IV

Cuando la pesca anda escasa por la costa de Vizcaya,[35.1] suelen venir

algunas lanchas de aquella tierra a pescar en aguas de Santander[35.2] y

de Asturias. Sus tripulantes eligen el puerto que más les place y pasan

en él la costera del bonito, que dura próximamente desde Junio a

Setiembre. Mientras permanecen a su abrigo, observan la misma vida que

los marineros del país, salen juntos a la mar y tornan a la misma hora:

la única diferencia es que los vizcaínos comen y duermen en sus lanchas,

donde se aderezan toscamente una vivienda para la noche, protegiéndolas

con toldos embreados y tapizándolas con alguna vela vieja que les

permita acostarse, mientras los naturales se van tranquilamente a

reposar a sus casas. Ni hay rivalidades ni desabrimientos entre ellos:

los vizcaínos son de natural pacífico y bondadoso; los asturianos, más

vivos de genio y más astutos, pero generosos y hospitalarios. Cuando

navegan se ayudan y se comunican cordialmente el resultado que obtienen:

después que saltan en tierra, acuden juntos a las tabernas y departen

amigablemente, apurando algunas copas de vino. Los vizcaínos son más

sobrios que los asturianos; rara vez se embriagan: éstos, dados como los

pueblos meridionales a la burla y al epigrama, los embroman por su

virtud.

Uno de tales vizcaínos fue el padre de José. Cuando vino con otros un

verano a la pesca, la madre era una hermosa joven, viuda, con dos hijas

de corta edad, que se veía y deseaba[36.1] para alimentarlas trabajando

de tostadora en una bodega de escabeche. El padre de José trabó

relaciones con ella, y la sedujo dándola palabra de casamiento. La bella

Teresa esperó en vano por él: a los pocos meses supo[36.2] que había

contraído matrimonio con otra en su país.

Teresa era de temperamento impetuoso y ardiente, apasionada en sus

amores como en sus odios, pronta a enojarse por livianos motivos,

desbocada y colérica: tenía el amor propio brutal de la gente ignorante,

y le faltaba el contrapeso del buen sentido que ésta suele poseer; sus

reyertas con las vecinas eran conocidas de todos; se había hecho temible

por su lengua, tanto como por sus manos. Cuando la cólera la prendía, se

metamorfoseaba en una furia; sus grandes ojos negros y hermosos

adquirían expresión feroz y todas sus facciones se descomponían. Los

habitantes de Rodillero al oírla vociferar en la calle, sacudían la

cabeza con disgusto, diciendo: «Ya está escandalizando esa loca de Ramón

de la Puente» (así llamaban a su difunto marido).

La traición de su amante la hizo adolecer de rabia: hubiera quedado

satisfecha con tomar de él sangrienta venganza. Las pobres hijas pagaron

durante una temporada el delito del seductor: no se dirigía a ellas sino

con gritos que las aterraban; la más mínima falta les costaba crueles

azotes: en todo el día no se oían más que golpes y lamentos en la oscura

bodega donde la viuda habitaba.

Bajo tales auspicios salió nuestro José a la luz del día. Teresa no

pudo ni quiso criarlo: entregolo a una aldeana que se avino a hacerlo

mediante algunos reales, y siguió dedicada a las penosas tareas de su

oficio. Cuando al cabo de dos años la nodriza se lo trajo, no supo qué

hacer de él; dejolo entregado a sus hermanitas, que a su vez le

abandonaban para irse a jugar: el pobre niño lloraba horas enteras

tendido sobre la tierra apisonada[37.1] de la bodega, sin recibir el

consuelo de una caricia: cuando lo arrastraban consigo a la calle era

para sentarlo en ella medio desnudo con riesgo de ser pisado por las

bestias o atropellado por un carro. Si alguna vecina lo recogía por

caridad, Teresa, al llegar a casa, en vez de agradecérselo, la

apostrofaba «por meterse en la vida ajena.»[37.2]

