lo que mostraron, y lo mandaron leer luégo en presencia de todos, y
oido agradesciéronselo diciendo que lo verian y platicarian sobre
ello, y ordenarian para el remedio de aquestas Indias todo lo que les
pareciese convenir, tomando y aprovechándose destos avisos cuanto
pudiesen; y así los predicadores se salieron del Consejo y se fueron.
Este parecer, tiene dos partes sustancialísimas como por él parece; la
una, es la detestacion y reprobacion de las encomiendas, las cuales ser
tiránicas é iniquísimas asaz, como muy doctos varones, con evidentes
y eficaces razones prueban, y con cuán estrecho precepto el Consejo
fuese obligado á las deshacer, poniendo los indios en libertad, pues
ocho teólogos y maestros se lo afirmaban y probaban tan abiertamente,
y ellos, que de haberse destruido tantas gentes, por ellas tenian
larguísima experiencia, ninguno hay de recto juicio, y áun por basto
que lo tenga, que lo niegue; pero no lo hicieron, sino pasaron adelante
con su ceguedad, sustentándolas como de ántes, remendándolas cada dia
con cédulas llenas de todo escarnio y dignas de quemallas con ellos,
pues sabian y eran ciertos que ni se guardaban ni se podian guardar, é
ya que se guardaran no habian de dejar de perecer estas gentes, como
no quitasen la causa de la perdicion y muerte dellos, que eran las
encomiendas, y hacerse otra cosa era imposible, como bien apuntaron
en su parecer los predicadores, y ellos mismos del Consejo, lo vian y
sabian mejor que todos ellos, como dicho es, y ello así era verdad.
Si ellos entónces quitaran las encomiendas ó comenzaran á quitarlas,
que no fuera por ellos ordenado cuando fuera cumplido, queriendo
ellos que se cumpliese, no creciera y echara tantas y tan arraigadas
raíces esta tiranía tan abominable y destruitiva de la mayor parte del
linaje humano, en tanto grado, que ya el Rey con todo su poder no ha
podido en algunos tiempos estirpalla, como parecerá, y por tanto, de
treinta cuentos de ánimas que desde entónces hasta el año de 550 han
perecido, cuenta estrecha á Dios darán. Y ya la han dado, pues todos
son muertos los que en aquel ciego Consejo se hallaron, y está, que ó
por malicia y á sabiendas hayan querido errar, lo cual no creo (si á
malicia no queremos equiparar, presumir de sus colodrillos no queriendo
tomar parecer de muchos religiosos y personas que les decian verdad, y
ellos eran obligados á creer, y mayormente de los dichos predicadores
y doctores, por lo cual los dejó Dios errar y más errar, lo cual no
hay duda sino que como malicia se les debe imputar); ó por ignorancia
crasa y culpadísima, la cual no los pudo excusar, porque habian tomado
y tenian oficio por el cual eran obligados á no ignorar lo que á él
pertenecia, como ésta tan horrenda y tan perniciosa pestilencia de
encomienda sea contra todo derecho natural, y divino, y humano, y toda
razon de hombres aunque sean barbarísimos, y á los más dellos les
diese el Rey de comer, no por más gentiles hombres, sino por letrados,
y ellos dello se jactasen, y _paria sunt scire vel debere scire_; y
ellos tienen, _quia turpe est patritio et nobili viro et causas oranti,
jus in quo versatur ignorare_. La segunda parte del parecer de los
dichos doctores y predicadores contiene el medio para que los indios
puestos en libertad fuesen bien gobernados; éste era, que se hiciesen
pueblos de los indios que habian restado de la vendimia y muerte que
habia barrido ya toda esta isla, y de los que tambien en las islas se
hallasen allí tambien así se hiciese de la misma manera. Este medio
en substancia era bueno, pero segun muchas circunstancias fuera para
destruir los indios, como acaeció en tiempo de los padres Hierónimos,
que lo pretendieron hacer y con ello cuasi los acabaron, porque
como los indios sean y fuesen tan delicados, por el poco comer y el
poco trabajo en que fueron criados, y tambien por andar como andaban
desnudos, en mudándose de una distancia donde nacieron y se criaron,
por poco que fuese, á otra, fácilmente enfermaban, y con facilidad
morian, mayormente que si los pasaban ó mandaban pasar de una parte á
otra no les daban ayuda ninguna, sino que ellos habian de hacer las
