por la voluntad ó permision de Dios, para sacar de tanto tormento y
angustiosa vida que los pocos de indios que restaban padecian en toda
especie de trabajos, mayormente en las minas, y juntamente para castigo
de los que los oprimian, porque sintiesen la falta que les hacian los
indios, vino una plaga terrible que cuasi todos del todo perecieron,
sin quedar sino muy poquitos con vida; ésta fué las viruelas, que
dieron en los tristes indios, que alguna persona trujo de Castilla, las
cuales, como les nacian, con el calor de la tierra y ellas que son como
fuego, y á cada paso ellos tenian de costumbre, si podian, lavarse en
los rios, lanzábanse á lavar con el angustia que sentian, por lo cual
se les encerraban dentro del cuerpo, y así, como pestilencia vastativa,
en breve todos morian: allegábase á ésto la flaqueza y poca sustancia
que siempre por la falta de comer, y desnudez, y dormir en el suelo, y
sobra de trabajos tenian, y el poco y ningun cuidado que de su salud y
conservacion siempre tuvieron los que dellos se servian. Finalmente,
viendo los españoles que se les morian, comenzaron á sentir la falta
que les hacian y habian de hacer, por donde se movieron á poner alguna
diligencia en curallos, aunque aprovechó poco á los más, porque
debieron de haberlo comenzado muchos años ántes; no creo que quedaron
vivos ni se escaparon desta miseria 1.000 ánimas, de la inmensidad de
gentes que en esta isla habia y vimos por nuestros ojos, segun en el
libro primero queda explanado. Ninguno que sea cristiano puede dudar
que, aunque Dios por sus secretos juicios haya permitido así afligir
estas gentes, y con tanta inhumanidad, y, en fin, acabarlas, que el
dia del juicio particular de cada uno, y el de todos universal,
los que fueron ministros de tanto rigor y causa por sus cudicias y
crueldad, quitando las vidas ántes de tiempo, y así el espacio de su
conversion, de la perdicion de tantas ánimas (porque todos los más
desta isla y de las sus comarcas se cree, y yo no lo dudo, porque
vide mucho dello, murieron sin fe y sin Sacramentos en su simplice
infidelidad), lo lastarán puniéndolos la divina justicia con mucho
mayor austeridad, y desto, si penitencia miéntras vivian no les valió,
entre cristianos ninguna duda hay. Y porque cognosciendo que los indios
se les acababan, comenzaron á aflojar y dejar las minas, por no tener
quién allí enviar á morir é áun matar, y á buscar granjerías y nuevas
maneras de adquirir, una de las cuales fué poner cañafistolos, los
cuales se hicieron tales y tantos, que parecia no para otros árboles
haber sido criada esta tierra, ni éstos para otra sino para ésta por
la Divina providencia y naturaleza ordenada; hiciéronse en muy breves
dias de cañafistolos muchas y grandes heredades, que pudiera proveerse
dellos todo lo del mundo poblado. Eran muy grandes los cañutos della, y
gruesos, llenos de pulpa, muy enmelada; la virtud della, que sea menor
ó mayor que la de Alejandría, pregúntese á los médicos y boticarios. No
poco estaban ya ufanos los vecinos desta isla, españoles, porque de los
indios no hay ya que hablar, prometiéndose muchas riquezas, poniendo
en la cañafistola toda su esperanza, y de creer es que desta esperanza
darian á Dios alguna parte, pero cuando ya comenzaban á gozar del
fructo de sus trabajos, y á cumplirse su esperanza, envia Dios sobre
toda esta isla, y sobre la isla de Sant Juan principalmente, una plaga
que se pudo temer, si mucho creciera, que totalmente se despoblaran.
