Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con
instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa
si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del
sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.
Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero
hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe,
suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos
de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos
cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo
nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado
y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del
Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con
una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el
ominoso derecho de pernada.
Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con
alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería.
Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las
villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel
respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los
desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que
al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura
condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y
aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a
poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos
de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de
las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y
por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el
prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del
caballero eran mucho más humillantes todavía:--«Este pobre Don Fernando
se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.--¡Cuánto mejor
sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un
rédito![120.3]--Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y
luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»
Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía
en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble
señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al
paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de
almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella
todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los
buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía
aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni
rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos
ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se
vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de
burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho
las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo
contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la
imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría
seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida
villana.
Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente
el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:
--¿Cuántos años tienes?
--Veinte.
La última vez le dijo:
--¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]
--Me parece que sí, señor.
--Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he
resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]
Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa
aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al
separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de
murmurar:
--¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!
Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el
poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada
se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía
motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en
chanza.
Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día
más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición:
al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en
estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta
y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la
malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder
acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de
Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos
pescadores hace algunos siglos.
Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena
de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano,
también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar
bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o
quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba
cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido:
José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida
al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni
replicarle palabra.
En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la
sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera
tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese
perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que
aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y
decidido, se determinó ella misma a humillarse.
Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin
ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a
la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y
otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia
la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la
madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del
camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:--¡Calle![123.1]
¿a dónde irá Elisa a estas horas?--Siguiola con la vista primero y,
llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no
perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que
llamaba y que entraba.
--¡Ah, grandísima pícara!--dijo con voz irritada.--¡Conque eres uña y
carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de
mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré,
buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!
Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne
de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de
Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la
había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su
orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta
se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a
pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.
Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida
de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y
triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana,
hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón
mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue
que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se
arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia;
nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y
casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le
daban, repetía siempre en actitud soberbia:
--No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de
rodillas... así como tú estás ahora.
Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo
punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo
que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en
la virtud de su maldición.
Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la
desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no
los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado
en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de
trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.
Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa.
Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había
demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero
Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.
Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó
sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y
rompió a sollozar con gran sentimiento.
Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y
descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la
sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para
aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por
costumbre injuriando a su víctima.
--¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana!
¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la
escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de
las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa
para aprender brujerías!
Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos
injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la
emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de
desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su
carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y
corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:
--¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te
he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte,
siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...
Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con
desesperación.
--¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo
bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en
ti, por Dios, mi corazón!
Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en
torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por
ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de
levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una
fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con
agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla
perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de
tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el
sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas,
pudo decir:
--Muchas gracias... Es V. muy buena...
--¡Qué he de ser buena![126.2]--prorrumpió Teresa con gran
vehemencia.--Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita...
¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo
sepa!
--Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...
Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.
--¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que
debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!
Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar
repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el
susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.
En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la
ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y
abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue
acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la
cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de
José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa
manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se
mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron
mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y
vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al
pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de
lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:
--¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?
--¡Bah!--repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.--Si V. me ha pegado,
es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?
Teresa la abrazó de nuevo, llorando.