--Sí señor, es mi primo... ¿y qué hay con eso?[26.4]...
--Nada, nada--manifestó Bernardo con sorna,[26.5]--que[26.6] me pareció
demasiada primacía.[26.7]
--Pues has de saber--exclamó D. Fernando con exaltación,--que mi casa es
dos siglos más antigua que la suya. Cuando los Quintanas eran unos
petates, unos hidalgüelos de mala muerte[26.8] en Andalucía, ya los
señores de Meira levantaban pendón[26.9] en Asturias y tenían fundada su
colegiata y armada la horca[26.10] en los terrenos que hoy son de Pepe
Llanos. Un Quintanas vino de allá a pedir la mano de una dama de la casa
de Meira, teniéndolo a mucho honor[27.1]... En mi casa había entonces
dotes cuantiosas para todas las hembras que se casaban... De mi casa
salieron dotes para la casa de Miranda, para la de Peñalta, para la de
Santa Cruz, para la de Guzmán...
--Vamos--dijo Bernardo sonriendo,--por eso se quedó V. tan pobre.
Los ojos de D. Fernando centellaron de ira al escuchar estas malignas
palabras.
--Oyes tú, cochino, zambombo, ¿te he pedido algo a ti? ¿Qué tienes que
partir en[27.2] mi riqueza ni[27.3] en mi pobreza? Has de saber que tú y
yo no hemos mamado la misma leche, grandísimo pendejo[27.4]...
--D. Fernando, sosiéguese V.--dijo D. Claudio.--La cólera es mala
consejera.
--No le haga V. caso, D. Fernando--manifestó la señá Isabel.
--Paz, paz, paz, señores--exclamó el juez municipal levantando las manos
con autoridad.
Bernardo reía cazurramente, sin dársele nada, al parecer, de[27.5] las
injurias que le vomitaba el Sr. de Meira. Estas escenas eran frecuentes
entre ambos: el festivo marinero gustaba de mortificarle y verle
encolerizado: después, se arrepentía de lo dicho, hacían las paces, y
hasta otra.[27.6] El anciano caballero no podía guardar rencor a nadie;
sus cóleras eran como la espuma del vino.
--Madre, ya es hora de cenar--dijo Elisa aprovechando el silencio que
siguió a la reyerta.--José tendrá ganas de irse.[27.7]
La señá Isabel no contestó; su ojo avizor[27.8] había descubierto, hacía
ya rato largo, que D. Fernando trataba de hablar reservadamente con su
esposo. En el momento en que Elisa volvía a su tema, observó que el Sr.
de Meira tiraba disimuladamente de la levita a D. Claudio, marchándose
después hacia la puerta como en ademán de investigar el tiempo: el
maestro le siguió.
--Claudio--dijo la señá Isabel antes de que pudiesen entablar
conversación;--alcánzame el paquete de los botones de nácar que está
empezado.
D. Claudio volvió sobre sus pasos; arrimose a la estantería,[28.1] y
empinándose cuanto pudo, sacó los botones del último estante. En el
instante de entregarlos, su esposa le dijo por lo bajo con acento
perentorio:
--Sube.
El maestro abrió más sus grandes ojos saltones,[28.2] sin comprender.
--Que te vayas de aquí--dijo su esposa tirándole de una manga con
fuerza.
D. Claudio se apresuró a obedecer sin pedir explicaciones; salió por la
puerta que daba al portal, y subió las escaleras de la casa.
--El señor de la casa de Meira necesita cuartos--dijo Bernardo al oído
del marinero que tenía cerca.--¿No has visto qué pronto lo ha
olido[28.3] la señá Isabel? ¡Si se descuida en echar fuera al
maestro![28.4]...
El marinero sonrió mirando al caballero, que seguía a la puerta en
espera de[28.5] D. Claudio.
--Señores, ¿gustan VV. de cenar?[28.6]--dijo la señá Isabel levantándose
de la silla.
Los tertulianos se levantaron también.
--José, tú subirás con nosotros, ¿verdad?
--Como V. quiera. Si mañana le viene[29.1] mejor arreglar eso...
--Bien; si a ti te parece...
Elisa no pudo contener un gesto de disgusto, y dijo precipitadamente:
--Madre, mañana es mal día; ya lo sabe... tenemos que cerrar una porción
de barriles... y luego la misa, que siempre enreda algo[29.2]...
--No te apures tanto, mujer[29.3]... no te apures... lo arreglaremos hoy
todo--contestó la señá Isabel clavando en su hija una mirada fría y
escrutadora que la hizo turbarse.
Los tertulianos se fueron, dando las buenas noches.[29.4] La señá
Isabel, después de atrancar la puerta, recogió el velón y subió la
escalera, seguida de Elisa y José.
