Cuando a la tarde llegó José de la mar y se enteró de lo acaecido,
experimentó el más fiero dolor de su vida. No pudo medirlo bien, sin
embargo, hasta que su madre salió del accidente; los cuidados que
exigía y la zozobra que inspiraba le hacían olvidar en cierto modo su
propia desdicha. Mas al ponerse buena a los dos o tres días, sintió tan
viva y tan cruel la herida de su alma, que estuvo a punto de adolecer.
No salió de sus labios, a pesar de esto, una palabra de recriminación;
enterró su dolor en el fondo del pecho y siguió ejecutando la tarea
cotidiana con el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de la mar por
las tardes, en vez de ir a la tienda de la maestra o de pasar un rato en
la taberna con sus amigos como antes, se metía en casa, así que
despachaba los negocios del pescado, y no volvía a salir hasta el
siguiente día a la hora de embarcarse.
Esta resignación mortificaba aún más a Teresa que una reyerta cada hora:
andaba inquieta y avergonzada: su corazón de madre padecía al ver el
dolor mudo y grave de su hijo: aunque no se hubiese apagado ni mucho
menos en su alma la hoguera de la cólera, y desease frenéticamente tomar
venganza acabada de la señá Isabel, empezaba a sentir algo parecido al
remordimiento. Pero no fue parte esto a impedir que demandase
judicialmente[75.1] al sacristán reclamándole los daños causados por su
hijo Rufo, el cual por su inocencia no era responsable ante la ley. Y
como el hecho estaba bien probado, el juez de Sarrió condenó al cabo al
sacristán a encerrar en casa al tonto y a resarcir el valor de la lancha
a José. Lo primero fue ejecutado al punto; mas a lo segundo no era fácil
darle cumplido efecto, porque el sacristán vivía de los escasos
emolumentos que el cura le pagaba, y no se le conocían más bienes de
fortuna:[75.2] cuando el escribano fue a embargarle la hacienda viose
necesitado a tomar los muebles, los enseres de cocina y las ropas de
cama, todo lo cual, viejo y estropeado, produjo poquísimo dinero. Mas la
sacristana debía de estimarlo como si fuese de oro y marfil, a juzgar
por el llanto y los suspiros que le costó desprenderse de ello. Tenía
esta mujer opinión de bruja en el pueblo; las madres la miraban con
terror y ponían gran cuidado en que no besara a sus pequeños; los
hombres la consultaban algunas veces cuando hacían un viaje largo para
saber su resultado. Ella, en vez de trabajar por deshacer esta opinión,
la fomentaba con su conducta, a semejanza de lo que en otro tiempo
hacían algunas desdichadas que la Inquisición mandaba a la hoguera: la
vanidad femenina puede llegar a tales extravíos. Decía la buenaventura
por medio de las cartas o las rayas de la mano; sacaba el maleficio al
que no podía usar del matrimonio;[76.1] propinaba untos y polvos para
ser querido de la persona deseada, y se daba aire de suficiencia y
aparato de misterio que excitaba grandemente la fantasía de los pobres
pescadores.
Al ver que le arrebataban de casa sus muebles, prorrumpió en maldiciones
tan espantosas contra Teresa y su hijo, que consiguió horrorizar a los
curiosos, que como sucede siempre en tales casos, habían seguido al
escribano y al alguacil.
--¡Permita Dios que esa bribona pida limosna por las calles y la
ahorquen después por ladrona! ¡Permita Dios que se le haga veneno lo que
coma! ¡Permita Dios que su hijo vaya un día a la mar y no vuelva!
Mientras los ministros de la justicia desempeñaron su tarea, no cesó de
invocar al cielo y al infierno contra sus enemigos. Los vecinos que se
hallaban presentes marcharon aterrados.
--Por todo lo que tiene D. Anacleto--decía un marinero viejo a los que
iban con él--no quisiera estar ahora en el pellejo de José el de la
viuda.[77.1] Hay que temer las maldiciones de esa mujer.
--No será tanto[77.2]--repuso otro más joven y más despreocupado.
