DON PEDRO. Ya... Pues vete, vete.
FILOMENA. ¿Volverás pronto?
MARÍA. (_En el ángulo de la derecha, quitándose el
delantal._) En seguida... Dime, papaíto: de las remesas
de esperanzas que te hace mi hermano, ¿ha resultado 495
algo positivo?
DON PEDRO. (_Con tristeza._) Nada, hija mía.
MARÍA. Ya ves que ni le han hecho diputado, ni le
ha salido aquel negocio, ni nada...
FILOMENA. Pero en su última carta nos dice, con 500
cierto misterio, que no tardarán en despejarse los horizontes.
MARÍA. (_Arreglándose._) No os fiéis de horizontes, ni
de las nubes esperéis nada bueno. Miradme a mí, que
quiero ser vuestro cielo, y más aun vuestra tierra. Dejadme 505
que os gobierne, que os cuide, que os alimente...
Sed modestos, sencillos, y no soñéis con grandezas alcanzadas
por arte de magia. (_Vuelve al centro ya vestida, el
sombrero en la mano._) Mil veces os lo he dicho y hoy os
lo repito. El noble arruinado no debe obstinarse en 510
aparentar la posición perdida. Hágase cuenta de que se
ha caído de la altura social, y al caer... naturalmente...
cae en el pueblo... en el pueblo de donde todo sale y
a donde todo vuelve.