La salita donde entraron era pequeña, al tenor de[29.5] la tienda;
gracias a los cuidados de Elisa, ofrecía grata disposición y apariencia;
los muebles viejos, pero relucientes; un espejillo de marco dorado
cubierto con gasa blanca para preservarlo de las moscas; sobre la mesa
dos grandes caracoles de mar, y en medio de ellos un barquichuelo de
cristal toscamente labrado. Estos atributos marinos suelen adornar las
salas de las casas decentes de Rodillero. Colgaban de las paredes
algunas malas estampas con marco negro, representando la conquista de
Méjico, dando la preferencia a las escenas entre Hernán-Cortés y Doña
Marina;[29.6] por bajo del espejo había algunas fotografías, con marco
también, en que figuraba la señá Isabel y el difunto Vega poco después
de haberse unido en lazo matrimonial; media docena de sillas y un sofá
con funda de hilo,[29.7] completaban el mobiliario.
Cuando entraron en la sala, D. Claudio, que estaba asomado al corredor,
se salió dejándoles el recinto libre. La señá Isabel pasó a la alcoba en
busca del cuaderno sucio y descosido donde llevaba las cuentas
todas[30.1] de su comercio; Elisa aprovechó aquel momento para decir
rápidamente a su novio:
--No dejes de hablarle.[30.2]
Hizo un signo afirmativo José, aunque dando a entender el miedo y la
turbación que le producía aquel paso. La joven se salió también cuando
su madre tornó a la sala.
--El domingo, trescientas siete libras--dijo la señá Isabel, colocando
el velón sobre la mesa y abriendo el cuaderno,--a real y cuartillo. El
lunes, mil cuarenta, a real; el martes, dos mil doscientas, a medio
real; el miércoles no habéis salido; el jueves, doscientas treinta y
cinco, a dos reales; el viernes nada; hoy, mil ciento cuarenta, a real y
medio... ¿ No es esto,[30.3] José?
--Allá V., señora; yo no llevo apunte.[30.4]
--Voy a echar la cuenta.[30.5]
La vieja comenzó a multiplicar; no se oía en la sala más que el crugido
de la pluma. José esperaba el resultado de la operación dando vueltas
a[30.6] la boina que tenía en la mano. No el interés o el afán de saber
cuánto dinero iba a recibir ocupaba en aquel instante su ánimo;, todo él
estaba[30.7] embargado y perplejo, ante la idea de tratar el negocio de
su matrimonio: buscaba con anhelo manera hábil de entrar en materia,
concluida que fuese la cuenta.[30.8]
--Son[30.9] cuatro mil setecientos tres reales y tres cuartillos--dijo
la señá Isabel, levantando la cabeza.
José calló en señal de asentimiento. Hubo una pausa.
--Hay que quitar de esto--manifestó la vieja bajando la voz y
dulcificándola un poco--la rebaja que me has hecho en tu quiñón y en los
de la lancha... El domingo me lo has puesto a real; el lunes a tres
cuartillos; el martes no hubo rebaja por estar barato; el jueves, a real
y medio, y hoy a real. ¿No es eso?
--Sí, señora.
--La cuenta es mala de echar... ¿Quieres que lo pongamos a siete
cuartos,[31.1] para evitar equivocaciones?... Me parece que pierdo en
ello...
José consintió, sin pararse a pensar si ganaba o perdía. La vieja
comenzó de nuevo a trazar números en el papel, y José a escogitar los
medios de salir de aquel mal paso.
Terminó al fin la señá Isabel; aprobó José su propio despojo y recibió
de mano de aquélla un puñado de oro, para repartir al día siguiente
entre sus compañeros. Después que lo hubo encerrado en un bolsillo de
cuero y colocado entre los pliegues de la faja, se puso otra vez a dar
vueltas a la boina con las manos temblorosas. Había llegado el instante
crítico de hablar. José nunca había sido un orador elocuente, pero en
aquella sazón se sintió desposeído como nunca de las cualidades que lo
constituyen. Un flujo de sangre le subió a la garganta y se la atascó;
apenas acertaba a contestar con monosílabos a las preguntas que la señá
Isabel le dirigía acerca de los sucesos de la pesca y de las esperanzas
que cifraba para lo sucesivo; la vieja, después de haberle chupado la
sangre,[31.2] se esforzaba en mostrarse amable con él. Mas la
conversación, a pesar de esto, fenecía, sin que el marinero lograse
dar forma verbal a lo que pensaba. Y ya la señá Isabel se disponía a
darla por terminada,[32.1] levantándose de la silla, cuando Elisa abrió
repentinamente la puerta y entró, con pretexto de recoger unas tijeras
que le hacían falta; al salir, y a espaldas de su madre,[32.2] le hizo
un sin número[32.3] de señas y muecas, encaminadas todas a exigirle el
cumplimiento de su promesa; fueron tan imperativas y terminantes, que el
pobre marinero, sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un esfuerzo
supremo, se atrevió a decir:
--Señá Isabel...
