Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía

insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba

despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:

--Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.

El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó

la carcajada.

--¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño

también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...

Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose

de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa.

Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:

--¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas

más abajo.

El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:

--¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el

escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la

criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de

Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha,

Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer

que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!...

¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?...

Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...

El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con

marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.

Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á

las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo.

Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las

cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior,

que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer

abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella

puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale

dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había

gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el

señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua

querida y viniese á buscar la nueva.

Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un

hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se

aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de

pronto de la oscuridad y se le plantó delante.

--Buenas noches, Antoñico.

El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los

lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud

pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida

cordialidad:

--¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era

tropezarte á estas horas.

--Ni yo á ti.

--Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la

noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las

calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca

habían salido á la calle á tomar el fresco.

--Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.

Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y

escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales

de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta

tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.

--Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca

de la cama.

--Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí--repitió Velázquez con

el mismo sosiego.

--Pues vámonos ya.

--Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.

--Como quieras.

Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino

cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la

luna. Antoñico se inmutó visiblemente.

--Toma--dijo alargándole cortésmente el cigarro.--Pica de él si quieres.

--Muchas gracias--respondió Antonio, rechazándolo.

Velázquez lo miró con sorpresa.

--¿Es que no tienes cuchillo?

--Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...--balbució

torpemente.

--¡Allá tú!--profirió el majo alzando los hombros.

Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo

hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en

su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de

humo.

--¡Ah!--exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.--¡Qué

cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me

olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?

--¿Qué llave?--profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese

desplomarse todas las casas de la calle.

--La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un

rato--manifestó Velázquez con naturalidad.

Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su

cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban

clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que

claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo

primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:

--¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si

supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella...

Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de

más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el

campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los

hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del

medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si

vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.

Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó

silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto

por su actitud sombría, se apresuró á despedirse.

--Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío

con los amigos que te aprecian.

--Adiós--dijo Velázquez secamente.

Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en

seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un

instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán,

sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso

patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras.

La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió,

pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de

los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto

de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa.

Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que

tenía bien amueblada.

Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato.

Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió

lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña

antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con

ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á

llamar más fuerte.

--¿Quién va?--dijo desde dentro una voz bien conocida.

Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de

falsete:

--Abre.

--¿Quién es?--preguntó Soledad.

--Antonio.

--Aguarda un momentito.

Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el

ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la

puerta.

--Pasa--dijo Soledad con voz apagada.

Velázquez obedeció.

--¡Cómo has tardado tanto, hijo!--siguió con acento de mal humor,

mientras cerraba de nuevo la puerta.--Ya no contaba contigo. Te he

estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he

determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.

--¡No!--dijo Velázquez con la misma voz de falsete.

--¿Por qué no?

Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é

hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la

cerilla de la mano.

--¡Tú! ¡tú! ¡tú!--repitió con espanto en las tinieblas.

--¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El

cariño que te tengo me ha vuelto loco...

Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y

sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó

delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos

llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la

garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz

alterada, extendiendo la mano:

--¡Sal de aquí, canalla!

El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.

--¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te

pierdes y me pierdes!

--¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!--profirió la joven trocando el

color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.--¿Qué otro

nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja

como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.

Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la

sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía

escupiéndole á la cara más que diciéndole:

--¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer...

¡Eso debes hacer, granuja!...

Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza

sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo

un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos,

dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente

tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con

intensa atención.

--¡Basta ya!--dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como

si acabara de hacer una carrera fatigosa.--Has llegado con esa espada

que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te

quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen

de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan

fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las

gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque

me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si

te debía algunas, ya te las has cobrado...

Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al

encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un

cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino

que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de

hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin

dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este

sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón

permanecían quietos.

Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un

transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos

sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los

serenos.

Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las

Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en

Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad.

Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando

apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta

parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»

De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el

frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y

dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la

tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San

Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo

percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.

--¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?...

El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo _Cardenal_,

por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un

energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la

vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó

á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa.

La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano

y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas

declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer

soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía

en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo

de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la

sultana.

Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de

aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar

los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son.

Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa.

Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación.

Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un

sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la

mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin

hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y

por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había

hecho verter á algunas infelices.

Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras

de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas

carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la

tierra.

XVI

Despedida.

Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más

tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de

vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La

víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él

afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del

barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á

la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya.

En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y

con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus

injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.

Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta

para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba

ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar

violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por

la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien

hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de

seguir su camino, pero ella se le puso delante.

--¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por

qué no vienes á casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole

afectuosamente la mano.

Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su

imprudencia y se puso roja como una cereza.

--Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi

madre... El jueves me voy á Medina.

--¿Para volver?

--No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He

conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante.

Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al

cabo dijo con tristeza:

--¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya

sabrás que Velázquez se embarca mañana...

--Sí lo sé. Me ha escrito.

--¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me

convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu

parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma,

eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie

pido un consejo con tanta satisfacción como á ti...

--Muchas gracias--manifestó el caballero de Medina sonriendo.--Pero ¿qué

quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

--Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no

hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...

--Pues bien--repuso Uceda, después de vacilar un poco.--Á mí me parece

que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también

y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el

no decirle adiós.

--Está bien, iré aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:

--¿Y Antoñico?

Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:

--¡No me hables de ese charrán!

--Me han dicho que ha vuelto á juntarse con María--repuso el caballero

riendo.

--¡No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo único decente que

ha hecho en su vida, pero...

Iba á contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo á

tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más á ella.

--Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe--concluyó bajando

la voz.

Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.

--Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tu me lo

mandas--manifestó al fin dándole la mano.

--No; yo probablemente no podré ir.

--¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

--¿Por qué?

--Porque no quiero.

--¡Siempre tan testarudilla!--dijo Uceda apretando cariñosamente la mano

que tenía cogida.--Iré por que no te enfades. Hasta mañana.

--No faltes.

--No faltaré.

Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al

muelle esperaban á los invitados para transportarlos al buque, que se

veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular

tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta

años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra

cerdosa, pesado y macizo como su navío, los esperaba de bruces sobre la

cornisa de la obra muerta. Acompañábalo Velázquez. La _Esperanza_, que

así se nominaba la corbeta, iba á la América del Sur por carga de cacao,

llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor

Rafael. Inmediatamente la lancha trajo á la familia del _Cardenal_, los

viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á los cuales se había

unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo

tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio

y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron

al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo

bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse á

la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las

piernas á los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las

embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.

--En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la

vergüenza--decía el capitán.--He conocido á una señora que al averiguar

que el barco hacía agua subió á cubierta desnuda y estuvo hablando con

nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de

manjares y botellas. Velázquez fué saludando á sus amigos cordialmente

y les invitó á sentarse. Estaba tranquilo y á las frases de sentimiento

que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada

alegría.

--Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya

encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo

penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz...

soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita!

--¡No, por Dios!--gritaron los compadres riendo.

Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había

piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada

que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por

lo bajo:

--¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?

--¿Gabino?--respondió la salada muchacha haciendo un mohín

desdeñoso.--¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.

Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada

más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó

testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca.

--¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?

--¡Y tan verdad!--respondió aquélla con mal humor.--¿Tú sabes si mi

hermana ha tenido chabeta alguna vez?

Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.

Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de

salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar

chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol

derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas

rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en

el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos

marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más

que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido

suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la

siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la

frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la

armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.

Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia,

desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en

realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, á un amigo de

toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba

menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino á

ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:

--Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba á

ti en Cádiz? ¿No tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio vas

buscando en esas tierras donde si no le meriendan á uno los salvajes se

lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con

las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too

su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar

con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos,

y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la

aduana que había estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy

ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: «Desengáñate, Rafael,

las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está

acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama».

Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.

El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco los rostros se fueron

animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de

chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico.

Estaba más flaco que antes y descolorido; apenas comía. Sus amigos le

embromaban por esta falta de apetito.

--¿Qué queréis, hijos míos?--respondía él.--He perdido el estómago.

¿Cómo no había de perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado

envenenando más de tres semanas con una _bebía compuesta?_

--Decid que es mentira--saltó María-Manuela.--No ha sido más que ocho

días, y lo que le he dado á nadie le hace daño: agua de siete pozos

distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas

de rata...

--¡María Santísima del Carmen!--exclamó Antonio llevándose la mano al

estómago.--¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante!

¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un

triquitraque!

--¡Ya lo creo que lo has bebío?--exclamó la ruda morena con gesto de

triunfo.--Y gracias á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay

por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios...

Porque ahí donde ustedes le ven--añadió volviéndose á los

circunstantes,--ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio,

ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de

rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿á qué se debe? Pues á

la virtud de la bebía.

--¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los

huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la

mañana.

Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la

disputa se alargase.

Los majos de Cádiz · 第 15 / 16 段