XV

Trascurrieron los tres meses que la ley señala para esperar el consejo

paterno: no se pasaron tan alegres como podía presumirse. Elisa no

estaba contenta en casa de su madrina: era una vieja egoísta e

impertinente que no cesaba en todo el día de reñir con las gallinas, con

el cerdo y con los gatos. Acostumbrada a este gruñir y rezar constante,

pronto consideró a su ahijada como uno de tantos animales domésticos, y

le prodigó los mismos discursos: de vez en cuando le echaba en cara

directa o indirectamente el favor que la hacía; favor que la joven había

prometido pagar cuando estuviese en posesión de sus bienes. Además, la

rebelión contra su madre la traía pesarosa;[146.1] sentía

remordimientos; lloraba a menudo; más de una vez se sintió tentada a

volverse a casa, echarse a los pies de señá Isabel y pedirla perdón.

José la sostenía con su pasión enérgica y dulce a la par[146.2] en estos

momentos de flaqueza, tan propios en una hija buena y sencilla. No salía

apenas a la calle: sólo a la hora del oscurecer, cuando su novio venía

de la mar, hablaba algunos cortos instantes con él a la puerta de casa,

delante de su madrina, quien no se alejaba un punto de ellos, más por el

gusto de estorbarles, que para guardar a su ahijada. Tal vez que otra,

muy rara,[146.3] salían de paseo los tres por algún camino extraviado,

de suerte que nadie los viese: la inocente muchacha imaginaba que su

conducta era juzgada severamente en Rodillero, y que todos la

reprobaban. No era verdad: los vecinos del lugar, sin faltar uno,

hallaban justificada su resolución, y se habían alegrado no poco de

ella: la maestra era generalmente odiada.

Hubo un suceso también que les impresionó dolorosamente, lo mismo a ella

que a José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. D. Fernando de la

casa de Meira había desaparecido de Rodillero pocos días después de

haberse depositado a Elisa; de nadie se despidió, y nadie supo a dónde

se había dirigido: todas las indagaciones que se hicieron para averiguar

su paradero, fueron infructuosas. José experimentó un gran disgusto:

precisamente tenía ya ahorrados de la costera del bonito cerca de tres

mil reales que pensaba darle en seguida a cuenta de los diez mil que de

él había recibido, figurándose, no sin razón, que los dineros con que se

había quedado[147.1] de los catorce mil que D. Anacleto le había pagado

por la casa, andarían muy cerca de concluirse. Volvíase loco pensando

que acaso hostigado por la necesidad, y no queriendo de vergüenza

pedirle nada, se habría huido por el mundo[147.2] el buen caballero a

quien tantos favores debía. Salió expeditamente él mismo en su busca,

abandonando para ello lancha y trabajo; pero después de recorrer durante

cuatro días todos los contornos y haber extendido la excursión a varios

puntos distantes de la provincia preguntando en todos los parajes, viose

necesitado a regresar sin saber nada. Esto le tenía muy apesadumbrado.

La costera del bonito había sido tan buena aquel año como el anterior:

