moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en
una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes
ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era
virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba
el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros
no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto
y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su
elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el
perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto
ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar
en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa
conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.
Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los
hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y
concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías,
de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas
mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar
que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió
lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía
comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y
distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco
cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la
encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez
se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la
esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación
ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en
broma y concluyó por requerirla de amores en serio.
Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró
halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en
rehusar oirle.
--¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las
pobrecitas que no te conozcan como yo.
Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa
forzada el despecho que le roía.
No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia
no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto
ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste,
ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al
instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le
interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su
penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un
ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el
carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala
cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas
ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los
obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba.
Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y
seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más
acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que
advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso
provocar lo más pronto posible una explicación.
Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada
frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la
esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio
de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á
cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad
escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:
--Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme.
Estoy perfectamente así.
--¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita
andabas por llegar á la Vicaría--repuso Paca, picada por el acento
despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.
Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un
esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un
gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á
preguntar con sorna:
--Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?
Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira,
dijo con afectada calma:
--Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe,
no quiero serviros de impedimento.
Paca soltó una carcajada.
--¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos
entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se
confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha
sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el
cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo
te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...
Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros
de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba,
temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en
actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.
--Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más
que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para
saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una
palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna
parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me
asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy
aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite,
hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de
faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde
le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma
por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros
que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen,
¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que
la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no
escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me
han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya
comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir,
los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.
Soledad guardó silencio obstinado.
--¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner
clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me
has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y
verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea
cosa que nos hagamos una seña para engañarte.
La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las
instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los
celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que
se preparaba.
No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como
alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad
había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver.
No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que
había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente,
aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le
caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión
de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no
quiso desperdiciarla.
--Vengo muy cansado, padre.
--Pues descansa, hijo.
--¿Me permite su paternidad besarle la mano?
--Mi paternidad no da la mano á pillos.
--Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.
--¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.
--No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese
dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.
--Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo
guardadas deben de oler á podrido.
--Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los
penitentes...
--Pero es á los que llegan arrepentidos.
--Yo lo estoy, padre Francisco.
--¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.
Velázquez soltó una risotada.
--¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.
--Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna
palabra en la boca.
--¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le
faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.
Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble
afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla,
respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones,
á las censuras, después á las consideraciones y por último á los
consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.
Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque
Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había
leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla
desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.
--Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta
jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas
sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te
envuelve queda empapado de sal?...
--¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de
siempre?
--¡Que sí, niña, que sí!--profirió Velázquez bajando la voz y avanzando
el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los
ojos.--Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...
--Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el
sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.
--¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y
te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les
has faltado...
Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos
cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con
prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte
sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada
hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada
apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.
--Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir
«allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años,
me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de
que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de
brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti?
No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos
que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las
infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero
quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda,
¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti,
que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa
pobre muchacha, que merece un hombre más regular.
Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso
echarlo á risa y la detuvo por el mantón.
--Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...
Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos
flecos.
Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se
apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo
esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo
logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había
presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas
cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó,
después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el
alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular.
Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que
con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía
disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con
Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto
seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la
persona y darse tono...
Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras,
pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que
hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.
Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la
Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando
llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro
de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos
y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo
columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se
descuelgan cuando llega Carnaval.
En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los
más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran
patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al
caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por
las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que
había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas
jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio
y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada,
y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la
despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la
inocente Soledad aceptó con alegría.
Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena
de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo
impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con
gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases,
insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado
sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo.
Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando
pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban
embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones
eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el
fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al
amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos
dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!
Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y
María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos.
Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino
hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la
franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de
Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino.
Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros
frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada
y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como
los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba
requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y
agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:
--Dios guarde á la rosa _hechizá_. Ven acá, salero, siéntate á mi vera,
á ver si vivo cien años más.
Soledad sonrió con benevolencia.
--¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?
--¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero
estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.
--Es que no las has visto.
--Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María
para que me compre buñuelos.
--¡Sí darás!--murmuró María-Manuela con mal humor.--¡Disgustos!
--¡Y bofetás!--añadió Velázquez riendo.
--Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.
--¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo--profirió la irascible
María,--que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!
Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se
hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban
gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á
la voz del guitarrista, que cantó:
«_Á la que se columpia_
echarle rosas,
que todo se lo merece
por buena moza.»
--¡Ole!--¡Anda con ella!--gritaron de todas partes.
Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio.
Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:
«Al columpio he subido
porque no digan
que mi amante está ausente,
yo pensativa.»
Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la
copla de la chavala.
Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las
conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al
columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.
En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de
Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del
patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió
desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:
«Mocito que está á la puerta
mirando para el columpio:
entre usté y columpiará
la que sea de su gusto.»
Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó
confuso y dijo galantemente:
--De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.
--Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.
Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas
cuantas veces entre los aplausos del concurso.
La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el
círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la
graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se
diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un
rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había
dicho el día anterior.
--Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías:
que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más
que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que
había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza,
siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de
boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no
presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay
mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo
al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres
formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada,
¿comprendes?
Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas
de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu,
fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de
Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más
humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por
buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto.
Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño
agujero para salir rugiente y abrasadora.
Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que
formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba
desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para
guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían
agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo
Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando,
rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro,
apareció el señor Rafael.
--¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?--venía preguntando en voz
alta.
Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le
dió un estrecho abrazo.
--¿Qué ocurre?--¿Qué ha sucedido?--¿Qué albricias son esas?--preguntaron
todos picados por la curiosidad.
Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus
brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien
no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes
procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al
cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á
los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado,
exclamó:
--¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben
ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao...
porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas
callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la
_Palma de Londillo_ á comer un guiso de almejas y unas aceitunas...
¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada
tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos
sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque
muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de
dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?--Ya
está pagado me contestaron.--¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?--Pues su
sobrino.--¡Vamos, niño, no gastes guasa!--Que sí, señor Rafael, que lo
ha pagado.--¿Cuándo?--Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la
cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba
borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!
Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la
algazara que había levantado su discurso.
--¡Tío! ¡tío!--exclamó Frasquito rojo de cólera.--¡No tenga usted tanta
guasa!...
--Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te
empeñas; pero nadie me creerá.
--¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le
falto á usted al respeto!
Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que
se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y
su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta
obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.
Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y
casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el
atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad
y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero
no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante
y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su
egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar
siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio.
Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras.
Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba
bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y
se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta
salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de
su galantería.
--¿Adónde tan solo, hijo?
--Pues á la calle, niña--respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.
--¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan
apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo...
pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho
todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta
manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que
disen ustés los hombres cuando están ajumaos.
--No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero
no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista,
prenda--manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.
La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó
con acento donde se traslucía el despecho:
--¡Vaya usté con Dios!
Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su
voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito
dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto
á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus
respectivos sitios.