Esta fué la infinidad de hormigas que por esta isla y aquella hobo, que
por ninguna vía ni modo humano de muchos que se tuvieron se pudieron
atajar; hicieron ventaja las hormigas que en esta isla se criaron á
las de la isla de Sant Juan, en el daño que hicieron en los árboles
que destruyeron, y aquellas á éstas en ser rabiosas, que mordian y
causaban mayor dolor que si avispas al hombre mordieran y lastimaran,
y dellas no se podian defender de noche en las camas, ni se podia vivir
si las camas no se pusieran sobre cuatro dornajos llenos de agua. Las
de esta isla comenzaron á comer por la raíz los árboles, y como si
fuego cayera del cielo y los abrasaran, de la misma manera los paraban
negros y se secaban; dieron tras los naranjos y granados, de que habia
muchas huertas y muy graciosas llenas en esta isla, y no dejaron
huerta que del todo no quemasen, que vello era una gran lástima, y
así se destruyeron muchas huertas en la ciudad de Sancto Domingo, y,
entre ellas, una del monasterio de los Dominicos, muy principal, de
granados y naranjos dulces, y secos, y agrios, y en la Vega otra del
de los Franciscos, muy señalada; dan tras los cañafistolos, y, como
más á dulzura llegados, más presto los destruyeron y quemaron, yo creo
que sobre cien cuentos que hobiera de renta dellos asolaron. Era,
cierto, gran lástima ver tantas heredades, tan ricas, de tal plaga
sin remedio aniquiladas. La huerta que dije de Sant Francisco, que en
la Vega estaba, yo la vide llena de los naranjos que daban el fructo
de dulces, secas y agrias, y granados hermosísimos, y cañafistolos,
grandes arboles de cañas de cañafistola de cerca de cuatro palmos en
largo, y desde á poco la vide toda quemada; lo mismo vide en muchas
otras heredades de cañafistolos que por aquella Vega estaban: solas las
heredades que habia de cañafistolos en la Vega y las que se pudieran
en ella plantar, pudieran, sin duda, bastar para proveer á toda Europa
y Asia, aunque la comieran como se come el pan, por la gran fertilidad
de aquella Vega y grandeza, como dure por 80 leguas de mar á mar, llena
de rios y felicidad y tan llana como la palma de la mano; della hemos
hablado en nuestra Apologética Historia, en romance, bien á la larga.
Tomaron remedio algunos para estirpar esta plaga de hormigas, cavar
al rededor de los árboles, cuan hondo podian, y matarlas ahogándolas
en agua; otras veces quemándolas con fuego. Hallaban dentro, en la
tierra, tres, y cuatro, y más palmos, la simiente y overas dellas,
blancas como la nieve, y acaecia quemar cada dia un celemin, y dos,
y cuando otro dia amanecia hallaban de hormigas vivas mayor cantidad.
Pusieron los religiosos de Sant Francisco de la Vega una piedra de
soliman, que debia tener tres ó cuatro libras, sobre un pretil de
una azotea; acudieron todas las hormigas de la casa, y en llegando á
comer dél luego caian muertas, y como si enviaran mensajeros á las
que estaban dentro de media legua y una, al rededor, convidándolas al
banquete del soliman, no quedó, creo, una que no viniese, y víanse los
caminos llenos dellas que venian hácia el monasterio, y, finalmente,
subian á la azotea y llegaban á comer del soliman, y luégo caian en el
suelo muertas; de manera que el suelo de la azotea estaba tan negro
como si lo hobieran rociado con polvo de carbon, y ésto duró tanto
cuanto el pedazo de soliman, que era como dos grandes puños y como
una bola, duró; yo lo vide tan grande como dije cuando lo pusieron,
y desde á pocos dias lo torné á ver como un huevo de gallina ó poco
mayor. Desque vieron los religiosos que no aprovechaba nada el soliman,
sino para traer basura á casa, acordaron de lo quitar. De dos cosas
se maravillaban, y eran dignas de admiracion; la una, el instinto de
naturaleza y la fuerza que áun á las criaturas sensibles y no sensibles
dá, como parece en estas hormigas, que de tanta distancia sintiesen,
si así se puede decir, ó el mismo instinto las guiase y trujese al
soliman; la otra, que como el soliman en piedra, ántes que lo muelan,
es tan duro como una piedra de alumbre, si quizá no es más, y cuasi
como un guijarro, que un animalito tan menudo y chiquito (como estas
hormigas, que eran muy menudas), tuviese tanta fuerza para morder del
soliman, y, finalmente, para disminuillo y acaballo. Viéndose, pues,