la lancha que José había comprado a un armador vizcaíno, trabajó

admirablemente todo el verano: la compaña, en la cual figuraban como

antes el satírico Bernardo y el tremendo Corsario, estaba contentísima,

no sólo por las ganancias que percibía, sino por ver al pobre José, a

quien todos apreciaban de veras, al cabo de sus desgracias y en vísperas

de ser feliz. Repetíase sin notables variantes lo que pasaba en el

comienzo de esta historia: Bernardo embromaba a sus compañeros, y en

particular al Corsario, con faramallas divertidas como la de la piedra

de marras:[148.1] José no salía tampoco ileso de ellas. A menudo le

preguntaba:--¿Pero cuándo vemos esa comedia, muchacho? Mira tú que se

van a marchar los cómicos.--Todos estaban al tanto de lo que aquello

significaba, y reían, recordando la promesa que José les había hecho el

año anterior, de darles dinero el día de su matrimonio para ir a Sarrió

a ver una función de teatro. La única diferencia, y de ello no les

pesaba nada, era que este año había mucha sardina: los viejos, mientras

ellos corrían por la altura aferrando bonitos, se mantenían cerca de la

costa, con las barcas chicas, y mañana y tarde solían volver a casa

cargados de pescado. En pocos meses había entrado mucho dinero en el

pueblo: las fábricas de escabeche funcionaban noche y día; no se veían

por la calle sino maragatos y carros atestados de barriles. El cuerno de

la abundancia se había vaciado de golpe sobre Rodillero; y, como sucedía

siempre en tales casos, en vez de separar una parte de las ganancias

para comer en los días de miseria, todas se invertían en las tabernas y

en el mercado. Entre los pescadores no se conoce apenas el ahorro; pero

hay disculpa para ello: el peligro constante en que viven les arranca la

facultad de prever, que tan desarrollada está entre los campesinos; el

trabajo rudo y sombrío a que se entregan les hace apetecer con ansia los

momentos de expansión y la alegría ruidosa que el vino comunica.

Sucedió lo que era de esperar: en pos de los bienes, los males.

Terminada la costera del bonito, y también casi dando las

boqueadas[149.1] la de la sardina, quedaron las lanchas paradas algún

tiempo esperando la merluza y el congrio. Los marineros, durante este

tiempo de holganza, vivían en las tabernas o se paseaban en pandillas,

según su costumbre, por las riberas de la mar escrutando y dando su

opinión sobre las velas que cruzaban por el horizonte. En estos días se

comieron lo que les restaba de los pingües quiñones del verano.

Pero el invierno no se presentó benigno. Cuando empezaron a salir al

congrio y la merluza, volvían la mayor parte de los días sin nada o con

muy poco pescado. Además, en varias ocasiones sintieron algunos

latigazos del Noroeste, que les puso en cuidado. Dejaron entonces de

pescar, y aguardaron que llegase la época propicia para el besugo. El

mes de Diciembre siguió aún más rudo y tornadizo[149.2] que el de

Noviembre; mas como no había otro remedio que ir a la mar, bajo pena de

morirse de hambre o salir a pedir limosna por las aldeas, cosa que

solamente hacían en el último aprieto, comenzaron a trabajar en la pesca

del besugo, aunque recelosos y prevenidos para cualquier evento. El

tiempo fue de mal en peor: algunos días serenos llegaban que les hacían

concebir esperanzas de mejoría; pero al instante se cambiaba y volvía a

mostrarse con cariz feo y huraño.[150.1] Cierta especie propalada por

el lugar les infundió aún más recelo: se decía que un muchacho había

visto varias noches salir de la ribera tres de las lanchas, tripuladas

por hombres vestidos de blanco, y que al cabo de dos o tres horas las

veía entrar de nuevo solas. No es fácil representarse el terror que esta

noticia produjo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres: los hombres

también estaban tristes y medrosos, pero lo disimulaban.

A la general tristeza que en el pueblo reinaba, y de la cual

participaban, no en pequeña porción, Elisa y José, se añadió para éstos

una desgracia que les conmovió hondamente: se supo de modo

evidente[150.2] que D. Fernando de Meira había sido encontrado muerto en

un camino de sierra, allá hacia la montaña[150.3] de León. Se dio por

supuesto[150.4] entre los vecinos que el caballero iría[150.5] a buscar

dinero a réditos[150.6] por la noche, según su costumbre, y se habría

matado[150.7] de una caída; pero algunos, sin respeto a la memoria del

comendador de Villaplana, del procurador de las Cortes de Toro, del

presidente del Consejo de Italia y del oidor de la Audiencia de Méjico,

aseguraban que D. Fernando iba pidiendo limosna y se había muerto de

hambre y de frío. Sea de esto lo que quiera,[150.8] su muerte causó en

todo el pueblo triste impresión, porque era universalmente querido.