labranzas de nuevo, con sus trabajos y sudores, y sobre la flaqueza
que habian cobrado de la vida triste y hambrienta y malaventurada que
habian padecido, es manifiesto que juntallos en pueblos, traidos, de
unas partes á otras, no era otra cosa sino matallos, y así fué, que al
cabo, por éstos caminos, los acabaron. No estaban ya los indios, pocos
que habia, para andar con ellos jugando, de una tierra ó provincia á
otra mudándolos; el verdadero remedio, no era otro sino dejallos en
sus propias y nativas tierras y poblezuelos que tenian, por pocos que
fuesen, y dalles toda libertad, que supiesen que no habian de servir ya
más á españoles, y de cuando en cuando visitallos los religiosos para
doctrinallos, y que así como conejos tornasen á multiplicarse. Cuanto
á su comida, no tenian necesidad de que, para sembrar y coger los
fructos de la tierra necesarios, los aguciasen, como falsísimamente los
españoles los infamaron, diciendo que de perezosos y por no trabajar
se dejaban morir de hambre; que sea falsísimo testimonio parece á la
clara, porque hallando como hallamos estas tan infinitas gentes tan
multiplicadas y tan llenos sus campos y sus tierras de labranzas y
comida, con que infinitas veces nos mataron la hambre, no tuvieron
necesidad de que nosotros fuésemos á mostralles ni á inducilles
á labrar sus haciendas, tampoco la tenian agora, sino que ellos
estuviesen ciertos que habian de gozar de su libertad, y sus trabajos
no se los habian de gozar sus capitales enemigos que tan inhumanamente
los habian raido de la haz de la tierra: y por no tener experiencia
los predicadores del Rey, cuanta era menester, no pudieron caer en
dar remedio á ésto. Por esta misma causa se les pasó por alto ó por
bajo no advertir en qué decir é dar por consejo, como remedio, que la
mitad del año echasen los indios á las minas, era aconsejar que los
espusiesen á la muerte, como aquello hobiese sido la potísima causa
de su acabamiento; porque poco ganaban los indios que muriesen en las
minas, cogiendo oro para sí ó para los que los oprimian, habiendo al
cabo de morir, como era cierto, mayormente quedando tan adelgazados en
la substancia, sin fuerzas y ser humano, de la vida que habian padecido
más que infernal. Item, cerca de lo que dicen los predicadores en el
susodicho parecer que dieron al Consejo, que el Gobernador que los
gobernase los industriase en plantar viñas y huertas, y azúcares y
otras cosas útiles, decimos que no habia lugar en gente tan deshecha
y flaca, y poca y atormentada, tampoco como echallos á las minas, ni
aunque fueran muchos más, porque no se habia de entender ni estudiar
en otra cosa, por los que los habian de remediar, sino en dalles
huelga y descanso, y manera que multiplicando se reformasen. Item,
aunque hobiera gran número dellos, no les convenia luégo inducillos
á que plantasen viñas y huertas y azúcares, porque primero se
deshicieran que acabaran de gozar de los fructos dellos, ni luégo les
son proporcionables las tales granjerías, sino las suyas, que son de
pocos trabajos y no de mucho cuidado. En ellas habian de entender,
el mucho tiempo andando, muy despacio y que ellos mismos á ellas se
aficionasen, como se ha hecho en la Nueva España; porque en la verdad,
si estas gentes fueran inducidas á tractar de las tales granjerías de
España, como sean de mucho trabajo y requieran mucho cuidado, y sin
ellas tuviesen sus bastimentos en abundancia, tuviéranlo por violencia
y coaccion, y por consiguiente fuérales triste y desagrable, y así,
más daño y deformacion y deshacimiento les sucediera, que provecho
ni remedio ó reformacion. Finalmente, la intencion de los dichos
predicadores, y la obra y parecer que dieron al Consejo fué justo y
santo, y si ellos tuvieran experiencia de las miserias y desórdenes
destas tierras, y modos con que fueron afligidas y asoladas las gentes
dellas, muy más y mejor, obviando á todos ó á los más inconvenientes,
lo hicieran. Dado, pues, el dicho parecer al Consejo, estimando que el
Consejo pusiera el remedio necesario, como mostraba querer, quedaron
satisfechos, ó al ménos parecióles que habian cumplido para con Dios
con lo que habian hecho y quedar libres del juramento.
