Comunicada, pues, y tractada con los flamencos privados, y del

Consejo del Rey, é venido el nuevo Gran Chanciller tambien con él,

esta pacificacion y conversion al Rey tan provechosa (ésto en secreto

sin que lo alcanzase á saber el obispo de Búrgos, que tenia siempre

contra el Clérigo espíritu de contradicion, y los otros que se

allegaban con él al Consejo de las Indias, á quien el Clérigo habia

hecho quitar los indios, y los provechos que dellos habian en estas

Indias, con otros desabrimientos), y holgándose mucho los dichos

flamencos, con ver que de la resistencia del Obispo sacaba el Clérigo

provecho temporal y espiritual para el Rey, acordóse por todos que se

publicase el negocio y se pusiese en el Consejo de las Indias, que el

Obispo solia tener. Lo cual hecho así, el Obispo y los demas, como

si fueran saetas y arcabuces, así les pareció y lo resistieron; lo

uno, porque parecia, y así en la verdad era, que se condenaba toda

la gobernacion que el Obispo habia puesto en estas tierras, pues tan

poco cuidado habia tenido en la conversion destas gentes, y en la

salud corporal tambien dellas, pues no advertia á tener cuenta de

llevar otro camino en el gobierno, viendo que por aquel que hasta

entónces se habia llevado, tantas perecian; lo otro, porque via que

se ayudaba del favor de los flamencos, y que de allí no le podia á él

venir sino perjuicio entremetiéndose en saber las cosas de las Indias,

y porque el Clérigo era tan libre que podia referirles sus defectos;

lo otro, porque habiendo negado las cien leguas que el Clérigo habia

pedido para que los religiosos predicasen la fe, sin los impedimentos

y escándalos que los españoles ponian, como arriba en el cap. 104 se

dijo, parecíale ser en su menosprecio, y tambien grande afrenta, y lo

otro porque no podian ver al Clérigo, él y los que con él gobernaban

las Indias, más que á la muerte por las causas viejas ya dichas.

Anduvo muchos dias el Clérigo tractando en el Consejo que viesen y

determinasen sobre aquello, pues tan claro era ser servicio del Rey

con que se descargaba su conciencia, y provechoso para su hacienda,

porque ya no se podia decir que quedaba baldía, y que el Rey no tenia

renta en aquella tierra; dilataban y disimulaban con el negocio, por

cansar, por ventura, y que se aburriese no pudiéndose más sustentar

en la corte el dicho Clérigo. Acudia él á los flamencos, mayormente

á Mosior de Laxao, que moria por él, y al Gran Chanciller que habia

venido de nuevo; el cual, despues que supo bien la negociacion y lo

que pretendia el Clérigo, lo amó mucho, y era el que donde quiera que

se hallaba con el Rey ó en los Consejos, como fuese de todos por su

oficio cabeza, lo loaba y ayudaba y favorecia, y en todo le daba gran

crédito. Pero puesto que vian los flamencos y el Gran Chanciller la

pasion y ceguedad clara del Obispo, y de todos los que con él entraban

en aquel Consejo, con todo eso teniánle respeto, no sé si fué por lo

que se sonó, segun arriba dijimos, porque él y su hermano Antonio de

Fonseca habian dado cierto número de millares de ducados porque los

dejasen con sus oficios, puesto tambien que por sus personas, que

eran de mucha autoridad y fueron siempre señalados y privados de los

católicos reyes, en Castilla dignamente se les podia tener respeto,

y así aunque el Gran Chanciller hablaba frecuentes veces al Obispo,

que se entendiese en el negocio del Clérigo, no aprovechando nada

disimulábase con él por la causa dicha. En este tiempo sucedió que

Mosior de Xevres y el Gran Chanciller, hobieron de ir á Francia ó á

los límites della, á verse con las personas que el rey de Francia

envió á tractar de paces ó de guerra, donde tardaron cerca, creo, de

dos meses, y porque como el Clérigo no tenia renta y estaba gastado de

cinco años y más que andaba en éstos negocios yendo y viniendo de las

Indias, y, estando en la corte, algunas veces decia á los flamencos

que no podia ya sufrir tanta dilacion y se queria ir, por su pobreza;