Elisa le lloró como a un padre, y José anduvo muchos días

caviloso[150.9] y taciturno. Pero al cabo, los preparativos de boda

consiguieron secar las lágrimas de ambos y ocupar exclusivamente su

atención. Habían pensado casarse en los primeros días de Diciembre; mas

no fue posible por algunas dificultades que el cura puso y necesitaron

vencer; y también porque no hallaron casa. José no quería de modo

alguno vivir con su madre, pues conociéndole el genio, sabía que Elisa

iba a tener disgustos, por más que aquélla ya la amase entrañablemente.

Quedó aplazado el matrimonio para año nuevo. Los preliminares, tan

sabrosos siempre para los enamorados, no lo fueron tanto en esta ocasión

por las particulares circunstancias en que se hallaban y por la

atmósfera de tristeza que pesaba sobre el pueblo.

El tiempo vino tan recio[151.1] y la desconfianza de la marinería era

tanta, que reunidos los patrones de las lanchas, acordaron velar todas

las noches tres de ellos, para reconocer atentamente el estado de la mar

y del cielo, y en vista de sus observaciones, decidir si se había de

llamar a la gente o no. Además, como generalmente se salía antes de

amanecer, se previno que la lancha que saliese primero o fuese delante

pusiese una luz en la proa, en caso de que hallase peligroso el

continuar, la cual serviría de señal a las otras para volverse al

puerto. Dos noches antes del suceso que vamos a narrar le tocó a José

hacer la guardia con otros dos; vieron malo el cariz y no quisieron

avisar. Pero como hacía ya algunos días que estaba la pesca parada y

comenzaba a dejarse sentir el hambre, algunos murmuraron en la taberna

de esta determinación; el día había mejorado un poco, aunque no mucho.

Por la noche se quedaron de vela otros tres patrones, los cuales

vacilaron mucho tiempo antes de dar al muchacho la orden de

_revolver_,[151.2] porque el semblante era feo y sucio como pocas veces;

mas al fin la dieron, pensando en la miseria de la gente o temiendo

acaso las murmuraciones.

José fue uno de los primeros que llegaron a la ribera.

--¡Ave María, qué barbaridad![152.1]--exclamó, mirando al cielo.--¡Vaya

una noche que han escogido para salir a la mar!

Pero era demasiado prudente para alarmar a sus compañeros, y demasiado

bravo para negarse a salir. Se calló, y ayudado de sus compañeros botó

al agua la lancha: como estaba la más próxima, quedó a flote y aparejada

la primera. En cuanto la compaña estuvo a bordo, comenzaron a bogar.

Eran más hombres que en el verano, lo cual sucede siempre, tanto porque

en el invierno la gente no se reparte en otras faenas, cuanto porque a

causa de las frecuentes calmas, es preciso que haya bastantes remos en

las lanchas. En la de José iban catorce.

Después que se hubieron apartado del puerto una milla, José dio la orden

de izar vela. Las lanchas asturianas llevan siempre cinco, que son por

orden de magnitud: la _mayor_, la _cebadera_, el _trinquete_, el

_borriquete_ y la _unción_,[152.2] las cuales se combinan diversamente

según la fuerza del viento: la _unción_, que es la más pequeña, lleva

este nombre terrible, porque se iza sola cuando están a punto de

perecer.

--¿Qué izamos, José?--preguntó uno.

--Los trinquetes--respondió éste secamente.

Los marineros pusieron la cebadera en el medio y el trinquete en la

proa, pues tal era lo que la orden significaba.

La noche estaba oscura, pero no encapotada; el cielo se mostraba

despejado a ratos; las nubes negras y redondas corrían con extraña

velocidad, lo cual manifestaba claramente que el viento soplaba

huracanado arriba, por más que abajo no se hubiese aún dejado sentir

con fuerza. Esto tenía sumamente inquieto y preocupado a José, quien no

apartaba la vista del cielo. Iban todos silenciosos y tristes; el frío

les paralizaba las manos, y el temor, que no podían ocultar, la lengua;

echaban también frecuentes miradas al firmamento, por donde corrían cada

vez con más furia las nubes; la mar estaba gruesa y sospechosa.