Cuando José creció un poco, esta aversión se manifestó claramente en los

malos tratos que le hizo padecer. Si había sido siempre fiera y terrible

con sus hijas legítimas, cualquiera[37.3] puede figurarse lo que sería

con aquel niño hijo de un hombre aborrecido, testimonio vivo de su

flaqueza. José fue mártir en su infancia. No se pasaba día sin que por

un motivo o por otro no sintiese los estragos de la mano maternal:

cuando por inadvertencia ejecutaba la más leve falta, el pobre niño se

echaba a temblar y corría a ocultarse en cualquier rincón del pueblo;

mas no le valía: Teresa, encendida por la ira, con el palo de la escoba

en la mano, iba por las calles en su busca,[37.4] vomitando amenazas,

desgreñada como una furia, seguida por los chiquillos, que gustan

siempre de presenciar los espectáculos trágicos, hasta que daba con él y

lo traía arrastrando para casa. Si algún vecino de buen corazón, desde

la puerta de su vivienda la recriminaba por tanta crueldad, ¡eran de

oír[38.1] los denuestos y los insultos que salían vibrantes y agudos de

la boca de la viuda contra el imprudente censor! el cual, corrido y

avergonzado, la mayor parte de las veces se veía obligado a retirarse.

Asistió poco tiempo a la escuela, donde mostró una inteligencia viva y

lúcida, que se apagó muy pronto con las rudas faenas de la pesca. A los

doce años le metió su madre de _rapaz_[38.2] en una lancha, a fin de que

con el medio quiñón que le tocaba en el reparto ayudase al sostenimiento

de la casa. Halló el cambio favorable: pasar el día en la mar era

preferible a pasarlo en la escuela recibiendo los palmetazos del

maestro: el patrón rara vez le pegaba, los marineros le trataban casi

como un compañero; la mayor parte de los días se iba a la cama sin haber

recibido ningún golpe: sólo a la hora de levantarse para salir a la mar

acostumbraba su madre a despavilarle[38.3] con algunos mojicones.

Además, sentía orgullo en ganar el pan por sí mismo.

A los diez y seis años era un muchacho robusto, de facciones correctas,

aunque algo desfiguradas por los rigores de la intemperie, tardo en sus

movimientos como todos los marinos, que hablaba poco y sonreía

tristemente, sujeto a la autoridad maternal, lo mismo que cuando tenía

siete años. Mostró ser en la mar diligente y animoso, y ganó por esta

razón primero que otros la soldada completa. A los diez y nueve años,

seducido por un capitán de barco, dejó la pesca y comenzó a navegar en

una fragata que seguía la carrera de América. Gozó entonces de

independencia completa, aunque voluntariamente remitía a su madre una

parte del sueldo. Pero el apego a su pueblo, el recuerdo de sus

compañeros de infancia, y por más que parezca raro, el amor a su

familia, fueron poderosos a hacerle abandonar, al cabo de algunos años,

la navegación de altura,[39.1] y emprender nuevamente el oficio de

pescador. Fue, no obstante, con mejor provisión y aparejo, pues en el

tiempo que navegó, consiguió juntar de sus pacotillas algún dinero, y

con él compró una lancha. Desde entonces cambió bastante su suerte: el

dueño de una lancha, en lugar tan pobre como Rodillero, juega papel

principal; entre los marineros fue casi un personaje, uniéndose al

respeto de la posición el aprecio a su valor y destreza. Comenzó a

trabajar con mucha fortuna: en obra de dos años, como sus necesidades no

eran grandes, ahorró lo bastante para construir otra lancha.

Por este tiempo fijó su atención en Elisa, que era hermosa entre las

hermosas de Rodillero, buena, modesta, trabajadora y con fama de rica:

si no la hubiera fijado, le hubieran obligado a ello las palabras de sus

amigos y los consejos de las comadres del pueblo:--«José, ¿por qué no

cortejas a la hija de la maestra? No hay otra en Rodillero que más te

convenga.--José, tú debías casarte con la hija de la maestra; es una

chica como una plata,[39.2] buena y callada; no seas tonto, dile

algo.--La mejor pareja para ti, José, sería la hija de la

maestra...»--Tanto se lo repitieron, que al fin comenzó a mirarla con

buenos ojos. Por su parte ella escuchaba idénticas sugestiones respecto

al marinero, donde quiera que iba; no se cansaban de encarecerla su

gallarda presencia, su aplicación y conducta.

