de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su
matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa,
que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un
razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo,
no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á
las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese».
Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu
esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable
de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la
boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el
maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas
para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse
él solo con el negocio de las harinas.
Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el
señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los
dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones
celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron
padrinos el señor Rafael y Mercedes la _Cardenala_, prima de Pepa.
Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la
tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo
Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en
realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado
en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito,
pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio
que ceder.
Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y
después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una
jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los
sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con
Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así
sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera
acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la
mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se
casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La
mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de
Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores
negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y
verde.
Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha
atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los
coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se
detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:
--¡Vivan los novios!
Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al
mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar
delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al
chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente
entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos,
y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.
En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los
transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El
grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.
--¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los
novios! ¡Vivan los padrinos!
El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas
de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del
cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al
vecindario.
Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho
la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las
más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á
solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el
jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas
al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría,
sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la
madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el
agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez
junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su
prima Isabel la _Cardenala_, Paca entre el _Cardenal_ y la _Cardenala_
viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.
Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la
ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no
habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras
duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil
delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le
ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él.
Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más
sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los
chistes del pícaro.
Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las
sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos,
retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su
gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia,
las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez
con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la _cantaora_ que habían
traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas,
seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más
filarmónicos los escuchasen en silencio.
Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.
--¡Que bailen los novios!--gritó.
Este grito halló eco en seguida entre los invitados.
--Eso está bien dicho. ¡Que bailen!
Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano
que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con
mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de
Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un
rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos
serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni
la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el
señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó
exclamando:
--Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas
con este pobre viejo.
--¡Ole por el padrino!--gritaron los compadres con entusiasmo.
Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon
los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La
cantaora, con voz penetrante, cantó:
«Á la señora novia
sacadla á bailar,
para que se despida
de su mocedad.»
--¡Bueno va!--¡Oblíguela usted, padrino!--¡Vivan las novias saladas!
Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron
puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como
una nube sobre ellos.
La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El
viejo fué felicitado con entusiasmo.
Pepa, jadeante, dijo:
--Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la
boca.
--¡Que baile! ¡que baile!--gritó la reunión.
Soledad hizo signos negativos con la cabeza.
--Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía--manifestó
Velázquez afectando desenfado.
El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo
hacia Antoñico dijo en voz baja:
--No soy guitarra para templarme.
Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena
desagradable y no insistieron.
Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra
exclamando:
--Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como
músico.
Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada
habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:
Porque te quiero te digo
que te registren el novio,
porque no está de recibo.
La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la
cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su
suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que
había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino
comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas.
Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si
es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras
salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la
enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta,
tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil
reales á réditos se había declarado insolvente.
Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera,
llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa,
el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice
nada, soltó la siguiente bomba:
--De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con
las diez mil pesetas de que hemos hablado.
Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y
apenas pudo balbucir:
--¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?
--Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir--replicó con audacia
tranquila el carpintero.--Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y
harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...
Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi
espumarajos por la boca, profirió:
--Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace
ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?
El carpintero empalideció á su vez.
--¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?
--Sí, señor, lo repito--gritó aún más sofocado el novio.--¡Es usted un
sin vergüenza! ¡un canalla!
El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de
carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello.
Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre
todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando
abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por
unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al
morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les
demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador,
acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía
espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.
Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole
aparte, le dijo al oído:
--Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?
Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar
instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su
corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.
Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo _Cardenal_ al maestro
carpintero. Frasquito tenía una _mona_ que no se lamía el infeliz. Con
lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya
solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del
día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».
Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y
la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie
de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los
alegres compadres.
Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á
la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del
cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no
obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por
momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de
estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:
--María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio
con Soledad?
La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:
--Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no
haberlas entendido.
--¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!--exclamó
riendo.
Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió
tomándole una mano y acariciándola:
--No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era
contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en
el alma como alfileres!
--¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!--replicó ella dándole un leve
empujón.
El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido,
cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó
por decir sonriendo:
--¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!
Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto
de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su
sobrino.
--Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias;
te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como
el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos
tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que
se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese
agua...
--¡Qué bilis tiene usted, tío!--exclamaba Frasquito mientras los demás
reían á carcajadas.
--¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de
dejarte sin platos en la cocina...
Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro
de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio,
cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:
--¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche
toda la bilis no callará.
Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á
María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde
estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se
acercó á su antigua querida.
--Presente, mi capitán--le dijo blandamente al oído.
La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una
mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se
apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa
dijo en voz baja:
--Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las
boqueadas como un pez fuera del agua.
--Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar--repuso ella en voz
baja también y sin cambiar de postura.
--Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya
sabes que padezco de reúma.
--Avisa que te lo calienten.
--¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.
--¿La bañera de ahora?
--No, la bañera de antes.
--¿Qué importa si el baño no es para ti?.
--Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.
--La bañera te haría salir á palos.
--Eso me conviene para entrar en calor más pronto.
--¡Qué sin vergüenza!
--¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.
Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un
movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á
Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en
ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al
instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se
le había visto.
Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué
hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:
--¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!
Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía.
Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:
--¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?
--No es mía--respondió secamente.
--Supongamos que lo fuese.
--Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.
--Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?
--Dejarla donde está.
--¿Conmigo encima?
--Con usted ó con otro. Me es igual.
--Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á
la diestra de Dios Padre.
Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:
--¡Tardaba ya mucho!
Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela.
Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las
palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la
ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y
habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió
repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante,
á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial
y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre
sí misma.
Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad
como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se
creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano
de risueñas ilusiones.
Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la _Cardenala_ bailaba con
Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de
la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para
aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro
carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido
no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca
la de la Parra.
--Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El
otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos
vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la
taberna y no vino en dos días á casa...
--Pues no parece...
--¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece
cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos
es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está
demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira--añadió
remangándose los brazos,--nadie creerá que él es quien me ha hecho estos
cardenales...
--Pero ¿te pega?--exclamó Paca con asombro.
--Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da
unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el
cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo:
«¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!...
Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un
chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se
queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha
habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No
falta ahora más que _la cocinera_!» dice el sinvergüenza... porque es
así como me llama.
Paca no pudo reprimir una carcajada.
--¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis
entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha
sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su
sombra... Ya ves tú--añadió con leve inflexión de vanidad,--¡á mis años
y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin
que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito
decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de
charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí
con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había
dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y
tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea!
¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en
cueros?...»
Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se
interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no
oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su
suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había
asegurado que en durmiendo la _mona_ recordaría la sagrada promesa que
le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día
siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella
la conciencia de sus obligaciones.
Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el
maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien
ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali
volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez
á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre
este punto.
--Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He
faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí
la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...
El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones,
aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste
sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el
socorro de la química.
Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los
que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja _Cardenala se arrancó por
panaderos_ con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La
novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola,
sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo
hiciera, porque se bailaba con el diablo.
Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez
bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de
su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y
simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco
amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á
su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente
dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello.
Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste,
que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino,
andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con
Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido
arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias
de la bella y los celos del muchacho.
--¿Dónde va tu novio tan encandilao?--díjole sonriendo con orgullo,
viendo salir al joven del aposento como un huracán.
--Déjalo--respondió ella haciendo una mueca de desdén.--Es un tío lila,
¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha
salido al campo para llorar más á gusto.
--¡Para llorar!... ¿Por qué?
--Porque está celoso de ti.
--¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este
pobrecito viejo--repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.
--¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.
--¿Tan echao á perder lo tienes?
--Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no
puedo comer más que cosas frías.
--¿Me quieres comer á mí?
--Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.
--Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.
--Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.
--¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?
--¿Á que no echas conmigo un bailecito?
--Vamos á verlo--replicó el guapo levantándose.
Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín,
había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero
tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de
sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y
esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se
puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación.
Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia
aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para
escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la
voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á
salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y
Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba
sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la
suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.