Así caminaron un cuarto de hora, hasta que José rompió de súbito el

silencio lanzando una interjección.

--...¡Esto es una porquería! ¡Hoy no salen a la mar ni los perros!

Tres o cuatro marineros se apresuraron a decir:

--Tienes razón.--Es un tiempo cochino.--Está bueno para los cerdos, no

para los hombres.

--Por nosotros, José--concluyó diciendo uno,--no sigas adelante... Si te

parece, da la vuelta[153.1]...

José no respondió: siguió callado unos minutos hasta que, levantándose

de pronto, dice en tono resuelto:

--Muchacho, enciende ese farol... A cambiar.[153.2]

El rapaz encendió el farol, y lo colocó en la proa con visible

satisfacción. Los marineros ejecutaron la maniobra, satisfechos también,

aunque sin mostrarlo.

La lancha comenzó a navegar orzada hacia Rodillero. Al instante vieron

encendidas, allá a lo lejos, unas después de otras, las luces de todas

las lanchas. Esto significaba que todas habían visto la señal y se

volvían al puerto.

--¡Si no podía menos![153.3]--dijo uno.

--¡Quién va con ganas a la mar hoy!--dijo otro.

--Pero esos borricos de Nicolás y Toribio, ¿por qué mandaron revolver?

Se les había desatado la lengua a todos. Mas después de caminar un rato

hablando, observó José por sotavento el bulto de una lancha que pasaba

no muy lejos de la suya, sin luz en la proa.

--Alto, muchachos--dijo.--¿Qué diablos es esto? ¿A dónde va esa lancha?

--Pregunta.

El patrón se puso en pie y haciendo con las manos una bocina, gritó:

--¡Ah de la lancha![154.1]

--¿Qué quieres, José?--contestó el de la otra, que le conoció por la

voz.

--¿A dónde vas, Hermenegildo?--preguntó José, que también le había

conocido.

--A la playa--repuso el otro acercándose cuanto pudo.

--¿Pero no habéis encendido los faroles después que yo lo puse?[154.2]

--Sí, pero conozco muy bien a este pueblo: te habrán enseñado los

faroles, sin hacer maldito el caso[154.3]... ¿Cuánto me apuestas a que

todos los barcos amanecen hoy[154.4] en la playa?

--¡Malditos envidiosos!--exclamó José por lo bajo, y dirigiéndose a la

tripulación:--A cambiar otra vez... El día menos pensado va a haber una

desgracia por estas cicaterías...

Los marineros ejecutaron la maniobra de mal humor.

--¿No te dije muchas veces, José--apuntó Bernardo,--que en este pueblo

cualquiera se queda tuerto porque el vecino ciegue?[154.5]

El patrón no contestó.

--Lo gracioso[154.6] es--observó otro--que esos babiecas piensan que

van a engañarse, cuando aquí al que más y al que menos, le duelen los

riñones de saber con qué bueyes ara.[155.1]

--La risa será cuando nos veamos todos, así que amanezca--añadió un

tercero.

--Ya veréis si cualquier día sucede algo--dijo otra vez

José,--cómo[155.2] no ha de faltar a quien echar la culpa.

--Eso siempre--repuso Bernardo con gravedad cómica.

Después de estas palabras reinó silencio en la lancha. Los marineros

contemplaban taciturnos el horizonte: el patrón observaba cuidadosamente

el cariz y se mostraba cada vez más inquieto, apesar de que hubo un

instante en que el cielo apareció despejado casi por entero. Pero no

tardó en cubrirse de nuevo. Sin embargo, el viento no soplaba duro sino

arriba: hacia el amanecer también aquí se calmó. La aurora fue triste y

sucia como pocas: la luz se filtraba con enorme trabajo por una triple

capa de nubes.

