Por este tiempo cosas acaescieron notables en esta isla Espa

NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere

notablemente de la utilizada en español moderno.

HISTORIA

DE

LAS INDIAS.

HISTORIA

DE

LAS INDIAS

ESCRITA POR

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

OBISPO DE CHIAPA

AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ

POR

EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE

Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.

TOMO V.

MADRID

IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA

calle de Campomanes, núm. 8.

1876.

ADVERTENCIA PRELIMINAR.

Con el presente volúmen, en que termina el libro III y último de la

Historia de las Indias de Fr. Bartolomé de las Casas, damos fin por hoy

á nuestra tarea; no tardaremos, Dios mediante, en emprenderla de nuevo,

imprimiendo parte de su «Apologética Historia», y algun otro Tratado

inédito del mismo autor, al propio tiempo que su Biografía, escrita por

nuestro querido amigo el erudito Académico de la Historia D. Antonio

María Fabié. Ésta, enriquecida con nuevos datos y peregrinas noticias,

ocupará casi un tomo, por lo cual no nos ha sido posible publicarla en

el presente, como hubiéramos deseado, pues sólo podíamos disponer de

quince ó veinte pliegos.

Hemos puesto por Apéndice 51 capítulos entresacados de su «Apologética

Historia» y precedidos de la portada y prólogo del libro; tanto para

que nuestros lectores puedan formar juicio de esta obra, cuanto porque

su autor pensó intercalarla en la que acabamos de imprimir, como puede

verse por lo que dice al final del cap. 67 del libro I, y se comprueba

con la primitiva numeracion de los de la Apologética, el primero de los

cuales era el 68. De este MS. pensamos publicar en breve, sino todo lo

que ahora queda inédito, al ménos lo que se refiere á México y al Perú,

que es la mayor parte.

En los capítulos 199 y 203 se han suprimido dos largas digresiones:

sobre la poligamia de los antiguos, la una, y la otra acerca de la

costumbre, antiquísima tambien, de matar ó quemar las mujeres cuando

sus maridos ó señores morian, ó de enterrarlas vivas con ellos; ambas

para disculpar á estas naciones y probar que los indios eran ménos

bárbaros y crueles, en lo general, que aquellos.

Hé aquí ahora un ligerísimo extracto de lo que contiene este tomo, para

facilitar el uso de su índice:

Continuando nuestro autor el libro III de su Historia, refiere y

extracta la capitulacion del Rey con Diego Velazquez, nombrándole

Adelantado de la tierra de Yucatán, y de lo demas que por allí á su

costa se descubriese (capítulo 124). Cuenta varios sucesos de la

isla de Santo Domingo, como el alzamiento de Enriquillo contra los

españoles, y su causa (125 y 126), seguido del de otros dos indios

llamados Ciguayo y Tamayo (127); la epidemia de viruelas que acabó

de despoblar la Isla, y la plaga de hormigas que vino despues(128).

Primeros ingenios para la fabricacion del azúcar y vuelo que tomó esta

industria (129). Sus gestiones en la corte, con éxito vario, en favor

de los indios (130 al 141 y 147 al 153), hasta que, creyendo haber

conseguido su objeto, volvió á embarcarse para Santo Domingo (155 y

156). Refutacion de lo que dice Fernandez de Oviedo en su «Historia»,

acerca de los indios y del padre Casas (142 al 146). Salida de Hernando

de Magallanes en demanda del Estrecho que hoy lleva su nombre (154).

Llega Las Casas á Santo Domingo (157); sale para Cumaná (158), de

donde vuelve á la Española, y en ella recibe la noticia de haber dado

muerte los indios á los que allí habia dejado, quemando la casa y

atarazana (159). Escribe al Rey lo sucedido, y él, de allí á algunos

meses, se mete fraile (160). El nuevo Gobernador del Darien, Lope de

Sosa, que iba á relevar á Pedrárias, muere ántes de desembarcar, y, por

consiguiente, continua en el gobierno Pedrárias, de cuya gobernacion

se refieren varios sucesos (161 al 164). Vá un tal Jacome de Castellon

á castigar á los indios de Cumaná (165), con lo cual, y con varias

consideraciones acerca de los Consejeros del Rey, que mandaban, ó al

ménos toleraban, los excesos que nuestros españoles cometian en las

Indias (166 y 167), concluye el libro III y último de esta Historia.

Contiene el Apéndice:

Descripcion, productos naturales, clima, etc., de la isla de Santo

Domingo (cap. 1 al 23); inteligencia y disposicion natural de sus

habitantes, y en general de los de todas las Indias (33 al 39), y

ligera reseña de su religion, supersticiones y sacrificios (120 al

125, 166, 167 y 181). Reyes en esta Española, y forma de gobierno que

tenian ántes del descubrimiento (197 al 199); casamientos, entierros,

juegos y demas costumbres en ella y en otras partes de las Indias (203

al 205). Forma de gobierno, costumbres, ritos y supersticiones de otros

varios reinos y provincias de aquellas comarcas (242 al 245), cuyos

dos últimos capítulos referentes á la provincia de Cumaná y valle de

Chiribichi, están sacados á la letra, segun él dice, de lo que cuenta

en su sétima década Pedro Mártir de Angleria; concluyendo con una

relacion bastante extensa de los motivos que tuvieron los indios del

valle de Chiribichi para dar muerte á los dos religiosos que habia en

aquel monasterio, en la que rectifica los errores cometidos por el

mismo Pedro Mártir en el cap. 2.º de su sétima década (246), y con

lo que hacian las gentes de la costa de Pária, como Venezuela, Santa

Marta, el Cenú, etc., en los entierros y sepulturas de sus muertos

(247).

HISTORIA

DE LAS INDIAS.

LIBRO TERCERO.

CAPÍTULO CXXIV.

