XIV

En la tienda de la maestra se habían congregado, como todas las noches a

primera hora,[136.1] unos cuantos marineros y algunas mujerucas, que

rendían parias a la riqueza y a la importancia de la señá Isabel:

estaban además el cabo de mar y un maragato que traficaba con el

escabeche. La tertulia se mantenía silenciosa y pendiente de los labios

del venerable D. Claudio, el cual, sentado detrás del mostrador en un

antiguo sillón de baqueta,[136.2] leía en alta voz a la luz del velón

por[136.3] un libro manoseado y grasiento.

Era costumbre entre ellos solazarse en las noches de invierno con la

lectura de alguna novela: las mujeres, particularmente, gozaban mucho

siguiendo sus peripecias dolorosas. Porque era siempre una historia

tristísima la que se narraba, y si no los tertulianos se aburrían: una

esposa abandonada de su marido, que a fuerza de paciencia y dulzura

consigue traerle de nuevo a sus brazos; las aventuras de un niño

expósito, que al fin resulta hijo de un duque o cosa que lo

valga;[136.4] los trabajos de dos enamorados a quienes la suerte

persigue cruelmente muchos años. Había dos o tres docenas de estas

novelas en Rodillero, que habían dado ya varias veces la vuelta al

pueblo,[136.5] siempre con el mismo éxito lisonjero y con un poquito más

de grasa cada día en sus folios: todas «concluían bien:» era requisito

indispensable. D. Claudio, que era muy sensible a las desgracias

narradas y solía llorar con[137.1] ellas, cuando estaba

constipado[137.2] nunca dejaba de proponer que se leyese, con objeto de

desahogar un poco la cabeza.

Titulábase la novela que ahora tenía entre las manos, _Maclovia y

Federico, o las minas del Tirol_: era una relación conmovedora de las

desdichas de dos amantes que, habiendo nacido en egregia cuna, por el

rigor de sus padres se ven precisados a ganarse el sustento con las

manos. Federico y Maclovia se casan en secreto: el padre de ésta, que es

un príncipe de malísimas pulgas,[137.3] los persigue: huyen ellos, y

Federico entra de bracero en una mina; su joven esposa le sigue con

admirable valor; tienen un hijo; padecen mil dolores e injusticias: al

fin el príncipe se ablanda y los redime de tanta desgracia, llevándolos

en triunfo a su palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, estaban

sumamente interesados y ansiaban saber en qué paraba.[137.4] De vez en

cuando alguna de aquéllas exclamaba en tono lastimero:

--¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó![137.5]

La compasión era siempre para el elemento femenino de la obra.

La señá Isabel cosía como de costumbre detrás del mostrador al lado de

su fiel esposo; no parecía muy apenada por las desgracias de los jóvenes

amantes. Elisa también estaba sentada cosiendo; pero a menudo se

levantaba de la silla con distintos pretextos, descubriendo cierta

inquietud que desde luego[137.6] llamó la atención de la sagaz maestra.

--¡Pero muchacha, hoy tienes azogue![137.7]

No azogue, sino miedo y muy grande tenía la pobre. ¡Cuántas veces se

arrepintió de haber cedido a los ruegos de José! Pensando en lo que iba

a suceder aquella noche, sentía escalofríos; el corazón le bailaba

dentro del pecho con tal celeridad, que se extrañaba de que los demás no

lo advirtiesen. Había rezado ya a todos los santos del cielo y les había

prometido mil sacrificios si la sacaban con bien[138.1] de aquel

aprieto.--¡Dios mío--solía decirse,--que no vengan!--Y a cada instante

dirigía miradas de terror a la puerta. La señá Isabel observó que unas

veces estaba descolorida, y otras roja como una amapola.

--Oyes, Elisa; tú estás enferma...

--Sí, madre; me siento mal--repuso ella vislumbrando con alegría la idea

de marcharse.

--Pues anda, vete a la cama... será principio de un constipado.