Cuando llegaron a la playa, vieron en efecto a casi todas las lanchas de

Rodillero que ya habían echado al agua las cuerdas y pescaban no muy

lejos unas de otras. Hicieron ellos otro tanto[155.3] después de arriar

las velas, y metieron a bordo durante dos horas algunos besugos; no

muchos. A eso de las diez se ennegreció más el cielo y cayó un chubasco

que arrastró consigo un poco de viento: a la media hora vino otro y el

viento sopló más fuerte. Entonces algunas lanchas recogieron los

aparejos, e izaron vela poniendo la proa a tierra: las demás, unas

primero y otras después, siguieron el ejemplo.

--Para este viaje no necesitábamos alforjas--dijo un compañero de José,

amarrando de mal humor el puño del borriquete[156.1] a la proa.

Estaban a unas diez o doce leguas de la costa. Antes de haberse acercado

dos millas a ella, vieron que el cielo se ennegrecía fuertemente hacia

el Oeste: fue tal la negrura, que los marineros se miraron unos a otros

despavoridos.

--¡Madre del alma, lo que allí viene!--exclamó uno.

José había mandado desde el principio, por precaución, izar los

borriquetes, esto es, el trinquete en el medio y el borriquete a proa.

Miró fijamente al Oeste: la negrura se iba acercando rápidamente. Cuando

sintió en el rostro el fresco que precede al chubasco, se puso en pie

gritando:

--¡Arriar en banda escotas y drizas![156.2]

Los marineros, sin darse cuenta tan cabal del peligro, se apresuraron,

no obstante, a obedecer. Las velas cayeron pesadamente sobre los bancos:

y fue bien a punto,[156.3] porque una ráfaga violentísima cruzó silbando

por los palos y empujó con fuerza el casco de la embarcación. Los

marineros dirigieron una mirada a José, que era un voto de gracias y

confianza.

--¡Cómo has olido el trallazo recondenado![156.4]--dijo uno.

Pero al dirigir la vista al mar, observaron que una de las lanchas había

zozobrado: otra vez volvieron los rostros a José, pálidos como difuntos.

--¿Has visto, José?--le preguntó uno con voz ronca y temblorosa.

El patrón cerró los ojos en señal de afirmación. Pero el rapaz que

estaba a proa, al enterarse de lo que había ocurrido, comenzó a

lamentarse a voces.

--¡Ay Virgen Santísima! ¿qué va a ser[157.1] de nosotros? ¡Madre mía!

¿qué va a ser de nosotros?

José, encarándose con él, los ojos centelleantes de cólera, gritó:

--¡Silencio, cochino, o te echo al agua ahora mismo!

El chiquillo, asustado, se calló.

--Traed[157.2] el borriquete al medio y la unción a proa--ordenó

después.

Así se hizo rápidamente: José arribó[157.3] cuanto pudo, teniendo

cuidado de no perder la línea de Rodillero: la lancha comenzó a navegar

con extraordinaria velocidad, porque el viento soplaba impetuoso y cada

vez más recio. No se pasaron muchos minutos sin que se levantase una

formidable marejada o mar del viento, que les impidió ver el rumbo de

las otras lanchas: a intervalos cortos llovía copiosamente. La salsa les

incomodaba bastante y fue necesario que varios hombres se empleasen

constantemente en achicar el agua; pero José atendía más al viento que a

ésta: soplaba tan desigual y traidoramente, que al menor descuido estaba

seguro de zozobrar: otras dos veces se vio precisado a arriar de golpe

las velas para eludir la catástrofe. Últimamente, viendo la

imposibilidad de navegar con dos velas, mandó izar sola la unción. Los

marineros le miraban consternados: a varios de ellos les temblaban las

manos al ejecutar la maniobra.

--Hay que arribar del todo--dijo José, con la voz ronca ya por los

gritos que había dado.--No podemos entrar en Rodillero. Entraremos en

Sarrió.

--Me parece que ni en Sarrió tampoco--repuso un viejo por lo bajo.

--Nada de amilanarse,[158.1] muchachos: ¡ánimo, que esto no es

nada!--replicó el patrón con energía.