Pero José era tímido con exceso; en cuanto se sintió enamorado, lo fue

mucho más. Por largo tiempo, la única señal que dio del tierno

sentimiento que Elisa le inspiraba fue seguirla tenazmente con la vista

donde quiera que la hallaba, huyendo, no obstante, el tropezar con ella

cara a cara. Lo cual no impidió que la joven se pusiera al tanto muy

pronto de lo que en el alma del pescador acaecía. Y en justa

correspondencia, comenzó a dirigirle con disimulo alguna de esas

miradas[40.1] como relámpagos con que las doncellas saben iluminar el

corazón de los enamorados. José las sentía, las gozaba, pero no osaba

dar un paso para acercarse a ella. Un día confesó a su amigo Bernardo

sus ansias amorosas, y el vivo deseo que tenía de hablar con la hija de

la maestra. Aquel se rió no poco de su timidez, y le instó fuertemente

para que la venciese; mas por mucho que hizo, no consiguió nada.

El tiempo se pasaba y las cosas seguían en tal estado, con visible

disgusto de la joven, que desconfiaba ya de verlas nunca[40.2] en vías

de arreglo.[40.3] Bernardo, observando a su amigo cada día más triste y

vergonzoso, determinó sacarle de apuros. Una tarde de romería[40.4]

paseaban ambos algo apartados de la gente por la pradera, cuando vieron

llegar hacia ellos, también de paseo, a varias jóvenes: Elisa venía

entre ellas. Sonrió maliciosamente el festivo marinero, halagado por una

idea que en aquel momento se le ocurrió; hizo algunas maniobras a fin de

pasar muy cerca de las jóvenes, y cuando le fue posible ¡zas! da un

fuerte empujón a su amigo, y le hace chocar con Elisa, diciendo al mismo

tiempo:--«Elisa, ahí tienes a José.» Después se alejó velozmente. José

confuso y ruborizado quedó frente a frente de la hermosa joven, también

ruborizada y confusa.--«Buenas tardes,»--acertó al fin a

decir.--«Buenas tardes,»--respondió ella. Y fue cosa hecha.

El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos, prende, casi

siempre, con fortaleza. La pasión de José, primera y única de su vida,

echó profundas raíces en poco tiempo: Elisa pagó cumplidamente su deuda

de cariño: mostrose propicia la astuta maestra: los vecinos lo vieron

con agrado; todo sonrió en un principio[41.1] a los enamorados.

Mas he aquí que a la entrada misma del puerto, cuando ya el marinero

tocaba su dicha con la mano, comienza el barco a hacer agua.[41.2] Quedó

aturdido y confuso; el corazón le decía que el obstáculo no era de poco

momento, sino grave. Una tristeza grande, que semejaba desconsuelo, se

apoderó de su ánimo al sentir detrás el golpe de la puerta de Elisa, y

quedar en las tinieblas de la calle. Cruzaron por su imaginación muchos

presentimientos; el pecho se le oprimió, y sin haber corrido nada, se

detuvo un instante a tomar aliento. Después, mientras caminaba, hizo

esfuerzos vanos para apartar de sí la tristeza por medio de cuerdas

reflexiones: nada estaba perdido todavía: la señá Isabel no había hecho

más que aplazar la boda sin oponerse a ella; en último resultado,[41.3]

sin su anuencia se podía llevar a cabo.[41.4]

Sumido en sus cavilaciones,[41.5] no vio el bulto de una persona que

venía por la calle hasta tropezar con ella.

--Buenas noches, D. Fernando--dijo al reconocerlo.

--Hola, José; me alegro de encontrarte: tú me podrás decir cuál es el

camino mejor para ir al Robledal[41.6]... mejor dicho, a la casa de D.

Eugenio Soliva.

--El mejor camino es el de Sarrió hasta Antromero, y allí tomar[42.1] el

de Nueva, pasando por delante de la iglesia. Es un poco más largo, pero

ahora de noche hay peligro en ir por la playa... ¿Pero cómo hace V. un

viaje tan largo a estas horas?[42.2] Son cerca de dos leguas...

--Tengo negocios que ventilar con D. Eugenio--dijo el Sr. de Meira con

ademán misterioso.

Los labios del marinero se contrajeron con una leve sonrisa.

--Yo voy a entrar en la taberna a tomar algo. ¿Quiere acompañarme antes

de seguir su viaje, D. Fernando?