La joven no lo quiso ver mejor,[138.2] y soltando la obra que tenía en

las manos, desapareció rápidamente por la puertecilla de la trastienda.

Subió la escalera a saltos como si huyese de un peligro inminente; pero

al llegar a la sala quedó petrificada oyendo en la tienda la voz de D.

Cipriano.

En efecto, éste y D. Telesforo entraban en aquel instante.

--Buenas noches, señores.

--Buenas noches--contestaron todos.

La maestra quedó muy sorprendida, porque D. Telesforo hacía bastante

tiempo que estaba reñido con ella y no frecuentaba la tienda. Después de

un momento de silencio algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con

amabilidad:

--¿Y Elisita?

--Ahora se ha ido a la cama: se siente un poco mal--repuso la señá

Isabel.

--Pues necesito hablar con ella dos palabritas--replicó el juez apelando

siempre[139.1] a los diminutivos.

La maestra se puso terriblemente pálida, porque adivinó la verdad.

--Bueno, la llamaré--dijo con voz opaca[139.2] levantándose de la silla.

--No es necesario que V. la moleste; yo subiré, si es que no se ha

acostado.

--Subiremos cuando V. quiera...

El juez extendió la mano como para detenerla, diciendo:

--Permítame V., señora Isabel... El negocio que vamos a tratar es

reservado[139.3]... El único que debe subir conmigo es D. Telesforo.

La maestra le clavó una mirada siniestra: D. Cipriano se puso un poco

colorado.

--Yo lo siento mucho, señora, pero es necesario...

Y por no sufrir más tiempo los ojos de la vieja, se apresuró a subir a

la casa,[139.4] seguido del secretario.

El venerable D. Claudio, prodigiosamente afectado con aquella escena,

dejó caer al suelo a la desdichada _Maclovia_, y ya no se acordó de

recogerla. Abría los ojos de tal modo, mirando a su mujer, que era un

milagro del cielo el que no se le escapasen de las órbitas.[139.5] La

maestra, inmóvil, clavada al suelo en el mismo sitio en que la había

dejado D. Cipriano, no perdía de vista la puerta por donde éste había

salido.

--Vamos--dijo al fin con ira concentrada, pasándose la mano por el

rostro;--la niña está en el celo;[139.6] hay que casarla a

escape.[139.7]

--¿Cómo casarla?--preguntó D. Claudio.

Su mujer le echó una mirada de desprecio, y volviéndose a los

circunstantes que estaban pasmados sin saber lo que era aquello, añadió:

--¿Qué; no se han enterado VV. todavía?... Pues está bien claro; que ese

perdido de la viuda necesita cuartos, y quiere llevarme a Elisa.

José oyó perfectamente estas palabras, y se estremeció como si le

hubiesen pinchado. D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole una mano

sobre el hombro; pero él mismo estaba muy lejos de hallarse tranquilo;

por más que se atusase[140.1] gravemente su luenga perilla blanca hasta

arrancársela, la procesión le andaba por dentro.[140.2]

--Yo creía--dijo uno de los tertulios--que eso había concluido hacía ya

mucho tiempo.

--En la apariencia sí--contestó la maestra;--pero ya ven VV. cómo se las

ha arreglado[140.3] ese borrachín para engatusarla otra vez.

--Pero ese es un acto de rebelión por parte de Elisa, que merece un

castigo ejemplar--saltó D. Claudio.--Yo la encerraría en la bodega y la

tendría quince días a pan y agua.

--Y yo te encerraría a ti en la cuadra por borrico--dijo la señá Isabel,

descargando sobre su consorte el fardo de cólera que la abrumaba.

--¡Mujer!... esa severidad... ¿a qué conduce?... Me parece que te ha

cegado la pasión en este momento.

El rostro del maestro, al proferir estas palabras, reflejaba la

indignación y el miedo a un mismo tiempo, y guardaba, aunque no esté

bien el decirlo, más semejanza que nunca con el de un perro dogo.

