Recogió, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lo
bien que[89.2] le consentían sus escasos recursos. Pero éstos, en vez de
aumentar, fueron disminuyendo: la costera de la sardina fue desdichada
hasta el fin; no hubo apenas congrio ni merluza: cuando llegó la del
besugo, por los meses de Diciembre y Enero, José estaba empeñado en más
de mil reales, y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, que
ascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por los
acreedores, se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y venderse
con prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedio
que entrar de simple compañero en otra, ganando como los demás, una
soldada, que aquel año era cortísima.
Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa. Su madre
no sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contra
ella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía de
todos los rincones del pueblo. Dentro de casa, su hija, sus nietos y
el mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cólera
que se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra
parte, la hermana casada no veía con buenos ojos que la viuda y sus
hijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y la
dejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1]
(eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía,
y de ahí se originaban pendencias repugnantes que convertían la vivienda
en un verdadero infierno.
Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestro
desgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasaba
allí algunas horas charlando y bebiendo con sus compañeros. Poco a poco
el vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando de
él, y si no le dominó por entero como a otros, haciéndole olvidar sus
obligaciones, todavía fue lo bastante para que en el pueblo se dijese
que «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa a
propalar esta especie entre las comadres.
La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos a
abatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad del
corazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desde
que nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad de
la mar y con los caracteres no menos feroces de su madre y hermanas,
poco le importaría[90.2] un latigazo más de la fortuna si su vida no
hubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero había
tropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado al
tiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material. De pronto,
bienestar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumido
en las tinieblas de la miseria y la soledad. Y si es cierto, como afirma
el poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la
desgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivo
al suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría que
el vino comunica.
Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablar
con Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura
(y era pocas veces porque se pasaba el día entero en la mar), se alejaba
corriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscaba
asilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza y
miedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar. Más
adelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andar
suelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba ya
inclinada a despreciarle, que su madre había logrado persuadirla a ello,
y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidad
evitó cuidadosamente su encuentro. Los contratiempos que después padeció
ayudaron también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltaba
razón, que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía,
no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciada
como la hija de la maestra.
Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento no
salieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante de
Rodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que le
había ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en el
estado de pobreza en que se hallaban, eran un socorro muy aceptable.
Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José no
pasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había camino
real para ir a Peñascosa, la gente de este pueblo y la de Rodillero
acostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o caballería, de una
trocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre e
hijo cuando ya el sol declinaba.
Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía un
color azul oscuro. Como la vereda no consentía que fuesen
pareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchaban
silenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de sus
corazones. Cuando se hallaban a medio camino próximamente, en un paraje
en que la trocha dejaba las peñas de la costa y entraba por un vasto y
alegre campo, vieron a lo lejos otras dos personas que hacia ellos
venían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbre
de explorar largas distancias, no tardó en descubrir que aquellas dos
personas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón,
pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No se
atrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con los
ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dos
figuras lejanas, se volvió hacia él preguntando:
--Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabel
y Elisa?
--Creo que sí--respondió el marinero sordamente.
--¡Ah!--exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco el paso sin
pronunciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo tratase de
estorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.
José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada. No
obstante, después que hubieron caminado algunos pasos, pudo más el temor
de una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y se
aventuró a decir severamente:
--Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni comprometerme.
Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera evitar
razonamientos.
Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:
--¡Mire bien lo que va a hacer, madre!
El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercado
ya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa. Cuando
estuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo el
paso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque había
advertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba hacia
ella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzó
rápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte o
treinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras,
comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira le
hacía siempre adoptar:
--¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V. buena?... ¿El
esposo bueno también?... Hacía tiempo que no tenía el gusto de verla...
--¡José, ten cuidado con tu madre, que está loca!--gritó la señá Isabel
con el semblante demudado.
--¡Ah, señora! ¿Conque después de haberle echado a pedir limosna y
haberse reído de él, le pide V. todavía que la socorra?--Y cambiando
repentinamente la expresión irónica de su rostro por otra iracunda y
feroz, salvó como un tigre la distancia que la separaba de su enemiga, y
se arrojó sobre ella gritando:--¡Tú me has vuelto loca, bribona!...