los españoles vecinos desta isla en afliccion de ver crecer esta plaga,
que tanto daño les hacia, sin poderla obviar por vía alguna humana, los
de la ciudad de Sancto Domingo acordaron de pedir el remedio al más
alto Tribunal: hicieron grandes procesiones rogando á nuestro Señor que
los librase por su misericordia de aquella tan nociva plaga para sus
bienes temporales, y para más presto rescibir el divino beneplácito,
pensaron tomar un Sancto por abogado, el que por suerte nuestro Señor
declarase, y así, hecha un dia su procesion, el Obispo y clerecía y
toda la ciudad echaron suertes sobre cuál de los Sanctos de la letanía
ternia por bien la Divina providencia darlos por abogado; cayó la
suerte sobre Sant Saturnino, y rescibiéndolo con alegría y regocijo
por su Patron, celebráronle la fiesta con mucha solemnidad, y así lo
hacen desde entónces cada año, por voto, segun creo, y no sé si ayunan
el dia ántes. Vídose por experiencia irse disminuyendo desde aquel dia
ó tiempo aquella plaga, y si totalmente no se quitó ha sido por los
pecados; agora creo que no la hay, porque se han tornado á restaurar
algunos cañafistolos y naranjos y granados: digo restaurar, no los que
las hormigas quemaron, sino los que de nuevo se han plantado. La causa
de donde se originó este hormiguero, creyeron y dijeron algunos, que
fué de la traida y postura de los plátanos. Cuenta el Petrarca en sus
Triunfos, que en la señoría de Pisa se despobló una cierta ciudad por
esta plaga que vino sobre ella de hormigas; Nicolao Leonico, libro
II, cap. 71 de Varia Historia, refiere dos ciudades, la una llamada
Miunte y la otra Atarnense, solemnísimas, haber sido despobladas por
la muchedumbre de mosquitos que por cierta ocasion sobrevinieron en
ellas; y así, cuando Dios quiere afligir las tierras ó los hombres en
ellas, no le falta con qué por los pecados las aflija, y con chiquitas
criaturitas: parece bien por las plagas de Egipto.
CAPÍTULO CXXIX.
Entraron los vecinos desta isla en otra granjería, y ésta fué buscar
manera para hacer azúcar, viendo que en grande abundancia se daban en
esta tierra las cañas dulces. Ya se dijo en el libro II, como un vecino
de la Vega, llamado Aguilon, fué el que primeramente hizo azúcar en
esta isla, y áun en estas Indias, con ciertos instrumentos de madera
con que exprimia el zumo de las cañas, y aunque no bien hecha por no
tener buen aparejo, pero todavía verdadera y cuasi buen azúcar. Sería
ésto por el año de 1505 ó 1506; despues dióse á entender en hacerla un
vecino de la ciudad de Sancto Domingo, llamado el bachiller Vellosa,
porque era cirujano, natural de la villa de Berlanga, cerca del año de
516, el cual hizo el primero en aquella ciudad azúcar, hechos algunos
instrumentos más convenientes, y así mejor y más blanca que la primera
de la Vega, y el primero fué que della hizo alfeñique y yo lo ví;
éste dióse muy de propósito á esta granjería y alcanzó á hacer uno
que llaman trapiche que es molino ó ingenio que se trae con caballos,
donde las cañas se estrujan ó exprimen, y se les saca el zumo melífluo
de que se hace el azúcar. Viendo los padres de Sant Hierónimo, que
allí estaban, la buena muestra que el bachiller habia mostrado para
salir con aquella granjería, y como sería muy provechosa para animar á
otros que se diesen á ella ordenaron con los Oidores de la Audiencia y
Oficiales del Rey, que de la Real hacienda se prestasen 500 pesos de
oro al vecino que se pusiese á hacer ingenio grande ó chico para hacer
azúcar, y despues creo, que les ayudaron con más prestido, viendo que
los ingenios eran muy costosos. Por este camino y deste principio se
ofrecieron algunos vecinos á hacer trapiches que muelen las cañas con
caballos, y otros, que tenian y se hallaban con más grueso caudal,
pusiéronse á hacer ingenios poderosos de agua, que muelen más cañas
y sacan más azúcar que tres trapiches, y así cada dia se dieron á
hacer más, y hay hoy sobre treinta y cuarenta ingenios en sola esta
isla, y algunos en la de Sant Juan, y en otras partes destas Indias,
y no por eso vale el azúcar más barato; y ésta es cosa de notar que
antiguamente no habia azúcar sino en Valencia, y despues hóbola en las
islas de Canaria, donde puede haber hasta siete ó ocho ingenios, y