--Te digo que sí: tú eres mozo y no puedes acordarte, pero aquí están
Casimiro y Juan, que bien saben lo que a mí me ha pasado con ella hace
ya algunos años... Iba yo una tarde a la ribera para salir a la merluza,
cuando me llamó para pedirme que llevase conmigo a su Rufo y le hiciese
rapaz de la lancha. Yo me negué a ello, claro está, porque ese bobo
nunca ha servido para nada. Se puso entonces como una perra rabiosa
contra mí, y me llenó de insultos y maldiciones. Yo sin hacer caso seguí
mi camino y entré a bordo: llegamos a la playa de la merluza a eso de
las nueve[77.3] y tuvimos los aparejos echados hasta el amanecer.
¿Querrás creer que no aferré más de tres merluzas? Las demás lanchas
vinieron con cada ochenta, ciento y hasta la hubo de ciento
treinta.[77.4] Al día siguiente me sucedió poco más o menos lo mismo, y
al otro igual,[77.5] y al otro igual... En fin, muchacho, que no tuve
más remedio que ir a su casa y pedirle por Dios que me levantase la
maldición...
Los marineros viejos apoyaron lo que su compañero afirmaba. Cuando los
demás vecinos tuvieron noticia de las tremendas maldiciones proferidas
por la mujer del sacristán, también compadecieron sinceramente a José.
La misma Teresa, al saberlo, se sintió atemorizada, por más que la
soberbia le hiciese ocultar el miedo.
A la hora de comer, la señá Isabel, que lo había aprendido en la calle,
se lo notició a su hija con extremado deleite.
--¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?
--¿Qué?
--Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la sacristana por lo
que hizo su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero anda, que no les
arriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldiciones
que aquella mujer les echó no son para dichas[78.3]... Creo que daban
miedo.[78.4]
Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la maestra,
se puso pálida.
--¡Fueron espantosas, según cuentan!--prosiguió la vieja relamiéndose
interiormente.[78.5]--Que había de verles pidiendo limosna por las
calles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese después
colgado de una horca, o que saliese un día a la mar y no volviese...
Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras su
madre, con refinada crueldad, repetía una por una las atrocidades que
por la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas
salieron rodando de sus ojos hermosos. La maestra, al verlas, se indignó
terriblemente.
--¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha más
bobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para llorar!
Y levantándose de la silla, la aplicó un par de soberbias bofetadas,
que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.
Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en Rodillero la
costera del bonito; por mejor decir, había terminado enteramente.
Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la mar
se rizaba levemente en toda su extensión al paso de las brisas frías del
otoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido;
algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte;
los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente;
cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficie
del mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiese
carne de gallina.[79.1]
Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, más
descansada y de menos peligro que la del bonito. Desgraciadamente, aquel
año se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana y
tarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre los
paneles el valor de la raba[79.2] que habían echado al agua como cebo.
¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lo
bastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas se
cernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín;
en que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar de
lejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes de
lingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para salir
al congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, el
sollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, a
presentarse muy pronto en Rodillero, porque los pescadores viven
ordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos de
ellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir al
bonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, por
lo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta
época, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2] de un
modo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquel
pescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al fin
de las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, que
también se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito y
dedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener buen
resultado.
Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a Sarrió con
el objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el mar
presentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto en
una leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre la
llanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas de
violeta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió su
envoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N.
E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por la
parte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicó
el contraste:[80.4] a la media hora ya se había declarado. El viento del
Oeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a soplar
reciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fue
aumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado.
Los marineros que estaban en el pueblo habían acudido todos a la
ribera. A partir de esta hora,[81.1] fue aumentando por momentos la
fuerza del vendaval. Comenzó a sentirse en el pueblo la agitación del
miedo: un rumor sordo y confuso producido por las idas y venidas de la
gente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Las
mujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y a
las ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos y
con la lengua.
--¿Han llegado las lanchas?
--¿Están las lanchas fuera?
Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar,
enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándose
sus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desató
violento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutos
se convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por el
estrecho barranco de Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamente
las puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallaban
tendidas en las ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos de
los vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron toda
conversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demás
habitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían ningún pariente en
la mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no se
oía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»
Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar ofrecía un
espectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos repentinos no traen
consigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una marejada
viva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertemente
fruncida; brillaban en toda su extensión infinitos puntos blancos,
surgiendo y desapareciendo alternativamente a modo de mágico
chisporroteo. Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte con
ansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:--«¡A
San Esteban!... ¡a San Esteban!»--Todos dejaron la ribera para subir a
aquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría se
fue a buscar corriendo el camino que por detrás del pueblo conducía a
él; mas los niños y las pobres mujeres que tenían a sus esposos y
hermanos en la mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, el
terror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudas
y la maleza.
Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie del
océano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntos
blancos; eran las lanchas. Después fueron apareciendo sucesivamente
otros varios, mostrándose unos y otros cada vez con más precisión.
--Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete de
proa[82.2] solamente--dijo uno de los marineros que acababan de llegar.
--En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la costa:
tienen la proa puesta a Peñascosa--repuso otro.
El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se fue
engrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El viento
hacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a los
hombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con la mano. Reinaba
silencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbaba
con fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos los
ojos estaban clavados en aquellos puntitos blancos que parecían
inmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros se
comunicaban rápidamente alguna observación.
--La salsa[83.1] les debe de incomodar.
--Phs[83.2]... eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayor
daño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.
--Necesitan orzar mucho.
--Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán meterse
detrás del cabo.
Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde el
marinero decía.
El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando poco a
poco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los barcos no
parecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada el
Cuerno.
Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos en
este cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada vez más
soberbio y embravecido.
--Mucho tardan--dijo un marinero al oído de otro.
--Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa--contestó éste.
--O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.
Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato, apareció por el
Cuerno una lancha con el borriquete solamente y a medio izar.[83.4]
--¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]--dijeron a un tiempo varias
voces.
--¡Alabado sea Dios!--¡Bendita sea la Virgen Santísima!--¡El Santo
Cristo hermoso los ha salvado!--dijeron casi a un tiempo las esposas y
las madres de los que la tripulaban.
Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.
Al poco rato, apareció otra.
--¡Es la de Manuel de Dorotea!--exclamaron en seguida en el grupo.
Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpe
de mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.
Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendo
unas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban iba
mermando poco a poco a medida que las barcas entraban en la ensenada de
Rodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba una
sola lancha. En la ribera, se sabía ya que aquella lancha no había de
llegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban a
noticiarlo. Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con sus
pequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su
desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la terrible
idea.
El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aún
persistía en soplar furiosamente: las aguas del océano dejaban de
fruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las esposas y madres
seguían con los ojos clavados en el mar esperando siempre ver aparecer
los suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas,
sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas saltaban a los ojos: el
viento las secaba prontamente.
Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba apresuradamente la
vuelta de él por la carretera de Sarrió. Como marino experimentado,
comprendió a las primeras señales de contraste que iba a caer un viento
peligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo,
lleno de tristeza:--«Es imposible que hoy no suceda una desgracia en
Rodillero.»--Y apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se detenía
algunos instantes para subir a alguna eminencia del camino y escrutar
atentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando el
huracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia:
dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminante
que halló por casualidad, y se dio a correr como un gamo hasta perder el
aliento.
Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca del
oscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras:
al pasar por delante, uno de ellos le dijo:
--José; la lancha de Tomás se perdió.
El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente conmovido:
--¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?
El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y arrepentido de
habérselo dicho.
José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó a mesarse
los cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuó
caminando hacia el pueblo, y entró en él escoltado por el grupo de
chicos y por otros muchos que se les fueron agregando.--«Ahí va José;
ahí va José de la viuda:»--se decían los vecinos acercándose a las
puertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en la
mano. Al cruzar por delante de una taberna, salieron de ella tres o
cuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle,
y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.
--Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No se salvó
ninguno?--preguntó temblándole la voz, al poner el pie en la taberna.
Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó. Después de
algunos instantes de silencio, uno le dijo:
--Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos estamos sujetos a
lo mismo.
José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador, y metió
la cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su compañero le
puso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano para
cogerlo y bebió todo el vino con avidez.
--¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]--dijo al colocarlo otra
vez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina algunas lágrimas que
le rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera:
--¿Y cómo fue eso?
--Pues nada, muchacho, se fueron a pique porque quisieron--le contestó
uno.--Cuando veníamos todos con el borriquete medio relingado y con
muchísimo ojo,[86.2] y que no nos llegaba la camisa al cuerpo,[86.3]
vemos que Tomás iza el trinquete en el palo del medio... Me parece que
no había acabado de relingar cuando ¡zas! dio vuelta[86.4] la
lancha...
--¿No quedó flotando alguno?--preguntó Bernardo.
--Sí; vimos tres o cuatro.
--¿Y por qué no los recogisteis?
--Porque pasábamos muy lejos de ellos... Detrás de nosotros y bien a
barlovento venía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él los recogería.
--¡Pensabais! ¡pensabais!--exclamó Bernardo indignado.--¡Lo que yo
pienso es que debierais ir entre guardias civiles a la cárcel así que
saltasteis en la ribera!
--¿Por qué, morral,[87.1] por qué?--preguntó el otro lleno de ira.--¿Qué
íbamos a hacer nosotros, pasando más de un tiro de carabina lejos de
ellos? ¿Querías que por salvarlos a ellos nos ahogáramos todos?
--¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fue esa![87.2]... ¿Y por qué no
arriasteis de plan[87.3] la vela y no os acercasteis bogando?
--¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que estaba la mar para que
hiciéramos dulces con ella?[87.4]
--La mar estaba bella... un poco de salsa y nada más.
--¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar si estabas en tierra rascándote
la barriga?[87.5]
--La mar estaba bella, te digo... Y además, en último resultado, ¿por
qué no disteis fondo[87.6] y no aguardasteis a que ellos se fueran
acercando a vosotros?
Mientras Bernardo y el otro marinero disputaban, José permanecía
silencioso, teniendo la cabeza entre las manos en actitud de profundo
abatimiento. Pensaba que su hermana quedaba con seis niños, el mayor
de once años, sin más amparo que la capa del cielo: y por más que sus
hermanas jamás habían sido buenas para él y le habían ocasionado muchos
pesares, todavía les dedicaba en su corazón un cariño inmenso. La
tabernera, gorda y linfática, le miraba con lástima y hacía esfuerzos
por consolarle, presentándole de vez en cuando el vaso lleno de vino: él
alargaba el brazo distraídamente para cogerlo y lo bebía hasta el
tope,[88.1] sin darse cuenta cabal de lo que hacía.
Cuando más encendida estaba la disputa entre Bernardo y su compañero, he
aquí que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi en el mismo instante
entra en la taberna con violencia la hermana de nuestro marinero, la que
acababa de quedar viuda, suelto el cabello, el rostro demudado y rodeada
de sus hijos. Se abalanza a José y se arroja en sus brazos, rompiendo en
agudos gemidos, que dejan silenciosos y graves a todos los marineros.
Aquél la recibe también llorando. Cuando se separan, la mujer recoge sus
niños, y, empujándolos hacia José, les dice, con cierta expresión
teatral que repugna a los circunstantes, bien enterados de lo mucho que
aquél había sufrido por su causa:
--Hijos míos, ya no tenéis quien os mantenga; pedid de rodillas a
vuestro tío que sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os amparará.
El noble marinero no advierte, como los demás, la hipocresía de su
hermana; abraza a los niños y les besa diciendo:
--No tengáis cuidado, pobrecitos; mientras yo tenga un pedazo de pan,
será vuestro y de vuestra madre.
Después se limpia las lágrimas y dice a su hermana:
--Vaya, llévalos a casa, que ya es noche.
Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó de nuevo
la disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos los
marineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.
José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de vez en
cuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al fin, tanto fue
lo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue preciso
trasportarlo a casa, en completo estado de embriaguez.