por miedo que no se fuese en éstos dias que el Gran Chanciller tardaba

en la ida de Francia, algunos caballeros flamencos, como Mosior de

La Mure de quien arriba dijimos que lo anduvo á buscar en Zaragoza,

y á ofrecérsele, y otro su deudo que era Aposentador mayor, dejaron

en cambio dineros para que por necesidad no se fuese el Clérigo; todo

ésto sin pretender interese alguno particular, porque, cierto, eran muy

virtuosos caballeros, sino sólo el servicio del Rey é bien de aquestas

Indias, porque tenian bien entendido ser razonable y claramente bueno

lo que el Clérigo decia y pretendia. Tornados Mosior de Xevres y el

Gran Chanciller, dió priesa el Clérigo, y entró muchas veces en Consejo

de las Indias á tractar del negocio, donde el Obispo y los demas tenian

con él grandes contenciones sobre que no se le debia dar ni convenia

que llevase aquella empresa, poniéndole inconvenientes con razones

frívolas, no sé, cierto, con qué intencion. El Gran Chanciller y los

flamencos estaban como á la mira para ver en qué paraba el negociar

del Clérigo con el Obispo y su Consejo, dándole siempre de secreto y

en público mucho favor, con el cual, el Clérigo con el Consejo y fuera

dél, dábase poco porque el Obispo y los demas de sus obras y razones se

ofendiesen, hablando siempre verdad, y ante ellos teniéndoles la debida

reverencia; y viendo que aprovechaba poco en tractar el negocio ante

ellos, informó muy de raíz de los males destas Indias y de la perdicion

de las ánimas que cada dia perecian, y de la obligacion que los reyes

de Castilla á socorrellas tenian, y de como el obispo de Búrgos y los

que con él tractaban las cosas de las Indias eran los que, ó por sus

pasiones ó intereses ó por su ignorancia y ceguedad, todo el bien

impedian, á ocho predicadores que entónces el Rey tenia, quejándose

dellos y pidiéndoles ayuda y favor, pues, como á predicadores del Rey,

ayudar y defender la verdad, y avisar de tan grandes males y perjuicio

de la fe y perdicion de tantos millares de prójimos, les incumbia.

Estos eran los dos hermanos Coroneles, maestre Luis y maestre Antonio,

doctores parisienses muy doctos y cristianos, religiosos en el hábito

de clérigos, y un padre maestro en teología, tambien parisiense,

llamado fray Miguel de Salamanca, fraile de Sancto Domingo, que despues

murió obispo de la isla de Cuba, y el doctor de La Fuente, doctor de

Alcalá, señalado en tiempo del Cardenal, de buena memoria, don fray

Francisco Ximenez, fundador de aquella Universidad, y un religioso de

Sant Francisco, llamado fray Alonso de Leon, muy docto en Teología,

y otro religioso de Sant Agustin, que se llamaba fray Dionisio, gran

predicador y muy copioso en elocuencia; otro clérigo, licenciado en

teología, aragonés; del octavo no me acuerdo. Estos, bien persuadidos

de todo lo susodicho, acordaron de juntarse cada dia en el monasterio

de Sancta Catalina, que es de los Dominicos, para tractar y deliberar,

de lo que en ésto debian y podian hacer, con los cuales se juntó un

maestro, fray Alonso de Medina, de la órden de Sancto Domingo, que

la provincia de Castilla habia enviado á ciertos negocios con el Rey

por parte de la provincia, hombre muy docto y de muy vivo ingenio.

