Pero aunque Velázquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese

para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era

ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacían guiños cuando

observaban algún signo de sumisión, se comunicaban sonriendo los

descubrimientos que iban haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las

comadres del barrio que frecuentaban la tienda llegaron pronto á

sospechar lo que ocurría. Desde entonces cien ojos de zahorí los

espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la

caída del guapo y el estado de abatimiento á que su pasión le había

reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no

sólo por ser de justicia, sino también por espíritu de cuerpo. Era la

apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la

festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas

picarescas.

--¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy

alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la

mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos

sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta,

hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás...

Esos malditos hombres son así...

Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla

arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía

que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente.

Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación

de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había

apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á

insinuárselo sonriendo maliciosamente.

--Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...

Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se

tocó más el asunto en su presencia.

--¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted?

Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres...

¿sabe usted?

Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo

maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente

sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos

granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero.

Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para

suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto

le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos

que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos,

uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada

fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se

enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales

vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de

Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para

ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en

el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de

dejar las riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque

hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la

mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á

contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que

su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos

pudieron cerciorarse y verlo claramente.

Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la

tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de

alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico

como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con

Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de

ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo

manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos

magníficos.

--Vamos á probarlos--concluyó diciendo--y nos refrescaremos la boca... A

ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos.

--No tengo gana--respondió secamente ésta.

Velázquez quedó suspenso y acortado.

--Vamos, querida--manifestó tímidamente,--es cuestión de un instante...

Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto...

--Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si

quieres--respondió con más sequedad aún.

Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y

observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir.

--Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir

cuatro escalones no te vas á morir.

Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á

sus palabras acento despreciativo, profirió:

--Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado

aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en

seguida el documento.

Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra

expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia,

echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la

breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada

por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe,

Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él,

afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo

toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se

dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe

adónde llegarían los vuelos de la niña!»

El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin

exclamó con desesperación, mesándose los cabellos:

--¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo...

¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción!

XII

La maga.

Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le

hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con

maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su

destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en

su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No

había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga

de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus

palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves

inflexiones de la voz.

Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y

le dijo en voz baja:

--Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió

vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael

bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me

tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los

amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella

y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son _ducas_. En la cara las

llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince

años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si

deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana

por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al

lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya

sabes, después de las diez.

El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida

de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por

tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y

se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el

ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita.

Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su

casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de

cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia

escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y

jadeante tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió

instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una

salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus

correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las

moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la

historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla

cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á

hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su

habitual desenfado:

--Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu

suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo

que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo

espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te

cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que

te pasa.

Velázquez la miró con sorpresa.

--Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una

por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza,

hijo, que te han dado _bebía_, y si es así, hay que deshacerla con

alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando.

Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía

tres meses: cómo su indiferencia hacia su querida se había trocado

repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante

zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y

qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes

pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo,

complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar

los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr

suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía

ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una

criatura.

María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.

--No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too?

--Todo.

--Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó

bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también--añadió

cayendo en una meditación profunda--que te hubiera pasao la piedra imán

por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien

que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el

armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un

muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo

prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y

entiérralo.

Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su

papel maravilloso, le dijo:

--Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según

lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te

confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que

creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes?

Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros,

guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora

por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las

cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente

cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le

obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado

respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación.

Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón

negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las

velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja.

--Aquí dentro está tu suerte--dijo en voz baja y misteriosa colocándola

sobre la mesa.

Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando

ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de

conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose las manos por la cara, con

aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en

silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano

izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia

aquél, le dijo al oído:

--Da encima tres golpecitos y llámala.

El guapo abrió los ojos sorprendido.

--¿Á quién?

--¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas.

Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo

tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!»

--Está bien--dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios

montoncitos.

Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que

dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de

nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto

otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces.

La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á

poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística

revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la

repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una

evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con

afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir»

sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido.

María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de

derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después,

pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación

como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor

solemnidad y misterio, comenzó á decir:

--Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen

agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el

enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un

hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia

que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un

testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El

siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te

harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un

disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza:

harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará

mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y

caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con

más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última

carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del

cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más,

empachoso, traidor?--añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de

satisfacción y suficiencia.

Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro

que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle

decir:

--¿Y todo eso será como lo cuentas?

--¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que

importa ahora es deshacer el maleficio de la _bebía compuesta_, si es

que la has bebío, ó de la _rosa hechizá_, si la has olío...

Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un

puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados

por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de

casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media:

te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase

sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la

noche una oración que voy á enseñarte...

Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se

conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del

monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para

que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad.

_Para que no pueda vivir,_

_ni sosegar,_

_ni en silla sentar,_

_ni en cama acostar,_

_sino que muriendo de pena_

_me venga á buscar._

Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración.

--La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y

descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes

un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el

ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate,

corazón! tus _ducas_ se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita

mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos...

El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes!

sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á

la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero

no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.

--No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño?

Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos

para que su horóscopo feliz no se retrasase.

--No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco

tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa

al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he

dicho... Haz lo posible por no pisar carbón...

Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión

profética.

Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien

prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho

emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la

sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular

posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba

sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún

espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el

paso.

En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y

locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos

tropezó con Mercedes la _Cardenala_, á quien no había vuelto á hablar

desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como

el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla,

saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel

arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con

algunas palabritas amargas.

--¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen

que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo

buchón...

Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo

algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con

alegría:

--¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le

daría uno.

Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los

escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le

divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de

toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la

distancia.

--¡Quieto, Miguel!

El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus

esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la

catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance,

poniéndole una mano sobre el hombro.

--¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?

El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.

--¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella

quien me mandó á llamar.

El guapo sonrió y repuso cariñosamente:

--No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario,

deseaba verte y charlar contigo un rato...

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se

oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los

lados para ver por dónde podría escapar mejor.

--¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que

seamos amigos y no se hable más de lo pasado.

Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á

entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á

poner el pie dentro, temiendo una asechanza.

--¡Qué escamón estás, hijo!--exclamó el guapo riendo.--Mira, si tienes

miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.

Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de

los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer

y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras

caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:

--¿Has estado mucho rato en casa?

--No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado

dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que

la vió en la tienda de la Parra...

Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no

estuviese enfadado.

--No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te

lo he preguntao por hablar algo.

Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad

de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para

pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le

miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su

vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.

--Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu

familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he

dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo

falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir,

correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia

tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los

guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que

no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que

tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...

El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó

que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con

sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las

crujías que he pasado!»

Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose

pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de

condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin

concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no

se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de

ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus

pies diminutos.

--Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa--manifestó al cabo

con su antigua superioridad.--Y si continúa portándose tan bien como

hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...

Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y

confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el

pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á

la cara:

--Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como

amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos

y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan

malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y

conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la

convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga

caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos

para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para

ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija

del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo

buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás

tampoco...

El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un

hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo

que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró

terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día

olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto

también de excelente humor.

--Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te

vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga

falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con

nosotros--añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de

su querida.

--Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó

aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al _chicuco_ para pagar. Cuando lo

hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:

--¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?

Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.

--¡Vamos, Miguelillo, confiesa!

--¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este

pañuelo de seda que usted ve--repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado

tres pesetas. El majo soltó una carcajada.

Los majos de Cádiz · 第 11 / 16 段