El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman
los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o
cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los
vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad,
aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto
la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su
tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual
llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban
rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil
de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando
en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan
las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto
por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano
trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno;
todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía
delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha
de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba
aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un
enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su
entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar
mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no
pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento.
Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1]
por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo,
ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le
llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre;
se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos
contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo,
traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
--¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes
de la ruina de los vecinos de Rodillero?...
Y dirigiéndose a José:
--No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te
faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que
mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.
Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro
marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar
de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin
soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni
a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro,
acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos
por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba
intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba
serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con
abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía
que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su
desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José
tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo
inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en
el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad
de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos
desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se
calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para
comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos
años.
Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el
pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida
de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia
de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto;
además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto,
sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y
con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso
en seguida el dedo en la llaga:[65.3]
--¡Aquí anduvo la mano de la maestra!
En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar
envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.
--A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no
es capaz de hacerle daño.
Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando
en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros
apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla;
pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.
Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1]
y le dijo:
--¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el
pescuezo y se lo retuerzo?
José quedó aterrado.
--¿Por qué, madre?--preguntó con voz temblorosa.
--Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a
esto?--repuso ella clavándole una mirada altiva.
El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre,
esperó a que se desahogara.
Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su
aparente calma a una furiosa exaltación:
--Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro
hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin
vergüenza!...
Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José
permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando,
tornó a preguntar:
--¿Por qué, madre?
--¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo
perder la lancha...
--¿Y cómo sabe V. eso?--preguntó el pescador con calma.
Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en
aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos
ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con
gritos, con insultos y amenazas.
José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que
era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien
seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con
mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado,
pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones
con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:
--¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!
Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que
tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le
cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras;
finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o
cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas
contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando
que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con
sus vacilantes relaciones.[67.2]
Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en
certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del
pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad
que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días
antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el
tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya
no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había
cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello,
se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella
sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos
cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de
improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:
--¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha
de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!
El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos
atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir
lleno de miedo:
--¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...
Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono
irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de
triunfo.
--¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa
picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te
lo ha aconsejado la maestra, verdad?
El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la
suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.
--No señola; no señola; fui yo sólo...
Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo
se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a
una voz:
--Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]
La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su
infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo
podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de
aquélla.
Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó
con acento jocoso:
--Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V.
un poquito.
No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de
extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al
levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se
retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por
mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada,
empujó con rabia la puerta gritando:
--¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...
Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con
afectado sosiego:
--No me escondo, no; aquí me tienes.
--Baje V. un momento, señora--replicó Teresa, disfrazando con una
sonrisa el tono amenazador que usaba.
--¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja
que te ha quedado?[69.4]
Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se
irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la
ventana, gritó:
--¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros,
malvada!
Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las
ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el
espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias
entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y
exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de
urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les
da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el
asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy
antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este
pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se
desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar
parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y
algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto;
se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado
pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid
se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no
hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las
reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con
ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho
de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce
allí por otro nombre que por el de _el marica de D. Cándido_.[70.1]
Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a
adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la
retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para
herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz
con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel
alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la
boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta,
descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente
temida a causa de su astucia y malevolencia.
--A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla--dijo
contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.
--¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar
a pedir limosna, quitándome el pan.
--¿Qué te he quitado yo?
--La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!
--¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas
tragaderas![71.2]
Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:
--Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la
que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.
La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en
seguida, dijo:
--Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar
encerrada, por loca.
--Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la
cárcel, o poco he de poder!
--Calla, tonta, calla--dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una
sonrisa,--¿no ves que se están riendo de ti?
--¡A la cárcel! ¡a la cárcel!--repitió la viuda con energía, y
volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:--¿Habéis visto
nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta
bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y
le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre,
le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no
gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que
ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para
nada...
En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse
a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la
indignación que reflejaba, diciendo:
--¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en
seguida al señor alcalde!
Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló
medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo,
le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre
pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para
exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:
--¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?
Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su
enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la
muchedumbre que la rodeaba:
--Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus
padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes
dejará los dientes en ella!...
La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.
--¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que
mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6]
mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que
tienes el hocico untado.[73.1]
La viuda se puso encarnada como una brasa.
--Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no
nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!
El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta
injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba
insultarla a mansalva.[73.2]
--¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda
nadie de cuándo te lo han robado...
--¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!--gritaba la viuda, a quien ahogaba el
coraje.
--Calla, tonta, calla--decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de
los labios.[73.3]--Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame
_aquello_[73.5]...
--¡Has de parar en la horca, bribona!
--No te empeñes en que te llame _aquello_, porque no quiero.--Y
volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:
--¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame
_aquello!_... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...
Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan
graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa
había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran
cada vez más groseras y terribles.
Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de
representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos
a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá
suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo
rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel
esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los
denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus
palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo
como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el
pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía
cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces
se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz
enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último,
rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó
definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas
de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:
--¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé
la perlesía, y revientes![74.3]
Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando
experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un
accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al
cirujano del lugar.