Ya tocamos en el cap. 105, al fin dél, como el Rey hizo Adelantado á

Diego Velazquez y Gobernador y Capitan general de toda la tierra que

habia descubierto Francisco Hernandez y Juan de Grijalva, que era

la isla de Cozumel y Yucatán, y toda la que agora llamamos la Nueva

España, y aunque arriba se pudiera y debiera referir, cuando del año de

18 hablamos, todavía no parece haber perdido mucho su lugar; y, dejado

agora Cortés y sus compañeros haciendo las obras que se dirán, si á

Dios place, diremos las cosas notables que acaescieron en el año de 19

hasta el de 20, así en esta isla Española como en España, pero primero

demos cuenta de las mercedes que el Rey hizo á Diego Velazquez, por

donde la rebelion y maldad que Cortés le hizo, más clara, y fea, y más

culpable, parecerá. Envió, pues, Diego Velazquez á un hidalgo llamado

Gonzalo de Guzman, con su poder, para que se juntase con Pánfilo de

Narvaez, el mismo que ya arriba dejamos dicho haber sido por Procurador

de la isla de Cuba enviado, para que encareciendo al Rey los servicios

que en descubrir á su costa aquella tierra le habia hecho Diego

Velazquez, de lo cual trujo probanza, le hiciese merced de constituillo

en dignidad de Adelantado con otras mercedes que pidió en sus

memoriales. El obispo de Búrgos, D. Juan de Fonseca, que por la muerte

del Gran Chanciller, como arriba fué contado, tornó á alear y á ser

principal y como Presidente, segun de ántes lo era, del Consejo de las

Indias, estaba muy aficionado á Diego Velazquez, y lo habia comenzado

á favorecer mucho los dias pasados, ó porque lo tenia por servidor del

Rey, ó porque, segun se dijo, lo queria casar con una señora, doña

Mayor de Fonseca, sobrina suya; vistas las relaciones y probanzas y

peticiones que Narvaez y Guzman, de parte de Diego Velazquez, en el

Consejo presentaron, favorecióle mucho, y como al cabo se hacen las

determinaciones en los Consejos segun las quieran guiar los Presidentes

ó que tienen lugar dello, por la mayor parte, cuanto más que habia

entónces allí entre ellos personas que eran en cargo á Diego Velazquez,

por habelles señalado buenos repartimientos de indios, puesto que ya

por industria del clérigo Bartolomé de las Casas se les habian quitado,

juntáronse todas buenas voluntades para favorecer á Diego Velazquez,

y así le concedieron las mercedes y todo lo que para él se pidió con

abundancia. La capitulacion de lo cual es ésta que comienza desta

manera:

«El Rey: Por cuanto vos, Diego Velazquez, Lugar teniente de Gobernador

de la isla Fernandina, que ántes se llamaba de Cuba, é nuestro Capitan

é repartidor della, me hicistes relacion que vos, por la mucha voluntad

que teneis al servicio de la católica Reina, mi señora, é mio, é al

acrecentamiento de nuestra Corona real, habeis descubierto á vuestra

costa cierta tierra, que por la relacion que teneis de los indios que

della tomastes se llama Yucatán é Cozumel, á la cual, los cristianos

españoles que en vuestro nombre la descubrieron, pusieron nombre Sancta

María de los Remedios, y asimismo habeis descubierto otras ciertas

islas, é que despues de descubiertas las dichas islas é tierra firme,

é por saber los secretos dellas, con licencia é parecer de los padres

Hierónimos, que por nuestro mandado en la isla Española residen, á

vuestra costa tornastes á enviar otra armada á la dicha tierra para

la descubrir más é ver los puertos dellas, la cual va proveida por un

año de la gente y mantenimientos necesarios á vuestra costa, é porque

vos, continuando el dicho propósito é voluntad que teneis á nuestro

servicio, querríades enviar por otras partes gente é navíos para

descubrir, sojuzgar é poner debajo de nuestro yugo é servidumbre las

dichas tierra é islas que así habeis descubierto ó descubriéredes á

vuestra costa é mision, é descubrir otras, me suplicastes é pedisteis

por merced vos hiciese merced de la conquista dellas, é vos hiciese y

otorgase las mercedes é con las condiciones siguientes....»

