--Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas

son lo mismo.

Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete

de diez duros.

XIII

Antoñico.

Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que

hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su

hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer

compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se

estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á

obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que

Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus

vicios.

Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho

más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones

que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y

quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las

hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo,

acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas

dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se

hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos.

Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de

Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal

suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino

para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de

inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la

antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta

convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía

disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo

amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez

sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes

acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose

cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en

mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado

por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que

tenían en continuo alborozo á la reunión.

Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose

del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de

Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le

llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance

ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda,

un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida

por la atención que le prestaba.

--Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte

alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren

de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada

las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo

puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las

suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la

cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para

ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...

Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de

desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más

alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también

por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar

seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas

las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso,

los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su

gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad

lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se

presentaba.

El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto

Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba

grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su

querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le

causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta

cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz

baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba

á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía

y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo

notaban... Estaba quedando en ridículo...»

Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y

afectando indiferencia, respondió:

--Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?...

Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has

tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si

fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada

cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.

No pudo lograr de ella otra respuesta.

--Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le

cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:

--Harías muy mal.

Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las

cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la

expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios

más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que

Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le

echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la

tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en

presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían

como locos.

La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida.

Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á

Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como

siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de

espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa,

proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones,

como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su

afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su

costumbre, bebía bastante vino.

Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y

la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose

cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con

pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de

la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez,

que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la

cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja;

quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de

hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en

vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar.

Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo

apuró con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició

con voz alterada una explicación.

--Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al

sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por

ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como

un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de

hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar...

¡Vamos, que no puedo!...

--Pues haz por soportarlo--respondió secamente la joven.

Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con

humildad, acercándose á ella:

--Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en

medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme

por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia,

iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una

bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y

por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás

quitando la vida...

Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á

arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á

ella suplicante.

--Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame

echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con

celos...

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió

con voz temblorosa:

--Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que

quieras.

--Lo único que te pido es que me dejes ya en paz--repuso ella alejándose

para limpiar una de las mesas.

Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes

y al fin profirió con amargura:

--¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de

hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no

puedes pasarte sin las guasas de ese tío!

Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:

--¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con

una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el

moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo

plantado. ¿Lo quieres más claro?

Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á

acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.

--¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco

serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.

Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se

lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita

inspiración exclamó sonriendo:

--¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?

Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas,

llameantes los ojos.

Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su

forzada sonrisa.

--Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que

no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me

había de chalar por ese titiritero?

El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla.

Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo,

hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes

palabras. Después subieron á casa.

Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven

cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba

y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de

su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería?

¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo?

Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó

infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento

brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á

causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos

pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar,

como otras veces, y perecía á sus manos.

Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy

más tiempo con este tío.»

Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después

se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos,

aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez

estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó

quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin

ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no

pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.

Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado

María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la

suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la

escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su

rostro y quedó plácidamente dormido.

Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa

de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de

delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia,

ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su

amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba

inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía

disimular su escozor.

Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo

acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y

la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo

Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que

había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible

que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el

motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía.

¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero

sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración

encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta

de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus

defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque

con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más

que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á

otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su

amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que

trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.

Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su

amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación.

Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas

reflexiones la hacían contestaba resueltamente:

--No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.

Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes

como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de

ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma

justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con

que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban

cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba

tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.

No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta

confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría

á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto

salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina,

en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de

huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho.

Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las

pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo

ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente

estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando

supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se

arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en

casa y ella se fué á la de su hermana.

Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con

Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el

rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar

la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven

cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía

asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico

y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí

mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le

contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus

temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de

aquella relación que tanto podía perjudicarla.

--Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo

decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que

es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una

atrocidad... Ya la conoce usted.

--Sí, sí; la conozco bien--respondió el joven con acento amargo.

--¿Por qué no la habla usted?

--¿Yo?--exclamó con sorpresa.--Yo no tengo ninguna influencia sobre

ella.

--Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de

usted.... ¡uf! le pone por las nubes...

--¡Sí, para tenerme más lejos aún!--repuso con sonrisa melancólica.

Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie

interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los

contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis

trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar

fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada,

encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día

siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.

No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún

rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió,

pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo

que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á

mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa.

No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada.

Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de

ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los

frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:

--Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.

--Sí; alguna vez nos acompaña--repuso ella secamente.

Hubo una larga pausa.

--¿Y crees--dijo al cabo con tímida sonrisa--que te conviene ese

acompañamiento?

--¿Pues?--replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.

Manolo bajó los ojos.

--Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente

siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras

relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer,

y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...

--¡Bah!--exclamó la joven un poco pálida.--Esas son cosas de la tienda

de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de

vez en cuando les tome un poco el pelo.

Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo

fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:

--Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como

persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe

favores y dinero.

Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba

su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz

alterada:

--¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en

paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para

darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro

hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo

haces por envidia.

Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre

dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola

por el brazo, profirió con ira concentrada:

--¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he

tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si

eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito,

sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo,

quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado

en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente

vales bien poquito.

Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le

sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza

espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:

--Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo

cosas que nunca he pensado.

El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y

se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.

XIV

La boda de Pepa.

Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el

corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el

abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le

guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas

corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más

bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya

procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con

lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.

Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para

aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en

dirigirse de nuevo á Mercedes la _Cardenala_, temiendo fundadamente que

le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de

Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de

galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se

vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De

tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo

en obra, acompañando á la _maga_ en el Perejil y por la noche en la

plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer

de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos

había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado

ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto,

consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al

cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas

las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los

dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la

misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad

exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en

proponerla que se fuera á vivir con él.

Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido

sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una

doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la

gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían

ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros

hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos

pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve,

flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el

Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano

entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El

horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la

irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante

envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces

temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes,

inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados,

poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la

luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de

Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la

sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces

secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de

tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía

gozosos y locuaces.

Los majos de Cádiz · 第 12 / 16 段