VII

El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman

los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o

cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los

vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad,

aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto

la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su

tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.

La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual

llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban

rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil

de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando

en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan

las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto

por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano

trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno;

todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía

delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha

de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba

aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un

enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su

entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar

mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no

pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento.

Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1]

por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo,

ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le

llenaron de amargura.

La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre;

se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos

contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo,

traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.

--¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes

de la ruina de los vecinos de Rodillero?...

Y dirigiéndose a José:

--No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te

faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que

mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.

Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro

marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar

de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin

soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni

a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro,

acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos

por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba

intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba

serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con

abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía

que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su

desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José

tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo

inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en

el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad

de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos

desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se

calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para

comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos

años.

Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el

pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida

de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia

de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto;

además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto,

sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y

con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso

en seguida el dedo en la llaga:[65.3]

--¡Aquí anduvo la mano de la maestra!

En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar

envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.

--A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no

es capaz de hacerle daño.

Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando

en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros

apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla;

pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.

Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1]

y le dijo:

--¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el

pescuezo y se lo retuerzo?

José quedó aterrado.

--¿Por qué, madre?--preguntó con voz temblorosa.

--Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a

esto?--repuso ella clavándole una mirada altiva.

El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre,

esperó a que se desahogara.

Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su

aparente calma a una furiosa exaltación:

--Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro

hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin

vergüenza!...

Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José

permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando,

tornó a preguntar:

--¿Por qué, madre?

--¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo

perder la lancha...

--¿Y cómo sabe V. eso?--preguntó el pescador con calma.

Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en

aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos

ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con

gritos, con insultos y amenazas.

José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que

era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien

seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con

mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado,

pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones

con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:

--¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!

Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que

tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le

cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras;

finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o

cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas

contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando

que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con

sus vacilantes relaciones.[67.2]

Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en

certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del

pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad

que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días

antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el

tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya

no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había

cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello,

se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella

sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos

cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de

improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:

--¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha

de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!

El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos

atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir

lleno de miedo:

--¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...

Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono

irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de

triunfo.

--¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa

picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te

lo ha aconsejado la maestra, verdad?

El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la

suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.

--No señola; no señola; fui yo sólo...

Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo

se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a

una voz:

--Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]

La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su

infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo

podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de

aquélla.

Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó

con acento jocoso:

--Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V.

un poquito.

No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de

extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al

levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se

retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por

mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada,

empujó con rabia la puerta gritando:

--¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...

Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con

afectado sosiego:

--No me escondo, no; aquí me tienes.

--Baje V. un momento, señora--replicó Teresa, disfrazando con una

sonrisa el tono amenazador que usaba.

--¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja

que te ha quedado?[69.4]

Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se

irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la

ventana, gritó:

--¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros,

malvada!

Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las

ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el

espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias

entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y

exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de

urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les

da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el

asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy

antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este

pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se

desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar

parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y

algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto;

se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado

pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid

se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no

hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las

reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con

ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho

de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce

allí por otro nombre que por el de _el marica de D. Cándido_.[70.1]

Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a

adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la

retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para

herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz

con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel

alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la

boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta,

descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente

temida a causa de su astucia y malevolencia.

--A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla--dijo

contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.

--¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar

a pedir limosna, quitándome el pan.

--¿Qué te he quitado yo?

--La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!

--¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas

tragaderas![71.2]

Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:

--Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la

que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.

La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en

seguida, dijo:

--Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar

encerrada, por loca.

--Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la

cárcel, o poco he de poder!

--Calla, tonta, calla--dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una

sonrisa,--¿no ves que se están riendo de ti?

--¡A la cárcel! ¡a la cárcel!--repitió la viuda con energía, y

volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:--¿Habéis visto

nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta

bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y

le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre,

le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no

gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que

ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para

nada...

En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse

a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la

indignación que reflejaba, diciendo:

--¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en

seguida al señor alcalde!

Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló

medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo,

le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre

pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para

exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:

--¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?

Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su

enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la

muchedumbre que la rodeaba:

--Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus

padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes

dejará los dientes en ella!...

La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.

--¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que

mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6]

mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que

tienes el hocico untado.[73.1]

La viuda se puso encarnada como una brasa.

--Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no

nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!

El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta

injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba

insultarla a mansalva.[73.2]

--¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda

nadie de cuándo te lo han robado...

--¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!--gritaba la viuda, a quien ahogaba el

coraje.

--Calla, tonta, calla--decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de

los labios.[73.3]--Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame

_aquello_[73.5]...

--¡Has de parar en la horca, bribona!

--No te empeñes en que te llame _aquello_, porque no quiero.--Y

volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:

--¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame

_aquello!_... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...

Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan

graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa

había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran

cada vez más groseras y terribles.

Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de

representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos

a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá

suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo

rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel

esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los

denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus

palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo

como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el

pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía

cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces

se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz

enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último,

rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó

definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas

de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:

--¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé

la perlesía, y revientes![74.3]

Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando

experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un

accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al

cirujano del lugar.

José · 第 22 / 39 题