¡Pero ahora me las vas a pagar todas![94.1]
La lucha fue tan rabiosa como repugnante. La viuda, más fuerte y más
nerviosa, consiguió en seguida arrojar al suelo a la señá Isabel; pero
ésta, apelando a todos los medios de defensa, arrancó los pendientes a
su enemiga, rajándole las orejas y haciéndole sangrar por ellas
copiosamente.
José de un lado y Elisa del otro, se habían precipitado a separar a sus
madres, y se esforzaban inútilmente por conseguirlo. Elisa tenía el
rostro bañado de lágrimas; José estaba pálido y conmovido. Sus manos en
uno de los lances de la faena,[94.2] se encontraron casualmente; y por
un movimiento simultáneo, alzaron ambos la cabeza; se miraron con amor,
y se las estrecharon tiernamente.
Al fin José, cogiendo a su madre por medio del cuerpo, la levantó en el
aire y fue a depositarla algunos pasos lejos: Elisa ayudó a levantarse a
la suya. Unos y otros se apartaron siguiendo su camino. Las madres iban
delante murmurando sin cesar injurias: los hijos volvían a menudo la
cabeza para mirarse, hasta que se perdieron enteramente de vista.
X
Don Fernando, de la gran casa de Meira, se paseaba una noche, dos meses
después del suceso que acabamos de referir, por el vasto salón feudal de
su casa solariega. Alguien hubiera echado menos en aquel instante la
artística lámpara de bronce, en consonancia con la majestuosa amplitud
de la cuadra, o los primorosos candelabros de plata de un período más
reciente; porque el pavimento no estaba llano, liso y extendido como en
los siglos anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agujeros, que aunque
labrados por la planta nobilísima de los señores de Meira, y en este
supuesto muy dignos de veneración, no dejaban de ser enemigos declarados
de la integridad y salud de todas las piernas, lo mismo hidalgas que
plebeyas. Pero D. Fernando los conocía muy bien, y los evitaba sin
verlos, caminando con paso rápido de un cabo a otro de la estancia, en
medio de las tinieblas.
Sus pasos retumbaban huecos y profundos en el vetusto caserón; mas los
ratones, habituados desde muy antiguo[95.1] a escucharlos, no mostraban
temor alguno y persistían tranquilamente en su obra devastadora,
rompiendo el silencio de la noche con un leve y continuado crugido; los
murciélagos, con menos temor aún, volaban en danza fantástica sobre la
cabeza del anciano con sordo y medroso zumbido.
En aquel momento, D. Fernando se hubiera metamorfoseado de buena gana en
ratón, y acaso acaso,[95.2] en murciélago. Por muy triste que fuese roer
en la madera sepultado en un tétrico agujero, o yacer aletargado
durante el día sobre la cornisa de una puerta, para volar únicamente en
las lúgubres horas de la noche, ¿lo era menos, por ventura, verse
privado de salir a la luz del sol y caminar al aire libre después de
conocer las dulzuras de uno y otro? Pues esto, ni más ni menos, era lo
que le acaecía al noble vástago de la casa de Meira, hacía ya cerca de
un mes. ¿Y todo por qué? Por una cosa tan sencilla y corriente, como no
tener camisa.
Hacía ya bastante tiempo que D. Fernando sólo tenía una; pero con ella
se daba traza para ir tirando;[96.1] cuando estaba sucia la lavaba con
sus propias manos, y la tendía en un patinejo[96.2] que había detrás de
la casa, y después que se secaba, bien aplanchada con las manos, se la
ponía. Mas sucedió que una mañana, estando la camisa tendida al sol, y
el señor de Meira esperando en su mansión que se secase, acertó a entrar
en el patio, por una de sus múltiples brechas, el asno de un vecino; el
señor de Meira le vio acercarse a la camisa, sin sospechar nada malo; le
vio llegar el hocico a ella, y todavía no comprendió sus planes; sólo al
contemplarla entre los dientes del pollino se hizo cargo de su
imprevisión, y sintió el corazón desgarrado; y la camisa también. Desde
entonces D. Fernando no puso más los pies en la calle a las horas del
día; repugnaba mucho, y no sin razón, a sus altos sentimientos feudales,
presentarse sin una prenda[96.3] tan indispensable ante los hijos de
aquellos antiguos villanos, sobre quienes sus antepasados ejercían el
derecho de pernada[96.4] y otros privilegios tan despóticos, aunque
menos ominosos.