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió hablando con aparente calma.

--¡Vaya, ya se le contentó el antojo a la viuda!... Hay que alegrarse,

porque si no, el día menos pensado se queda en un patatús.[141.1]

--¡Pero quién había de decir que una chica tan buena como

Elisa!...--exclamó una de las mujerucas.

--A la pobre le han llenado la cabeza de viento--dijo la maestra.--Se

figura que hay en casa torres y montones y que todos son de ella... ¡No

se van a llevar mal chasco ella y su galán![141.2]

--Señora Isabel--dijo el juez, que bajaba en aquel momento,--Elisa ha

solicitado el depósito para casarse y acaba de ratificarse en su

petición... No me queda más remedio que decretarlo... Siento en el alma

darle este disgusto... pero la ley... yo no puedo menos...

La maestra, después de mirarle fijamente, hizo un gesto despreciativo

con los labios.

--No se disguste V., D. Cipriano, que va a enfermar.[141.3]

Una ola formidable de sangre subió al rostro del susceptible

funcionario.

--Señora, tenga V. presente[141.4] con quien habla.

--Con el hijo de Pepa la panadera--dijo ella, bajando la voz y

volviéndole la espalda.

El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, de una humilde panadera y

había ascendido desde soldado:[141.5] no era de los que ocultasen su

origen ni se creía deshonrado por esto; mas el tono de desprecio con que

la maestra pronunció aquellas palabras, le hirió tan profundamente, que

no pudo articular ninguna. Después de mover varias veces los labios sin

producir sonido alguno, al fin rompió, diciendo en voz temblorosa:

--Cállese V., mala lengua... o por vida de Dios, que la llevo a V. a la

cárcel.

La maestra no contestó, temiendo sin duda que el juez exasperado

cumpliese la amenaza: se contentó con reírse frente a sus tertulios.

D. Cipriano, repuesto de su emoción dolorosa, o convaleciente por lo

menos, dijo con acento imperativo:

--A ver... designe V. la persona que ha de encargarse de su hija

mientras permanezca en depósito.

La maestra volvió la cabeza, le miró otra vez con desdén y se puso a

cantar frente a sus amigas:

Tan tarantán, los higos son verdes.

Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más imperio aún:

--Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique usted ahora mismo que la

señora no ha querido designar persona que se encargue de tener a su hija

en casa mientras esté depositada.

Después de dar esta orden, salió de la tienda y se fue al portal: allí

estaba Elisa a oscuras y temblando de miedo. Cuando hubo hablado con

ella algunas palabras, volvió a entrar.

--En uso de la facultad que la ley me concede, designo a Dª. Rafaela

Morán, madrina de la interesada, para que la tenga en su poder hasta que

cese el depósito.

Mientras D. Telesforo extendía estas diligencias,[142.1] los marineros y

las mujerucas comenzaron a consolar a la señá Isabel y a poner infinitos

comentarios y glosas a la escena que se estaba efectuando: repuestos de

la sorpresa que les había producido, se les desató la lengua de forma

que[143.1] la tienda parecía un gallinero.

--¡Pero cómo se atrevería esa chica a dar un paso semejante!--decía uno.

--Después de todo, ¿qué se va a hacer?... Hay que tomarlo con calma,

señá Isabel...--decía una vieja que no le pesaba nada[143.2] del

disgusto que la maestra padecía.

--Por mí, si estuviera en su lugar--decía otra a quien le pesaba mucho

menos--no me disgustaría poco ni mucho[143.3]... Que la niña se quiere

marchar de casa... ¡Vaya bendita de Dios!... Con darle lo que es suyo,

estamos en paz.[143.4]

La maestra la echó una rápida mirada de ira. La vieja sonrió con el

borde de los labios:[143.5] ya sabía que había herido en lo más vivo.

--Lo peor de todo es el ejemplo, D. Claudio--dijo el maragato.

--Tiene V. razón, ¡el ejemplo! ¡el ejemplo!--exclamó aquél elevando al

cielo los ojos y las manos.