Item, á la sazon vino allí el religioso de Sant Francisco que arriba

dijimos, en el cap. 95, ser hermano de la reina de Escocia, que habia

ido de la tierra firme de la provincia de Cumaná, el cual se juntó

algunas veces con ellos, y áun les propuso una cuestion, diciendo que

con qué justicia ó poder se pudo entrar en estas Indias de la manera

que los españoles entraron en ellas. Tambien, ántes de ésto, habia

llegado otro religioso de Sant Francisco, de Picardía, que habia

estado en la misma provincia de Cumaná y visto muchos de los indios

della, el cual llevó el Clérigo á comer con Mosior de Laxao, con el

cual se holgó mucho por ser de su lengua francesa ó flamenca, de cuya

plática resultó corroboracion del amor que Mosior de Laxao y crédito

que al Clérigo daba y tenia, viendo que el fraile aprobaba todo lo que

el Clérigo afirmaba y decia. Así que, cada dia, juntándose los del

Consejo en casa del obispo de Búrgos á tractar de destruir las Indias

(puesto que no lo pretendian sino cuanto por su ceguedad y soberbia

de no querer ser avisados y enseñados de los que más quellos sabian,

y dello por su pasion, y dello por sus intereses ó de los que ellos

favorecian, como dicho es, todo cuanto tractaban y ordenaban, sin

duda ninguna, era directamente contra el bien destas Indias, en tanto

que no quitaban de todos los males la raíz, que era las encomiendas ó

repartimientos), convocaba el Clérigo á los predicadores, y á la misma

hora entraban y tractaban del remedio dellas en el dicho convento de

Sancta Catalina. Allí, finalmente, concluyeron ser obligados á entender

y procurar el remedio destas Indias por precepto divino, para lo cual

efectuar deliberaron de se unir é ligar unos á otros, con juramento

de que ninguno desmayase ni se saliese afuera, sino que prosiguiese

la demanda hasta dalle buen fin. Lo primero que determinaron fué, que

debian guardar la forma evangélica de la correccion fraterna, y por

estos grados fuese cumplida: primeramente fuesen á exhortar é corregir

fraternalmente al Consejo de las Indias, el cual si con instancia y

efecto no lo remediase, fuesen á exhortar al Gran Chanciller, y si él

no diese obra para lo hacer, fuesen á corregir á Mosior de Xevres,

el cual no lo remediando, ultimadamente acudiesen al Rey. E si el

Rey, avisado y exhortado que lo hiciese, no pusiese luégo en mandallo

remediar diligencia en tal caso, públicamente predicasen contra todos

ellos, dando su parte de la culpa al Rey. Esto así asentado, lo juraron

todos en la Cruz y en lo Sanctos Evangelios de lo hacer y cumplir, y

por su cumplimiento ponerse á todo riesgo, y así lo firmaron de sus

nombres; yo lo vide y lo sé porque estaba yo presente.

CAPÍTULO CXXXIV.