En el capítulo 1.º, se le concedió licencia para que á su costa

descubriese cualesquiera islas y tierra firme que hasta entónces no

estuviesen descubiertas, con que no fuesen contenidas dentro de los

límites de la demarcacion del rey de Portugal. En el cap. 2.º, le

concedió é mandó que las tales tierras las pudiese conquistar como

su Capitan, y poner debajo de su señorío y servidumbre, con que en

el dicho descubrimiento é conquista guardase las instrucciones que

se le diesen para el buen tractamiento é pacificacion é conversion

de los indios naturales de las tales tierras, so las penas en ellas

contenidas. Llamó conquista y poner debajo de su yugo y servidumbre las

gentes, que no dijera más el turco, por la ignorancia y ceguedad de

los del Consejo, que no advertian que los tales vocablos no convenian

á ningun Rey cristiano, y tal como el de Castilla, ignorando tambien

la diferencia que hay de los infieles, que nos impugnan, enemigos

de nuestra fe, y que nos tienen usurpadas nuestras tierras, á los

indios que estaban en sus tierras pacíficos y que no debian nada á

los cristianos y ni á los reyes de Castilla. Destos vocablos se usó

muchos años en el Consejo de las Indias, en tanto que duró la ceguedad

suya susodicha, hasta que el clérigo Bartolomé de las Casas, despues

de muchos años, les hizo cognoscer su yerro. En el cap. 3.º, le hace

merced de constituillo Adelantado por toda su vida de las dichas

tierras que descubrió y de las que á su costa descubriese. En el

cap. 4.º, le hace merced, acatando la voluntad de serville y gastos

que habia hecho en el descubrimiento y que habia de hacer, en alguna

enmienda y remuneracion dello, le hizo merced que llevase la quincena

parte de todo el provecho que en cualquiera manera de aquellas tierras

el Rey tuviese, por su vida y de un heredero, y que habiendo poblado y

pacificado cuatro islas y habiendo ya tracto seguro, en la una, cual él

escogiese, hobiese la veintena parte de todas las rentas y provechos

que al Rey se siguiesen, por cualquiera manera, perpétuamente para sí

é sus herederos. En el 5.º, le concedió que de toda la ropa, armas y

bastimentos, que de Castilla trujese á las dichas tierras, por toda su

vida, no pagase derechos algunos. En el 6.º, le hizo merced de cierta

hacienda de pan caçabí y de puercos que el Rey tenia en la Habana, para

que se gastase en lo dicho. En el 7.º, señalóle 300.000 maravedís de

salario cada año en las dichas tierras. En el 8.º, le hizo merced de la

escobilla y relieves de las fundiciones del oro; ésto es la basura que

de los crisoles, fundido el oro, sale, donde suele sacarse una buena

parte de oro. En el 9.º, que hechas las fortalezas que fuesen menester

en las dichas tierras se ternia respeto á sus servicios para dalle las

tenencias dellas. En el 10, que suplicaria al Papa que concediese Bula

para que los españoles que muriesen en aquella demanda fuesen absueltos

á culpa y á pena. En el 11, que á los que allí poblasen no pagasen del

oro que cogiesen de las minas más del diezmo los dos primeros años, y

de allí al tercero año la nona parle, hasta llegar y parar en la quinta

parte. En el 12, que por seis años, los que poblasen, no pagasen nada

de la sal que comiesen, sino hobiese por parte del Rey arrendamiento.

En el 13, que en cada navío que enviase á la dicha negociacion el Rey

le mandase proveer de un clérigo de misa á costa del Rey. En el 14,

que el Rey proveyese de un médico y boticarios y medicinas, y dos

cirujanos. En el 15, que le mandaria dar 20 arcabuces de á dos arrobas.

En el 16, daba licencia á todos los que les llevasen mantenimientos

y otras cosas, por diez años, sin pagar derechos al Rey ningunos. En

el 17, se le concedió que pudiese llevar de las islas, Española y las

demas, de la gente española que en ellas hobiese la que quisiere ir

á poblar las dichas tierras, con que no viniese daño á la poblacion

dellas. En el postrero, dijo el Rey que ternia cuidado de honralle y

hacelle mercedes, segun sus servicios, como á criado. Y en el pié de

la Capitulacion promete el Rey de guardalle y cumplille lo capitulado,

si él lo guardase y cumpliese con las instrucciones que le mandó dar

para el buen tractamiento y conversion de los indios, y para traellos

de paz, etc. Fué hecha la dicha Capitulacion en Zaragoza de Aragon,

á 13 dias del mes de Noviembre de 1518 años; fué señalada del obispo

de Búrgos, y del obispo de Badajoz, y de D. García de Padilla, y del

licenciado Zapata, y refrendada de Francisco de los Cobos, que depues

fué Comendador mayor de Leon. De donde parece que en el mismo tiempo, ó

cuasi, porque cinco dias ántes y el mismo mes y año que el Rey concedió

la gobernacion de aquellas tierras y las susodichas ciudades á Diego

Velazquez, se le alzó Cortés con su flota ó armada en 18 de Noviembre,

como parece aquí arriba en el capítulo 115, y al fin con todas las

mercedes que el Rey le habia hecho, y con mucho más segun parecerá;

de todas las cuales es manifiesto serle obligado á restitucion, sin

el valor de la armada y los gastos della, y todos los daños que por

esta causa á Diego Velazquez vinieron hasta que murió, que no fueron

pocos, y más las angustias de su ánima, viendo que su criado, y á quien

perdonó, y honró, y sublimó con todo su bien temporal, y riquezas, y

estado, y honra, se le alzó y lo robó y despojó, sin que le valiese

razon y justicia: y de todo ello nunca vimos en Cortés señal de

restitucion y satisfaccion, sino siempre con la sangre y trabajos

ajenos triunfar.

CAPÍTULO CXXV.

Por este tiempo cosas acaescieron notables en esta isla Española, y

una fué, que como los indios della se iban acabando, y no cesasen

por eso de los trabajar, y angustiar los españoles que los tenian,

uno dellos, llamado Valenzuela, vecino de la villa de Sant Juan de

la Maguana, harto mozo liviano, que sucedió en la inicua y tiránica

posesion dellos á su padre, tenia un repartimiento cuyo Cacique y

señor se llamaba Enriquillo, que habia sido criado, siendo niño, en

el monasterio de Sant Francisco, que hobo en una villa de españoles

llamada la Vera-Paz, y la provincia segun la lengua de los indios

Xaraguá, la última sílaba aguda, donde tuvo su reino el rey Behechío,

la penúltima luenga, y que fué uno de los cinco reinos desta isla, y

el principal de que mucho en el libro I y II habemos hablado, el cual

los frailes habian enseñado á leer y escribir, y en costumbres asaz

bien doctrinado, y él de su inclinacion no perdia nada, y supo bien

hablar nuestra lengua, por lo cual siempre mostró por sus obras haber

por los religiosos aprovechado. La tierra y señoríos deste fué la

provincia que los indios llamaban Baorúco, la penúltima luenga, en las

sierras que están á la mar del Sur desta isla, 30, y 40, y 50, y 70

leguas del puerto de Sancto Domingo, la costa hácia el Poniente abajo.