CAPÍTULO CXXXVIII.
El clérigo Bartolomé de las Casas no dejaba de solicitar al Gran
Chanciller y á los flamencos que lo favorecian, contra el Obispo y
el Consejo, teniendo por cierto que los predicadores habian de sacar
poco efecto dél, y por consiguiente, como quedaban tan enteros por
haber hecho callar á los predicadores del Rey, pornian más resistencia
para que el negocio del Clérigo, de que no entrasen españoles, más de
frailes y los 50 que él metiese para la predicacion en la tierra que
arriba se dijo, no se concediese. Pasadas muchas cosas, resistiendo el
Obispo, principalmente, y el Consejo, y quejándose dellos el Clérigo al
Gran Chanciller y á los caballeros y letrados flamencos, que eran del
Consejo de Estado y de los Estados de Flandes, que todos favorescian
y ayudaban con todas sus fuerzas al Clérigo, porque les parecia que
lo que pretendia y defendia era fundado en razon, segun las reglas de
Cristo, con éste gran favor que el Clérigo tener sentia, y aún tambien
porque aunque no hablaba al Rey porque no tenia necesidad dello,
constábale que el Rey lo queria bien y nombraba por su nombre diciendo,
micer Bartolomé cuando dél hablaba (porque así llamaban los flamencos
«Micer» á los clérigos), y ésto era por el mucho bien que todos los que
estaban cerca del Rey decian dél, mayormente Mosior de Laxao, que era
el mayor privado que el Rey tenia, determinó de abiertamente recusar,
como á manifiestos contrarios y apasionados, á todos los del Consejo
de las Indias, en especial al obispo de Búrgos, que era el que siempre
le contradijo y resistió, como el que más autoridad siempre tuvo,
aunque muchas veces la perdió interpoladamente por la diligencia del
Clérigo. Allegaba contra ellos, mayormente contra el Obispo, la mala y
pésima gobernacion de las Indias que habian puesto, y probábala con la
perdicion y asolamiento desta isla Española y las muchas comarcanas, y
aquel gran pedazo de tierra firme que tenia cargo de asolar Pedrárias,
y tambien que habian tenido muchos indios en estas islas, estando
ellos en España, que sus mayordomos y hacedores habia muerto por
envialles á ellos oro, los cuales les hizo quitar el Clérigo, como
arriba queda explicado; y otras cosas cuantas el Clérigo podia, con
verdad, decir contra ellos muy abierta é intrépidamente, como lo
pudiera decir de cualesquiera personas de poco estado y autoridad que
fueran. Llegaba todo ésto cada hora á noticia del Rey, porque todos
los que ayudaban al Clérigo eran sus privados, y los más propíncuos y
continos en su servicio, como dicho es; finalmente, dando y tomando,
como dicen, muchos dias, impugnando de la dicha manera al Consejo el
Clérigo, determinó el Rey, por parecer del Gran Chanciller y de los
de su Consejo, flamencos, que para entender y tractar y determinar
el negocio del Clérigo, y como cuasi jueces entre el Consejo y él,
el mismo Clérigo nombrase personas de los Consejos del Rey, cuales
él quisiese. Así el Rey se lo envió á decir é mandar con Mosior de
Laxao, y el Clérigo así con mucha alegría lo hizo. Nombró á D. Juan
Manuel, el que fué muy privado del rey D. Felipe, padre del emperador
D. Cárlos, y á don Alonso Tellez, hermano del marqués de Villena, el
viejo, hijos de D. Juan Pacheco, que floreció en tiempo del rey don
Enrique IV, de éste nombre. Estos dos caballeros, D. Juan Manuel y D.