creo que no tantos, y apénas subió la arroba de un ducado ó poco más,
y que con todos los ingenios hechos en estas Indias, valga la arroba
dos ducados, y cada dia suba en cantidad. Antes que los ingenios se
inventasen, algunos vecinos, que tenian algo de lo que habian adquirido
con los sudores de los indios y de su sangre, deseaban tener licencia
para enviar á comprar á Castilla algunos negros esclavos, como vian
que los indios se les acababan, y áun algunos hobo, segun arriba se
dijo en el cap. 102, que prometian al clérigo Bartolomé de las Casas,
que si les traia ó alcanzaba licencia para poder traer á esta isla una
docena de negros, dejarian los indios que tenian para que se pusiesen
en libertad; entendiendo ésto el dicho Clérigo, como venido el Rey
á reinar tuvo mucho favor, como arriba visto se há, y los remedios
destas tierras se le pusieron en las manos, alcanzó del Rey, que
para libertar los indios se concediese á los españoles destas islas
que pudiesen llevar de Castilla algunos negros esclavos. Determinó
el Consejo con parecer de los Oficiales de Sevilla, como en el dicho
cap. 102 dijimos, que debia darse licencia para que se pudiesen llevar
4.000, por entónces, para las cuatro islas, esta Española, y la de Sant
Juan, y de Cuba y Jamáica. Sabido que estaba dada, no faltó español
de los destas Indias, que á la sazon estaban en la corte, que diese
aviso al gobernador de Bresa, caballero flamenco que habia venido con
el Rey, é de los más privados, que pidiese aquella merced. Pidióla,
y luégo concedida, y luégo vendida por 25.000 ducados á ginoveses,
con mil condiciones que supieron pedir, y una fué, que dentro de ocho
años no pudiese dar licencia ninguna para traer esclavos negros á las
Indias. Vendieron despues cada licencia, los ginoveses, por cada negro
á ocho ducados á lo ménos; por manera, que lo que el clérigo de las
Casas hobo alcanzado para que los españoles se socorriesen de quien
les ayudase á sustentase en la tierra, porque dejasen en libertad los
indios, se hizo vendible á mercaderes, que no fué chico estorbo para
el bien y liberacion de los indios. Deste aviso que dió el Clérigo, no
poco despues se halló arrepiso, juzgándose culpado por inadvertencia,
porque como despues vido y averiguó, segun parecerá, ser tan injusto
el captiverio de los negros como el de los indios, no fué discreto
remedio el que aconsejó que se trujesen negros para que se libertasen
los indios, aunque él suponia que eran justamente captivos, aunque no
estuvo cierto que la ignorancia que en ésto tuvo y buena voluntad lo
excusase delante el juicio divino. Habia entónces en esta isla hasta
10 ó 12 negros que eran del Rey, que se habian traido para hacer la
fortaleza que está sobre y á la boca del rio, pero dada esta licencia
y acabada aquella, siguiéronle otras muchas siempre, de tal manera que
se han traido á esta isla sobre 30.000 negros, y á todas estas Indias
más de 100.000, segun creo, y nunca por eso se remediaron ni libertaron
los indios, como el clérigo Casas no pudo más proseguir los negros;
y el Rey ausente, y los del Consejo cada dia nuevos é ignorantes
del derecho, que eran obligados á saber como muchas veces por esta
Historia se ha dicho, y como crecian los ingenios de cada dia, creció
la necesidad de poner negros en ellos, porque cada uno de los de agua
há menester al ménos 80, y los trapiches 30 y 40, y por consiguiente
la ganancia de los derechos del Rey; siguióse de aquí tambien que
como los portugueses de muchos años atrás han tenido cargo de robar
á Guinea, y hacer esclavos á los negros, harto injustamente, viendo
que nosotros mostrábamos tanta necesidad, y que se los comprábamos
bien, diéronse y dánse cada dia priesa á robar y captivar dellos, por
cuántas vías malas é inicuas captivarlos pueden; item, como los mismos
ven que con tanta ánsia los buscan y quieren, unos á otros se hacen
injustas guerras y por otras vías ilícitas se hurtan y venden á los
portugueses, por manera que nosotros somos causa de todos los pecados
que los unos y los otros cometen, sin los nuestros que en comprallos
cometemos. Los dineros destas licencias, y derechos que al Rey se
dan por ellos, el Emperador asignó para edificar el Alcázar que hizo
de Madrid é la de Toledo, y con aquellos dineros ambas se han hecho.
