llamó al Gran Chanciller, que fuése á palacio que lo llamaba el

Rey, cesando por entónces lo que se leia y respondia; dijo el Gran

Chanciller al Clérigo que se volviese á la noche á él desque tornase de

palacio.

CAPÍTULO CXLI.

Vuelto el Gran Chanciller de palacio y el Clérigo con él, mandóle

poner una mesa dentro en su cámara con papel y escribanía, y díjole;

«ved todas esas objecciones que os ponen, y responded á ellas, y no

digais que las visteis sino que se os propusieron de partes del Rey,

por manera de preguntas y dudas.» El Clérigo se gozó en grandísima

manera, y rescibió por gran merced lo que el Gran Chanciller hacia con

él en ésto, pero pidióle licencia para poder decir con verdad todo

aquello que para su defensa conviniese, aunque lastimase á los que con

malicia los dichos capítulos le oponian, que eran el Obispo y los del

Consejo de las Indias; el Gran Chanciller le dió licencia larga que

dijese y escribiese todo lo que quisiese. Comenzó á leer y á responder

desta manera, cogía la sentencia de cada capítulo en un renglon ó dos,

diciendo «á la primera pregunta que Vuestra Alteza me mandó preguntar

que contiene ésto y ésto, etc., digo ésto y ésto y ésto,» etc., y á

cada una dellas respondia, no avara sino larga y copiosamente, segun

la materia que cada una requeria; estuvo cuatro noches en ésto, cada

noche hasta las once y doce de la noche, leyendo y respondiendo, en

presencia todo del Gran Chanciller, que estaba junto en su escriptorio

entendiendo en sus negocios. Llegada la hora comunmente de las once,

traíanle colacion, porque nunca jamás cenaba, y hacia que hiciese

colacion con él el Clérigo, y hecha, eran ya las doce cuando el Clérigo

se iba á dormir á su posada, no sin algun temor de lo que pudiera

proceder de tan poderosos enemigos. Cuanto al primero capítulo de ser

Clérigo, ofrecióse á dar fianzas de la haz, como se dijo, porque el

marqués de Aguilar se le ofreció sin él pedírselo, que lo fiaria en

20 y 30.000 ducados. Cuanto á la segunda objeccion, que habia sido

escandaloso, etc., respondió presentando la probanza que habia hecho en

la isla de Cuba cuando determinó ir á la corte, proveyéndose contra lo

que contra él se podia levantar, conociendo que se ponia en contienda

contra todo el mundo, en que habia de ser odiosísimo, en la cual probó

como habia estado en aquella isla muchos años desde su descubrimiento,

y habia asegurado toda la mayor parte della, y que habia servido

muy mucho á Dios y al Rey, ejercitando su oficio, predicando y

administrando los sanctos Sacramentos á los españoles é indios, con muy

buenos ejemplos, de la cual hicimos mencion arriba en el cap. 81. Esta

guardó, sin saber para qué, cinco años, y hóbola agora bien menester. A

la otra, que decia que habia engañado al Cardenal y que no habia hecho

caso dél, satisfizo con presentar el poder que le habia dado para dar

consejo y parecer á los padres de Sant Hierónimo, y la provision que

le dió por la cual lo constituyó por universal procurador de todos los

indios, y le asignó salario del Rey por ello. Otras objecciones que

tocaban en contradecirle lo que afirmaba y encarecia de pérdidas de

la hacienda del Rey, por la mala gobernacion que el Obispo y los del

Consejo, en especial en aquella tierra firme con la ida de Pedrárias,

habian puesto, respondió tan largo y tan palpablemente contra ellos,

que toda la congregacion vido evidentemente quedar convencidos de culpa

gravísima de tanta perdicion, y de falsedad de lo que contra él habian

fingido para que fuese tenido por inventor de falsedades, y de malicia

grande, pues con tanta pertinacia y diligencia, cosas tan verdaderas y

católicas le querian estorbar y contradecir; probóles que en seis años

que Pedrárias comenzó aquella tiránica empresa, el Rey habia gastado

en su despacho en Sevilla 52 ó 54.000 ducados, y que despues que llegó

al Darien, que fué el año de 1514, hasta el año de 19, habia robado

sobre un millon de oro, y poco creo que digo, y echado á los infiernos,

sin fe y sin sacramentos, sobre más de 500.000 ánimas, y en todo aquel