Alonso Tellez fueron de los más prudentes que habia en aquel tiempo
en aquellos reinos, y eran del Consejo del Estado y de la Guerra. El
tercero fué don fulano Manrique, marqués de Aguilar de Campo, del
Consejo del Estado y Guerra, y cazador mayor del Rey. Nombró tambien
al licenciado Vargas, que fué muchos años, en tiempos de los Reyes
Católicos de gloriosa memoria, general tesorero de la hacienda del
Rey. Este tambien fué hombre prudentísimo y muy experimentado y de
los Consejos del Rey. Nombró tambien á todos los flamencos que eran
de Consejo, y el Rey mandó que no sólo los que el Clérigo habia
nombrado, pero que todos los de los otros Consejos, como los del de la
Guerra, y de la Inquisicion y del de Flandes, al tractar del negocio
de micer Bartolomé se hallasen presentes, por lo cual hobo de entrar
y hallarse algunas veces á ello el cardenal Adriano, que despues fué
Papa, y entónces Inquisidor mayor de España era; y así, cada vez que
dello se trataba, concurrian sobre 30 y 40 del Consejo. Esta fué una
de las señaladas cosas que acaescieron en España, que un Clérigo
harto pobre, y sin renta ni persona que le ayudase, y ningun favor
adquirido por industria humana, sino sólo el que Dios le quiso dar,
ántes perseguido y abominado de todo el mundo, porque los españoles
destas Indias hablaban dél como de quien, segun ellos imaginaban, los
destruia y con ellos á toda Castilla, hobiese tanto lugar con el Rey
que se moviese á concederle que señalase personas de Consejo, como
cuasi jueces sobre el Consejo que tambien era del Rey, y allegase á ser
causa de todo lo que está referido y que más se dirá dél. Y ántes que
pasemos adelante, parece será bien referir aquí lo que respondió el
Clérigo á cierta persona que le increpó en ausencia, cuando supo que
ofrecia dineros al Rey y que pedia las mercedes de suso dichas para los
50 que habian de ir con él. Aunque de los españoles de las Indias y de
otros muchos que creian á aquellos era tenido por malo, ignorando que
su negociacion principal era mamparar á estas míseras gentes y estorbar
que no pereciesen, muchas otras personas, y cuasi toda la corte y todos
los que no les iba interese, sabiendo su final intencion, lo loaban y
tenian por bueno; entre aquellos era un licenciado Aguirre, del Consejo
Real y tambien de la Inquisicion, varon católico y siempre tenido por
siervo de Dios, y de quien la reina doña Isabel fió el cumplimiento de
su testamento, porque fué uno de sus testamentarios. Este quiso mucho
al dicho Clérigo por la causa que pretendia universal, pero desque
supo que prometia, como dije, rentas al Rey, y pedia mercedes para los
50, que parecia contratacion profana, hablando un dia dél dijo que
le habia desedificado aquella manera de proceder en la predicacion
evangélica, porque mostraba pretender temporal interese, lo que nunca
hasta entónces habia sospechado dél. Súpolo el Clérigo, y dijo: «Señor,
si viésedes á nuestro Señor Jesucristo maltratar, poniendo las manos en
el y afligiéndolo y denostándolo con muchos vituperios, ¿no rogaríades
con mucha instancia y con todas vuestras fuerzas que os lo diesen
para lo adorar, y servir, y regalar, y hacer con él todo lo que como
verdadero cristiano debríades de hacer?» respondió: «sí, por cierto.»
