XVI

¿Qué pasaba en Rodillero?

Las pocas lanchas que habían obedecido a la señal de José, regresaron al

puerto antes del amanecer: sus tripulantes quedaron corridos y pesaroso

al ver que tan ruinmente se les había engañado; mucho más con la matraca

que las mujeres les dieron en casa.

--¡Siempre habías de ser tú el tonto! ¡Cuándo acabarás de saber con

quién tratas, hombre de Dios?[160.3] ¡Ya verás qué marea hoy... ya lo

verás!

Ellos callaban, según su costumbre, reconociendo la verdad que las

asistía,[160.4] y haciendo juramento interior de no caer otra vez en el

lazo.

Pero al entrar el día se modificó un poco la opinión: era tan triste el

aspecto del mar, y el cariz tan feo, que ya no les pesó mucho de la

holganza. Cuando envuelto en un chubasco se sintió en el pueblo el

primer ramalazo del Noroeste, algunos se volvieron a sus esposas

sonriendo:

--¿Qué te parece? ¿Te gustaría que anduviese por la mar ahora, verdad?

Les tocó entonces callar a ellas. El segundo ramalazo, mucho más fuerte

que el primero, puso en conmoción al vecindario. Acudieron hombres y

mujeres a la ribera, y desde allí, a despecho del agua que caía a

torrentes, subieron a San Esteban. El miedo y la zozobra se pintó tan

pronto en todos los semblantes, que advertía bien claramente del

desasosiego supersticioso que había reinado en el lugar todo el

invierno. Las mujeres miraban con el rabillo del ojo a los marineros

viejos: estos torcían el hocico.[161.1] Algunas se arrojaban a

preguntar:

--¿Hay cuidado, tío Pepe?

El tío Pepe, sin apartar los ojos del horizonte, contestaba:

--Muy bueno no está... Pero la mar no dijo todavía «aquí estoy.»

Lo dijo, sin embargo, más pronto de lo que se pensaba. La tormenta vino

repentina, furiosa; la mar se revolvió en un instante de modo

formidable, y comenzó a romper en los _Huesos de San Pedro_, que era el

bajo[161.2] más cercano a la costa: al poco tiempo rompió también en el

_Cobanín_, que era el más próximo por el otro lado de la ensenada. La

muchedumbre que coronaba el monte de San Esteban contempló con pavor los

progresos de la borrasca: algunas mujeres comenzaron a llorar.

Sin embargo, no había aún motivos para afligirse, al decir de los

prácticos; el puerto se hallaba enteramente libre; con tal que no

zozobrasen (y esto era cuenta de ellos,[162.1] pues estaba en su mano el

evitarlo), podían entrar sin peligro en Rodillero. Alguno apuntó:

--¿Y los golpes de mar? ¿Tendrán tiempo a achicar el agua?

--¡Vaya si hay tiempo![162.2]... Pero no parece más que no hemos visto

mares hasta ahora! No hay pueblo como éste para alborotarse por

nada--dijo un marinero bilioso.

La energía con que pronunció estas palabras hizo callar a los pesimistas

y tranquilizó un poco a las mujeres. Desgraciadamente, duró poco su

triunfo: a los pocos minutos la mar rompía en el _Torno_, otro de los

bajos de la barra.

Cerca de la capilla de San Esteban había una casucha que habitaba un

labrador encargado por el gremio de mareantes, mediante un cortísimo

estipendio anual, de encender las hogueras que servían de señal en los

días o noches de peligro. Este labrador, aunque se había embarcado pocas

veces, conocía la mar como cualquier práctico. Después de observarla con

atención un buen rato y haber vacilado muchas veces, sacó de la

corralada[162.3] de su choza una carga de retama seca y tojo, la colocó

en lo más alto del monte y la dio fuego. Era el primer aviso para los

pescadores.

Elisa, que se hallaba entre la muchedumbre, cerca de su madrina, al ver

la hoguera sintió que el corazón se le apretaba; acordose de la

terrible maldición de la sacristana, y todos los presentimientos tristes

y terrores supersticiosos que dormían en su alma, despertaron de golpe.