Pusieron luégo por obra la primera exhortacion y correccion, conviene

á saber, la del Consejo de las Indias, habiendo entre sí, primero, lo

que se habia de decir determinado. Entrados en él, que no fué cosa

sin admiracion y nueva para el obispo de Búrgos y sus compañeros, y

pedida licencia para hablar, comenzó la plática el maestro fray Miguel

de Salamanca, como más antiguo y de mucha autoridad, puesto que á

los demas no faltaba, é dijo: «Señores muy ilustres y reverendísimo

señor, á nosotros los predicadores del Rey, nuestro señor, se nos ha

certificado por personas á quien somos obligados á creer, y parece

ser notorio, que en las Indias se cometen por los de nuestra nacion

de España grandes y nunca otros tales vistos ni oidos males contra

aquellas gentes naturales dellas, de robos y matanzas en grandísimas

ofensas de Dios, y en infamia de nuestra sancta fe y religion

cristiana, de donde ha procedido haber perecido infinito número de

gentes, por lo cual quedan grandes islas y gran parte de tierra firme,

que todas manaban, porque así lo diga, en infinidad de mortales que

se han acabado, y quedan todas despobladas en ignominia grande áun

de la Corona real de España; porque así lo testifica la Escritura

Sagrada, que en la multitud del pueblo consiste la dignidad y honra

del Rey, y en la disminucion de la gente su ignominia y deshonor por

el contrario. De lo cual nos habemos maravillado, porque conociendo

la prudencia y merecimientos de las personas ilustres que en este

Consejo se allegan, para tratar de la gobernacion de aquellas tierras,

de quien Dios parece haber, un mundo tan grande como dicen que es,

fiado, y á quien han de dar dél estrecha cuenta, y, por otra parte,

entendiendo que no ha podido haber causa para que aquellas naciones,

que estaban en sus tierras pacíficas sin nos deber nada, por nosotros

así fuesen asoladas, no sabemos qué nos decir, ni hallamos á quien

poder imputar tan inrreparables daños, sino á quien hasta hoy las ha

gobernado; y porque á nosotros, por el oficio que en la corte tenemos,

incumbe todo lo que fuere en ofensa y deshonor de la Divina Majestad

y en daño de las ánimas impugnallo, declarallo, y en cuanto en nos

fuere, exhortar con todas nuestras fuerzas hasta estirpallo, ántes

que otra cosa hagamos acordamos venir á vuestras señorías y mercedes

á dalles dello parte, y suplicalles tengan por bien de nos la dar de

cómo se pudo haber permitido tanto mal sin remediarse, y que pues

hasta hoy no se ha impedido, pues hoy con toda licencia se hace,

lo manden proveer y remediar, porque, como es manifiesto, vuestras

señorías y mercedes de Dios rescibirán señalado galardon, y, por el

contrario, terribles tormentos no lo haciendo, pues tienen sobre

sus hombros la más pesada y peligrosa carga, si bien la consideran,

que hoy tienen hombres en el mundo; y tambien á vuestros señorías y

mercedes suplicamos, con toda la humildad y reverencia que debemos,

no atribuyan ésta nuestra venida á temeridad, sino que la resciban y

juzguen con la voluntad de donde sale, que es de hacer lo que segun

Dios y sus preceptos somos obligados.» Luégo, el Obispo, como más

libre que los otros señores, que eran Hernando de Vega, Comendador

mayor de Castilla, y D. García de Padilla, que habia venido con el rey

de Flandes, hijo ó nieto del Adelantado de Castilla y letrado, y el

licenciado Zapata, y Pedro Mártir, el que escribió, como arriba dije,

las Décadas, y Francisco de los Cobos que servia de Secretario, y que

entónces comenzaba á ser algo, respondió, no con tanta humildad como su

dignidad episcopal requeria y merecia la demanda que los predicadores

propusieron, sino con grande autoridad, y magestad, y enojo, como

si llegaran en el tiempo de los gentiles á derrocar el templo de

Apolo, respondió: «Grande ha sido vuestra presuncion y osadía venir

á enmendar el Consejo del Rey; por ahí debe de andar Casas. ¿Quién

os mete á los predicadores del Rey en las gobernaciones que el Rey

hace por sus Consejos? No os dá el Rey de comer para eso, sino para

que le prediqueis el Evangelio.» Respondió el doctor de La Fuente,

no con ménos autoridad y libertad que el Obispo, y como si fuera su

superior: «No anda señor por aquí Casas, sino la casa de Dios, cuyos

oficios tenemos y por cuya defensa y corroboracion somos obligados y

estamos aparejados á poner las vidas; ¿parece á vuestra señoría ser

presuncion que ocho maestros en teología, que pueden ir á exhortar