«Y si no os lo quisiesen dar graciosamente sino vendéroslo, ¿no lo
compraríades?» «sin alguna duda dijo él, sí compraria.» Añidió luégo
el Clérigo: «Pues de esa manera, señor, he hecho yo, porque yo dejo en
las Indias á Jesucristo, nuestro Dios, azotándolo, y afligiéndolo, y
abofeteándolo y crucificándolo, no una, sino millares de veces, cuanto
es de parte de los españoles que asuelan y destruyen aquellas gentes,
y les quitan el espacio de su conversion y penitencia, quitándoles la
vida ántes de tiempo, y así mueren sin fe y sin sacramentos; he rogado
y suplicado muy muchas veces al Consejo del Rey que las remedien y les
quiten los impedimentos de su salvacion, que son tenellos los españoles
en captiverio á los que tienen ya repartidos, y á los que áun no, que
no consientan ir españoles á cierta parte de tierra firme donde los
religiosos, siervos de Dios, han comenzado á predicar el Evangelio, y
los españoles que por aquella tierra van, con sus violencias y malos
ejemplos, los impiden y hacen blasfemar el nombre de Cristo: hánme
respondido que no ha lugar, porque sería tener la tierra ocupada los
frailes sin que della tuviese renta el Rey. Desque ví que me querian
vender el Evangelio, y por consiguiente á Cristo, y lo azotaban, y
abofeteaban y crucificaban, acordé comprarlo, proponiendo muchos
bienes, rentas y riquezas temporales para el Rey, de la manera que
vuestra merced habrá oido.» Quedó desto aquel señor y todos los que lo
supieron muy satisfechos, y desde adelante tuvieron al Clérigo en mejor
reputacion que hasta allí, loando su industria y celo.
CAPÍTULO CXXXIX.
Señaladas por el Clérigo aquellas tan egrégias personas, solicitaba
al Gran Chanciller, como á cabeza de todos los Consejos del Rey, que
mandase juntar Consejo para tractar de aquel negocio, y así se juntó
muchas veces, aunque de tarde en tarde porque las ocupaciones eran
entónces muy grandes y espesas por las Córtes de aquellos reinos que se
celebraban, en especial las de Cataluña, y muchas cosas importantísimas
que estaban represadas, como el Rey comenzase entónces á reinar; y
porque el obispo de Búrgos rescibió por grande afrenta que el Clérigo
hobiese nombrado á tales y tantas personas, y quizá dellas algunas á
él no muy agradables, todas las veces que le llamaban para consejo de
cosas de Indias, mayormente las del negocio del Clérigo, no queria
venir, excusándose con decir que no estaba bien dispuesto, y otras
colores finjidas cuantas podia tener. Desque el Gran Chanciller y los
flamencos comenzaron á entender que el Obispo rehusaba hallarse en
aquellos Consejos, usaba desta industria que mandaba que lo llamasen
á Consejo no diciendo para qué, y él creyendo que era para Consejo
de guerra, que entónces eran los Consejos de guerra frecuentes, ó de
Estado, que tambien era dellos, venía, y cuando via proponer de la
materia de Indias, y en especial de la de micer Bartolomé, hallábase
burlado y rabiaba, y como no era muy paciente luégo lo mostraba bien.