--A mí me daba en la nariz[143.6] que Elisa tenía algún secreto--apuntó

un marinero anciano.--Por dos veces la vi hablando con D. Fernando de

Meira, camino del[143.7] monte de San Esteban, y noté que en cuanto me

atisbaron[143.8] echaron a correr, uno para un lado y otro para otro.

--Pues otra cosa me pasó a mí--dijo el cabo de mar.--Iba una tarde hacia

Peñascosa, y a poco más de media milla de aquí me encontré a D.

Fernando, en gran conversación con Elisa, y noté que acababa de

separarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente.

--¡Ya me parecía que aquí había de andar la mano del señor de la gran

casa de Meira!--exclamó la maestra.

Oyendo aquel insulto, D. Fernando no pudo contenerse y entró como un

huracán por la puerta de la tienda, con las mejillas pálidas y los ojos

centellantes.

--¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuáguese V. la boca antes de hablar de

la casa de Meira!

--¡No lo dije yo!--exclamó la maestra soltando al mismo tiempo una

carcajada estridente.--¡Ya pareció el marqués de los calzones rotos!--Y

encarándose con él, añadió sarcásticamente:--¿Cuántos zoquetes de pan le

han dado, señor marqués, por encargarse de este negocio?

Los tertulios rieron. El pobre caballero quedó anonadado; la cólera y la

indignación se le subieron a la garganta, y en poco estuvo que no le

ahogasen;[144.1] comprendió que era imposible luchar con la desvergüenza

y procacidad de aquella mujer, y se salió de la tienda pálido y

convulso. Pero la maestra, viendo que se le escapaba la presa, le gritó:

--¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado la panza para servir de

pantalla, ¿verdad? Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! ¡chupón!

El noble señor de Meira, al recibir por la espalda aquella granizada de

injurias, se volvió, agitó los puños y tuvo fuerzas para preguntar:

--¿Pero no hay quien clave un hierro candente en la lengua a esa infame

mujer?

Al decir esto recordaba, sin duda, los terribles castigos que sus

antepasados infligían a los villanos insolentes. Pero en la tienda,

estas aterradoras palabras fueron acogidas con una risotada general.

D. Telesforo, en tanto,[145.1] había concluido de escribir. El juez,

cada vez más ofendido con la maestra, dijo al secretario:

--Haga V. el favor de notificar a la madre de la joven que debe entregar

la cama y la ropa de su uso.

--Yo no entrego nada, porque lo que hay en casa es mío--dijo la vieja

poniéndose seria.

--Dígale V. a la señora--continuó el juez, dirigiéndose a D.

Telesforo,--que eso ya se verá: por lo pronto,[145.2] que entregue la

cama y la ropa que la ley concede a la depositada.

--Pues yo no entrego nada.

--¡Pues se lo tomaremos!--exclamó D. Cipriano exasperado.--A ver: dos de

VV. que vengan conmigo a servir de testigos...

Y señalando a un par de marineros, les obligó a subir con él al cuarto

de Elisa. Ésta sollozaba en el portal escuchando con terror los atroces

insultos que a ella, a su novio y a la familia de éste lanzaba su madre

dando vueltas[145.3] por la tienda como una fiera.

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano.

--Elisa, sube conmigo a señalar tu ropa.

--¡Por Dios, señor juez! Déjeme V. por Dios! No quiero llevarme nada...

D. Cipriano, respetando el dolor de la joven y su delicadeza, no quiso

insistir. Pero se fue a la calle en busca de José, le llevó arriba y le

hizo cargar con la ropa y la cama de Elisa. Después sacó a ésta del

portal, la colocó entre D. Fernando de Meira y él, y se dirigieron a

casa de la madrina escoltados por el secretario y algunas mujeres y

marineros que se habían juntado a la puerta de la tienda. José marchaba

delante trotando con su grata carga.

José · 第 32 / 39 题