Desde el momento en que se resignaron a no entrar en Rodillero y

pusieron la popa al viento, éste ya no dio cuidado, máxime llevando tan

poquísimo trapo. Pero el mar comenzaba a inspirar mucho miedo: la

marejada, ayudada de la mar gruesa de la noche, se había convertido en

verdadera mar de fondo, terrible e imponente. Los golpes que recibían

por la popa eran tan fuertes y continuados, que al fin hubo necesidad de

orzar un poco, presentando el costado a las olas: de otra suerte corrían

peligro inminente de que la lancha se anegase: así y todo,[158.2] muchos

de ellos no cesaban de achicar agua. El movimiento de ésta seguía

aumentando; las olas eran cada vez más altas; la lancha desaparecía

debajo de ellas y por milagro volvía a salir. Uno de los golpes les

llevó el timón: José tomó apresuradamente el que tenía de reserva; pero

al engancharlo, otro golpe se lo arrancó de las manos y metió dos o tres

pipas de agua a bordo.

El rapaz volvió a exclamar sollozando:

--¡Ay, madre de mi alma, estamos perdidos!

José le arrojó la caña del timón, que había quedado sobre el banco, a la

cabeza.

--¡Cállate, ladrón, o te mato!

Y viendo en los rostros de algunos compañeros señales de terror, les

dijo echándoles una mirada feroz:

--¡Al que me dé un grito, le retuerzo el pescuezo!

Aquella ferocidad era necesaria: si el pánico se apoderaba de la

compaña y dejaba un instante de achicar, se iban a pique sin remedio.

Para sustituir al timón, puso un remo en la popa. Con las velas izadas,

es de todo punto[159.1] imposible gobernar con el remo; pero como no

llevaban más que la unción, pudo, a costa de grandes esfuerzos, sujetar

la lancha. Cada golpe que recibían, metía una cantidad extraordinaria de

agua a bordo; y apesar de que un hombre, trabajando bien, puede achicar

con el balde una pipa en ocho o diez minutos, era imposible echarla toda

fuera; les llegaba casi siempre cerca de la rodilla. José no cesaba un

momento de gritar, con la poca voz que le quedaba:

--¡Achicar, muchachos, achicar! ¡Ánimo, muchachos!... ¡achicar, achicar!

Una oleada llevó la boina a Bernardo.

--¡Anda--dijo éste con rabia,--que pronto irá la cabeza!

La situación era angustiosa: aunque procuraban disimularlo, el terror se

había apoderado de todos igualmente: Entonces José, viendo que las

fuerzas les iban a faltar muy pronto, les dijo:

--Muchachos, estamos corriendo un temporal deshecho;[159.2] ¿queréis que

acudamos al Santo Cristo de Rodillero para que nos saque de él?

--Sí, José--contestaron todos con una precipitación que mostraba la

congoja de su espíritu.

--Pues bien; le ofreceremos ir descalzos a oír una misa, si queréis...

Pero es menester que esto sirva para darnos valor... Nada de asustarse.

¡Ánimo y achicar, achicar, muchachos!

La oferta les dio confianza y siguieron trabajando con fe; de tal modo

que en pocos minutos echaron la mayor parte del agua fuera y la lancha

quedó desahogada. José observó que el palo del medio les estorbaba.

--Vamos a desarbolar del medio[160.1]--dijo, y él mismo se abalanzó a

poner las manos en el mástil.

Pero en aquel instante vieron con espanto venir hacia ellos una ola

inmensa, alta como una montaña y negra como una cueva.

--¡José, ya no hay comedia![160.2]--exclamó Bernardo resignado a morir.

El golpe fue tan rudo, que hizo caer de bruces a José, batiéndolo contra

los bancos: la lancha quedó inundada, casi entre aguas. Pero aquél,

aunque aturdido, se alzó bravamente gritando:

--¡Achicar, achicar! Esto no es nada.

José · 第 33 / 39 题