Allí todo era angustias y hieles que bebia viéndose entre tantas y
tales personas, porque, como dije, se juntaban cuasi todos los Consejos
del Rey sobre treinta y cuarenta de Consejo, de todos los cuales sabia
que ninguno habia de seguir ni aprobar su parecer, mayormente de los
cuatro señalados por el Clérigo y de los flamencos, sino eran los tres
ó cuatro que tractaban con él las cosas de las Indias, ó se llamaban
del Consejo de las Indias, que eran la parte recusada como dicho es;
y como los flamencos y las otras personas que favorecian al Clérigo
tractaban cada hora con el Rey, cuando el Obispo se hallaba presente
ante el Rey, áun fuera de Consejo, luégo de industria, algunos dellos,
metian la plática de las Indias para provocarlo á que hablase algo,
por le resistir delante el Rey; él, como era sabio, callaba, y lo
mejor que podia salíase, hecha su mesura y reverencia al Rey. Andaba,
finalmente, corrido en aquellos dias, cada y cuando que en Consejo ó
fuera dél, juntos los susodichos, se moviese materia de las Indias, y
por este disfavor, que le fué grandísimo, ya no venia á palacio sin
su hermano Antonio de Fonseca. Este Antonio de Fonseca, como arriba
dijimos algo dél, fué una de las señaladas personas de aquellos reinos
de Castilla; era muy sabio y muy prudente y virtuoso caballero, y de
grande autoridad en su persona, Contador mayor de Castilla, y muy
privado y estimado de los católicos Reyes, y á quien la reina católica
Doña Isabel concedió, por especial privilegio, que sin tener título
le llamasen señoría. Y puesto que el Obispo, su hermano, no fué ménos
privado de los dichos Reyes ni le faltase autoridad y saber para no
perder un quilate della, pero, como eran pocos con él y tantos contra
él, traia á su hermano consigo para en las disputas y pareceres
ayudarse dél contra ellos. Hobo mucho ayuntamientos y consejos,
entrando en ellos las personas de los Consejos que arriba se han dicho,
cerca del negocio del Clérigo (que era como particular, puesto que
con ello se tractaba lo universal, conviene á saber, la libertad de
los indios y remedio de todas las Indias, porque lo uno de lo otro
dependia), en los cuales ayuntamientos el Obispo y sus compañeros del
Consejo de las Indias resistian lo que podian, para que al Clérigo la
exencion de aquella tierra no se concediese, dando sus razones harto
vanas y bien frívolas. Entraba el Clérigo en ellos algunas veces, y
declaraba muchas dudas que cuantos allí entraban no sabian, mayormente
lo que tocaba al hecho, y muchas tambien tocantes al derecho, tomando
el Evangelio de Cristo por guía, como en todos hobiese poca ó ninguna
teología, sino era el obispo de Badajoz fulano de la Mota, natural de
Búrgos, que era teólogo y fué predicador de los Reyes católicos y era
de los principales del Consejo del Rey, y que habia traido consigo
desde Flandes, y en cuyas manos estaban cuasi todos los negocios
tocantes á Castilla; éste tambien sentia favorablemente de los negocios
y intencion del Clérigo. Despues de muchas veces en los ayuntamientos
dichos platicado sobre el negocio del Clérigo, y resistido por el
Obispo y los del Consejo de las Indias, y vistas por los demas su
pertinacia y apasionada y aún impía resistencia, determinóse por el
Gran Chanciller y por toda la multitud de los demas de los Consejos
que allí entraban, que al Clérigo se concediese todo lo que pedia con
todo el favor necesario para que las gentes de aquella tierra, mediante
la solicitud y trabajos y predicacion de los religiosos que consigo
habia de meter, viniesen al conocimiento de su Criador. Mandáronse
y comenzáronse á hacer la capitulacion y las provisiones para el
cumplimiento della necesarias, y, estándose haciendo, el Clérigo
pensaba ya que habian sus trabajos de la corte acabado, pero el Obispo,
como quedase desta determinacion y provision muy corrido y afrentado,
que tanto él habia impugnado, no descansó ni dejó descansar al Clérigo,
ántes conmovió contra él á todos los españoles, procuradores destas
islas y de tierra firme, que á la sazon estaban en Barcelona, para
que se opusiesen y contradijesen la dicha provision, y así el Clérigo
fuese repelido della y se consiguiese lo que el Obispo pretendia.
