del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida,
Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al
fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se
hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas
experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente
en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella
se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio
_femenina_.
--Oye, guasón, á mí no me digas eso--respondió María, preparada á
encolerizarse.
--Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas
lo mismo.
--¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!
--Cuando quieras--replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:--Y tu
madre igual...
--¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!
--¡Todas! ¡todas lo mismo!--replicaba Antonio con el mayor desprecio,
volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.
--¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya
que mis zapatos y no respondo de mí--decía ella con los labios pálidos,
temblando de ira.
--Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y
tu padre masculino!
El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.
--¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?
Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron.
Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía
ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á
su querido le dijo:
--¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!
Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas
regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la
alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan
repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura
de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y
mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este
paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado
tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le
preguntó:
--¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?
Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado,
para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que
envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron
de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á
responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo
esfuerzo, dijo con voz apagada:
--Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las
cinco...
--Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.
Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar.
Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes
una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel
espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:
--Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.
Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo
sarcásticamente:
--Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.
--Más vale caerse de simple que de fanfarria--dijo ella mirándole cara á
cara.
El majo se puso encendido hasta las orejas.
--¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como
has venido?
--No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.
Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas
palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con
él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y
hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran
apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie.
Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una
cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la
saciaba con feroces insultos y amenazas.
--Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que
se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme
insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he
recogido en medio de la calle?...
--Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás
acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos
arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia--manifestó
sensatamente el señor Rafael.
--¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de
levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la
lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está
dicho...
Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas
palabras.
Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder
ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la
puerta y salió.
VIII
Crisis.
Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber
dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y
sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á
mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un
instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de
ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba
mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó
impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de
pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he
recogido en medio de la calle!...»
No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había
gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí,
de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que
había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al
erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su
espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se
enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea
era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de
tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir
vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó
irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las
lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase
por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con
paso firme á la puerta de la tienda y entró.
Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le
preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió:
tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á
sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le
pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente.
Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio
adonde debía dirigirse. Sin duda el único proyecto que le pareció
natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de
nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero
necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca:
era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía
ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había
pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que
no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa
de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren.
Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas
palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus
amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una
vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también
temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante
pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que
hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de
fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y
se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto
había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su
querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón.
Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le
respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, quedó
tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió.
Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un
vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los
ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el
guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada
en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á
menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la
mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen
propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio,
encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la
mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que
no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud
después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado
demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose
escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido
especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa,
se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas,
y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las
manos.
--¿Qué haces?
--¿No lo ves? El baúl--replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.
El guapo quedó suspenso un instante.
--¿Para marcharte?
--Eso mismo.
Nueva pausa.
--Bien, hija. Vete bendita de Dios--replicó al cabo girando sobre los
talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra
vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le
costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible;
de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió
las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil
con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda,
pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que
Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo
apareció ésta y le dijo desde la puerta:
--¿Quiere usted venir á ver el baúl?
--¿Para qué?
--Para saber si me llevo algo que le pertenezca.
--No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo
puedes hacerlo: todo está á tu disposición.
--Muchas gracias. Adiós--respondió volviéndose.
Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.
--Atiende un instante.
--¿Qué se le ofrecía á usted?--preguntó ella quedándose á la puerta.
--Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.
Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.
--¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?--preguntóle riendo.
Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:
--Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.
--Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta
simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la
cara--manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.
--Está bien. Adiós.
Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una
mano.
--Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más
de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo...
Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.
La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más
grave y displicente:
--Está bien. Adiós.
Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su
rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:
--¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme
de mis casillas habrá que sentir?
--Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate
ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.
El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.
--¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?
--Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última
vez.
--Basta, basta--dijo poniéndose grave de nuevo.--No lo cacarees tanto,
que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.
--Adiós.
--Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que
gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy
decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi
casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella.
--Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido
por mi gusto.
--De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes
que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para
eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te
puedes ir adonde mejor te parezca.
--No puede ser--repuso con sosiego y firmeza la joven.
--Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón
para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya
muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he
estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se
rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he
visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo
dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú
no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se
suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa
propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que
contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero
eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres
buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se
toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de
la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á
ninguna mujer...
Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad.
El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción.
--Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo
puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí--repuso la
joven dulcemente, pero con firmeza.
--Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven
acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas
que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la
cara...
Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó
cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven
se soltó bruscamente.
--Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo
atrás--profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo.
El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó
groseramente.
--Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte
en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué
presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho
tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se
pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda,
hija, anda donde estás haciendo falta...
Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la
cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de
la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado.
Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases
desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo.
Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco á
poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos
muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación.
Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió
un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y
fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con
que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de
la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia
chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el
cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba
vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo,
levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta
del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo
las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se
dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda.
Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo
locuaz en demasía.
--¿Cómo no baja Soledad?--preguntó al fin Paca.
--¿Soledad?--respondió el guapo dando á su rostro una expresión
burlona.--Anda y pregunta por ella al sereno.
--¿Qué quieres decir?
--Que ya no vive aquí. Se ha mudado.
--Pero ¿es de veras?
--¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un
cohete. Dios sabe dónde habrá caído.
Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque
Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era
generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los
pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.
--¡Vaya un lance feo!--exclamó Paca.--Por supuesto que las has de pagar
todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera
tanto.
--Ni tan guapa--apuntó Frasquito.
--Ni tan hacendosa y limpia--manifestó Pepe de Chiclana.
--¿Limpia?--exclamó Paca.--Como los chorros del oro. Daba gusto ver á
esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos
relucían como si les diesen cera.
--Yo no creo que este rompimiento sea para siempre--articuló gravemente
el señor Rafael.--Será una desazón volandera de esas que acostumbráis
los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú
ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si
es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo,
Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa
regular... Soleá es una mujer como pocas...
--¡Ea, dejarme ya de Soleá!--exclamó el guapo riendo.--¿Me van á dar
ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más
entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder...
Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me
están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las
jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja...
IX
El Carnaval.
El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del
firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad
para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado
y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió
lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba
una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El
céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces
penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja
de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal.
Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para
desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por
la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó
que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la
comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas
se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al
cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo
deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo
hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á
eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con
una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible
ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando
toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y
por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de
que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras
consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado,
reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo
orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa.
Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le
gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió:
--Aguardo contestación.
Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito
de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de
Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad
estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl.
No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y
sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos
indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor
que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin
decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en
medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia
y á dejar salir de su boca palabras amargas.
--¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las
palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y
quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por
qué no lo pide ella?...
Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se
salió de casa.
Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones
de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver
desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban
puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches á los
balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por
donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas
del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla
ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos
diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los
requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las
niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales,
unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas
tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la
admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada _de las
viejas ricas_, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de
viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y
zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de
la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España.