Entre los hijos de aquellos villanos corría como muy cierta la voz de
que D. Fernando estaba pasando «las de Caín.»[97.1] Y aunque el hambre
se cernía como águila rapaz sobre la cabeza de casi todos los vecinos de
Rodillero, no faltaban corazones compasivos que procuraban socorrer al
noble caballero sin ofender su extraordinaria y delicadísima
susceptibilidad. El que más se distinguía en esta generosa tarea era
nuestro José, el cual apelaba a mil ardides y embustes para obligar al
señor de Meira a que aceptase sus auxilios: unas veces le venía hablando
de una deuda antigua que su madre tenía con la casa de Meira; otras
muchas le mandaba pescado de regalo; otras, llevando las viandas en un
cesto, se iba a cenar con él en grata compañía. D. Fernando, que conocía
la precaria situación del marinero, rechazaba con heroísmo aquellos tan
apetecidos socorros, y sólo después de largo pugilato,[97.2] lograba
José que los aceptase, volviendo la cabeza para no ver las lágrimas de
agradecimiento que el anciano caballero no era poderoso a contener. Pero
estos y otros socorros no bastaban algunas veces: había días en que
nadie parecía por el lóbrego caserón, y entonces era cuando D. Fernando
pasaba «aquellas de Caín» a que la voz pública se refería.
Ahora las está pasando más terribles y crueles que nunca. Hace
veinticuatro horas que no ha entrado alimento alguno en el estómago del
noble caballero; y según se puede colegir, no es fácil que entre todavía
en algunas más, pues son las doce de la noche y se encuentran todos los
vecinos reposando. A medida que el tiempo pasa crece su congoja: los
paseos no son tan vivos; de vez en cuando se pasa la mano por la frente,
donde corren ya algunas gotas de sudor frío, y deja escapar algunos
suspiros que mueren tristemente sin llegar a todos los ámbitos del
tenebroso salón. El último vástago de la alta y poderosa casa de Meira
está a punto de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo cuenta cabal
de lo que hace, movido sin duda del puro instinto de conservación,
abandona rápidamente la estancia, baja las ruinosas escaleras en pocos
saltos y se lanza a la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil sin
saber a dónde dirigirse.
Era una noche templada y oscura de primavera: espesos nubarrones velaban
por completo el fulgor de las estrellas. D. Fernando gira la vista en
torno con dolorosa expresión de angustia, y después de vacilar unos
instantes, empieza a caminar lentamente a lo largo de la calle en
dirección de la salida del pueblo. Al pasar por delante de las casas
vacila, medita si llamará en demanda de socorro; pero un vivo
sentimiento de vergüenza se apodera de él en el momento de acercarse a
las puertas y sigue su camino; sigue siempre, bien convencido, sin
embargo, de que pronto caerá rendido a la miseria. Empieza a sentir
vértigos y nota que la vista se le turba. Al llegar delante de la casa
de la señá Isabel, que es una de las últimas del lugar, se detiene... ¿A
dónde va? ¿A morir quizá como un perro en la carretera solitaria?
Entonces vuelve a mirar en torno suyo[98.1] y ve a su izquierda
blanquear la tapia de la huerta del maestro: es una huerta amplia y
feraz, llena de frutas y legumbres; la mejor que hay en el pueblo, o por
mejor decir, la única buena. El pensamiento criminal de entrar en
aquella huerta y apoderarse de algunas legumbres asalta al buen hidalgo;
lo rechaza al instante; le acomete otra vez; torna a rechazarlo.
Finalmente, después de una lucha tenaz, pero desigual, vence el pecado.