--Gracias, José; acepto el convite para darte una prueba más de mi

estimación--respondió el Sr. de Meira, colocando su mano protectora

sobre el hombro del marinero.

Ambos entraron en la taberna más próxima y se fueron a sentar en un

rincón apartado: pidió José pan, queso y vino; comió y bebió el Sr. de

Meira con singular apetito; el joven le miraba con el rabillo del

ojo[42.3] y sonreía. Cuando terminaron, salieron otra vez a la calle

despidiéndose como buenos amigos. El pescador siguió un instante con la

vista al caballero y murmuró:

--¡Pobre D. Fernando! ¡Tenía hambre!

La figura de éste se borró entre las sombras de la noche. Iba, como

otras muchas veces, a pedir dinero a préstamo. En el pueblo todos tenían

noticia de estas excursiones secretas por los pueblos comarcanos; a

veces extendía sus correrías hasta los puntos más lejanos de la

provincia, siempre de noche y con sigilo. Por desgracia, el Sr. de

Meira tornaba casi siempre como había ido, con los bolsillos vacíos;

pero erguido siempre y con alientos[43.1] para emprender otra campaña.

Prosiguió José su camino hacia casa, a donde llegó a los pocos

instantes. Halló a su madre en la cocina y cerca de ella a sus dos

hermanas. Al verlas se oscureció aún más su semblante. Estas hermanas,

de más edad que él, estaban casadas hacía ya largo tiempo; una de ellas

tenía seis hijos. Vivían cada cual en su casa; el marinero sabía por

experiencia que siempre que se juntaban con su madre, de quien habían

heredado el genio y la lengua, caía sobre él algún daño. Aquel

conciliábulo a hora inusitada le pareció de muy mal agüero; y él, que

todos los días arrostraba las iras del océano, se echó a temblar delante

de aquellas tres mujeres reunidas a modo de tribunal. Antes de que la

borrasca, que presentía, se desatase, trató de marchar a la cama,

pretestando cansancio.

--¿No cenas, José?--le preguntó su madre.

--No tengo gana: he tomado algo en la taberna.

--¿Has hecho cuenta con la señá Isabel?

Esta pregunta era el primer trueno. José la escuchó con terror,

contestando, no obstante, en tono indiferente:

--Ya la hemos hecho.

--¿Y cuánto te ha tocado de estas mareas?[43.2]--volvió a preguntar la

madre mientras revolvía el fuego afectando distracción.

El segundo trueno había estallado mucho más cerca.

--No lo sé--respondió José, fingiendo como antes indiferencia.

--¿No traes ahí el dinero?

--Sí señora, pero hasta mañana que[44.1] haga cuenta con la compaña, no

sé a punto fijo lo que me corresponde.

Hubo una pausa larga. El marinero, aunque tenía los ojos en el suelo,

sentía sobre el rostro las miradas inquisitoriales de sus hermanas, que

hasta entonces no habían abierto la boca. Su madre seguía revolviendo el

fuego.

--¿Y a cómo le has puesto el bonito hoy?--dijo al fin ésta.

--¿A cómo se lo había de poner, madre... no lo sabe?--contestó José

titubeando.

--No; no lo sé--replicó Teresa dejando el hierro sobre el hogar y

levantando con resolución la cabeza.

El marinero bajó la suya y balbució más que dijo:

--Al precio corriente... a real y medio...

--¡Mientes! ¡mientes!--gritó ella con furor avanzando un paso y

clavándole sus ojos llameantes.

--¡Mientes! ¡mientes!--dijeron casi al mismo tiempo sus hermanas.

José guardó silencio sin osar disculparse.

--¡Lo sabemos todo!... ¡todo!--prosiguió Teresa en el mismo

tono.--Sabemos que me has estado engañando miserablemente desde que

comenzó la costera, gran tuno; que estás regalando el bonito a esa

bribona, mientras tu madre está trabajando como una perra, después de

haber sudado toda su vida para mantenerte...

--Si trabaja es porque quiere; bien lo sabe--dijo el marinero

humildemente.

--¡Y todo por quién!--siguió Teresa sin querer escuchar la advertencia

de su hijo.--Por esa sin vergüenza[45.1] que se ríe de ti, que te roba

el sudor echándote de cebo a su hija,[45.2] para darte a la postre con

la puerta en los hocicos[45.3]...

