son lo mismo.
Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete
de diez duros.
XIII
Antoñico.
Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que
hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su
hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer
compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se
estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á
obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que
Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus
vicios.
Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho
más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones
que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y
quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las
hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo,
acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas
dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se
hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos.
Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de
Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal
suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino
para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de
inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la
antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta
convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía
disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo
amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez
sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes
acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose
cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en
mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado
por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que
tenían en continuo alborozo á la reunión.
Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose
del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de
Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le
llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance
ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda,
un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida
por la atención que le prestaba.
--Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte
alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren
de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada
las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo
puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las
suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la
cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para
ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...
Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de
desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más
alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también
por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar
seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas
las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso,
los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su
gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad
lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se
presentaba.
El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto
Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba
grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su
querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le
causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta
cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz
baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba
á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía
y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo
notaban... Estaba quedando en ridículo...»
Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y
afectando indiferencia, respondió:
--Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?...
Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has
tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si
fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada
cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.
No pudo lograr de ella otra respuesta.
--Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le
cojo por un brazo y le planto en la calle.
Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:
--Harías muy mal.
Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las
cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la
expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios
más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que
Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le
echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la
tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en
presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían
como locos.
La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida.
Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á
Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como
siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de
espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa,
proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones,
como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su
afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su
costumbre, bebía bastante vino.
Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y
la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose
cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con
pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de
la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez,
que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la
cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja;
quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de
hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en
vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar.
Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo
apuró con ansia.
Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició
con voz alterada una explicación.
--Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al
sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por
ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como
un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de
hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar...
¡Vamos, que no puedo!...
--Pues haz por soportarlo--respondió secamente la joven.
Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con
humildad, acercándose á ella:
--Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en
medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme
por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia,
iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una
bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y
por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás
quitando la vida...
Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á
arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á
ella suplicante.
--Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame
echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con
celos...
Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió
con voz temblorosa:
--Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que
quieras.
--Lo único que te pido es que me dejes ya en paz--repuso ella alejándose
para limpiar una de las mesas.
Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes
y al fin profirió con amargura:
--¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de
hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no
puedes pasarte sin las guasas de ese tío!
Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:
--¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con
una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el
moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo
plantado. ¿Lo quieres más claro?
Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á
acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.
--¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco
serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.
Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se
lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita
inspiración exclamó sonriendo:
--¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?
Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas,
llameantes los ojos.
Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su
forzada sonrisa.
--Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que
no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me
había de chalar por ese titiritero?
El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla.
Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo,
hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes
palabras. Después subieron á casa.
Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven
cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba
y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de
su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería?
¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo?
Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó
infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento
brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á
causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos
pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar,
como otras veces, y perecía á sus manos.
Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy
más tiempo con este tío.»
Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después
se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos,
aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez
estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó
quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin
ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no
pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.
Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado
María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la
suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la
escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su
rostro y quedó plácidamente dormido.
Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa
de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de
delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia,
ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su
amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba
inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía
disimular su escozor.
Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo
acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y
la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo
Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que
había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible
que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el
motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía.
¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero
sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración
encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta
de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus
defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque
con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más
que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á
otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su
amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que
trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.
Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su
amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación.
Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas
reflexiones la hacían contestaba resueltamente:
--No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.
Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes
como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de
ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma
justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con
que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban
cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba
tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.
No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta
confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría
á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto
salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina,
en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de
huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho.
Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las
pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo
ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente
estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando
supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se
arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en
casa y ella se fué á la de su hermana.
Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con
Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el
rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar
la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven
cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía
asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico
y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí
mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le
contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus
temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de
aquella relación que tanto podía perjudicarla.
--Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo
decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que
es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una
atrocidad... Ya la conoce usted.
--Sí, sí; la conozco bien--respondió el joven con acento amargo.
--¿Por qué no la habla usted?
--¿Yo?--exclamó con sorpresa.--Yo no tengo ninguna influencia sobre
ella.
--Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de
usted.... ¡uf! le pone por las nubes...
--¡Sí, para tenerme más lejos aún!--repuso con sonrisa melancólica.
Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie
interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los
contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis
trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar
fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada,
encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día
siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.
No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún
rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió,
pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo
que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á
mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa.
No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada.
Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de
ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los
frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:
--Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.
--Sí; alguna vez nos acompaña--repuso ella secamente.
Hubo una larga pausa.
--¿Y crees--dijo al cabo con tímida sonrisa--que te conviene ese
acompañamiento?
--¿Pues?--replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.
Manolo bajó los ojos.
--Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente
siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras
relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer,
y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...
--¡Bah!--exclamó la joven un poco pálida.--Esas son cosas de la tienda
de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de
vez en cuando les tome un poco el pelo.
Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo
fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:
--Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como
persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe
favores y dinero.
Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba
su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz
alterada:
--¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en
paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para
darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro
hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo
haces por envidia.
Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre
dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola
por el brazo, profirió con ira concentrada:
--¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he
tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si
eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito,
sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo,
quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado
en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente
vales bien poquito.
Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le
sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza
espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:
--Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo
cosas que nunca he pensado.
El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y
se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.
XIV
La boda de Pepa.
Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el
corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el
abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le
guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas
corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más
bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya
procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con
lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.
Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para
aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en
dirigirse de nuevo á Mercedes la _Cardenala_, temiendo fundadamente que
le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de
Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de
galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se
vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De
tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo
en obra, acompañando á la _maga_ en el Perejil y por la noche en la
plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer
de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos
había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado
ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto,
consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al
cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas
las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los
dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la
misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad
exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en
proponerla que se fuera á vivir con él.
Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido
sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una
doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la
gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían
ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros
hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos
pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve,
flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el
Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano
entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El
horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la
irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante
envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces
temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes,
inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados,
poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la
luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de
Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la
sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces
secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de
tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía
gozosos y locuaces.