D. Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, contestó:

--El escudo de la casa de Meira.

Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y

miraba de hito en hito[114.1] al caballero, esperando alguna

explicación; pero éste no se apresuraba a dársela: con los brazos

cruzados sobre el pecho y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba

sin pestañear la piedra que el marinero acababa de poner al descubierto.

Al fin dijo en voz baja y temblorosa:

--He vendido mi casa a D. Anacleto... porque un día u otro yo moriré, y

¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la

vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo... Hace unos cuantos

días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared...: al

fin lo he conseguido...

Como D. Fernando se callase[114.2] después de pronunciar estas palabras,

José se creyó en el caso de[114.3] preguntarle:

--¿Y por qué lo echa V. al agua?

El anciano caballero le miró con ojos de indignación.

--¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre

una fábrica de escabeche?

Y aplacándose de pronto, añadió:

--Mira, esas armas... repáralas bien... Desde el siglo XV están

colocadas sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra,

porque según se ha ido enlazando con otras casas fue necesario mudarla y

poner en el escudo nuevos cuarteles,[115.1] pero otra parecida). En el

siglo pasado quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y

los Mirandas... Son cinco cuarteles; el del centro es el de los Meiras:

está colocado en lo que se llama en heráldica _punto de honor_[115.2]...

Sus armas son: azur y banda de plata, con dragantes de oro; bordura de

plata y ocho arminios de sable[115.3]... Tú dirás--añadió D. Fernando

con sonrisa protectora,--¿dónde están esos colores?... Es muy natural

que lo preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la

piedra se representan por medio de signos convencionales: el oro, míralo

aquí en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con

buril; la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas

horizontales; los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc.... es muy

largo de explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas, y

aquí está su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de

plata de tres arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre

de oro levantada en medio de la puente; bordura de plata y ocho cruces

llanas de azur[115.4]... Después se unieron a los Carrascos, y aquí

tienes a la izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la

primera de plata y un león rapante de sable; la segunda de oro y un

árbol terrazado y copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un

perro ladrante al pie del tronco[115.5]... Ni el pájaro ni el perro se

notan bien, porque los ha destruido la intemperie... pero aquí están...

Más tarde se unieron a los Ángulos: su cuartel es de plata y cinco

cuervos de sable puestos en sautor[116.1]... Tampoco se notan bien los

cuervos... Por último, se unieron a los Mirandas, cuyo cuartel es de oro

y un castillo de gules en abismo, sumado de un guerrero armado con

alabarda, naciente de las almenas, acompañado de cinco roeles de sinople

y plata, puestos dos de cada lado y uno en la punta[116.2]... Todo el

escudo, como ves, está coronado por un casco de acero bruñido de cinco

rejas.

Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira; mirábale de

hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.

--De la casa de Meira--siguió D. Fernando con voz enfática--han salido

en todas las épocas hijos muy esclarecidos; hombres muy calificados...

Demasiado sabrás tú que en el siglo XV D. Pedro de Meira fue comendador

de Villaplana, en la orden de Santiago,[116.3] y que D. Francisco fue

jurado[116.4] en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro.[116.5]

También sabrás que otro hijo de la misma familia fue presidente del

Consejo de Italia:[116.6] se llamaba D. Rodrigo: otro, llamado D. Diego,

fue oidor de la real Audiencia[116.7] de la ciudad de Méjico y después

presidente de la de Guadalajara. En el siglo pasado, D. Álvaro de Meira

fue regidor[116.8] de Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un

colegio de primeras letras y latinidad; bien lo sabrás.

José no sabía absolutamente nada de todo aquello; pero asentía con la

cabeza para complacer al desgraciado caballero, el cual se quedó

repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a

decir, bajando mucho la voz y con acento triste:

--Mi hermano mayor, Pepe, fue un perdido... bien lo sabrás...

En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.

--Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían

tocado, me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los

cedía... Yo, para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece

que hice bien?

José asintió otra vez.

--Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!... ¡cuánto he sufrido!

El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.

--La gran casa de Meira muere conmigo... pero, no morirá deshonrada,

José; ¡te lo juro!

Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud

melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida

luz[117.1] en el agua.

Al cabo de un largo espacio, D. Fernando salió de su meditación, y

volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba

con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

--Vamos allá[117.2]... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por

éste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después, D. Fernando

la dio un fuerte empujón: el escudo de la casa de Meira rompió el haz

del agua con estrépito, y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas

amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con

las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.

Quedose algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel

mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido; levantándose

después, dijo sordamente:

--Boga para tierra, José.

Y fue a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no

comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás

vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía

profunda lástima y no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el

propósito de devolverle el dinero, no se apartaba de su cabeza, porque

veía claramente que tal favor en las circunstancias en que se hallaba D.

Fernando, era una verdadera locura: le bullía el deseo de acometer el

asunto, pero no sabía de qué manera comenzar: tres o cuatro veces tuvo

la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no

parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló

traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del

bolsillo y presentárselos al caballero diciendo algo avergonzado:

--D. Fernando... V., por lo que veo, no está muy sobrado de dinero... Yo

le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo tomar esos

cuartos haciéndole falta[118.1]...

D. Fernando, con ademán descompuesto[118.2] y soltando chispas de

indignación por los ojos, le interrumpió gritando:

--¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi

ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua...

José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez; y así

lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó

intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y

devolvérselo en la primera ocasión favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.

José · 第 26 / 39 题