Procuró, no obstante, reprimirse, por vergüenza, pero comenzó a recorrer

los grupos escuchando con mal disimulada ansiedad los pareceres de los

marineros: cada frase la dejaba yerta.

Entre las gentes se hablaba poco y se miraba mucho; el viento les

azotaba la cara con las últimas gotas del chubasco. La mar crecía

rápidamente: después de romper en los _Huesos de San Pedro_, en el

_Cobanín y_ en el _Torno_, rompió también en otro bajo más separado de

la costa.

--¡Rompió en la _Furada_!... Manuel, puedes encender otra

hoguera--exclamó un marinero.

Manuel corrió a casa de nuevo, trajo otra carga de tojo y la encendió

cerca de la primera. Esto era señal de peligro inminente: si los que

estaban en la mar no se daban prisa a meterse en el puerto, se exponían

a que se les cerrase pronto.

--¿Se ve alguna lancha, Rafael?--preguntó una joven, por cuyas mejillas

rodaban dos gruesas lágrimas.

--Por ahora no; la salsa nos quita mucho la vista.

Ni una vela parecía en el horizonte: el afán, la angustia embargaban de

tal modo a los espectadores, que se pasaban algunos minutos sin que una

voz se alzase entre ellos: todos tenían la vista clavada en el

_Carrero_,[163.1] un corto espacio que la barra de Rodillero tenía

libre, y por donde las lanchas entraban a seguro cuando la mar estaba

picada. Elisa sentía algunas gotas de sudor frío en la frente, y se

agarraba fuertemente a su madrina para no caerse.

Así trascurrió un cuarto de hora. De pronto de aquella muchedumbre salió

un grito, un lamento más débil pero más triste que los rumores del

Océano. Una ola acababa de romper en el _Carrero_. La barra no era ya

más que una franja espumosa: el puerto estaba cerrado.

Manuel, pálido, silencioso, fue a buscar una nueva carga y la encendió

al lado de las otras dos. La lluvia había cesado enteramente y las

hogueras ardían animadas por el viento.

Elisa, al escuchar aquel grito, se estremeció, y por un movimiento

irresistible semejante a inspiración, se alejó corriendo de aquella

escena, bajó a saltos el sendero de los pinos, atravesó el pueblo

solitario, subió la calzada de la iglesia y llegó desalada y jadeante a

sus puertas. Se detuvo un instante a tomar aliento; después hizo la

señal de la cruz, dobló las rodillas y sobre ellas entró caminando por

la nave del templo hasta el altar mayor; pero en vez de parar allí

torció a la derecha y comenzó a subir penosamente la escalera de

caracol[164.1] que conducía al camarín del Cristo. Era la escalera de la

penitencia y sus peldaños de piedra estaban gastados ya por las rodillas

de los devotos; las de Elisa cuando llegó arriba chorreaban sangre.

El camarín era una pieza oscura, tapizada de retratos y ofrendas, con

una ventana enrejada, abierta sobre la iglesia, por donde los fieles

veían la veneranda imagen los días que se oficiaba en su altar. El Santo

Cristo se hallaba, como de ordinario, tapado por una cortina de

terciopelo: Elisa corrió con mano trémula esta cortina y se prosternó.

Poco rato después, unas tras otras, fueron entrando en la estancia

muchas mujeres y prosternándose igualmente en silencio. Algún sollozo,

imposible de reprimir, turbaba de vez en cuando el misterio y la

majestad del adoratorio.

Por la tarde aplacó un poco la mar, y gracias a esto pudo, aunque con

peligro, entrar un grupo numeroso de lanchas en Rodillero: más tarde

entraron otras cuantas, pero al cerrar la noche faltaban cinco: una de

ellas era la de José. Los marineros, que sabían a qué atenerse acerca de

su suerte, porque habían visto perecer alguna, no se atrevían a decir

palabra y contestaban con evasivas[165.1] a las infinitas preguntas que

les dirigían: ninguno sabía nada; ninguno había visto nada. La ribera

siguió llena de gente hasta las altas horas de la noche;[165.2] pero

según avanzaba ésta, iba creciendo el desaliento. Poco a poco también la

ribera se fue despoblando; sólo quedaron en ella las familias de los que

aún estaban en la mar. Al fin éstas, perdida casi enteramente la

esperanza, abandonaron la playa y entraron en el pueblo con la muerte en

el alma.

