Acaeció, como todos los años, que el número harto considerable de
lanchas vizcaínas ocasionó, al fin de la costera del bonito, algún
malestar en Rodillero. Eran tantas las embarcaciones que se juntaban por
las tardes en la ribera, que los pescadores no podían botarlas todas a
tierra; por muy arriba que[56.2] subiesen las primeras que llegaban de
la mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían precisados sus dueños
a dejarlas en los dominios de la marea, amarradas a las otras. Esto
causaba algunos disgustos y desazones; se murmuraba bastante, y se
dirigían de vez en cuando vivas reclamaciones al cabo de mar;[56.3] pero
éste no podía impedir que los vizcaínos continuasen en el puerto,
mientras la comandancia[56.4] de Sarrió no ordenase su partida. Las
reyertas, sin embargo, no eran tantas ni tan ásperas como pudiera
esperarse, debido al temperamento pacífico, lo mismo de los naturales,
que de los forasteros.
Mientras el tiempo fue propicio (y lo es casi siempre allí en los meses
de Junio, Julio y Agosto), todo marchó bastante bien; mas al llegar
Setiembre, creció la discordia y la murmuración, con el peligro de las
embarcaciones que quedaban a flote. Aunque el cielo se muestre sereno en
este mes y el viento no sople recio, a menudo se levanta marejada, la
cual procede de temporales que se forman en otras regiones apartadas.
Estas mares gruesas,[57.1] que reinan en aquella costa gran parte del
otoño, inquietaban a los armadores, temiendo que la hora menos
pensada[57.2] rompiesen las amarras de los barcos, y diesen con ellos al
través.[57.3] No había más que bajar por la noche a la ribera para
convencerse de que tales temores eran fundados. La mar hacía bailar a
las lanchas; embestían unas contra otras duramente, y rechinaban cual si
se quejasen de los testerazos, produciendo en el silencio y la oscuridad
rumor semejante al de una muchedumbre agitada; parecía en ocasiones
plática sabrosa que unas con otras tenían entablada acerca de los varios
lances de su vida azarosa; otras veces disputa acalorada, donde todas a
la vez querían mezclarse y dar su opinión; otras, grave y encendida
pelea, en que algunas iban a perecer deshechas.
Un suceso desdichado vino al fin a dar la razón a los que[57.4] más
levantiscos[57.5] andaban y con más afán pedían la salida de los
vizcaínos. En cierta noche oscura, aunque serena, del citado mes, la
conversación de las lanchas empezó a ser muy animada desde las primeras
horas; pronto degeneró en disputa, que por momentos se fue acalorando; a
la una de la madrugada estalló una verdadera y descomunal batalla entre
ellas, como nunca antes se había visto. Los vizcaínos, que dormían a
bordo, se vieron necesitados a ponerse en pie a toda prisa, y a
maniobrar oportunamente para no padecer avería; más de una hora
trabajaron esforzadamente impidiendo la ruina de muchas lanchas, tanto
suyas como de Rodillero, y la deserción de otras, pues las sacudidas
eran terribles, y había peligro de que los cabos se quebrasen. Al fin
redobló de tal modo la furia de la marejada, que juzgándose impotentes
para evitar una catástrofe, corrieron por el pueblo dando la voz de
alarma. Acudieron al instante la mayor parte de los hombres y bastantes
mujeres; cuando llegaron, algunos barcos se habían abierto ya a poder
de[58.1] las repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con violencia a la
puerta de José.
--José, levanta en seguida; tienes perdida lancha.[58.2]
El marinero se alzó despavorido de la cama, se metió los pantalones y la
chaqueta apresuradamente, y corrió descalzo y sin nada en la cabeza a la
ribera. Antes de llegar con mucho, su oído delicado percibió entre el
estruendo de las olas un ruido seco de malísimo agüero. El espectáculo
que confusamente se ofreció a su vista le dejó suspenso.