Este Cacique y señor de aquella provincia del Baorúco, salido de la

doctrina de los religiosos y hecho hombre, casóse con una señora india,

mujer de buen linaje y noble, llamada Doña Lucía, como cristianos, en

haz de la Sancta Madre Iglesia. Era Enrique, alto y gentil hombre de

cuerpo, bien proporcionado y dispuesto, la cara no tenia hermosa ni

fea, pero teníala de hombre grave y severo, el cual servia con sus

indios al dicho mancebo Valenzuela como si se lo debiera, como dicen,

de fuero, sufriendo su injusta servidumbre y agravios que cada dia

rescibia, con paciencia; entre los pocos y pobres bienes que tenia

poseia una yegua, ésta le tomó contra su voluntad el mozo tirano á

quien servia, despues desto, no contento con aquel robo y fuerza,

procuró de violar el matrimonio del Cacique y forzalle la mujer, y como

el Cacique lo sintiese, porque se quejó á él mismo diciéndole que por

qué le hacia aquel agravio y afrenta, dicen que le dió de palos para

que se cumpliese el proverbio, agraviado y aporreado. Fuése á quejar de

sus agravios al Teniente de Gobernador que en aquella villa residia,

llamado Pedro de Vadillo; halló en él el abrigo que siempre hallaron en

las justicias destas Indias y ministros del Rey los indios, éste fué

que lo amenazó que le haria y aconteceria si más venia á él con quejas

de Valenzuela, y áun dijeron que lo hecho en la cárcel ó en el cepo. El

triste, no hallando remedio en aquel ministro de justicia, despues que

le soltaron, acordó de venir á esta ciudad de Sancto Domingo á quejarse

á la Audiencia de las injurias y denuestos rescibidos, con harta

pobreza, cansancio y hambre, por no tener dinero ni de que habello. El

Audiencia le dió su carta de favor, pero remitiéndolo al dicho teniente

Vadillo sin otro remedio; y ésto fué tambien el consuelo que las

Audiencias, y aún tambien el Consejo del Rey, que reside en Castilla,

daban á los agraviados y míseros, remitillos, conviene á saber, á los

agraviantes y sus propios enemigos. Tornado á la villa, que estaba

30 leguas, presentó sus papeles, y la justicia que halló en Vadillo,

fué, segun se dijo, tratándolo de palabra y con amenazas peor que de

primero; pues sabido por su amo Valenzuela, no fueron menores los

malos tractamientos y asombramientos, que lo habia de azotar, y matar,

y hacer y acontecer, y aún, segun yo no dudo, por la costumbre muy

envejecida, y el menosprecio en que los indios fueron siempre tenidos,

señores y súbditos, y la libertad y duro señorío que los españoles

sobre ellos tuvieron para los afligir, sin temor de Dios y de la

justicia, que le daria de palos ó bofetadas ántes que dalle de cenar,

para consuelo y descanso de su camino. Sufrió las nuevas injurias y

baldones el cacique Enriquillo (llamábanlo así los que lo cognoscieron

niño, cuando estaba con los padres de Sant Francisco, y de allí nació

nombrallo comunmente por este nombre diminutivo), sufriólas, digo y

disimuló, y habida licencia de su amo, que con más justa razon pudiera

ser señor suyo el indio, porque acabado el tiempo que eran ciertos

meses del año que se remudaban las cuadrillas para venir á servir, y

el Cacique era el que iba y venia, y los traia, y el que si faltaba

un indio que no viniese, lo habia él de llorar y padecer, con cárcel

é injurias, y aún palos y bofetadas, y otras angustias y denuestos,

vuelto á su tiempo, confiado en su justicia y en su tierra, que era

áspera, donde no podian subir caballos, y en sus fuerzas y de sus

pocos indios que tenia, determinó de no ir más á servir á su enemigo,

ni enviarle indio suyo, y por consiguiente, en su tierra se defender;

y ésto llamaron los españoles y llaman hoy, alzarse y ser rebelde

Enrique, y rebeldes y alzados los indios, que con verdad hablando

no es otra cosa sino huir de sus crueles enemigos, que los matan y

consumen, como huye la vaca ó buey de la carnecería; el cual, como no

fuese ni llevase indios para el servicio de Valenzuela en el tiempo

establecido, estimando el Valenzuela que por los agravios rescibidos

estaria enojado y alborotado, y como ellos decian, alzado, fué con 11

hombres á traello por fuerza y sobre ello maltratallo. Llegado allá,

hallólo á él y á su gente no descuidado, sino con armas, que fueron

lanzas, por hierros clavos y huesos de pescados, y arcos, y flechas, y

piedras y lo demas de que pudieron armarse; saliéronle al encuentro,

y el cacique Enriquillo delante, y dijo á Valenzuela que se tornase,

porque no habia de ir con él, ni de sus indios nadie, y como el mozo

Valenzuela lo tuviese como esclavo y mayor menosprecio que si fuera

estiércol de la plaza, como todos los españoles han tenido siempre y

tienen á estas gentes por más que menospreciadas, comenzó á decirle

de perro y con todas las injuriosas palabras que se le ofrecieron

denostalle, y arremete á él y á los indios que estaban con él, los

cuales dan en ellos, y con tanta priesa, que le mataron uno ó dos de

sus españoles, y descalabraron á todos los más, y los otros volvieron

las espaldas. No quiso Enrique que los siguiesen, sino que los dejasen

ir, y dijo á Valenzuela: «Agradecé, Valenzuela, que no os mato, andad,

ios y no volvais más acá, guardaos.» Tornóse Valenzuela con los suyos

á Sant Juan de la Maguana, más que de paso, y su soberbia lastimada,

puesto que no curada. Suénase luégo por toda la isla que Enriquillo

es alzado, provéese por el Audiencia que vaya gente á subjuzgallo,

juntáronse 70 ó 80 españoles y vánlo á buscar, los cuales, despues de

muy cansados y hambrientos de muchos dias, halláronlo en cierto monte;

salió á ellos, mató ciertos y hirió á otros, y todos desbaratados y

humillados acordaron con harta tristeza y afrenta suya de se tornar.

Cunde toda la isla la fama y victorias de Enriquillo, húyense muchos

indios del servicio y opresion de los españoles, y vánse á refugio

y bandera de Enriquillo, como á castillo roquero inespugnable, á se

salvar, de la manera que acudieron á David, que andaba huyendo de la

tiranía de Saul, todos los que estaban en angustias y los opresos de

deudas y en amargura de sus ánimos, como parece en el primer libro de

los Reyes cap. 22: _Et convenerunt ad eum omnes qui erant in angustia

constituti et oppressi ære alieno et amaro animo, et factus est eorum

Princeps; fueruntque cum eo quasi quadringenti viri_, bien así, por

esta semejanza se allegaron á Enriquillo, de toda la isla, cerca de

300 hombres, sometiéndose á su capitanía, no teniendo él, á lo que

sentí yo, ni áun 100. Enseñábalos él cómo habian de pelear contra los

españoles, si á ellos viniesen, para defenderse; nunca permitió que

algunos de los que á él se venian saliese á hacer saltos ni matar

español alguno, sino solamente pretendió defender á sí é á los suyos

de los españoles, que muchas veces vinieron á subjuzgallo y ofendello.

