D. Fernando sonrió con benevolencia.

--Nada que pueda ofender a V., señor juez... Usted es un hombre de honor

y no necesita que le recomienden el secreto en los negocios que lo

exigen. Quería decir únicamente que en este asunto necesitamos el mayor

sigilo; que nadie sospeche nuestro propósito, ni se trasluzca

absolutamente nada.

--Eso es otra cosa--repuso D. Cipriano sosegándose.

--Quedamos, pues, en que[134.2] después que anochezca nos espera V., ¿no

es eso?

--Sí, señor.

--Hasta la vista, entonces.

El prócer alargó su mano al representante del tercer estamento.

--Adiós, D. Fernando: adiós, José.

Así que cerró la noche, una noche de Agosto calurosa y estrellada, D.

Fernando, D. Telesforo (que había llegado oportunamente pocos momentos

antes) y José, se dirigieron otra vez a casa del juez: subió D.

Telesforo únicamente: aguardaron a la puerta el noble y el marinero: al

poco rato salió D. Cipriano acompañado de cerca por su notable

bastón[135.1] con puño de oro y borlas, y algo más lejos por el

secretario del juzgado. Los cuatro, después de cambiar un saludo amical

en tono de falsete, enderezaron los pasos silenciosamente por la calle

arriba en dirección a la casa del maestro.

Las tabernas estaban, como siempre a tal hora, atestadas de gente: por

sus puertas abiertas se escapaba la luz y rumor confuso y desagradable

de voces y juramentos: nuestros amigos se alejaban de ellas cuanto

podían para no ser notados. El pobre José iba temblando de miedo: él,

tan sereno y tan bravo ante los golpes de mar, sentía encogérsele el

corazón y doblársele las piernas al imaginar cómo se pondría la maestra

viéndose burlada. Más de veinte veces estuvo para huir,[135.2] dejar que

aquellos señores desempeñasen su tarea solos; pero siempre le detenía la

idea de que Elisa iba a necesitar de su presencia para animarse. ¿Cómo

estaría la pobrecilla en aquel momento? Al preguntarse esto José tomaba

fuerzas y seguía caminando quedo en pos de los tres ancianos.

Cuando llegaron frente a la casa de la maestra, el juez se detuvo y les

dijo bajando cuanto pudo la voz:

--Ahora voy a entrar yo solamente con D. Telesforo. Usted, D. Fernando,

puede quedarse con José cerca de la puerta, por si hacen falta para dar

valor a la chica.

Asintió el marinero de todo corazón, pues en aquel instante podía

ahogársele con un cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apartaron de

ellos; la luz de la tienda les iluminó por un momento: entraron. Un

estremecimiento de susto y pavor sacudió fuertemente el cuerpo de José.

José · 第 31 / 39 题