Ordenólo desta manera, que como por aquellos dias hobiese llegado de
tierra firme Gonzalo Hernandez de Oviedo, que habia ido por Veedor
del Rey (como arriba, hablando de la ida de Pedrárias á tierra firme,
se dijo, al cual habia proveido de aquel oficio el mismo Obispo, y
éste era muy bien hablado, parlador, y que sabia muy bien encarecer
lo que queria persuadir, é uno de los mayores enemigos que los indios
han tenido y que mayores daños les ha hecho, como se dirá, porque más
ciego que otro en no cognoscer la verdad, quizá por mayor cudicia
y ambicion, cualidades y hábitos que han destruido estas Indias), á
éste movió primero el Obispo, enviándolo con cierto criado del mismo
Gran Chanciller, al cual dijo: «Decid al señor Gran Chanciller, que
este hidalgo, criado del Rey, que viene agora de las Indias, le
informará muy bien de aquella tierra firme,» para que le dijese é
informase cuanto engaño, segun él estimaba, rescibia con el Clérigo,
dando crédito á sus falsedades, y que él, como oficial del Rey, que
llegaba entónces de tierra firme, le avisaba no ser verdad lo que el
Clérigo decia, y que aquella empresa que tomaba era en gran deservicio
del Rey y en daño de sus rentas reales, y que desto daria suficiente
informacion con muchos españoles que en la corte habia, que todos
juntos se ofrecerian á servir al Rey con muchas más rentas y provechos
que el Clérigo daba, y, finalmente, le dijo cuanto él pudo, para
convencelle á desaficionallo del Clérigo y disuadille la provision y
negocio que se le habia concedido. Esta contradiccion oida por el Gran
Chanciller, no mucho fué de su propósito movido, porque ya él habia la
pasion del Obispo entendido, y la malicia de los que contra el Clérigo
decian, ántes pareció confirmarse en el amor y favor del Clérigo
desque oyó decir á Gonzalo Hernandez de Oviedo, que los españoles se
ofrecerian á dar mucha más renta al Rey en la misma tierra. Salido de
allí Oviedo, tracta con otros dos ó tres, el Procurador desta isla,
llamado el licenciado Serrano y otros, de dar peticiones contra el
Clérigo, y repartir entre sí la tierra que se habia dado al Clérigo:
el uno pidió cien leguas della y que daria 60.000 ducados de renta al
Rey, dentro del término que el Clérigo ofrecia los 30.000; el otro
pidió que le diesen otras 100 y que se ofrecia á dar otros; y otro, de
la misma manera, si le diesen otras 100, y creo que no fueron más de
tres. Esto propusieron ante el Consejo de las Indias, porque allí todo
su bien y favor tenian; dáse parte luégo al Gran Chanciller y tambien
al Rey y hacen parar el negocio del Clérigo. Manda el Rey juntar los
Consejos, que habian determinado que se concediese la tierra, como
dicho es, al Clérigo; quedan espantados todos ellos, de las mañas y
perseverancia, ó, por mejor decir, la obstinacion del Obispo, porque
bien vian que dél todo aquello principalmente procedia, y tambien
de su Consejo de las Indias. Tratan dello, llaman al Clérigo, torna
á renovar las tiranías que en estas tierras se cometian por la mala
gobernacion del Obispo y de su compañía, porque para dar razon de cómo
convenia que aquella tierra fuese entredicha, que no entrasen todos
los españoles que quisiesen, y cuando quisiesen, sino por contadero,
como dicen, para la conversion de aquellas gentes, érale necesario
referir los escándalos y matanzas y crueldades que se habian hecho
en estas Indias y las que se hacian actualmente en la tierra, y los
impedimentos que por ellas y por las tiránicas encomiendas venian á la
fe y á la salvacion dellas, y todo ésto era para el Obispo y su Consejo
angustias y tormentos terribles. Hízose una junta, entre otras, de
todos los susodichos que solian juntarse como es dicho, donde llamaron