Estas palabras hirieron a José en lo más vivo del alma.

--Madre--exclamó con emoción,--no sé por qué ha tomado tanta ojeriza a

Elisa y a su madre. Aunque me case, por eso no la abandono. La lancha

que ahora tengo queda para V... y si más le hace falta, más tendrá...

--¿Pero tú crees casarte, inocente?--dijo una de las hermanas sonriendo

sarcásticamente.

--Nada tenéis que partir vosotras en este negocio--replicó el marinero

volviéndose airado hacia ella.

--Tiene razón tu hermana ¡tonto! ¡tonto!--vociferó de nuevo la

madre.--¿No ves que estás sirviendo de hazme reír[45.4] al pueblo? ¿No

ves que esa bruja te está engañando como a un chino[45.5] para chuparte

la sangre?

El pobre José, hostigado de tan cruel manera, no pudo guardar más tiempo

la actitud humilde que tenía frente a su madre, y replicó alzando la

cabeza con dignidad:

--Soy dueño de dar lo que es mío a quien me parezca.[45.6] Usted, madre,

no tiene razón ninguna para quejarse... Hasta ahora lo que he ganado ha

sido de V...

--¿Y me lo echas en cara,[45.7] pícaro?--gritó aquélla cada vez más

furiosa. ¡No me faltaba ya más que eso![45.8]... Después de haber pasado

tantos trabajos para criarte; después de quemarme la cara al pie de las

calderas,[45.9] y andar arrastrada[45.10] de día y de noche para

llevarte a ti y a tus hermanas un pedazo de pan, ¿me insultas de ese

modo?...

Aquí Teresa se dejó caer sobre una silla y comenzó a sollozar

fuertemente.

--¡Quiero morir antes de verme insultada por mi hijo!--siguió diciendo

entre gemidos y lágrimas. ¡Dejadme morir!... ¡Para qué estoy yo en el

mundo si el único hijo que tengo me echa en cara el pan que como!...

Y a este tenor prosiguió desatándose en quejas y lamentos, sacudiendo la

cabeza con desesperación y alzando las manos al cielo.

Las hijas acudieron solícitas a consolarla. José, asustado del efecto de

sus palabras, no sabía qué hacer; ni tuvo ánimo para contestar a sus

hermanas, que mientras cuidaban de su madre se volvían hacia él

apostrofándole:

«¡Anda tú,[46.1] mal hijo! ¡Vergüenza había de darte![46.2] ¿Quieres

matar a tu madre, verdad?[46.3] Algún día te ha de castigar Dios...»

Aguantó el chubasco con resignación, y cuando vio a su madre un poco más

sosegada, se retiró silenciosamente a su cuarto. Llevaba el corazón tan

oprimido, que no pudo en largo espacio conciliar el sueño.

V

Con la llegada del nuevo día mitigose su pesar, y entendió claramente

que no había motivo para tanto apesadumbrarse: el obstáculo que de noche

le había parecido insuperable, a la luz del sol lo juzgó liviano;

crecieron sus ánimos para vencerlo, y la esperanza volvió a inundar su

corazón.

Y en efecto, los acontecimientos pareció que justificaban[47.1] este

salto repentino de la tristeza a la alegría. En los días siguientes

halló a la señá Isabel más amable que nunca, favoreciendo con empeño sus

amores, dándole a entender con obras, ya que no de palabra, que sería,

más tarde o más temprano, el marido de Elisa. Ésta cobró también

confianza y se puso a hacer cuentas galanas[47.2] para lo porvenir,

esperando vencer la resistencia de su madre y abreviar el plazo del

casamiento.

Por otra parte, la fortuna siguió sonriendo a José. El día de San Juan,

según tenía pensado, botó al agua la nueva lancha, la cual comenzó a

brincar suelta y ligera sobre las olas, prometiéndole muchos y buenos

días de pesca: vino el cura a bendecirla y hubo después en la taberna el

indispensable jolgorio entre la gente llamada a tripularla. Encargose el

mismo José del mando de ella, dejando la vieja a otro patrón, y desde el

día siguiente principió a hacerla trabajar en la pesca del bonito. Ésta

fue abundante, como pocas veces se había visto; tanto que nuestro

marinero, apesar de las sangrías que la señá Isabel le hacía en cada

saldo de cuentas, iba en camino de hacerse rico.