El ruido de su voz le asustó, y sorprendió también por lo extraño a la
vieja.
--¿Qué decías, querido?
La mirada que acompañó a esta pregunta le hizo bajar la cabeza; estuvo
algunos instantes suspenso y acongojado: al cabo sin levantar la vista y
con la voz enronquecida dijo:
--Señá Isabel, el día de San Juan pienso botar la lancha al agua...
Contra lo que esperaba, la vieja no le atajó con ninguna palabra; siguió
mirándole fijamente.
--No sé si recordará lo que en el invierno me ha dicho...
La señá Isabel permaneció muda.
--Yo no quisiera incomodarla... pero como el tiempo se va pasando, y ya
no hay mayormente[32.4] ningún estorbo... y después la gente le pregunta
a uno para cuando... y tengo la casa apalabrada... lo mejor sería
despachar el negocio antes de que el invierno se eche encima...
Nada; la maestra no chistaba.[33.1] José se iba turbando cada vez más:
miraba al suelo con empeño, deseando quizá que se abriese.
La vieja se dignó al fin exclamar alegremente:
--¡Vaya un susto que me has dado,[33.2] querido! Pensé al verte tan
azorado que ibas a soltarme una mala noticia y resulta que me hablas de
lo que más gusto me puede dar.
El semblante del marinero se iluminó repentinamente.
--¡Qué alegría, señora! Tenía miedo...
--¿Por qué? ¿No sabes que yo lo deseo con tanto afán como tú?... José,
tú eres un buen muchacho, trabajador, listo, nada[33.3] vicioso. ¿Qué
más puedo desear para mi hija? Desde que empezaste a cortejarla te he
mirado con buenos ojos, porque estoy segura de que la harás feliz. Hasta
ahora hice cuanto estaba en mi mano[33.4] por vosotros, y Dios mediante,
pienso seguir haciéndolo. En todo el día no os quito del pensamiento; no
hago otra cosa que dar vueltas[33.5] para ver de qué modo arreglamos
pronto ese dichoso casorio... Pero los jóvenes sois muy impacientes y
echáis a perder[33.6] las cosas con vuestra precipitación... ¿Por qué
tanta prisa? Lo mismo tú que Elisa[33.7] sois bastante jóvenes, y
aunque, gracias a Dios, tengáis lo bastante para vivir, mañana u otro
día[33.8] si os vienen muchos hijos acaso no podáis decir lo mismo...
Tened un poco de paciencia: trabaja tú cuanto puedas para que nunca haya
miedo al hambre, y lo demás ya vendrá...
El semblante de José se oscureció de nuevo.
--Mientras tanto--prosiguió la vieja,--pierde cuidado en lo que toca a
Elisa: yo velaré porque su cariño no disminuya y sea siempre tan buena y
hacendosa como hasta aquí... Vamos, no te pongas triste; no hay tiempo
más alegre que el que se pasa de novio. Bota pronto la lancha al agua
para aprovechar la costera del bonito. Cuando concluya, si ha sido
buena, ya hablaremos.
Al decir esto se levantó: José hizo lo mismo sin apartar los ojos del
suelo; tan triste y abatido, que inspiraba lástima. La señá Isabel le
dio algunas palmaditas cariñosas en el hombro, empujándole al mismo
tiempo hacia la puerta.
--Ea, vamos a cenar, querido, que tú ya tendrás gana y nosotros también.
Elisa--añadió alzando la voz,--alumbra a José, que se va. Vaya, buenas
noches, hasta mañana...
--Que V. descanse, señora--contestó José con voz apagada.
Elisa bajó con él la escalera, y le abrió la puerta. Ambos se miraron
tristemente.
--Tu madre no quiere--dijo él.
--Lo he oído todo.
Guardaron silencio un instante; él, de la parte de fuera,[34.1] ella
dentro del portal con el velón en una mano y apoyándose con la otra en
el quicio de la puerta.
--Ayer--dijo la joven--había soñado con[34.2] zapatos... es de buen
agüero: por eso tenía tanto empeño en que la hablases.[34.3]
--Ya ves--replicó él sonriendo con melancolía--que no hay que fiar de
sueños.
Después de otro instante de silencio, los dos extendieron las manos y
se las estrecharon diciendo casi al mismo tiempo:
--Adiós, Elisa.
--Adiós, José.