á todo un Concilio general en las cosas pertenecientes á la fe y

regimiento de la universal Iglesia, vengan á exhortar á un Consejo del

Rey? nosotros podemos venir á exhortar los Consejos del Rey de lo que

mal hicieren, porque es nuestro oficio de ser del Consejo del Rey, é

por ésto venimos señores aquí á os exhortar y requerir que enmendeis

lo muy errado é injusto que se comete en las Indias en perdicion de

tantas ánimas y con tantas ofensas de Dios, y sino lo enmendáredes,

señores, predicaremos contra vosotros, como contra quien no guarda las

leyes de Dios, ni hace lo que conviene al servicio del Rey; y ésto es,

señores, cumplir é predicar el Evangelio.» Quedaron como pasmados,

mirándose unos á otros, de ver la autoridad y osadía del doctor de La

Fuente, y harto más blandos todos que habia mostrado el señor Obispo,

y con ménos dureza de la que ántes tenian; y, acabado el doctor, tomó

la mano D. García de Padilla, y dijo: «Este Consejo hace lo que debe, y

ha hecho muchas provisiones muy buenas para el bien de aquellas Indias,

las cuales se os mostrarán, aunque no lo merece vuestra presuncion,

para que veais cuánta es vuestra temeridad y soberbia.» Torna el

mismo doctor de La Fuente, y dice: «Mostrarse nos han señores las

provisiones hechas, y si fueren justas y buenas loallas hemos, y si

malas é injustas dallas hemos al diablo y áun á quien las sustentare

y no las enmendare, con ellas, y no creemos que vuestras señorías y

mercedes quereis ser destos.» Estando para se salir comenzaron los

del Consejo á blandear y disimular la cólera del doctor de La Fuente

y de los demas, que mostraron sentirse del mal tractamiento que dello

rescibian, y pasadas muchas razones de una parte y de otra, finalmente,

concluyeron los del Consejo diciéndoles suavemente que holgaban de les

mandar mostrar las provisiones que estaban hechas y se hacian para el

remedio de las Indias, y vistas diesen su parecer cerca dellas, y que

holgarian de rescibillo, y para ésto se volviesen otro dia. Vueltos á

ello, rescibiéronlos con mucha cortesía y benevolencia, y mandaron que

se les leyesen muchas provisiones y Cédulas que en los tiempos pasados

y en los presentes habian hecho, como las leyes que referimos arriba en

el cap. 8.º y los siguientes, y otras instrucciones y mandamientos que

mandaban tratar bien los indios, estantes las cuales habian perecido y

perecian innumerables cada dia; y pensaban los tristes que con ellas

cumplian, no quitando la raíz de la tiranía que los mataba, que era

las encomiendas, como cada dia tuviesen relacion, poca que mucha, de

religiosos, y mayormente del clérigo Casas, que con gran libertad los

acusaba, y molestaba, y confundia, y daba malas cenas y peores comidas

sobre ello, como quien estaba cierto que ninguno le podia contradecir

la verdad que afirmaba y defendia, á quien eran obligados á creer

aunque fuera sólo, al ménos hasta lo inquirir: cuanto más que sabian

el crédito que el Cardenal le habia dado y lo que por su informacion

habia proveido; item, los clamores que habian oido de los padres fray

Pedro de Córdoba, sancto varon, y fray Antonio Montesino; item, por las

rentas del Rey podian entendello, pues que vian cada dia disminuirse,

y, finalmente, lo sabian y lo creian, pero era tanta su ceguedad que

no les dejaba advertillo; y porque de todo ésto estaban informados

los predicadores del Rey por el Clérigo, y, principalmente, como por

razon natural y por experiencia se sabia no aprovechar ni ser posible

remediarse ni dejar de morir los indios con cuantas provisiones ni

leyes se hiciesen, aunque, como solia el Clérigo decir, se pusiese

una horca á la puerta de cada español para que, muriéndose el indio,

le ahorcasen á él, no bastaria por sus innatas y rabiosas cudicias

que cesasen de morir, si no los sacaban de su poder como incurable y

ponzoñosa raíz. Oidas todas las que les quisieron leer, pidieron los

predicadores tiempo para decir su parecer, y así se despidieron.

CAPÍTULO CXXXV.

A cabo de ciertos dias, en los cuales tractaron y deliberaron lo que

debian responder, llevaron por escripto lo siguiente: aunque más de lo

que aquí referiré hobo, sino que no hallo agora más desto en mi poder,

y harto he hecho en guardar ésto cuarenta y un años ha, lo cual tengo

de la misma letra y mano escripto del dicho maestro fray Miguel de

Salamanca que acordaron que fuese el notario.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 4 / 41 段