¡Horrible noche aquélla! Aún suenan en mis oídos los ayes desgarradores

de las esposas infelices, de los niños que llamaban a sus padres. El

pueblo ofrecía un aspecto sombrío, espantoso: la gente discurría por la

calle en grupos, formaba corros a la puerta de las casas; todos se

hablaban a voces. Las tabernas estaban abiertas, y en ellas los hombres

disputaban acaloradamente, echándose unos a otros la culpa de la

desgracia. De vez en cuando, una mujer desgreñada, convulsa, cruzaba por

la calle lanzando gritos horrorosos que erizaban los cabellos. Dentro

de las casas también sonaban gemidos y sollozos.

A este primer momento de confusión y estrépito, sucedió otro de calma,

más triste aún y más aciago, si posible fuera. La gente se fue

encerrando en sus viviendas, y el dolor tomó un aspecto más resignado.

¡Dentro de aquellas pobres chozas, cuántas lagrimas se derramaron! En

una de ellas, una pobre vieja, que tenía a sus dos hijos en la mar,

lanzaba chillidos tan penetrantes, que las pocas personas que cruzaban

por la calle se detenían horrorizadas a la puerta; en otra, una infeliz

mujer que había perdido a su marido, sollozaba en un rincón, mientras

dos criaturitas de tres o cuatro años jugaban cerca comiendo avellanas.

Cuando Dios amaneció,[166.1] el pueblo parecía un cementerio. El cura

hizo sonar las campanas llamando a la iglesia, y concertó, con los

fieles que acudieron, celebrar al día siguiente un funeral[166.2] por el

reposo de los que habían perecido.

Pero hacia el medio día corrió la voz, sin saber quién la trajera, de

que algunas lanchas de Rodillero habían arribado[166.3] al puerto de

Banzones, distante unas siete leguas. Tal noticia causó una emoción

inmensa en el vecindario: la esperanza, muerta ya, renació de pronto en

todos los corazones. Tornaron a reinar la confusión y el ruido en la

calle; despacháronse propios veloces para que indagasen la verdad; los

comentarios, las hipótesis que se hacían en los corrillos eran

infinitos. El día y la noche se pasaron en una ansiedad y congoja

lastimosas; las pobres mujeres corrían de grupo en grupo, pálidas,

llorosas, queriendo sorprender en las conversaciones de los hombres algo

que las animase.

Por fin, a las doce llegó la nueva de que eran dos lanchas solamente las

que habían arribado a Banzones. ¿Cuáles? Los propios no lo sabían o no

querían decirlo. Sin embargo, al poco rato comenzó a cundir secretamente

la noticia de que una de ellas era la de José, y otra la de Toribio.

Allá, a la tarde,[167.1] un muchacho llegó desalado, cubierto de sudor y

sin gorra.

--¡Ahí están, ahí están!

--¿Quiénes?

--¡Muchos, muchos! ¡Vienen muchos!--acertó a decir con trabajo, pues le

faltaba respiración.--Estarán ahora en Antromero.

Entonces se operó una revolución indescriptible en el pueblo: los

vecinos todos, sin exceptuar uno, salieron de sus casas, se agitaron en

la calle breves instantes con estruendo, y formando una masa compacta,

abandonaron presurosos el lugar. Aquella masa siguió el camino de

Antromero, orillas de la mar, en un estado de agitación y angustia que

es difícil representarse. Los hombres charlaban, haciendo cálculos

acerca del modo que habrían tenido sus compañeros de salvarse: las

mujeres iban en silencio arrastrando a los niños que se quejaban en vano

de cansancio. Después de caminar media legua, en cierto paraje

descubierto, alcanzaron a ver a lo lejos un grupo de marineros que hacia

ellos venían con los remos al hombro. Un clamor formidable salió de

aquella muchedumbre. El grupo de los pescadores respondió ¡hurra!

agitando en el aire las boinas. Otro grito de acá; otro en seguida de

allá. De esta suerte se fueron acercando a toda prisa y muy pronto

llegaron a tocarse.

