vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por
doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores
y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos,
con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles,
distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo
caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto oleaje, bañándose en un
gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la
diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y
alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más
feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su
aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de
su mar azul que riza la brisa!
Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras
veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en
la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se
apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó
á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra
su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se
esforzó en aparecer jocoso.
Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento
con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era
espontánea y le preguntó:
--¿Qué tienes? Parece que estás preocupado.
--¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me
empacha un poquillo, ¿sabes?
Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza
ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo el guapo
pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al
poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió
las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos
desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa
en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre,
porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales.
«Adiós, Velázquez.--Adiós, guapo.--Adiós, elegante.» Respondía y
apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin
embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas
de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le
dijo de manos á boca:
--¿Conque ya no está Soledad contigo?
--Eso parece--respondió el majo con su habitual desenfado.
--¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo.
--Yo no la he echado. Se ha ido ella--replicó con orgullosa modestia,
seguro de no ser creído.
--¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana
en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.
--Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.
--¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!...
Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano,
falso; voy á decirte la buenaventura.
--Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.
En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas
algunos transeuntes.
--Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella--dijo la
máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las
gitanas.--En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á
conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición.
Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te
dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de
ti...
Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo
riendo con fatuidad.
--Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.
--No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.
El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.
--Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de
pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.
--¡Suelta, traidor, suelta!
La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres,
que se habían parado, animaban al guapo gritándole:
--¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita!
Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando,
mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una
sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había
puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era
Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.
Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y
tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla
crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba
en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el
de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles
principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados
á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con
grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y
manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas
de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas,
gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de
colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado.
Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con
jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles
en la cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre
las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la
otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban.
--¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez!
El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa
de vino y se acercó.
--Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña.
Velázquez tomó la copa y dijo gravemente:
--Y á la de la tuya, máscara.
--¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer
castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael.
¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa,
otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente
disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento
hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á
fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle
delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con
arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo
nervioso.
Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca,
que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y
molesto. ¿Quién era, pues, la máscara que le había dicho la
buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría.
Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella
tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á
la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones
profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que
había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á
Velázquez bruscamente:
--Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de
unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla...
Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia.
--¡Qué mal has hecho, niño!--prosiguió.--¡Algún día te pesará! No
hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.
¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió
cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos.
La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del
guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues
no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba
distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su
casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la
mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos
días!» Y en su corazón, que la tristeza oprimía, sintió de pronto la
quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con
otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le
había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía
la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada
que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de
semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las
adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le
caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de
machacar el hierro se dobla...
Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba.
Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la
noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro,
que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso
lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta
de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil
esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de
encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta
rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían,
olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas
había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí,
cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso
hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma
habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres
ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo:
--¿Ha venido algún recado para mí?
--No, señor--respondió el chico.
Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que
había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por
enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca
tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las
consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se
quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La
idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá
hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido.
Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula
lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas
imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó
traspuesto.
Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la
tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no
vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en
cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa
torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes
necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso
vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la
calle de _Enrique de las Marinas_, bastante lejos del _Campo del Sur_,
en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el
portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á
la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más
fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño,
hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á
decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los
vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile,
porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban
disfrazadas.
Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo?
La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa,
¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea
consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por
Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello
de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á
calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las
probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal.
El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte ó
treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban,
reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y
sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en
las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los
que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo
grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas.
Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por
excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que
exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya
una atmósfera espesa y asfixiante.
Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos
logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas
que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las
había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho.
Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara,
saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose
arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido
abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la
cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí,
enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á
cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos al pasar. Una linda rubia
de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán
que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra
muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que
miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja.
Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando
descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por
todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con
algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos
levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la
atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las
aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro
encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles
esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta
graciosa.
El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría
entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla.
Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito
gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las
mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el
lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el
baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, la
estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su
defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos
de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los
muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no
llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á
estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con
acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no
le hubiese sacado las tripas al galancete.
Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la
calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La
pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á
su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual
por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al
instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas.
Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir
del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa.
Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café
Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era
parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela.
En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada
cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro
hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se
encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso
rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos
instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran
esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.
--Á la paz de Dios, señores.
Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la
cabeza sorprendidos y saludaron.
--¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?--dijo
Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la
sangre del guapo.
¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo,
esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando
un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se
había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido
en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se
la pidió al mozo.
--Sí, ya sé que has estado en el baile--replicó Antonio con la misma
sonrisilla guasona.
Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en
ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo
diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa,
esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal
humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más
felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar.
Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus
explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez
volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero,
sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven
permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban
desarrugarla.
Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con
una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada.
Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó
desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se
puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían
cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró
hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que
daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en
voz baja:
--¿Te has divertido en el baile?
--Sí--respondió la joven secamente sin volver la cabeza.
Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:
--¿Has bailado mucho?
--No--respondió con la misma sequedad.
Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia
buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.
--Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque
llevases careta--dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.
Soledad no respondió.
--¿Sabes por qué te he conocido?
--No.
--Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen
pareja.
--¡Bah!--dejó escapar la joven con indiferencia.
María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes,
oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se
separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció
en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron
inmediatamente.
--Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes
de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál
era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad
de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu
aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar
contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste
de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú?
--Sí.
--...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por
mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las
costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida;
pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para
mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un
cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que
saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores
en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar...
Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!»
La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo
las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz
temblorosa:
--He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía
imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto.
Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y
gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y
desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca
agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos,
¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en el
querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del
Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has
escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte
perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré
jamás...
Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo:
--Allá tú.
Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba
entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera
fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces
halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto
á aquella diosa irritada.
--Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni
duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo
que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me
has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece
como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin
saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego
de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me
ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha:
todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo
no quiero serlo más. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para
arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella
el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los
altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser
feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.
Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas
de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz
más débil, prosiguió:
--Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser
otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala
puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas
manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo
viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...
El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.
--Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo
eso?--profirió ansioso y acongojado.
Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono
jocoso á sus amigas, que marchaban delante.
--Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis
pasar la noche al fresco?
Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido
tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:
--Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás...
¿Te vienes conmigo?
La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual
tranquilidad, como si no hubiese oído.