tiempo no habian enviado al Rey un sólo castellano, sino fueron 3.000

castellanos que habia traido entónces á la sazon el obispo de aquella

tierra firme, fray Joan Cabedo, de quien presto se tractará más de lo

tractado arriba dél. Tenian esta costumbre Pedrárias y los oficiales

del Rey, que de todo el oro que se traia, robado de las entradas y

saltos que en las provincias á donde á saltear iban en los Indios

hacian, tomaban el quinto para el Rey, de lo cual pagábanse de sus

salarios, y si algo sobraba guardábanlo para pagarse su salario en el

año venidero, porque si faltasen los robos no faltasen para ellos, y

desta manera no enviaban un sólo peso de oro ni otra cosa que valiese

algo al Rey. Esta fué gran confusion y afrenta para todos ellos, y

por donde el Clérigo quedó en gran manera victorioso y estimado por

verdadero y digno de toda confianza y crédito. A la postrera, que

decia que por otras causas secretas que dirian á Su Alteza, cuando

fuese servido de oillos, respondió el Clérigo: «mándeles Vuestra

Alteza que las digan, pero no osarán decillas, porque saben ellos

mismos que ninguna dirán en que no se descubran más sus defectos.»

Finalmente, fueron todas las respuestas tales, que tempestivamente y

con sazon, y como requerido y forzado, pudo decir dellos los defectos

que tenian y habian tenido en el gobierno destas Indias, y se declaró

la culpa grande que tuvieron en no estorbar la muerte y perdicion de

tantos millones de gentes. Puesto, pues, todo lo que habia escripto

el Clérigo en la cámara y presencia del Gran Chanciller, en buena

órden, mandando el mismo Chanciller que lo acabase presto, mandó

juntar la congregacion, y, á lo que creo, so color de Consejo de

Guerra ó de Estado, porque el Obispo no pudiese fingir algun achaque

para no venir á ella. Dió el Clérigo al Gran Chanciller todos sus

papeles, las respuestas y la probanza que habia hecho en Cuba de los

servicios que habia hecho y vida ordenada y honesta que viviera, y

las otras escripturas que en su favor hacian, cuanto á la estima que

tuvo el cardenal don Francisco Ximenez y el Adriano dél, las cuales

todas, que fueron doce ó mas pliegos de papel, mandó leer en aquella

concion sin faltar una sola letra. Quedaron todos los á quien no

tocaba admirados juntamente y contentos del Clérigo, teniéndole por

hombre sabio, y comfirmados en el amor que le tenian y favor que le

daban, y el Obispo y los del Consejo más que confusos y afrentados,

no sabiendo qué responder, por las razones y ejemplos patentes, que

no podian ellos negar, con que lo que afirmaba demostraba; sólo el

Obispo comenzó á buscar y á disimular su vergüenza, echando la culpa

de temeridad á los predicadores del Rey; diciendo: «los predicadores

del Rey le han hecho estas respuestas;» ¡mirad qué hacia al caso y á

la disculpa de sus errores, que las hobiesen hecho los predicadores

del Rey ó el Clérigo, si los redargüia y confundia con verdad! Pero

el Gran Chanciller, que sabia que en su presencia las habia hecho el

dicho Clérigo, dijo: «¿Habeis agora á micer Bartolomé por tan falto de

razon y discrecion que habia de ir á mendigar quien respondiese por

él? segun tengo yo entendido dél para eso es y para más.» Salidos de

allí, los unos tristes y los otros alegres, como triunfando por ver

al Clérigo disculpado, y á su negocio tan bien probado que favorecian

ellos tanto, mayormente el Gran Chanciller y Mosior de Laxao, y en fin

todos los demas, el Gran Chanciller hizo relacion al Rey de todo lo que

habia pasado; el Rey mandó que micer Bartolomé llevase el negocio, y de

los demas que prometian más dineros que él no se curasen. Ciertos dias

ántes que ésto pasase, fué á Consejo de las Indias el Clérigo sobre

cierta cosa, y de palabra en palabra, tocándose en lo que Oviedo y los

demas prometian de dar, dijo el Clérigo al Obispo en su cara: «A la mi

fé, señor, líndamente me habeis vendido el Evangelio, y pues hay quien

lo puje dádselo.» Pero como era insensible con sus compañeros en ésto,

poco sintió y sintieron tan injuriosa palabra.

CAPÍTULO CXLII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 7 / 41 段