Cuán justa guerra contra los españoles, él y ellos tuviesen y se le

sometiesen y lo eligiesen por señor y Rey los indios que á él venian,

y los demas de toda la isla lo pudieran justamente hacer, claro lo

muestra la Historia de los Machabeos en la Escritura divina y las

de España que narran los hechos del infante D. Pelayo, que no sólo

tuvieron justa guerra de natural defension, pero pudieron proceder

á hacer venganza y castigo de las injurias, y daños, y muertes, y

disminucion de sus gentes, y usurpacion de sus tierras rescibidas, de

la misma manera y con el mismo derecho; cuanto á lo que toca al derecho

natural y de las gentes (dejado aparte lo que concierne á nuestra

sancta fe, que es otro título añadido á la defension natural en los

cristianos), tuvieron justo y justísimo título, Enrique y los indios

pocos que en esta Isla habian quedado de las crueles manos y horribles

tiranías de los españoles, para los perseguir, destruir, é punir,

é asolar como á capitales hostes y enemigos, destruidores de todas

sus tan grandes repúblicas, como en esta isla habia, lo cual hacian

y podian hacer con autoridad del derecho natural y de las gentes, y

la tal guerra propiamente se suele decir, no guerra sino defension

natural. Cuanto más, que áun Enrique tenia más cumplido derecho, como

es el del Príncipe, porque otro señor ni Príncipe no habia en esta

isla quedado, y así podia proceder al castigo y venganza, secutando

justicia en todos los españoles que hallase; no se puede oponer á ésto,

diciendo, como algunos ignorantes del hecho y del derecho dicen, que

el Príncipe desta isla era el rey de Castilla, y que á él habian de

ocurrir á pedir justicia, porque ésto es falsa lisonja y disparate,

la razon es, porque nunca los Reyes y señores naturales desta isla

reconocieron por superior al rey de Castilla, sino que desde que fueron

descubiertos hasta hoy, de hecho y no de derecho, fueron tiranizados,

muertos en guerras crueles, y opresos siempre con crudelísima

servidumbre hasta que los acabaron, como pareció en el primer libro

y en toda la Historia. Item, nunca hobo en esta isla jamás justicia,

ni jamás se hizo en desagraviar los indios vecinos y moradores della,

y, donde quiera que falta justicia se la puede hacer á sí mismo el

opreso y agraviado. Esta es máxima de los juristas, y la dicta y enseña

la razon natural. Por lo dicho no se deroga el principado supremo y

universal de los reyes de Castilla sobre todo este orbe, concedido por

la Sede apostólica, si en él entraren y dél usaren como entrar deben

y dél usar, porque todo ha de tener órden y se ha de guiar, no por lo

que á cada uno se le antojare, sino por reglas de razon, así como todas

las obras de Dios son por razon guiadas y ordenadas. Destas materias

dejamos escritos, en romance y en latin, grandes tractados.

CAPÍTULO CXXVI.

La gente que con él estaba mataron, contra su voluntad, á dos ó á tres

españoles que venian de la tierra firme y traian mas de 15 ó 20.000

pesos de oro; y, á lo que yo estimo, éstos fueron alguna cuadrilla

ántes que á él se subjetasen, ó andando por la tierra atalayando si

venian españoles, por su mandado. Y algunos males hicieron que él no

les mandaba, pero no los castigaba porque sólo no lo dejasen, solamente

les mandaba que cuando hallasen españoles les tomasen las armas y

los dejasen, y éste fué uno de sus principales cuidados, conviene á

saber, buscar y haber lanzas y espadas, en el ejercicio de las cuales

se hicieron en breve tan ardiles y enseñados como si hobieran sido

muchos años rufianes y que cada dia se acuchillaran; estaban peleando

y acuchillándose con los españoles, cuando los hallaban, pié con pié,

mucha parte del dia, que era cosa de espanto. En muchas veces que

se hicieron en la isla armadas para ir contra él, que por él fueron

desbaratadas, cobraron muchas armas, y siempre los indios que se

alzaban para irse á él trabajaban de hurtar á sus amos armas todas las

que podian; y por donde quiera que andaban fué extraña la vigilancia,

y diligencia, y solicitud que tuvo en guardarse, á sí é á los que con

él estaban, como si toda su vida fuera Capitan en Italia. Tenia sus

guardas y espías en los puertos y lugares por donde sabia que podian

los españoles venir á buscalle. Sabido por las espías y guardas que

tenia en el campo que habia españoles en la tierra, tomaba todas las

mujeres, y niños, y viejos, y enfermos, si los habia, y todos los

que no eran para pelear, con 50 hombres de guerra que siempre tenia

consigo, y llevábalos 10 ó 12 leguas de allí, en lugares que tenia

secretos en aquellas sierras, donde habia hechas labranzas y tenia de

comer, dejando un Capitan, sobrino suyo, tamaño como un codo pero muy

esforzado, con toda la gente de guerra para esperar á los españoles,

los cuales llegados, peleaban contra ellos los indios como leones;

venia luégo de refresco Enrique con sus 50 hombres y daba en ellos

por la parte que le parecia, por manera que los lastimaba, heria y

mataba, y ninguna, de muchas veces que fueron muchos españoles contra

él, hobo que no los desbaratase, llevando siempre la victoria. Acaeció

una vez desbaratar muchos dellos y meterse 71 ó 72 en unas cuevas de

piedra ó peñas, escondiéndose de los indios que iban con el alcance,

y entendiendo que estaban allí quieren los indios allegar leña para

poner fuego y quemallos; mandó Enrique: «no quiero que se quemen, sino

tomaldes las armas, y dejaldos, váyanse», y así lo hicieron, donde se

proveyó bien de espadas, y lanzas, y ballestas, puesto que de éstas no

sabian usar. Destos 70 españoles se metió fraile uno en el monasterio

de Sancto Domingo, de la ciudad de Sancto Domingo, por voto que habia

hecho, viéndose en aquella angustia, no creyendo de se escapar, y dél

hobe lo que deste caso yo aquí escribo. De donde se arguye la bondad

de Enrique bien á la clara, pues pudiendo matar á todos aquellos

españoles, no quiso matarlos, y así tenia mandado, que si no fuese

en el conflicto de la guerra, fuera de ello ninguno á alguno matase.