al Clérigo, y puesto en medio de tanta notable docta é ilustre gente,
donde tenia enemigos y amigos, los enemigos, que eran el Obispo y los
de su Consejo, como sentian tener allí el Clérigo más de su parte que
ellos, porque ellos ninguno, fuera de sí mismos, tenian, estaban muy
moderados y apénas hablaban en cosa salvo que oian, pero los amigos,
que eran toda la multitud de los de los otros Consejos, ó por saber y
satisfacerse bien de la razon y justicia del Clérigo, que ellos siempre
defendian, ó por picalle, para que dijese contra el mal gobierno que
el Obispo y los demas habian tenido y puesto en estas Indias, poníanle
muchos y récios argumentos y dudas muchas que le movian. Era cosa de
ver cómo á cada uno y á todos respondia y satisfacia, siempre volviendo
por sí, y defendiendo los indios, y culpando las injusticias y daños
inreparables que se les hacian, y modos de la muerte de tan infinitos
dellos, é impedimentos de su salvacion que en estas tierras se habian
introducido; y como el Obispo y todos sus compañeros callaban, y
aunque todo era decir contra ellos no respondian, pareció á Antonio
de Fonseca, hermano del Obispo, de responder al Clérigo y dijo así:
«Señor padre, ya no podeis decir que estos señores del Consejo de las
Indias han muerto los indios, pues ya les quitastes cuantos tenian.»
Respondió el Clérigo muy de presto y con gran libertad: «Señor, sus
señorías y mercedes no han muerto todos los Indios, puesto que han
muerto muchos é infinitos cuando los tenian, pero la mortandad grande
y principal los españoles particulares la han hecho y cometido, á la
cual ayudaron sus señorías.» Quedó Antonio de Fonseca, como pasmado,
y todos los de la congregacion admirados, mirándose unos á otros, y
algunos como mofando sonriéndose. El Obispo, viéndose afrentatísimo y
como muy libre, parándose colorado como una llama, aunque verde y negro
de su naturaleza, muy turbado dijo: «Bien librado está el que es del
Consejo del Rey, si siendo del Consejo del Rey ha de venir á ponerse
en pleito con Casas.» Respondió el clérigo Casas, muy súbito y con su
acostumbrada libertad: «Mejor librado, señor, está Casas, que habiendo
venido de las Indias, 2.000 leguas de distancia, con tan grandes
riesgos y peligros, para avisar al Rey y á su Consejo que no se vayan
á los infiernos por las tiranías y destrucciones de gentes y reinos
que se cometen en las Indias, en lugar de se lo agradecer y hacelle
mercedes por ello, que se haya de poner en pleito con el Consejo.»
Si de la respuesta que el Clérigo dió á Antonio de Fonseca toda la
congregacion quedó admirada y muy contenta, mucho más de la segunda
que dió al Obispo; ésta fué la suma angustia, turbacion y confusion
que el Obispo rescibió, aunque otras muchas de ántes habia rescibido
desde el tiempo del Cardenal, como ha parecido arriba, de que el
Clérigo habia sido causa. Pero aún otra se le estaba aparejando mayor,
por el perseverar en querer abatir al Clérigo, por quien parecia que
Dios peleaba, como quiera que no pretendiese sino verdad y justicia y
defender que no pereciese la mayor parte del linaje humano. Finalmente,
oida y vista la confusion del Obispo y de los demas á quien tocaba,
aunque callaban, mandó el Gran Chanciller salir al Clérigo, y, salido,
tractando de todo, votaron en favor del Clérigo cuantos allí sin pasion
estaban. Fué á la noche á ver al Gran Chanciller el Clérigo, y entre
otras cosas díjole el Gran Chanciller, que era muy modesto y humano,
«el señor Obispo mucha cólera tiene, placerá á Dios que éste negocio
habrá buen fin.» Donde pareció haberle parecido mal lo que el Obispo
habia dicho en la congregacion, y bien lo que el Clérigo le habia
respondido, de que quedó humillado aunque no humilde, sin quizá.
CAPÍTULO CXL.