esfuerzos por reprimir la voz,--si la aborreces, ¿por qué te acercas á
ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede
mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien
suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao,
hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con
ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está
sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está
cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...
--¿Por qué lado voy?
--Por el que te dé la gana.
--Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.
--En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un
fachendón y ¿quieres que dé en otro?
--Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María
para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes
cuánto he querido yo siempre á ese niño...
--¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás
media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme
los dedos por los ojos...
--¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios
ahora mismo.
--¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te
gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma
quieta...
--Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de
Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer
que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo
este higo paso--añadió presentándole uno.
--¡Anda que te zurzan!--exclamó la joven riendo y arrojando el higo al
suelo.
Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada
de risas.
La reconciliación estaba hecha.
Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad
tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba
vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su
curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que
aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en
sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó
por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía
murmurándole al oído sus deseos.
Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó
una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y
se retiró de la ventana.
Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y
á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los
presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se
guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:
--¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo
á llevarte á casa en brazos, niña.
--¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan
todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la
salud de los novios y de toa la compañía.
--¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!--gritaron
entusiasmados los hombres.
Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto
de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.
El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla
cuando Soledad exclamó con violencia:
--¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!
Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y
los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino,
Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido
pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella
monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón
de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en
los presentes.
--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda?
¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...
Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de
risa en un rincón gritando:
--¡Vivan los novios rumbosos!
Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de
galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el
placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del
vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre
la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la
reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.
--¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa
mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!
Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con
toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían
bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban
las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de
besos.
Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y
sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.
Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué
ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora,
cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las
carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para
meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las
servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban
el rostro con ellas.
Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor
Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de
obligar al viejo _Cardenal_ y á su esposa á que echasen un baile de
despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los
_Cardenales_ bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la
algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.
Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico,
que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle
amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada
menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su
yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la
querella gritando á los cocheros:
--Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.
Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero
todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía
vociferar al carpintero:
--¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho?
¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé
alternar?
XV
Noche gaditana.
Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre
el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido
de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve
brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.
El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más
de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su
balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito
de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus
cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con
sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía
soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.
La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas
de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que
habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y
se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la
tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés
que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del
portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de
Sanlúcar! ¡venga _cante_ y guitarra y jaleo!
Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se
inició la retirada por la vieja _Cardenala_ y poco á poco fueron
desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos
empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el _Cardenal_ y
otros cuatro ó cinco convidados.
Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos
por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la
familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella
algunas palabras.
--Adiós, gitana--le dijo estrechándole la mano afectuosamente.--Adiós,
naranjita china.
--Estoy deshecha, niño--respondió ella con languidez afectada.--He
bailado más que un trompo.
--¿De modo que no sostienes la apuesta?
--¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.
--Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.
--Dentro de media hora te espero en ella.
Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y
amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó
repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba
haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la
bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de
Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y
delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico,
que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á
Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y
seria.
--¿Qué te decía Antonio, querida?--preguntó el majo.
--¡Antonio!--exclamó la morena con sorpresa.--¿Qué me había de decir
Antonio?... Nada.
--¿No estaba hablando contigo en este momento?
--¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por
mi sobrinito.
--Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura
que yo no esté delante--manifestó el guapo con calma amenazadora.
María quedó turbada y balbució con timidez:
--¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te
remontas...
--No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.
Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa
precedidos y seguidos de otros grupos.
--No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío--profirió
ella al cabo.
--No me figuro nada--respondió secamente Velázquez.
--Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea
pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si
tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo,
pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío
sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más
en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me
dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu
personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro
para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara
que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para
mí ya está podría!
Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta
suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en
una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca
la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse,
pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y
siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su
amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente.
Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al
separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su
antigua novia.
Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á
esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda
rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.
No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de
los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga
prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento
femenino.
Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de
amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente
de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes
se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente
al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua
querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los
cristales y esperó. No tardaron en abrir.
--¿Estás ahí, desaborío?
--Aquí estoy, limoncito verde.
--¿Por qué limoncito verde?
--Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.
--¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido
para mí un perro te vienes con esa.
--Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que
me tire al agua y me verás hacerlo.
--¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...
--¡Si supieses las penitas que estoy pasando!
--¡Calla, calla, perro!
--Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.
La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué
haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su
perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos
grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial
cuatro años.
Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un
coche.
--¿Un coche á estas horas?--exclamó María con sorpresa.
Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué
aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la
calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos.
Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:
--¿Sabes quién va ahí?
--¿Quién?
--Velázquez.
--¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.
--Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.
--Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera
apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.
--Pues es Velázquez, no tengas duda--repuso Antonio cada vez más
trémulo.
Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito.
También se puso seria.
--¡Es bien extraño!
Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.
--Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera
me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia
de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á
tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...
Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la
oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la
cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se
las echó de valiente.
--Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le
tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena
herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no,
esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.
Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba
de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.
El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la
sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente
que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.
Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de
Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había
marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando
juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á
salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa,
tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego
de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á
ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus
pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:
--¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He
faltado á alguno? etc.
El viejo _Cardenal_, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba
adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy
molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á
gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con
Velázquez acusándole de traidor.
--Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni
decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así,
¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino
vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza...
¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...
Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por
desafiarle.
--Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo...
Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal
conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!
Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se
mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que
se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho
de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto,
porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que
al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.
Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á
casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo
en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo,
la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que
entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que
estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la
traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el
camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por
delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche
de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á
Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que
ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó
para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se
encogió de hombros exclamando:
--¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus
pocilgas.
Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche,
encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando
ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le
puso delante.
--Buenas noches, señor Pedro.
El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le
atravesaba, respondió:
--Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?
--Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de
acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.
--Está bien--repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y
severos.--¿Y aún no te ha llegado el sueño?
--No, señor.
--Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque
te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.
--No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama
dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos
por ahí á algunos traidores.
Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó
riendo:
--¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás
las noches persiguiendo á los ladrones.
--No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos
que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.
--Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme--dijo
Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.
Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:
--Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?
--Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?
--Sí que me importa, porque soy su novio.
--Pues hazte cuenta que para mí no eres na--dijo Velázquez con acento
agresivo.
--No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted
también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente
rondar á las mocitas que están comprometidas.
--¡Ea, basta ya de rodeos!--exclamó el guapo.--Quieres reñir,¿verdad
tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.
Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.
Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:
--Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de
temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted
bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más
que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted,
delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir
no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo
le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á
usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que
usted me matase...
La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las
últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en
tono resuelto, guardando la navaja:
--Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo
porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia--añadió con voz
temblorosa,--lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó
la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...
Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.
--Choca, querido--dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.--Vete
en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.
Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.
--Gracias, señor Pedro--murmuró Gabino conmovido.
--¡Oiga!--le gritó cuando ya el otro estaba lejos.
Velázquez volvió sobre sus pasos.
--Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene
todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he
visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico,
que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.
El majo se encogió de hombros con afectado desdén.
--Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir
la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por
el aviso, Gabino, y buena suerte.
No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si
bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto
que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría
en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su
esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se
desvanecían como el humo.
Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le
quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía
revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió
repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante
y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo
con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de _Horno Quemado_
vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor
Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la
acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía,
le conoció perfectamente y le chicheó.
--¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?
--Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo
divertido que estará ahora su sobrino.
--¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha
divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en
el gasto.
Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.
--Ahí dejó al _Cardenal_ y al suegro de mi sobrino con una _mona_
superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja
abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y
una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que
viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo
prueban, se vuelven locos...