Si cuando Enrique sobrevenia con sus 50, dejadas las mujeres puestas

en cobro, no habian aún llegado los españoles á donde los indios los

esperaban, era tanta su vigilancia que el primero era él que los

sentia. Tenia esta órden: dormia siempre á prima noche un sueño, segun

le bastaba, y, levantándose, llevaba consigo dos mancebos por pajes,

con sus lanzas, que le llevaban junto, cabe sí, su espada, y creo

que dos espadas, porque las tenia á la cabecera de su hamaca, donde

dormia; él tomaba sus cuentas, y iba rezando el rosario, paseándose

alrededor de todo su real, y así él era el primero, ó de los primeros,

que sentia llegar los españoles y á su gente despertaba. Tuvo para su

seguridad otra buena órden y buenos recaudos, proveyó que se hiciesen

labranzas en muchos é diversos lugares de aquellas sierras y sus chozas

de paja, en 30 y 40 leguas que duran, que estuviesen unos de otros 10

y 12 leguas, á donde las mujeres, y niños, y viejos, una vez en uno

y otra en otro, segun más cómodo serle parecia, y no siempre en uno,

salvaba; y porque tenia muchos perros para montear puercos, que allí

habia y hay infinitos, de que mantenia toda su gente, y tambien mandaba

criar muchas gallinas, y para que los perros ladrando y los gallos

cantando no le descubriesen, tenia cierto pueblo hecho en cierto lugar

escondido para los perros y aves, y allí dos ó tres indios con sus

mujeres, y no más, para curallos, y él y su gente siempre andaban de

allí muy apartados. Cuando enviaba algunos indios, pocos, como dos,

ó tres, ó cuatro, á pescar ó á montear, ó á alguna otra parte, nunca

le habian de hallar en el lugar donde lo dejaron, ni ellos sabian

puntualmente á dónde habian de hallallo; ésto hacia porque si los

españoles los prendiesen, y ninguno dellos pudiese irle á avisar, y á

tormentos descubriesen donde quedaba, no le hallasen; no corria aquel

riesgo cuando muchos enviaba, porque á muchos no fácilmente los habian

de prender todos, y así estimaba que se escaparia dellos quien lo

avisase. Estendióse cada dia más la fama de las victorias y diligencia,

esfuerzo y ardides de guerra de Enrique y de su gente por toda esta

isla, porque, como se dijo, vez ninguna vinieron contra él españoles

que no volviesen descalabrados; por manera que toda la isla estaba

admirada y turbada, y cuando se hacia armada para ir contra él, no

todos iban de buena gana, y no fueran, si por el Audiencia con penas no

fueran forzados; y en ésto pasaron trece y catorce años, en lo cual se

gastaron de la Caja del Rey más de 80 ó 100.000 castellanos. Ofrecióse

un religioso de la órden de Sant Francisco, siervo de Dios, extranjero,

de quien dije arriba que habia traido cierto número de frailes de su

Órden á esta isla, notables personas en letras y en religion, con el

celo de predicar el Evangelio á estas gentes, llamado fray Remigio,

y creo que fué uno de los que á Enrique criaron, á ir á hablallo y

asegurallo viendo que por fuerza no era posible ganallo; lleváronlo en

un navío y echáronlo en tierra en lugar donde poco más ó ménos podian

creer que Enrique ó su gente estaba, y porque en viendo venir navío

por la mar luégo creia que venia gente española á buscallo, para lo

cual ponia suma diligencia en saber dónde desembarcaban, y enviaba

cuadrillas de gente suya para indagallo, llegó cierta cuadrilla dellos

donde aquel padre fray Remigio habia desembarcado. Desque lo vieron

dijéronle si venia por mandado de los españoles á espiallos; respondió

que no, sino que venia á hablar á Enrique para decille que fuese

amigo de los españoles y que no rescibiria daño, y que no anduviese

huyendo y trabajado como andaba, y porque los queria bien se habia

movido á venir á ellos y ponerse á aquellos trabajos. Dijéronle que

debia de mentir, porque los españoles eran malos y siempre les habian

mentido, y ninguna fe ni verdad les habian guardado, y que él los

debia de querer engañar, como los demas, y que estaban por matallo.

Vídose el sancto fraile harto atribulado, pero como Enrique les habia

prohibido de que no matasen ningun español, sino en el conflicto cuando

peleasen, no lo hicieron, pero desnudáronle todos sus hábitos, hasta

quedar en sus paños menores, y dejáronlo, y repartieron los hartos

entre sí á pedazos; rogábales mucho que hiciesen saber á Enrique como

era uno de los padres de Sant Francisco, y que él holgaria de vello,

que lo llevasen á donde él estaba. Dejáronlo allí é fuéronlo á decir

á Enrique, el cual, así como lo supo, vino luégo á él y mostró por

meneos y por palabras haberle mucho pesado de lo que aquellos indios

habian hecho, y díjole que lo perdonase, aunque habia sido contra su

voluntad, y que no estuviese enojado; manera que tienen los indios

comun de consolar los que ven que están con alguna pena fatigados. El

Padre le rogó y encareció que fuese amigo de los españoles y sería

bien tractado desde en adelante; respondió Enrique que no deseaba más

otra cosa, pero que ya sabia quién eran los españoles y cómo habian

muerto á su padre, y abuelo, y á todos los señores y gentes de aquel

reino de Xaraguá, y toda la isla despoblado. Y, refiriendo los daños

y agravios que de Valenzuela habia recibido, dijo que por no ser por

él ó por ellos muerto, como sus padres, se habia huido á su tierra,

donde estaba, y que ni él ni los suyos hacian mal á nadie, sino

defenderse contra los que venian á captivallos y matallos, y que para

vivir la vida que hasta entónces habian vivido en servidumbre, donde

sabia que habian todos de perecer, como sus pasados, no habia de ver

más español para conversallo. Pidióle el Padre que le mandase dar sus

hábitos; díjole que los habian rompido los indios y repartido entre

sí á pedazos, de lo cual le pesaba en el ánima, y porque el navío que

lo habia traido andaba por allí á vista barloventeando, hiciéronle

señales, y acercándose á tierra con su barca, Enrique besó la mano al

Padre y despidióse dél cuasi llorando, y los marineros rescibieron al

Padre y cubriéronlo con sus capas, y volviéronlo á esta ciudad y á su

casa, donde no le faltaron hábitos, aunque no de seda sino de los que

tenian, segun su pobreza.

