había apartado de la mesa y andaba de un lado á otro dando órdenes. Los
marineros comenzaban á moverse ejecutando las maniobras preventivas.
Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de
los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba
triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel
momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada
tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese
triste y casi casi que hubiera estado enamorada.
--No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una
locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El
amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le
quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto
á los hombres soberbios...
--Es porque tú lo eres.
--Quizá--dijo ella con franca resolución;--pero así es... Por lo demás,
no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por
mi causa. Si le pasa algo en la travesía... ó se enferma... ó muere, me
ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira
interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo;
¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le
quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le
sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!
--Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido--expresó
Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.
Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y á su sabor, en
silencio, largo rato estuvo contemplando á aquel hombre tan noble, tan
firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma.
Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.
La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya
enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco
de proa á popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando
rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez,
comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez
graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus
corazones. Sólo Antoñico se atrevió á decir alegremente á Paca:
--Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo
que no te oigo.
La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:
--Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que
tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.
Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella
profunda mujer.
Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó á
ellos y les dijo cortésmente:
--Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena
compañía, pero es preciso... Á no ser--añadió sonriendo--que quieran
ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.
Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á
Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que
sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le
estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga
pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen
rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los
labios.
Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre
las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir:
--¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad?
--Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar,
debe de ser un viaje de recreo el que haces--respondió ella sin dejar de
sonreir.
--Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no
he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy
feliz, como deseo.
--¡Adiós!--repuso lacónicamente la joven.
Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la
niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese
mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las
manos y comenzó á sollozar fuertemente.
Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios
acudieron al fin solícitos preguntándole:
--¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué
te pasa?
--¡Qué le ha de pasar!--exclamó su hermana Isabel roja de ira.--¡Que se
ha caído de tonta!
Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y
enfurecidas sobre ella.
--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de
ti! ¡Loca! ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!
La joven, sin responder á tales invectivas, seguía llorando con el
rostro entre las manos.
Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la
injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:
--Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se
vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme
ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco,
pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.
Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos
palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de
gozo.
--¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir un casorio!...--Á mí me daba
el corazón que los dos se querían...--¡Y á mí!--¡Y á mí!
El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:
--¡Vivan los novios! El día que os caséis prometo emborracharme... lo
que no hice en los días de la vida.
Y empujando al mismo tiempo á Velázquez contra Mercedes, añadía:
--¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!
Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y la empujaban hacia su novio.
Éste la abrazó con efusión.
--Ya no hay viaje, capitán--dijo luego volviéndose al de la corbeta.
--La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez--repuso
éste estrechándole la mano.
Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas hé
aquí que el prudente Frasquito se acerca á Velázquez y le dice
misteriosamente:
--Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero del pasaje?
El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas
palmadas en la espalda:
--¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?
El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se
trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y,
mirando fijamente á su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:
--Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único
sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe á todo
el mundo para honra de la familia.
--¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!--exclamó
Frasquito exasperado.
--¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de
aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas
mi tío!
Velázquez atajó la disputa llevándose á Frasquito. Todos se despidieron
del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose
como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en
ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, á uno de ellos
se le ocurrió acompañar á la corbeta algún trecho. Se aceptó con
regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque,
arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta
hasta llegar á paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las
lanchas le daban escolta.
Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y
donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la
brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de
Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus
futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló
en voz baja de este modo:
--Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre
ustedes; veo allí á Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y
apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese á morir en tierras
extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no
merezco. Después de Dios á ustedes se lo debo. Quisiera poder
demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo
que la mejor manera será haciendo á su hija feliz y á esto me
comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se
marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente
que sabrá mientras viva querer á su esposa y respetarles á ustedes.
El viejo _Cardenal_ aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la
madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:
--No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la
conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan
los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar
seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz.
--¡Silencio, mujer!--interrumpió el padre con energía, y volviéndose á
Velázquez añadió gravemente:--Las mujeres perdonan mejor los agravios
que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y
sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de
que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer.
Llegaron al fin á la mar libre. La _Esperanza_ izó algunas velas y su
tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las
lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con
mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad.
El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en
Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit,
fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en
suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su
seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo,
resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo.
La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y
su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de
espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona
gigantesca del dios de los mares.
En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja:
--¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla?
--Sí.
--Yo también me voy.
--¿A qué?--dijo el caballero fingiendo sorpresa.
--No lo sé--replicó la joven pugnando por no llorar.
Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa
benévola tomándole una mano:
--Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes
que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía
yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor,
pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he
seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no
se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque
respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy
te quiero con toda mi alma, pero...
--Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu
esclava--interrumpió Soledad con ímpetu.
--¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la
maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para
salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el
tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda
rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por
dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me
ha dicho siempre que existe.
Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con
alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.
Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos
resplandores. La _Esperanza_ izaba á lo lejos todas sus velas que se
hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba
suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo
alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca.
ÍNDICE
Páginas
PRÓLOGO v
I.--El viajero 1
II.--Los majos 13
III.--Soledad 35
IV.--Velázquez. 51
V.--Celos 61
VI.--Disputa 81
VII.--El columpio 93
VIII.--Crisis 121
IX.--El Carnaval 133
X.--Rebelión 161
XI.--Sumisión 171
XII.--La maga 181
XIII.--Antoñico 197
XIV.--La boda de Pepa 213
XV.--Noche gaditana 241
XVI.--Despedida 267
End of Project Gutenberg's Los majos de Cádiz, by Armando Palacio Valdés