¡Qué verano tan dichoso aquél! Elisa, a fuerza de instancias, consiguió

arrancar a su madre el permiso para casarse al terminar la costera, o

sea[47.3] en el mes de Octubre. Y dormidos inocentemente sobre esta

promesa, los amantes gozaron de la dulce perspectiva de su próxima

unión; entraron en esa época de la vida, risueña como ninguna,[47.4] en

que el cielo sólo ofrece sonrisas y la tierra flores a los enamorados.

El trabajo era para ambos un manantial riquísimo de placeres: cada

bonito que prendía en los anzuelos de José y entraba saltando en su

lancha, parecía un heraldo que le anunciaba su boda: cuando tornaba a

casa con doscientas piezas bullendo sobre los paneles, pensaba que aquel

día había dado un gran paso hacia Elisa. Ésta, dentro de la fábrica, no

se daba tampoco punto de reposo; todo el día ocupada en vigilar las

operaciones de pesar, cortar, salar, tostar y empaquetar el pescado; al

llegar la noche ya no podía tenerse en pie; pero se dejaba caer en la

cama con la sonrisa en los labios, diciendo para sí: «Es necesario

trabajar de firme; mañana tendremos hijos[48.1]...» La hora más feliz

para Elisa era la que precedía a la cena; entonces llegaba José a la

tienda y se formaba una sabrosa tertulia, que les consentía[48.2]

acercarse uno a otro y cambiar frecuentes palabras y miradas. Rara vez

se decían amores: no había necesidad; para los que aman mucho, cualquier

conversación va empapada[48.3] de amor. De esta hora, los minutos más

dichosos eran aquellos en que se despedían; ella con el velón en la

mano, como la hemos visto la noche en que la conocimos;[48.4] él de la

parte de fuera, apoyado en el marco de la puerta; en estos momentos

solían cambiar con labio trémulo algo de lo que llenaba por entero sus

corazones, hasta que la voz de la señá Isabel, llamando a su hija,

rompía tristemente el encanto.

Aun por el día gozaba la hermosa doncella de otra hora feliz: era la de

la siesta. Cuando su madre, después de comer, se acostaba un poco sobre

la cama, acostumbraba Elisa salirse de casa y subir a uno de los montes

que rodean el pueblo a disfrutar de la vista y del fresco de la mar. A

esta hora, en los días de Julio y Agosto, el calor era sofocante en

Rodillero: la brisa del océano no penetraba más que en las primeras

revueltas, dejando la mayor parte del lugar asfixiada entre las montañas

laterales. La joven ascendía lentamente por un ancho sendero abierto

entre los pinos, hasta la capilla de San Esteban, colocada en la cima

del monte, y se sentaba a la sombra. Desde aquel punto se oteaba una

gran extensión de mar, sobre el cual irradiaba el sol su fuego: el cielo

mostraba un azul oscuro por la parte de tierra;[49.1] por la del mar,

más claro, trasformándose en color gris al cerrar el horizonte.[49.2]

Algunas nubes blancas e hinchadas se amontonaban por la parte de

Levante, sobre el pico de Peñas, el más saliente de la costa

cantábrica:[49.3] éste y los demás cabos lejanos se mostraban apenas

entre la faja gris del horizonte, mientras el de San Antonio, más

cercano, detrás del cual estaba la bahía de Sarrió, recibiendo de lleno

los rayos del sol, ofrecía grato color de naranja. Los ojos de Elisa

iban presurosos a buscar en las profundidades del mar las lanchas

pescadoras que acostumbraban a mantenerse frente a la boca de Rodillero,

a larga distancia, borrándose casi entre la tenue ceniza suspendida

sobre el horizonte. Contaba con afán aquellos puntos blancos, y se

esforzaba con ilusión en averiguar[49.4] cuál de ellos sería[49.5] la

lancha de su novio.--«Aquélla que va un poco apartada a la izquierda,

aquélla debe de ser; se conoce porque la vela es más blanca; ¡como

que[49.6] es nueva! Además, a él le gusta siempre ir un poco separado y

campar por sus respetos[49.7]... No hay quien huela el pescado como

él.»--Y mecida por esta ilusión, seguía con anhelo las maniobras de

aquella lancha, que ora se alejaba hasta perderse de vista, bien[50.1]