CAPÍTULO CXXVII.

De como se levantó un indio llamado Ciguayo que atemorizó toda

la isla con las muertes de españoles que hizo, al cual en fin

mataron.--Levantóse otro llamado Tamayo que hizo tambien muchas muertes

y daños.--De como á Enrique pesaba desto, y procuró traerlo á su

compañía porque no hiciese daño, y lo trujo.--De muchas armadas que

hicieron contra Enrique, en especial una donde hobo habla y concierto,

entre Enrique y el Capitan, de paz, y de la liberalidad de Enrique en

dar el oro que tenia, y de la indiscrecion del Capitan, etc.

Cobraron ánimo algunos de los indios pocos que en la isla habia, viendo

que Enrique prevalecia, y levántose un indio que llamaban el Ciguayo,

y debia ser del linaje de los ciguayos, generacion señalada que vivia

y poblaba las sierras que hacian la Vega Real, aguas vertientes á la

mar del Norte, la costa más arriba desta isla, de quien mucho tractamos

arriba en el libro I. Este Ciguayo, que era hombre valiente aunque

encueros como los otros, alcanzó una lanza con su yerro de Castilla,

y creo que una espada (no supe á qué español servia); dejó al que lo

oprimia, llegó á sí obra de 10 ó 12 indios, y con ellos comienza á

hacer saltos en españoles, en las minas y en las estancias ó haciendas

del campo, donde andaban dos y cuatro, y así pocos juntos, y mataba

á todos los que hallaba, de tal manera que puso pavor y espanto, y

extraño miedo en toda la isla; ninguno pensaba estar seguro ni aún

en los pueblos de la tierra dentro, sino con temor del Ciguayo todos

vivian. Finalmente, juntáronse cierta cuadrilla de españoles, y

siguiéronlo muchos dias, y hallado, dan en él; él dá en ellos como un

rabioso perro, de la manera que si estuviera armado de hierro desde los

piés á la cabeza, y peleando todos reciamente, retrújose el Ciguayo en

una quebrada, y allí, peleando, un español lo atravesó con una media

lanza, y atravesado peleaba como un Hector; finalmente, desangrándose

y perdiendo las fuerzas, llegaron todos los españoles y allí lo

fenecieron; huyeron todos sus compañeros en tanto que con él lo habian,

que tuvieron poco que hacer con él. Muerto el Ciguayo; levántose otro

indiazo, valiente de cuerpo y de fuerzas, llamado Tamayo, y comienza

con otra cuadrilla que juntó á proseguir las obras del Ciguayo,

salteando á los que estaban fuera de los pueblos. Este hizo mucho daño

y causó grande miedo y escándalo en esta isla, mató muchos, y algunas

mujeres españolas, y cuantos hallaba sólos en las estancias, que no

dejaba persona á vida, y toda su codicia era tomar ó robar armas,

lanzas y espadas, y tambien la ropa que podia; y ésta fué, cierto, cosa

digna de contarse por maravilla, que habiendo en ésta isla sobre tres ó

cuatro cuentos de ánimas, solos 300 españoles la sojuzgaron, y las tres

y cuatro partes dellas por guerras y con servidumbre horrible en las

minas destruyeron, é que en aqueste tiempo que ésto acaescia, que habia

en esta isla tres ó cuatro mil españoles, sólos dos indios con cada 12

ó 15 compañeros, y no juntos sino, uno agora y otro despues, distintos,

les hiciesen temblar las carnes, no se hallando ni teniendo por seguros

áun en sus pueblos. Esto no se ha de atribuir sino al juicio divino

que quiso mostrarnos tres cosas, la una, que estas gentes, no porque

estuviesen desnudas y fuesen mansuetísimas como lo eran, les faltaba

ánimo ni dejaban de ser hombres; la segunda, que si tuvieran armas como

las nuestras y caballos y arcabuces, no se dejaran estirpar ni raer

de la haz de la tierra, como la raimos y estirpamos; la tercera, que

daba señal de la reprobacion de tales obras, y punicion que en la otra

vida hemos de padecer por tan grandes pecados contra Dios y contra los

prójimos cometidos, si penitencia en ésta no nos vale; y ésto parece

mostrarse por aquello que escribe en el libro de los Jueces, cap. 2.º

y 3.º, que no quiso Dios del todo destruir las gentes de la tierra

de promision para con las que quedaron enseñase á los hebreos sus

pecados, y los castigase tambien con ellas. _Dimisit ergo Dominus omnes

nationes has et cito subvertere noluit. Hæ sunt gentes quas Dominus

dereliquit ut erudiret in eis Israel; dimisitque eas ut in ipsis

esperiretur Israelem utrum audirent mandata Domini quæ præceperat_,

etc. Y aunque aquellos dos, Ciguayo y Tamayo, con sus compañías se

levantaron y infestaron toda esta isla en aquel tiempo sin sabello

Enrique, pero la opinion de toda la tierra era que todo lo mandaba

hacer Enrique, por lo cual vivian todos los vecinos españoles della

con mucho mayor miedo. Entendiendo Enrique las obras que el Ciguayo

hizo y Tamayo hacia, estimando prudentemente lo que en la verdad era,

conviene á saber, que los españoles creerian que por su mandado todo

era hecho, pesábale mucho dello; y ésto yo lo sé muy de cierto, segun

que abajo en el siguiente libro, si place á Dios, más largo lo diré.

