frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo
aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron
hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos
despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en
seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á
hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz
angustiosa, estas palabras:
--¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que
tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me
hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente
conmigo!
Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y
temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:
--Bueno; vamos.
La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose
en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la
joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo
diciendo:
--Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz
de Dios y dormir bien.
María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que
todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.
--¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se
apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de
la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la
vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de
reñir...
Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les
felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la
alegría de Velázquez.
--¡Así me gustan los hombres!--exclamó dándole palmaditas en el
hombro.--Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la
espalda.
El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la
ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus
bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los
despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó
recordando la conclusión de los cuentos:
--Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron
nada.
Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al
final de los cuentos:
--Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.
Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un
tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una
ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás
había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad
sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría,
sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la
sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido
al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.
Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen
el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las
bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.
Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su
punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la
inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía
temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el
firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante
y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se
escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del
horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba
á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.
Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la
naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que
brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus
ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el
brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su
ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en
el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio
de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de
adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos
que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el
placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable,
cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más
expuesto á ellos.
Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella
cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos.
Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los
amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y
para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:
--¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!
Velázquez la miró sorprendido.
--¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy
contento.
--No: se lo decía á una estrella corrida.
--¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?--dijo el guapo.--Pues ten
cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara...
Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe
de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.
Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta
suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una
mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.
X
Rebelión.
Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su
querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas
delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con
apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus
amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su
alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente
que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco
sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se
escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante
descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba
temprano: jugaba largas horas al _rentoy_ con los parroquianos, y en las
disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y
conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y
consigo mismo.
Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del
establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las
finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez
en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y
observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina,
salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste
sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían.
Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso
siempre con tenaz resolución.
Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que
le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía
empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado
enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable
en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de
una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado
borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues
esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y
ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo,
al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles
en su imaginación.
Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos
advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba
con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal
modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía
acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo
hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa
hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos
días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con
el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas
en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba
siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto,
dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y
majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.
Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono
de superioridad displicente que siempre le había caracterizado.
Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor,
que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el
cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la
marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad
de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta
entonces creía habérselo notado.
Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda,
Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su
querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la
hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la
cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El
guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y
procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le
impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y
pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de
desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había
cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su
cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella.
Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla
mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara
se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que
más parecían caricias.
Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y
más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra
noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia.
Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con
acento amenazador:
--¡Cuidado!
Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas
para desagraviarla. Ella permaneció seria.
Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa,
afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en
la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la
misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que
jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando
hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento,
pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier
frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino
entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad
tan delicada que casi se la hería con la vista.
Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque
con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é
indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía.
Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez
lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que
su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto
el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel
brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había
logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios
ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su
despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó
á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable.
Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería
fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba
con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos
días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al
cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y
disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y
alcanzar de nuevo la cumbre del poder.
Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la
corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de
grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora
conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los
mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de
seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los
pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de
la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta,
sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo
pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda
tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó,
mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.
Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y
libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con
afectada ligereza:
--Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un
antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu
asiento.
Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo
de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo
que decía:
--Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no
duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!
La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío,
amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia
ella con sonrisa petulante.
--¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida
vendrá en que no tendré compromisos...
Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para
acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz
alterada:
--¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y
vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro
será que sufra tus sandeces mucho tiempo...
El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:
--¿Es de veras eso?
--¡Y tan de veras!--exclamó ella mirándole con ojos de indignación.
--Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no
convienen, ya sabes el remedio.
Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada
sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de
escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:
--Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.
Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda
inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había
salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los
hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle.
Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.
--¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?--exclamó sonriendo con
afectada alegría.--¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á
cadena perpetua?
--¡Quita! ¡quita!--exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para
rechazarlo.--Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y
que no las aguanto más tiempo.
--No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte
nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la
última...
Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.
--Te digo que me dejes Velázquez--repitió con calma y severidad.--Nada
adelantarás con retenerme á la fuerza.
Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los
recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada
joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:
--Me voy, me voy: no quiero sufrir más.
Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole
ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad
vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le
amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero,
desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.
XI
Sumisión.
No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las
mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la
cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le
abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez
insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le
trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor,
justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas
en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y
hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en
sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba
ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras
chistosas y libres con que sometía á las mujeres.
Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en
disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el
pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo
que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas
y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero,
después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que
otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo
más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.
Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y
á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la
bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él,
achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido.
Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal
modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste:
--¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano?
Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á
enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le
dijo bruscamente:
--Mira, suéltame la mano.
--¿Por qué?--preguntó él tímidamente.
--Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes?
Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo
en adelante de molestarla.
Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía
más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor
atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente
frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de
marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de
su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor
desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los
medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al
recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la
calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de
perfume. Lo que más papel representaba eran las _yemas de San Leandro_,
aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las
cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le
trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese.
De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le
hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces,
para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con
Soledad. Una vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á
adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de
poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del
modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto
pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que
los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma.
Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que
iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era
adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la
tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en
la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su
orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún
tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para
hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con
alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al
oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar
la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano
alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla
hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de
su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si
nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Calló al fin el majo
y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y
salió de la estancia no poco triste y desengañado.
Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos
abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad
fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como
otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su
esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una
explicación que concluyese con sus dudas.
Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen
de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que
vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de
pronto una mano y le dijo cariñosamente:
--Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca,
¿cuándo quieres que nos casemos?
El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano,
profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez:
--Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré
viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes?
Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida,
se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, pensó
con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más
frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos.
Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo
á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de
los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la
animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres
de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que,
comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la
conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba
repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido
los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en
otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que
dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y
bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la
conversación y sacarle del aprieto.