Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió

frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo

aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron

hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos

despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en

seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á

hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz

angustiosa, estas palabras:

--¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que

tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me

hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente

conmigo!

Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y

temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:

--Bueno; vamos.

La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose

en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la

joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo

diciendo:

--Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz

de Dios y dormir bien.

María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que

todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.

--¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se

apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de

la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la

vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de

reñir...

Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les

felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la

alegría de Velázquez.

--¡Así me gustan los hombres!--exclamó dándole palmaditas en el

hombro.--Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la

espalda.

El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la

ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus

bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los

despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó

recordando la conclusión de los cuentos:

--Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron

nada.

Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al

final de los cuentos:

--Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.

Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un

tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una

ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás

había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad

sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría,

sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la

sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido

al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.

Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen

el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las

bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.

Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su

punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la

inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía

temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el

firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante

y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se

escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del

horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba

á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.

Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la

naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que

brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus

ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el

brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su

ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en

el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio

de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de

adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos

que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el

placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable,

cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más

expuesto á ellos.

Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella

cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos.

Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los

amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y

para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:

--¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!

Velázquez la miró sorprendido.

--¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy

contento.

--No: se lo decía á una estrella corrida.

--¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?--dijo el guapo.--Pues ten

cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara...

Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe

de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.

Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta

suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una

mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.

X

Rebelión.

Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su

querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas

delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con

apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus

amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su

alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente

que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco

sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se

escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante

descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba

temprano: jugaba largas horas al _rentoy_ con los parroquianos, y en las

disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y

conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y

consigo mismo.

Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del

establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las

finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez

en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y

observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina,

salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste

sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían.

Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso

siempre con tenaz resolución.

Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que

le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía

empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado

enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable

en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de

una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado

borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues

esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y

ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo,

al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles

en su imaginación.

Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos

advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba

con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal

modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía

acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo

hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa

hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos

días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con

el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas

en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba

siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto,

dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y

majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.

Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono

de superioridad displicente que siempre le había caracterizado.

Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor,

que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el

cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la

marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad

de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta

entonces creía habérselo notado.

Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda,

Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su

querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la

hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la

cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El

guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y

procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le

impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y

pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de

desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había

cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su

cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella.

Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla

mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara

se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que

más parecían caricias.

Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y

más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra

noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia.

Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con

acento amenazador:

--¡Cuidado!

Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas

para desagraviarla. Ella permaneció seria.

Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa,

afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en

la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la

misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que

jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando

hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento,

pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier

frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino

entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad

tan delicada que casi se la hería con la vista.

Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque

con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é

indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía.

Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez

lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que

su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto

el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel

brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había

logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios

ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su

despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó

á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable.

Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería

fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba

con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos

días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al

cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y

disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y

alcanzar de nuevo la cumbre del poder.

Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la

corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de

grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora

conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los

mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de

seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los

pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de

la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta,

sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo

pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda

tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó,

mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.

Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y

libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con

afectada ligereza:

--Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un

antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu

asiento.

Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo

de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo

que decía:

--Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no

duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!

La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío,

amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia

ella con sonrisa petulante.

--¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida

vendrá en que no tendré compromisos...

Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para

acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz

alterada:

--¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y

vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro

será que sufra tus sandeces mucho tiempo...

El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:

--¿Es de veras eso?

--¡Y tan de veras!--exclamó ella mirándole con ojos de indignación.

--Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no

convienen, ya sabes el remedio.

Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada

sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de

escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:

--Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.

Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda

inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había

salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los

hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle.

Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.

--¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?--exclamó sonriendo con

afectada alegría.--¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á

cadena perpetua?

--¡Quita! ¡quita!--exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para

rechazarlo.--Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y

que no las aguanto más tiempo.

--No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte

nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la

última...

Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.

--Te digo que me dejes Velázquez--repitió con calma y severidad.--Nada

adelantarás con retenerme á la fuerza.

Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los

recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada

joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:

--Me voy, me voy: no quiero sufrir más.

Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole

ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad

vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le

amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero,

desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.

XI

Sumisión.

No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las

mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la

cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le

abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez

insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le

trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor,

justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas

en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y

hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en

sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba

ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras

chistosas y libres con que sometía á las mujeres.

Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en

disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el

pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo

que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas

y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero,

después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que

otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo

más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.

Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y

á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la

bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él,

achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido.

Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal

modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste:

--¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano?

Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á

enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le

dijo bruscamente:

--Mira, suéltame la mano.

--¿Por qué?--preguntó él tímidamente.

--Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes?

Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo

en adelante de molestarla.

Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía

más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor

atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente

frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de

marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de

su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor

desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los

medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al

recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la

calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de

perfume. Lo que más papel representaba eran las _yemas de San Leandro_,

aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las

cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le

trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese.

De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le

hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces,

para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con

Soledad. Una vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á

adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de

poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del

modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto

pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que

los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma.

Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que

iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era

adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la

tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en

la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su

orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún

tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para

hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con

alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al

oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar

la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano

alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla

hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de

su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si

nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Calló al fin el majo

y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y

salió de la estancia no poco triste y desengañado.

Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos

abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad

fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como

otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su

esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una

explicación que concluyese con sus dudas.

Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen

de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que

vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de

pronto una mano y le dijo cariñosamente:

--Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca,

¿cuándo quieres que nos casemos?

El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano,

profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez:

--Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré

viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes?

Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida,

se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, pensó

con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más

frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos.

Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo

á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de

los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la

animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres

de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que,

comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la

conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba

repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido

los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en

otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que

dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y

bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la

conversación y sacarle del aprieto.

Los majos de Cádiz · 第 10 / 16 段