se acercaba. A veces advertía que tomaban todas el camino del puerto:

entonces torcía el gesto,[50.2] exclamando:--«¡Malo! hoy no hay mucho

bonito.»--Pero en el fondo de su alma luchaba el gozo con la tristeza,

porque de este modo iba a ver antes[50.3] a su amante. Aguardaba todavía

un rato hasta verlas salir poco a poco del vapor ceniciento que las

envolvía, y entrar en la región luminosa. Parecían con sus velas

apuntadas, blancos fantasmas resbalando suavemente sobre el agua; y cual

si obedeciesen a un signo hecho por mano invisible, todas se iban

acercando entre sí y formaban al poco tiempo una diminuta escuadra.

Cuando ya las veía próximas se bajaba al pueblo a toda prisa; a nadie

daba cuenta, ni aún al mismo José, de aquellos instantes de dicha que en

la soledad del monte de San Esteban gozaba.

El tiempo se iba deslizando, no tan veloz como nuestros enamorados

deseaban, pero sí mucho más de lo que a la señá Isabel convenía. Ésta no

podía pensar en el matrimonio de Elisa sin sentir movimientos de terror

y de ira, pues al realizarse era forzoso dejar la fábrica y otros bienes

de su difunto esposo en poder del de su hija. Y aunque estaba resuelta

en cualquier caso a oponerse con todas sus fuerzas a esta boda, todavía

le disgustaba mucho el verse obligada a poner de manifiesto[50.4] su

oposición, temiendo que el amor guiase a Elisa a algún acto de rebeldía.

Por eso su cabeza, rellena[50.5] de maldades, no se cansaba de trabajar

arbitrando recursos[50.6] para deshacer aquel lazo y volver sobre[50.7]

la promesa que le habían arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro,

mediante cierta infame maquinación que el demonio, sin duda, le

sugirió, estando desvelada en la cama.

Había en el pueblo un mozo reputado entre la gente por tonto o

mentecato, hijo del sacristán de la parroquia; contaba ya veinte años

bien cumplidos y no conocía las letras, ni se ocupaba en otra cosa que

en tocar las campanas de la iglesia (por cierto con arte magistral), y

en discurrir solitario por las orillas de la mar extrayendo de los

huecos de las peñas lapas, cangrejos, bígaros[51.1] y pulpos, en

cuyas[51.2] operaciones era también maestro. Mofábanse de él los

muchachos, y le corrían[51.3] a menudo por la calle con grita

intolerable: lo que más le vejaba al pobre Rufo (tal era su nombre) era

el oír que su casa se estaba cayendo; bastaba esto para que los

chicuelos le dieran en lo vivo[51.4] sin cansarse jamás: donde quiera

que iba, oía una voz infantil que de lejos o de cerca, ordinariamente de

lejos, le gritaba:--«Cayó,[51.5] Rufo, cayó.»--Enojábase el infeliz al

escucharlo, como si fuese una injuria sangrienta; llameaban sus ojos y

echaba espuma por la boca, y en esta disposición corría como una fiera

detrás del chicuelo, que tenía buen cuidado de poner al instante tierra

por medio,[51.6] cuanta más, mejor; alguna vez el exceso de la ira le

había hecho dar sin sentido en el suelo.[51.7] Los vecinos le

compadecían, y no dejaban de reprender ásperamente a los muchachos su

crueldad, cuando presenciaban tales escenas.

Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva y

ardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretexto

para embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían en

ello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, le llamaban

casi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez le

decían que ésta se había casado por la mañana, lo cual dejaba yerto y

acongojado al pobre tonto; otro día le aconsejaban que fuese a pedir su

mano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niña

estaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestra

no consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José en

estas bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y mal

pescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, y

poniéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo era

incomparablemente más gallardo, y que si no pescaba tanto, en cambio

tocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] iba

creciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentando

también el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal,

hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase de

echarle[52.3] miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de las

cuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.

Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante, su

vanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga de

los tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblante

halagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que se

dispensa a los niños: gozaba con las muecas y carocas de perro fiel en

que se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarse

con él siempre que[52.6] obedeciese a su padre y no pegase a los chicos.