¡Escena gozosa y terrible a la vez! Al confundirse el grande y el

pequeño grupo, estallaron a un tiempo ayes de dolor y gritos de alegría.

Las mujeres abrían los ojos desmesuradamente buscando a los suyos, y no

hallándolos, rompían en gemidos lastimeros y se dejaban caer al suelo

retorciéndose los brazos con desesperación: otras, más afortunadas, al

tropezar con el esposo de su alma, con el hijo de sus entrañas,[168.1]

se arrojaban a ellos como fieras, y permanecían clavadas a su pecho sin

que fuerza en el mundo fuera bastante a despegarlas. Los pobres

náufragos, objeto de aquella calurosa acogida, sonreían queriendo

ocultar su emoción, pero las lágrimas les resbalaban, a su pesar, por

las mejillas.

Elisa, que iba entre la muchedumbre, al ver a José, sintió en la

garganta un nudo tan estrecho,[168.2] que pensó ahogarse: llevose las

manos al rostro y rompió a sollozar procurando no hacer ruido. El

marinero sintiose sujeto, casi asfixiado por los brazos de su madre: mas

por encima del hombro de ésta, buscó con afán a su prometida. Elisa

levantó el rostro hacia él y sus ojos se encontraron y se besaron.

Pasado el primer momento de expansión, aquella masa de gente tornó a

paso lento hacia el pueblo. Cada uno de los náufragos viose rodeado

inmediatamente por un grupo de compañeros, los cuales se enteraban por

menudo[168.3] y con interés de las peripecias de la jornada:[168.4] sus

mujeres iban detrás; algunas veces para cerciorarse de que los tenían

vivos les llamaban por su nombre, y al volver ellos el rostro no tenían

qué decirles.

Aquella misma tarde se convino dar gracias a Dios al día siguiente con

una solemne fiesta. Resultó que casi todos los marineros salvados habían

ofrecido lo mismo, oír misa descalzos en el altar del Cristo: era una

oferta muy común en Rodillero en los momentos de peligro y que venía de

padres a hijos. Y en efecto, a la mañana siguiente se reunieron en la

ribera, y desde allí, cada compaña con su patrón a la cabeza, se

encaminaron lentamente hacia la iglesia descalzos todos y con la cabeza

descubierta. Marchaban graves, callados, pintada en sus ojos serenos la

fe sencilla y ardiente a la vez del que no conoce de esta vida más que

las amarguras. Detrás marchaban las mujeres, los niños y los pocos

señores que había en el pueblo, silenciosos también, embargados por la

emoción al ver a aquellos hombres tan fuertes y tan ásperos humillarse

como débiles criaturas. Las viudas, los huérfanos de los que habían

quedado en la mar iban también allí a rogar por el descanso de los

suyos: se habían puesto un pañuelo, un delantal, una boina, cualquier

prenda de color negro que les fue posible adquirir en el momento.

Y en la pequeña iglesia de Rodillero el milagroso Cristo les aguardaba

pendiente de la cruz, con los brazos abiertos. Él era también un pobre

náufrago, libertado de las aguas por la piedad de unos pescadores; había

probado como ellos la tristeza y la soledad del océano y el amargor de

sus olas. Doblaron la rodilla y hundieron la cabeza en el pecho,

mientras la boca murmuraba plegarias aprendidas en la niñez, nunca

pronunciadas con más fervor. Los cirios de que estaba rodeada la

sacrosanta imagen chisporroteaban tristemente; de la muchedumbre salía

un murmullo levísimo. La voz cascada y temblorosa del sacerdote que

oficiaba rompía de vez en cuando el silencio majestuoso del templo.

Al concluirse el oficio, Elisa y José se encontraron en el pórtico de la

iglesia y se dirigieron una tierna sonrisa; y con ese egoísmo inocente y

perdonable que caracteriza al amor, olvidaron en un punto toda la

tristeza que en torno suyo reinaba, y en viva y alegre plática bajaron

emparejados la calzada del pueblo, dejando señalado,[170.1] antes de

llegar a casa, el día de su boda.

José · 第 34 / 39 题