D. Fernando se dijo para cohonestar el proyecto de robo:--«¿Pues qué,
voy a dejarme morir de hambre? Unas cuantas patatas más o menos no
suponen nada[99.1] a la maestra; bastante tiene... mal adquirido a costa
de los pobres pescadores.»
Y he aquí cómo el hambre hizo socialista en un instante al último
vástago de la gran casa de Meira.
Siguió la tapia a lo largo, torció a la izquierda y buscó por detrás de
la casa el sitio más accesible para entrar. La pared por aquel sitio no
era tan alta y estaba descascada y ruinosa en algunos trozos.[99.2] Don
Fernando apoyando los pies en los agujeros logró colocarse encima; una
vez allí se agarró a las ramas de un pomar y descendió por ellas
lentamente y con mucha cautela hasta el suelo. Después de permanecer
algunos momentos inmóvil para cerciorarse de que nadie le había sentido,
se introdujo muy despacito en la huerta. Lo primero que hizo en cuanto
se halló entre los cuadros de las legumbres, fue arrancar una cebolla y
echarle los dientes. En cuanto la engulló, arrancó otras tres o cuatro y
se las metió en los bolsillos; después se volvió otra vez a paso de
lobo[99.3] hacia la tapia. Mas antes de llegar a ella percibió con
terror que se movían las ramas del pomar por donde había saltado, y a la
escasísima claridad de la noche observó que el bulto de un hombre se
agitaba entre ellas y se dejaba caer al suelo, como él había hecho. D.
Fernando quedó petrificado; y mucho más creció su miedo y su vergüenza
cuando el hombre dio unos cuantos pasos por la huerta y se vino hacia
él: lo primero que se le ocurrió fue echarse al suelo: el hombre pasó
rozando con él: era José.
¿Vendrá también a robar?--pensó D. Fernando; pero José dejó salir de su
boca un silbido prolongado, y el señor de Meira vino a entender que se
trataba de una cita amorosa, cosa que le sorprendió bastante, pues
creía, como todo el pueblo, que las relaciones de Elisa y el marinero
estaban rotas hacía ya largo tiempo. No tardó en aparecer otro bulto por
el lado de la casa, y ambos amantes se aproximaron y comenzaron a hablar
en voz tan baja que D. Fernando no oyó más que un levísimo cuchicheo. La
situación del caballero era un poco falsa; si a los jóvenes les diese
por[100.1] recorrer la huerta o estuviesen en ella hasta que el día
apuntase y le viesen, ¡qué vergüenza! Para evitar este peligro se
arrastró lenta y suavemente hasta el pomar y se ocultó entre unas
malezas que cerca de él había, esperando que José se marchase para
escalar de nuevo el árbol y retirarse a su casa. Mas al poco rato de
estar allí[100.2] comenzaron a caer algunos goterones de lluvia, y los
amantes vinieron también a refugiarse debajo del pomar, que era uno de
los pocos árboles copudos[100.3] y frondosos de la huerta, y el más
lejano de la casa. Don Fernando se creyó perdido y comenzó a sudar de
miedo; ni un dedo se atrevió a mover. Elisa y José se sentaron en el
suelo uno al lado de otro dando la espalda[100.4] al caballero, sin
sospechar su presencia.
--¿Y por qué crees que tu madre presume algo?--dijo José en voz baja.
--No sé decirte; pero de algunos días a esta parte[100.5] me mira mucho
y no me deja un instante sola. El otro día, mientras estaba barriendo la
sala, me puse a cantar; al instante subió ella y me dijo: «¡Parece que
estás contenta, Elisa! Hacía ya mucho tiempo que no te salía la voz del
cuerpo.»[101.1] Me lo dijo de un modo y con una sonrisa tan falsa, que
me puse colorada y me callé.
--¡Bah, son cavilaciones tuyas!--replicó el marinero.
Guardó silencio, sin embargo, después de esta exclamación y al cabo de
un rato lo rompió, diciendo:
--Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, no te sorprenda.
--¡Desgraciada de mí entonces! Más me valiera no haber nacido--repuso la
joven con acento de terror.
