El suceso anterior, que pudo muy bien desbaratar los planes tenebrosos
de la casa de Meira respecto a la suerte de Elisa y José, vino por su
dichosa resolución a secundarlos. Porque a partir de este día, se
entabló una firme amistad entre Elisa y la madre de su novio, la cual
procuraron ambas mantener oculta por necesidad: veíanse furtivamente,
cambiábanse rápidamente la palabra y se daban recados de José y para
José; las entrevistas de éste con la joven continuaban siendo en las
horas más silenciosas de la noche. En el pensamiento de los tres estaba
el escogitar los medios de realizar el apetecido matrimonio contra la
voluntad de la maestra, pues ya estaban bien convencidos de que nada
lograrían de ella. Elisa se representaba bien claramente que la causa de
aquella ruda oposición no era otra que la avaricia, el disgusto de
entregar los bienes que pertenecían a su difunto padre; pero no sólo no
lo confesaba a nadie, sino que hacía esfuerzos por no creerlo, y alejar
de sí tal pensamiento: y aun se prometía muchas veces despojarse de su
hacienda cuando[128.1] llegase el caso, para no causar pesadumbre alguna
a su madre.
Mas aunque en ella y en José tal pensamiento estuviese presente, no
acertaban a dar un paso para ponerlo en vías de obra;[128.2] la rudeza
del pobre marinero, y la supina ignorancia de las mujeres, no les
consentía ver en aquel asunto un solo rayo de luz. En esta ocasión, como
en tantas otras durante la Edad Media, fue necesario que el castillo
viniese en socorro del estado llano.[128.3] La casa de Meira, sin que
ellos lo supiesen, ni menos[128.4] persona alguna de Rodillero,
trabajaba en favor suyo silenciosamente, con el misterio y sigilo
diplomáticos que ha caracterizado siempre a los grandes linajes, a los
Atridas, a los Médicis, a los Austrias. Más de media docena de veces
había ido D. Fernando a Sarrió y había vuelto sin que nadie se enterase
del verdadero negocio que allá le llevaba: unas veces era para comprar
aparejos de pesca, otras para encargarse unos zapatos, otras a ver un
pariente enfermo, etc., etc.; siempre mintiendo y engañando sútilmente a
todo el mundo con un refinamiento verdaderamente florentino. Lo mismo
Teresa que Elisa, no dejaban de advertir que la sombra del noble vástago
las protegía; había señales ciertas para pensarlo: cuando cruzaba a su
lado las dirigía hondas miradas de inteligencia acompañadas a veces de
ciertos guiños inexplicables, otras de alguna palabra misteriosa como
«esperanza;» «los amigos velan;» «silencio y reserva;» y así por el
estilo[129.1] otras varias destinadas a conmoverlas y sobresaltarlas;
pero ellas la mayor parte de las veces no se daban por entendidas, o
porque no las entendieran realmente, o porque no concediesen a los
manejos diplomáticos del caballero toda la importancia que tenían. Sólo
José estaba al tanto de ellos en cierta manera, aunque no mucho confiaba
en su eficacia.
Un día D. Fernando le llamó a su posada, y presentándole un papel le
dijo:
--Es necesario que firme Elisa este documento.
--¿Pero, cómo?...
--Llévalo en el bolsillo; provéete de un tintero de asta y una pluma...
y a la primera ocasión... ¿entiendes?
--Sí, señor.
--Quedamos en eso.[129.2]
Devuelto el papel al cabo de algunos días con la firma, el caballero le
dijo:
--Es necesario que preguntes a Elisa si está dispuesta a todo; a
desobedecer a su madre y a vivir fuera de su casa algunos meses, para
casarse contigo.[129.3]
Esta comisión fue de mucho mayor empeño[129.4] y dificultad para el
marinero. Elisa no podía decidirse a dar un paso tan atrevido. No el
temor de cometer un pecado y faltar a sus deberes filiales la
embarazaba, pues por el cura que la confesaba sabía que siendo la
oposición de los padres irracional o fundada únicamente sobre motivos
de intereses, estaba en su derecho faltando a la obediencia: pero
siempre había vivido tan supeditada a su madre, tenía tantísimo miedo a
su cólera fría y cruel, que la idea de aparecer en plena rebelión ante
ella, la aterraba. Fue necesario que pasasen muchos días, que José la
suplicase infinitas veces hasta con lágrimas en los ojos, y que ella se
persuadiese a que no había absolutamente otro recurso ni otro medio de
salir de aquella angustiosa situación y alcanzar lo que tan
ardientemente deseaba, para que al fin viniese a consentir en ello.
Noticioso el Sr. de Meira de esta concesión, dijo a José en el tono
imperativo propio de su rango:
--Esta tarde ven a buscarme; tenemos que hacer juntos.
José inclinó la cabeza en testimonio de sumisión.
--¿Te encuentras resuelto a todo?
La misma señal de respeto.
--Perfectamente: no desmereces del alto concepto que de ti había
formado. En los asuntos arduos es menester que se aúnen la diplomacia y
el valor...; entiéndelo bien. Tal ha sido lo que caracterizó siempre a
mi familia: prudencia y decisión. El adelantado D. Alonso de Revollar,
un ascendiente mío por la línea femenina, pasó en su época, y durante la
guerra de América,[130.1] por un consumado diplomático, y sin embargo,
esto no dañaba poco ni mucho a su valor, que en ocasiones rayó en
temeridad...
--¿Ya a qué hora quiere que vaya a buscarle?--preguntó José temiendo con
razón que el caballero se descarriase,[130.2] como solía acontecer.
--Después de comer... a la una.
--Pues con su permiso, D. Fernando... tengo que componer una red...
--Bien, bien, hasta la vista.
A la hora indicada fue el marinero a la posada del Sr. de Meira: al poco
rato salieron juntos y enderezaron los pasos por la calle abajo en
dirección de la ribera. Antes de llegar a ella, D. Fernando se detuvo
delante de una casa algo más decente que las contiguas.
--Alto; vamos a entrar aquí.
--¿En casa de D. Cipriano?
--En casa de D. Cipriano.
El Sr. de Meira llamó a la puerta y preguntó si se podía ver al señor
juez municipal. La vieja que les salió a abrir, hermana de éste, les
dijo que estaba durmiendo la siesta. D. Fernando insistió: era un
negocio urgente. La vieja, mal humorada y gruñendo, porque estaba lejos
de reconocer en el señor de Meira derechos señoriales, se fue al cabo a
despertar a su hermano.
D. Cipriano, a quien ya tenemos el honor de conocer por haberle visto en
la tienda de la maestra, los recibió afablemente, aunque mostrando
sorpresa.
--¿Qué hay de nuevo, D. Fernando?
Éste sacó del bolsillo de su raidísima levita un papel, lo desdobló con
lentitud académica y lo presentó gravemente al juez.
--¿Qué es esto?
--Una solicitud[131.1] de Dª. Elisa Vega pidiendo que se la saque del
poder de su madre y se la deposite con arreglo a la ley, para contraer
matrimonio.