El juez municipal se apresuró a coger las gafas de plata que tenía sobre
la mesa y a ponérselas, para leer el documento.
La lectura fue larga, porque D. Cipriano, en achaque de letras,[132.1]
se había andado toda su vida con pies de plomo. Mientras duró, José
tenía los ojos clavados ansiosamente en él. El señor de Meira se
acariciaba distraídamente su luenga perilla blanca.
--¡No sospechaba esto!--exclamó el juez levantando al fin la cabeza.--Y
a la verdad no puedo menos de[132.2] confesar que lo siento... porque al
cabo[132.3] la maestra y su marido son amigos... y van a llevar un
disgusto grande... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fernando?
--¿Está en regla, señor juez?--respondió éste gravemente.
--Sí, señor.
--Pues basta; no hay necesidad de más.
D. Cipriano se puso pálido; después rojo. No había hombre de más extraña
susceptibilidad en todo el mundo: una mirada le hería; una palabra le
ponía fuera de sí:[132.4] pensó que D. Fernando había querido darle una
lección de delicadeza y se inmutó notablemente.
--Sr. D. Fernando... yo no pretendía... esas palabras... me parece...
--No ha sido mi ánimo ofender a V., señor juez. Quería solamente hacer
constar mis derechos a callarme delante del funcionario... Por lo demás,
V. es mi amigo hace tiempo y he tenido siempre un gran placer en
tenderle mi mano. Basta que V. haya pertenecido a los ejércitos de su
majestad, para que sea acreedor a la más alta consideración por parte de
todos los hombres bien nacidos.
El tono y la actitud con que D. Fernando pronunció estas palabras debía
semejar mucho al que usaban en tiempos remotos los nobles al dirigirse a
algún miembro del estado llano, cuando éste entró a deliberar con ellos
en los negocios del gobierno. Pero D. Cipriano, que no estaba al tanto
de[133.1] estos ademanes puramente históricos, en vez de ofenderse más,
se tranquilizó repentinamente.
--Gracias, D. Fernando..., muchas gracias. Como yo aprecio tanto a esa
familia...
--Yo la aprecio también. Pero vamos al caso: Elisa se quiere casar con
este muchacho; su madre se lo impide sin razón alguna... porque es
pobre, tal vez... o tal vez (esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis)
por no entregar la herencia del difunto Vega, con la cual comercia y se
lucra. No hay otro medio que acudir pidiendo protección a la ley; y la
muchacha ha acudido.
--Está muy bien. Ahora lo que procede,[133.2] es que yo vaya a preguntar
a la chica si se ratifica en[133.3] lo que aquí demanda. En caso
afirmativo, procederemos al depósito.
--¿Y cuándo?
--Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. quieren.
--Por la tarde, señor juez--apuntó José,--se va a enterar todo el pueblo
y habrá un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para después que
oscurezca...
--Como quieras; a mí me es igual. Pero te advierto que es necesaria la
presencia del secretario, y está hoy en Peñascosa.
--D. Telesforo estará aquí entre luz y luz[134.1]--dijo el señor de
Meira.
--Entonces no tengo nada que objetar. Al oscurecer les espero a VV.
--Ahora, D. Cipriano--dijo el señor de Meira, inclinándose
gravemente,--yo espero que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí...
--¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fernando?--preguntó el juez,
poniéndose otra vez pálido.