Ambos volvieron a quedar silenciosos. Elisa, cabizbaja y distraída,
jugaba con las hierbas del suelo. José alargó la mano tímidamente, y,
simulando también jugar con el césped, consiguió rozar suavemente los
dedos de su novia. La lluvia, que comenzaba a arreciar, batía las hojas
del pomar con redoble[101.2] triste y monótono; la huerta exhalaba ya un
olor penetrante de tierra mojada.
--¿Pensáis salir mañana a la mar?--preguntó Elisa al cabo de un rato,
levantando sus hermosos ojos rasgados hacia el marinero.
--Me parece que no--repuso éste.--¿Para qué?--añadió con amargura.--Hace
ocho días que no traemos valor de cinco duros.
--Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay merluza en la mar.
--¡Este año no ha habido nada!--exclamó José con rabia.
Otra vez quedaron silenciosos. Elisa seguía jugando con las hierbecitas
del suelo. El marinero le había aprisionado un dedo entre los suyos y lo
estrechaba suavemente, sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de un
rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comenzó a decir, en voz baja y
temblorosa:
--Yo creo, José, que la causa de todo lo que nos está pasando, es la
maldición que te ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas a pedirla que
te la levante?... Desde que esa mujer te maldijo no te ha salido nada
bien.
--Y antes tampoco[102.1]--apuntó José con sonrisa melancólica.
--Otros muchos lo han hecho antes que tú--siguió diciendo la joven, sin
hacer caso de la observación de su amante.--Mira, Pedro el de la
Matiella, ya sabes cómo estaba, flaco y amarillo que daba lástima
verlo[102.2]... todo el mundo pensaba que se moría. En cuanto pidió
perdón a la sacristana, empezó a ponerse bueno y ya ves hoy cómo está.
--No creas esas brujerías, Elisa--dijo el marinero, con una inflexión de
voz en que se adivinaba que él andaba muy cerca de creerlas también.
Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente a su brazo con un movimiento
de terror.
--¿No has oído?
--¿Qué?
--¿Ahí entre las zarzas?
--No he oído nada.
--Se me figuró escuchar la respiración de una persona.
Ambos quedaron un momento inmóviles con el oído atento.
--¡Qué miedosa eres, Elisa!--dijo riendo el marinero.--Es el ruido de la
lluvia al pasar entre las hojas hasta el suelo.
--¡Me parecía!...--repuso la joven sin quitar los ojos de la maleza
donde estaba oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco a poco el brazo de
su novio.
Mientras tanto, aquél sudaba copiosamente temiendo que José viniese a
explorar las zarzas. Afortunadamente, no fue así: Elisa se tranquilizó
pronto, y viendo a su amante triste y cabizbajo, cambió de conversación
con ánimo de alegrarle.
--¿Cuándo comenzaréis a salir al bonito?... Tengo ya deseos de que
empiece la costera... Me da el corazón[103.1] que va a ser muy buena...
--Allá veremos--repuso José moviendo la cabeza en señal de duda.--Creo
que saldremos dentro de quince o veinte días... ¿Qué vamos a hacer si
no?...
--Comienza el buen tiempo... y vendrán en seguida las romerías... ¡Qué
gusto!... La de la Luz[103.2] es ya de mañana en un mes--dijo Elisa
esforzándose por aparecer alegre.
--¡Qué importa que comiencen las romerías si yo no puedo acompañarte en
ellas!--exclamó el marinero con acento dolorido.
--No te dejes acobardar, José, que todo se arreglará... Hay que tener
confianza en Dios... Yo todos los días le pido al Santo Cristo que te dé
buena suerte, y que le toque en el corazón a mi madre.
--Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no me ha querido cuando
tenía algunos cuartos, ¿cómo me ha de querer hoy que soy un pobrete, y
tengo sobre los hombros tanta familia?
Elisa comprendió la justicia de esta observación; pero repuso con la
tenacidad sublime que el amor comunica a las mujeres:
--No importa... yo creo que se ablandará. Tengamos confianza en el Santo
Cristo de Rodillero, que otros milagros mayores ha sabido obrar...