Y acaeció tener Enrique consigo, entre los otros, un indio llamado

Romero, sobrino del dicho Tamayo, el cual acordó enviallo á buscar al

Tamayo que andaba hácia los pueblos del Puerto Real y Lares de Guhába,

la penúltima luenga, cerca de cien leguas de allí, é que le rogase que

se viniese para él porque estuviese más seguro, porque un dia que otro

no le acaeciese lo que al Ciguayo acaeció, que los españoles hasta

tomallo lo siguiesen; y que él lo trataria bien y le haria Capitan de

parte de su gente, y todos juntos estando, serían más fuertes para se

defender. El cual, finalmente, persuadido por el sobrino que era harto

cuerdo, se vino con muchas lanzas y espadas y ropa, que habia robado,

para Enrique; rescibiólo Enrique con muy grande alegría, y así estorbó

Enrique grandes daños que Tamayo hiciera por esta isla, de donde se

manifiesta bien la bondad de Enrique, y no ménos la discrecion y

prudencia que tuvo y de que usó, para impedir un hombre á los españoles

tan nocivo que no les hiciese mal, trayéndolo á su compañía por aquella

vía. Casi cada año se hacia armada y junta de españoles para ir contra

Enrique, donde se gastaron del Rey y de los vecinos, muchos millares

de castellanos; entre otras se hizo una de 150 españoles, y quizá más,

cuyo Capitan fué un vecino de la villa que llamaban el Bonao, llamado

Hernando de Sant Miguel, de los muy antiguos desta isla y del tiempo

del primer Almirante. Este habia venido á esta isla muy muchacho, y

como se habia criado en grandes trabajos, en las crudas guerras é

injustas que en ella contra estas gentes se hicieron, así andaba por

las sierras, y sobre las peñas, descalzo como calzado; fuera desto,

era hombre de bien y hidalgo, natural de Ledesma ó Salamanca. Este

anduvo muchos dias tras Enrique, pero nunca lo pudo hallar descuidado,

y, segun estimo si no me he olvidado, tampoco se allegaron á reñir en

batalla. Un dia halláronse los unos de los otros tan cercanos, que,

ninguno pudiendo dañar al otro, se hablaron y oyeron las palabras los

unos de los otros; ésto se pudo así hacer, porque los unos estaban en

un pico de una sierra y los otros en el pico de otra, muy altas y muy

juntas, salvo que las dividia una quebrada ó arroyo muy profundo que

parecia tener de hondo sobre 500 estados. Sintiéndose tan cercanos

los unos de los otros, pidiéronse tréguas y seguro para hablarse;

concedidas de ambas partes para que ninguno tirase al otro con que le

dañase, dijo el Capitan de los españoles que pareciese allí Enrique

para le hablar; pareció Enrique, y díjole el Capitan, que la vida que

tenia y la que hacia tener á los españoles de la isla era trabajosa y

no buena, que sería mejor estar y vivir en paz y sosiego. Respondió

Enrique, que así le parecia á él, y que era cosa que él mucho deseaba

muchos dias habia, y que no quedaba por él, sino por ellos. Replicó

el Capitan que él traia mandamiento y poder de la Real Audiencia,

que mandaba en la ciudad de Sancto Domingo por el Rey, para tratar y

asentar las paces con él y con su gente, que los dejarian vivir en su

libertad en una parte de la isla, donde quisiese y escogiese, sin tener

los españoles que hacer con ellos, con tanto que él ni ellos dañasen á

ninguno ni hiciesen cosa que no debiesen, y que les diese el oro todo

que habian tomado á los españoles que viniendo de tierra firme mataron.

Mostróle, aunque así apartado, la provision que de la Audiencia

llevaba. Dijo Enrique, que le placia de hacer paces y tener amistad

con todos los españoles, y de no hacer mal á nadie y de darles todo

el oro que tenia, con que lo que se le promete se le guarde. Tratando

del cómo y cuándo se verian, concertaron allí, que tal dia el Capitan

fuese con solos ocho hombres y Enrique con otros ocho, no más, á la

costa de la mar, señalando cierta parte, y así, con este concierto, se

apartaron. Enrique provee luégo de cumplir su palabra y envia gente que

haga en el dicho lugar una gran ramada de árboles y ramas, y en ella

un aparador, donde pusieron todas las piezas de oro, que parecia cosa

real; el Capitan dispone tambien de hacer lo mismo, y para celebrar

las paces con mayor alegría y regocijo, aunque indiscretamente, mandó

al navío que por allí cerca andaba, viniese á ponerse frontero y

junto á tierra del dicho lugar concertado, y él viénese por la costa

de la mar con un tamborino y gente con él muy alegres y regocijados;

Enrique, que ya estaba con sus ocho hombres y mucha comida en la ramada

esperando, viendo que el navío se acercaba, y que venia el Capitan con

más gente, y que con tamborino, tañendo y haciendo estruendo, venian

los españoles, pareciéndole que habia excedido de lo asentado, y

temiendo no le hubiesen urdido alguna celada, acordó de negarse, y así

escondióse en el monte con su gente, que debia tener para su guarda, y

mandó á los ocho indios que, cuando llegasen los españoles, les dijesen

que no pudo venir á verse con ellos porque se habia sentido un poco

malo, y que les diesen la comida que les tenia aparejada y todo el oro,

y les sirviesen muy bien y en todo los agradasen. Llegado el Capitan y

los suyos, preguntó por Enrique; respondiéronle los ocho lo que Enrique

les habia mandado; quedó harto pesante de su indiscrecion el Capitan

(ó si no la conoció, quizá), por no haber hallado á Enrique, porque

tenia por cierto, y no se engañaba, que allí la pendencia y escándalo

y miedo de la isla se acababa, puesto que aunque no se acabó del todo,

al ménos suspendióse hasta que despues, como placiendo á Dios en el

libro siguiente se dirá, por cierta ocasion del todo fué acabado; así

que los ocho les dieron de comer y les sirvieron con mucha solicitud,

como los indios suelen, y entregáronles todo el oro sin faltar un

cornado. El Capitan les dió gracias, y díjoles que dijesen á Enrique

como le habia pesado de no haberlo visto y abrazado, y que le pesaba

de su mal, puesto que bien conoció que de industria se habia quedado,

y que fuesen amigos y que no hiciese daño, y que tampoco lo rescibiria

desde adelante. Los españoles se embarcaron y se vinieron á la ciudad,

y los indios se fueron donde estaba su amo. Desde aquel dia no hobo más

cuidado en la isla de seguir á Enrique, ni de ninguna de la partes se

recreció algun daño hasta que del todo se asentaron las paces, que duró

este intervalo cuatro ó cinco años.

CAPÍTULO CXXVIII.

Historia de las Indias (vol. 5 de 5) · 第 1 / 41 段