Antiguamente, ántes que hobiese ingenios, teníamos por opinion en esta
isla, que si al negro no acaecia ahorcalle nunca moria, porque nunca
habiamos visto negro de su enfermedad muerto, porque, cierto, hallaron
los negros, como los naranjos, su tierra, la cual les es más natural
que su Guinea, pero despues que los metieron en los ingenios, por los
grandes trabajos que padecian y por los brebajes que de las mieles de
cañas hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos
dellos cada dia mueren; por ésto se huyen cuando pueden á cuadrillas,
y se levantan y hacen muertes y crueldades en los españoles, por salir
de su captiverio, cuantas la oportunidad poder les ofrece, y así no
viven muy seguros los chicos pueblos desta isla, que es otra plaga
que vino sobre ella. Y no es razon dejar de decir otra que se añidió
á las arriba puestas, y ésta es la multitud de los perros, que no se
puede numerar y estimar los daños que hacen y han hecho. Habia en
esta isla inmensidad de puercos (que como no se crien con grano, sino
con raíces muy suaves, y frutas delicadas, como son ovos y cimas, la
carne dellos es muy sana, y más delicada y sabrosa que muy delicado y
sabroso carnero), y destos estaban los montes llenos, por cuya causa á
cada legua habia maravillosas y alegres y provechosas monterías, todas
las cuales han destruido los perros, y no contentos con los puercos
acometen á los becerros, mayormente cuando los paren las madres, que no
pueden defenderse; es grandísimo el daño que han hecho y hacen, y bien
se puede considerar los tiempos venideros dellos qué se espera. Pasan
por ésto los hombres como si acaso acaeciese, y deberíamos de pasar
por la memoria que esta isla hallamos llenísima de gentes que matamos y
estirparmos de la haz de la tierra, y henchimósla de perros y bestias,
y por juicio divino, por fuerza forzada, nos han de ser nocivos y
molestos.
CAPÍTULO CXXX.
En el cap. 105 deste libro dejamos de proseguir el discurso del clérigo
Casas, despues que tornó á la corte habiendo ido por mandado del Rey á
sacar labradores para poblar estas islas, por contar lo que en estos
años de 18 y 19 acaeció en estas Indias; la órden que traemos requiere
que demos la vuelta para referir lo que sucedió despues de llegado el
Rey á Barcelona. Asentada, pues, la corte, y los Consejos vadeándose,
comenzó el padre Casas á proseguir la sacada de los labradores,
entrando en el Consejo de las Indias, que hacia el obispo de Búrgos
en su casa, no como Consejo de las Indias nombrado, sino llamando á
ciertos de los otros Consejos del Rey, las personas que el Rey por
entónces habia, no sé por cúya persuasion, señalado. Estos eran el
licenciado Zapata, y Hernando de Vega, y D. García de Padilla, y Pedro
Martir, italiano, de quien arriba tocamos que escribió las Décadas
en latin, donde habló algunas cosas destas Indias, y Francisco de
los Cobos, que por entónces á subir comenzaba. Y porque una de las
mercedes que habia pedido que el Rey hiciese á los labradores, fué
que se les diesen las granjas, ó estancias ó haciendas que el Rey en
esta isla tenia, que no eran de mucho valor, para en que luégo se
aposentasen y comiesen dellas (cosa y socorro muy necesario para que
los labradores se abrigasen, y consolasen y mantuviesen hasta que
estuviesen para trabajar y ayudarse y tener de suyo), y habia rescibido
el dicho Clérigo carta, ó por otras de otros, que los padres de Sant
Hierónimo las habian vendido, á fin que les parecia no ser cosa decente
que tuviese granjerías el Rey, entró en Consejo y dijo que él tenia
relacion ó nueva de cómo aquellas eran vendidas, que le proveyesen de
una Cédula para que los oficiales del Rey mantuviesen los labradores
un año, como se les habia prometido de partes del Rey, porque de otra
manera sería traellos para luégo perecer; dijo entónces el obispo de
Búrgos, que no sabia sino contradecir: «Desa manera, más gastará el Rey
con esos labradores que en una armada de 20.000 hombres.» Era mucho
más experimentado el señor Obispo en hacer armadas, que en decir misas
de pontifical. Respondióle luégo el Clérigo, no con chica cólera:
«Pues señor, ¿parece á vueseñoría que será bien, despues de muertos
los indios, que sea yo cabestro de la muerte de los cristianos? pues
yo no lo seré.» Aquí entendió el Clérigo decirle, ¿despues que habeis
muerto los indios, quereis matar los cristianos? pero díjoselo con
aquella corteza pero no sin sonsonete; no sé como el señor Obispo,
que no era bobo, lo sintió. Andaban aparejando 400 ducados para dar
al Clérigo con que sacase los labradores, pero estuvo perseverante
el padre Clérigo en no querer sacar labrador ninguno, si la Cédula