La mar estaba picada de veras; el trajín[58.3] de las lanchas que habían
quedado a flote era vertiginoso: las embestidas menudeaban; entre el
rumor estruendoso de las olas escuchábase más claramente aquel ruido
seco semejante al crujido de huesos. Uníase a este formidable rumor las
voces de los hombres, cuyas siluetas se agitaban también vivamente entre
las sombras, acudiendo a salvar sus barcos: increpábanse mutuamente por
no evitar el choque de las lanchas; pedían cabos para sujetarlas;
procuraban a toda costa apartarlas y dejarlas aisladas; gritaban las
mujeres temiendo más por la vida de los suyos que por la ruina de los
barcos; contestaban los hombres a sus llamamientos con terribles
interjecciones: todo ello formaba un ruido infernal que infundía
tristeza y pavor. La oscuridad no era tanta que no consintiese
distinguir los bultos: muchos habían traído farolillos, que cruzaban
velozmente de un lado a otro como estrellas filantes.[59.1]
Repuesto José de la sorpresa, corrió al sitio donde había quedado su
lancha nueva, que era la que estaba en peligro, pues la vieja se
encontraba en seco. Su temor, sin embargo, no era grande, porque había
tenido la fortuna de llegar a tiempo para anclarla detrás de una peña
que avanzaba por el mar formando un muelle natural. Saltó en la
embarcación más próxima a la orilla y de una en otra fue pasando hasta
el sitio donde la había dejado; pero al llegar se halló con que[59.2]
había desaparecido. En vano la buscó con los ojos por la vecindad; en
vano preguntó a sus compañeros; nadie daba cuenta de ella. Por fin uno
que llevaba farol le gritó desde tierra:
--José, yo he visto hace rato escapar una lancha; no sé si sería la
tuya.
El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra, porque
las demás estaban allí.
--Si es la tuya, no pudo ir muy lejos--le dijo el marinero que estaba a
su lado.--El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echado
en seguida a tierra.
Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún consuelo y nada
más: bien sabía el que las pronunció que con la resaca de aquella noche
tanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.
Sin embargo, José concibió esperanzas.
--Gaspar, dame el farol--gritó al de tierra.
--¿Dónde vas?
--Por la orilla adelante[60.60.1] a ver si la encuentro.
El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:
--Yo te acompaño, José.
El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron apresuradamente la
ribera de Rodillero y siguieron el borde de la mar, registrando
escrupulosamente todos los parajes donde pensaban que la lancha pudiera
quedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas,
salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José tenía
cifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese barado
en ella, estaba salvada. Mas después de recorrerla toda despacio, nada
vieron.
--Me parece que es inútil ir más adelante, José--dijo Gaspar;--el camino
de las peñas debe de estar ya tomado por la mar; está subiendo
todavía...
José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en la
pequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto,
invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la montaña, todavía
los golpes de mar les salpicaban. Uno de estos, al fin, bañó
completamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros se
negaron resueltamente a dar un paso más; nadie traía cerillas para
encenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza,
o por lo menos una pierna, entre las peñas. José los animó a volverse
pero negándose a seguirlos.
Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobre
su cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra,
semejaban enormes y oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas a
nuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando de
peña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasos
difíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de los
Ángeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio a
reconocer una por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin,
y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio la
vuelta para casa.
Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. El
sol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamente
por un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua que
bañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo,
y se revolvía airada contra los peñascos de la orilla y los batía con
fragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma;
otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cima
caía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2] por
todos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algún
enemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebar
su furor, se retiraba gruñendo y murmurando amenazas para tornar de
nuevo y con más bríos a la carga. Sobre la gran playa arenosa, venían
las olas en escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban en
línea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma;
avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada, esperando encontrar
resistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente,
no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza.
Y en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y después
otras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejos
se columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas y
erizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.
La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento;
aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea indecisa del
horizonte, formaba contraste singular con la serenidad riente del
firmamento. José detuvo un instante el paso delante de las olas y
contempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás se
agota; no había en su mirada rencor ni desesperación. Avezados a tener
su vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en las
luchas que con ella sostienen, los pescadores sufren sus inclemencias
con resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado y
omnipotente. En aquel momento le preocupaba más al marinero un barco que
veía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que su
propia lancha. Después de observar con atención inteligente sus
maniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar las
primeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de la
lancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como si
entonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo y
mojado, comenzó a tiritar fuertemente.