XII

Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con

instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa

si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del

sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.

Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero

hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe,

suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos

de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos

cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo

nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado

y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del

Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con

una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el

ominoso derecho de pernada.

Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con

alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería.

Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las

villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel

respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los

desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que

al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura

condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y

aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a

poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos

de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de

las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y

por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el

prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del

caballero eran mucho más humillantes todavía:--«Este pobre Don Fernando

se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.--¡Cuánto mejor

sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un

rédito![120.3]--Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y

luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»

Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía

en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble

señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al

paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de

almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella

todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los

buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía

aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni

rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos

ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se

vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de

burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho

las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo

contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la

imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría

seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida

villana.

Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente

el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:

--¿Cuántos años tienes?

--Veinte.

La última vez le dijo:

--¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]

--Me parece que sí, señor.

--Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he

resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]

Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa

aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al

separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de

murmurar:

--¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!

Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el

poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada

se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía

motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en

chanza.

Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día

más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición:

al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en

estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta

y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la

malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder

acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de

Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos

pescadores hace algunos siglos.

Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena

de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano,

también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar

bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o

quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba

cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido:

José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida

al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni

replicarle palabra.

En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la

sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera

tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese

perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que

aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y

decidido, se determinó ella misma a humillarse.

Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin

ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a

la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y

otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia

la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la

madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del

camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:--¡Calle![123.1]

¿a dónde irá Elisa a estas horas?--Siguiola con la vista primero y,

llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no

perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que

llamaba y que entraba.

--¡Ah, grandísima pícara!--dijo con voz irritada.--¡Conque eres uña y

carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de

mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré,

buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!

Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne

de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de

Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la

había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su

orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta

se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a

pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.

Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida

de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y

triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana,

hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón

mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue

que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se

arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia;

nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y

casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le

daban, repetía siempre en actitud soberbia:

--No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de

rodillas... así como tú estás ahora.

Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo

punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo

que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en

la virtud de su maldición.

Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la

desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no

los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado

en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de

trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.

Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa.

Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había

demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero

Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.

Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó

sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y

rompió a sollozar con gran sentimiento.

Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y

descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la

sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para

aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por

costumbre injuriando a su víctima.

--¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana!

¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la

escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de

las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa

para aprender brujerías!

Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos

injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la

emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de

desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su

carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y

corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:

--¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te

he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte,

siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...

Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con

desesperación.

--¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo

bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en

ti, por Dios, mi corazón!

Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en

torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por

ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de

levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una

fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con

agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla

perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de

tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el

sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas,

pudo decir:

--Muchas gracias... Es V. muy buena...

--¡Qué he de ser buena![126.2]--prorrumpió Teresa con gran

vehemencia.--Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita...

¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo

sepa!

--Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...

Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.

--¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que

debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!

Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar

repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el

susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.

En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la

ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y

abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue

acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la

cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de

José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa

manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se

mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron

mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y

vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al

pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de

lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:

--¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?

--¡Bah!--repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.--Si V. me ha pegado,

es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?

Teresa la abrazó de nuevo, llorando.

José · 第 27 / 39 题