que pedia para dar de comer á los labradores un año, como se habia
prometido, no se le diese, porque, en la verdad, sin ella entónces
perecieran, y en cualquier tiempo perecerán los labradores que á estas
tierras vinieren, si de comida, y de posada y cura, si adolescieren,
por un año ó algun buen tiempo no se les proveyere; y desque vieron
que no queria ir á sacallos, buscaban quien fuese, lo cual entendido
por el Clérigo, despachó cartas para los pueblos, desengañándolos,
significándoles las razones porqué no iba él á sacallos, y que supiesen
que cualquiera que fuese los llevaria engañados á la muerte. Y así se
creyó que con ninguno salieran, sino vieran al Clérigo; pero porque
habia poco cuidado de cosa tan provechosa, como era poblar esta tierra,
que hoy hobiera 200.000 vecinos en sola esta isla, que no osara el rey
de Francia asomar con 200 leguas á ella, fuese cayendo esta poblacion
hasta que se olvidó del todo en dejándola el Clérigo. Libre ya del
cuidado de la poblacion destas islas, el Clérigo, cosa en grande manera
convenientísima, comenzó á proseguir la vía que le pareció convenir
por entónces, para que los religiosos de Sancto Domingo y de Sant
Francisco tambien, fuesen á predicar en la tierra firme de Pária, sin
que la tiranía de los españoles los pudiese impedir. Ya se dijo arriba
en el cap. 104, cerca del fin, como habia pedido en el Consejo cien
leguas de aquella tierra, que no entrasen españoles en ellas, para que
los frailes de Sancto Domingo pudiesen predicar á las gentes dellas
sin los impedimentos y alborotos que los españoles les ponian, y que
le habia respondido el obispo de Búrgos por razon, de que no se le
debian de dar, porque aquellas cien leguas estarian como perdidas,
no habiendo dellas provecho el Rey (no teniendo por provecho del Rey
convertir aquellas gentes que el Rey tenia sobre sus cuestas y el mismo
Obispo sobre su conciencia); lo cual oido por el Clérigo, espantado
y áun con triste corazon, pensó en acudir á la insensibilidad del
Obispo, y al indiscreto y áun inícuo y sacrílego celo de dar dineros
al Rey, pospuesta la salud de tantas ánimas que por aquella tierra
firme perecian, á las cuales era él obligado por débito de justicia,
por el oficio que tenia, y por débito de caridad, como cristiano, á
remediar y proveer, y porque sabia por experiencia, que cualquiera
medio y remedio que él propusiese habia el Obispo de contradecir, por
estar con él tan mal por los tragos pasados que le habia dado, tractó
de secreto con los flamencos del Consejo del Rey, é con los privados
que dél tenian buena estima y lo favorescian, y desde á poco con otro
Gran Chanciller que en lugar del muerto, por mandado del Rey sobrevino,
persona en letras y cristiandad egrégia, que él queria dar modo como
el Rey en aquella tierra tuviese rentas, en la cual ni las tenia ni se
esperaba de las tener, con tanto que no entrase algun español en ella,
sino sólo los que él metiese con los frailes que habian de entender
en la conversion de aquellas gentes, con ciertas otras condiciones, y
todo ésto sin que el Rey gastase cosa en ello. Tuvo el Clérigo esta
consideracion, conviene á saber, que aquesto no lo podia emprender
ni efectuar sin ayuda de las personas y hacienda de cierto número de
seglares españoles, y aquestos no se habian de mover á lo ayudar
sino por su temporal interese, y no porque la fe se predicase ni se
salvasen aquellas gentes; item, que despues de entrados en la tierra,
él no les podria ir á la mano, si hacer mal ó robar y agraviar los
indios quisiesen como siempre hicieron, si no se ponia tal modo que
la pacificacion y traimiento de los indios á que dellos no huyesen,
segun las horribles nuevas y obras que dellos habian oido y visto, que
era el fin que pretendia el Clérigo, se fundase en su propio temporal
provecho, de tal manera, que, sino trabajaban de traer de paz á los
indios y conservallos en ella, ningun provecho habian de conseguir
dello ni de la tierra, pues traidos de paz los indios y conservados
en ella, seguíase luégo tener lugar los religiosos para predicar el
Evangelio y traer á Cristo aquellas gentes. Solia tener y traer esta
máxima el Clérigo, que si el remedio que se pusiese en estas Indias,
para que los españoles no destruyesen aquestas gentes, no era tal que
del mismo la imposibilidad de errallo y hacer contra él no saliese,
nunca los indios ternian remedio; y por tener ésto por cierto, por la
mucha experiencia que tenia, fundó en esta negociacion todo el bien,
libertad y conversion de los indios, en el puro interese temporal de
los que le habian de ayudar á conseguillo.
CAPÍTULO CXXXI.