La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal suerte, que ya el árbol no
bastaba a proteger a los amantes: las hojas se doblaban al peso del
agua, y la dejaban caer en abundancia sobre sus cabezas. Pero ellos ni
lo advertían siquiera, embargados enteramente por el deleite de hallarse
juntos; las manos enlazadas, los ojos en extática contemplación.
Elisa logró al cabo ahuyentar la melancolía de su novio; su plática tomó
un sesgo[104.1] risueño; hablaron de los incidentes ocurridos en pasadas
romerías, y rieron de buena gana recordándolos.
--¿Te acuerdas cuando Nicolás nos convidó en la romería de San Pedro?...
Tú me dijiste por lo bajo:[104.2]--«Hay que beberle todo el vino que
saque...»
--Porque en seguida vi que el gran tacaño[104.3] lo que quería era
echársela de rumboso[104.4] a poca costa.
--¡Qué trabajo me costó echar todo el vaso al cuerpo![104.5] Tú te lo
bebiste en un decir Jesús[104.6]... y anda que Ramona tampoco se portó
mal del todo.[104.7]
--Pero, cuando vio que Bernardo se lo iba a tragar entero también, ¿qué
de prisa le echó mano,[104.8] verdad?
--¡Como que ya no podía resistir más el pobre!--dijo Elisa rompiendo a
reír.--Lo mejor de todo fue lo que decía para disculpar la porquería...
«¡Ésa es una broma!... ¡yo no quiero bromas!...» Cuando se me representa
la cara que ponía el infeliz al vernos apurar el vaso, me río como una
loca, aunque esté sola...
Ambos reían en efecto, procurando no hacer ruido.
--Por cierto--siguió Elisa, fingiendo seriedad,--que tú más tarde te
pusiste un poco alegre, y le diste un beso a mi prima Ramona.
--No me acuerdo.
--Sí; no te acuerdas de lo que no quieres.
--De todos modos, estando borracho, no sabe uno lo que hace.
--No se te ocurriría, sin embargo, echarte al agua.
--¡Claro!
--Pero se te ocurre besar a las muchachas.
--No estando borracho, jamás--afirmó resueltamente José.
--¡Madre mía, si en la hora de la muerte me pusieran a la cabecera
tantos angelitos como besos habrás dado!
--Te irías sola para el cielo--repuso el marinero riendo.
La plática se trocaba en alegre disputa: los amantes se embriagaban con
aquella charla sencilla hallando tan chistoso lo que mutuamente se
decían, que no cesaban de soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban
llevando la mano a la boca. La noche, oscura y lluviosa, era para ellos
plácida y grata como pocas.
Pero Elisa creyó percibir otra vez la respiración que antes la
asustara.[105.1] Se quedó algunos instantes distraída; y no queriendo
decir nada a José porque no la llamase otra vez medrosa, optó por
separarse.
--Ya debe de ser muy tarde, José--dijo levantándose.--Mañana tengo que
madrugar... además, nos estamos poniendo como una sopa.[106.1]
El marinero se levantó también, aunque no de buen grado.
--¡Qué bien se pasa el tiempo a tu lado, Elisa!--dijo tímidamente.
La joven sonrió con dulzura oyendo aquella declaración que el marinero
no había osado pronunciar hasta entonces, y un poco ruborizada le tendió
la mano.
--Hasta mañana, José.
José tomó aquella mano, la estrechó tierna y largamente, y contestó con
melancolía:
--Hasta mañana.
Pero no acababa de soltarla: fue necesario que Elisa dijese otra vez:
--Hasta mañana, José.
Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápidamente en dirección a la casa.
El marinero no se movió, hasta que calculó que estaba ya dentro: luego
escaló cautelosamente la cerca, montó sobre ella, y desapareció por el
otro lado.
Algunos instantes después, salía de su escondite el Sr. de Meira mojado
hasta los huesos.
--¡Pobres muchachos!--exclamó sin acordarse de su propia miseria y
trepando con trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, enderezó los
pasos hacia su mansión feudal acariciando en la mente un noble, cuanto
singular proyecto.[106.2]