Rufo preguntaba con expresión de anhelo:--¿Para cuándo?--Amigo, no lo

sé--respondía ella,--pregúntaselo al Santo Cristo, a ver[53.1] lo que

te dice.--Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la iglesia,

preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda,

sin obtener contestación.--Es que todavía no quiere que nos casemos--le

decía Elisa,--ten paciencia y sé bueno, que ya se ablandará.

La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper,

o por lo menos aplazar la unión de su hija con José. Un día salió

paseando por las orillas de la mar, donde sabía que Rufo se hallaba a

caza de cangrejos, y se hizo con él encontradiza.[53.3]

--¿Qué tal,[53.4] Rufo, caen muchos?[53.5]

El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.

--Marea muerta,[53.6] coge poco[53.7]--contestó en el lenguaje

incompleto y particular que usaba.

--Vaya, vaya, no son tan pocos--replicó la señá Isabel acercándose más y

echando una mirada al cestillo donde tenía la pesca.--Buena fortuna

tiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto de

cangrejos.

--Padre no gusta cangrejos[53.8]... tira todos a la calle... y pega a

Rufo con un palo...

--¿Te pega porque coges cangrejos?

--Sí, señá Isabel.

--Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos. Mira,

cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustan

mucho.

El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente al

escuchar el nombre de Elisa.

--¿Gusta Elisa cangrejos?

--Mucho.

--Todos, Elisa;[54.1] todos, Elisa--dijo con énfasis, extendiendo las

manos y señalando la orilla de la mar.

--Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mucho a Elisa, ¿verdad?

--Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa.[54.2]

--¿Te casarías con ella de buena gana?

El rostro del tonto se contrajo extremadamente por una sonrisa; quedó

confuso y avergonzado mirando a la señá Isabel sin atreverse a

contestar.

--Vamos, di, ¿no te casarías?

--Usté[54.3] no quiere--dijo al fin tímidamente.

--¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso?

--Usté quiere José.

--¡Bah! si José fuese pobre no le querría: tú me gustas más; eres más

guapo, y no hay en Rodillero quien toque como tú las campanas.

--José no sabe--dijo el idiota con acento triunfal, manifestando una

gran alegría.

--¡Qué ha de saber! José no sabe más que pescar bonito y merluza...

--Y besugo--apuntó Rufo, pasando súbito del gozo a la tristeza.

--Bueno; besugo también, ¿y qué? En cambio tú pescas cangrejos y

pulpos... y lapas... y bígaros... y erizos... y ostras. Además, tú

pescas solo, sin ayuda de nadie, mientras José necesita que le ayuden

los amigos: ¿quieres decirme lo que pescaría José si no tuviese una

lancha?

--Tiene dos--volvió a apuntar tristemente Rufo.

--Bien, pero la vieja ya vale poco... ¡Si no fuese por la nueva!... Si

no fuese por la nueva no le daría yo a Elisa, ¿sabes tú?...

Los ojos zarcos y apagados del idiota brillaron un instante con

expresión de ira.

--Yo echo pique[55.1] lancha nueva--exclamó dando[55.2] con las tenazas

que tenía en la mano sobre la peña.

--Porque José tiene obligaciones a que atender--siguió la vieja, como si

no hubiese oído estas palabras.--Necesita alimentar a su madre, que

pronto dejará de trabajar, mientras que tú eres libre: tu padre gana

bastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...

--Tiene reloj--dijo Rufo interrumpiéndola.

--Sí, ya lo sé.

--Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.

--Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija. Serías

amo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías un caballo

para ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va el

señor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías botas de montar,[55.3]

como el hijo de don Casimiro.

La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidar

ningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese halagar al tonto.

Éste la escuchaba embebecido y suspenso, sonriendo beatíficamente, como

si tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabel

su descripción, hubo un rato de silencio: al fin volvió a decir,

sacudiendo la cabeza con pesar:

--¡Si no fuese por José!--Y se quedó mirando reflexivamente al mar.

Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblante

hosco, y miró también fijamente al horizonte.

--Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando Elisa; hasta

la vista.[56.1]

--Adiós--dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.

La señá Isabel se alejó lentamente. Cuando estuvo ya a larga distancia,

se volvió para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos clavados en el mar,

como le había dejado.

José · 第 20 / 39 题