los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó
atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la
curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un
lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival,
continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar
llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los
labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias
que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus
pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni
miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.
Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El
viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar
enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla.
Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano,
apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz
y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles
llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas
salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la
guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado,
de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus
murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus
gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.
Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las
casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras.
Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales
para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la
orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano
eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con
estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el
suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente
espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura,
olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:
--¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.
Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil
contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos
se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano
se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó
por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar
tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco
detrás de su amigo.
--¿Qué es eso?--dijo éste volviéndose.--¿Tienes miedo? ¡Qué harán
entonces aquellos que van por allí!
Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.
--¿Un barco?--preguntó la joven con ansiedad.
--Sí.
--¡Pobrecitos!
Y añadió al cabo de un instante:
--Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... _Padre
nuestro que estás en los cielos..._
El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero.
Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á
Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será
una mujer adorable.»
Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en
los muelles.
--¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?
--¿Qué?
--Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con
algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y
tendrías un grave disgusto...
--No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti--se apresuró á
decir la joven con increíble aturdimiento.
Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.
--Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque
él es así... ¿sabes?--añadió después de hacerse cargo de su
indiscreción.
--¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás--manifestó el
joven con acento sarcástico.
--No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se
celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son
confiados y viven siempre tranquilos.
Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su
alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.
En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban
furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las
maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á
las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas
filantes.
Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro
Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su
amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á
preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había
estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.
--Hemos llegado tarde--dijo, cuando salió.--Han estado aquí, pero ya se
han ido.
--Me alegro infinito--replicó Manolo.--El paso que ibas á dar no podía
menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que
llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo
mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te
atormentan.
--Sí, sí... me vuelvo--replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de
la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.--Déjame
ahora, que me voy por las calles.
--Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de
la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.
Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á
respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad,
sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida.
Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después,
lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia
la _Cervecería inglesa_.
VI
Disputa.
Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales
horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los
escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella
perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de
retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las
señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas
colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los
dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.
Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.
--¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!--Mare bendita, ¿cuándo ha
caído este cacho de firmamento?--¡Bendígate Dios, salero, que me has
deshecho el alma con ese taconeo chiquito!
Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los
grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin
fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente
abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón
y turbando sus ideas.
Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y
se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin
guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez
de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las
Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar
allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y
por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente
pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos
y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó
rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó
repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una
seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le
producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la
entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible
se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al
contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las
_seguidillas gitanas y soleares_.
Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero
Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se
tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto
que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco
varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo
á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.
Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba
perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al
suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la
puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su
dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo,
cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba
el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón
para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á
ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la
pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban,
á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa,
prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y
Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de
Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las
_Cardenalas_ andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y
sirviéndoles lo que les hacía falta.
Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.
--¡Alcahueta! ¡asquerosa!--murmuró con ira reconcentrada.--Lo que tú
buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como
es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla
quede deshonrada y á la clemencia de Dios?
Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez
había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien
con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una
actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus
ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada.
Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro.
¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que
poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los
pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la
nariz remangada como ella.
Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un
costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de
Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y
lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que
decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera.
Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el
portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el
cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba
verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el
oído á él y escuchó.
Velázquez embromaba á la graciosa _Cardenala_ sobre su tristeza. ¿Por
qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al
lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras
sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la
muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo
era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás
había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le
penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo,
á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para
mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba
enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le
faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre
el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el
oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa.
Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo
insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su
novia, concluyó por decir:
--Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el
bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.
--¡Echa realezas, hijo!--exclamó Pepa con mal humor.--¡No eres alguien
para dar títulos!
--Déjalo, querida--replicó Isabel.--Ha querido decir que es una hembra
de á real.
--Nada de eso--profirió con viveza Frasquito.--Soledad es una hermosa
mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.
--¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den
rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?...
Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de
buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota
grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.
--¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!--exclamó
Isabel.--¡Para matarla, hija!...
--El vientre le arrastra por el suelo.
--Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su
peinadora.
--¡Vamos, callaros ya!--dijo Mercedes con enojo.--Que sea guapa ó fea,
ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.
--Yo no digo más que una cosa--replicó Isabel,--y es que si fuese hombre
me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.
--¡Anda con ella, hija!--exclamó Frasquito.--¡Cómete la cabeza y no
dejes siquiera las espinas!
--Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho,
porque está Velázquez presente.
Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas
palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por
miedo de enojar á Mercedes.
--Ni la subo ni la bajo--manifestó Frasquito en tono agrio.--Digo lo que
todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está
tu hermana delante.
La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las _Cardenalas_ se creyó
en el caso de atajarla.
--Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía.
Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la
hermosura mayor, que es la honra.
Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se
acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose
delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:
--¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre
que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me
la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo
hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda.
¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero,
ó yo que me he entregado á él por amor?
La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las
_Cardenalas_, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre
la intrusa.
--¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia
casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza!
¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!
Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por
las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y
hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su
corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado
delante de ella.
--¡Nadie la toque con un dedo siquiera!
Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso
silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y
sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los
dos estaban pálidos.
--Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?
--Pues á ver cómo te diviertes--respondió la joven, cada vez más pálida.
--Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.
--Á eso vengo también... á que me pegues--replicó ella con el rostro
contraído por una triste sonrisa.
--¡Ya arreglaremos eso, ya!
--Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te
desahogas!...
--Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?
--Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me
hubiera insultado.
Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la
tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta.
Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes,
interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos
el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas,
que no pudo sufrirlas más tiempo.
--¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?--profirió dando un fuerte puñetazo
sobre la mesa.--¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?
Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo
tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo.
Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y
se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones,
aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló
la tempestad de nuevo.
Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas _soleares_. Todos
callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le
produjo insoportable escozor.
--¿De qué te ríes, hija mía?--le preguntó con aparente calma.
--Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las
piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.
Y soltó otra risotada.
--¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?--replicó el
majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.
--No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se
desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un
dedo sin tu permisos, francamente, me río.
--Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes?
Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...
Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con
calma provocativa:
--La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.
El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se
abalanzó á la insolente, diciendo:
--Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este
hombre de bien?
Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron
calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las
simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas.
Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los
labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy
desabrido.
Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de
subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle
avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz
temblorosa:
--¡Perdóname!
Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel.
Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió
vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte
empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió
con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del
mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó
tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.
VII
El columpio.
La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le
declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave.
Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se
portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y
la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más
raro, apenas salió de casa. En la de las _Cardenalas_ no volvió á poner
los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida,
sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran
una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues,
renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de
la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo
advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la
inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal
conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del
médico.
Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices.
Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de
paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No
tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á
tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo
halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la _Cardenala_.
Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia.
Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas
pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía
infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre
Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin
disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para
hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir
sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables,
jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre _cantaora_. La llamaban
el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la
gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de
sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el
corazón.
--Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!--se decían uno al
otro guiñando el ojo.
Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la
carga.
La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus
sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas
mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos
brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de
natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor,
rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos
de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la
dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún
problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre
consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en
aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio
más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable
habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del
caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le
gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días
seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para
comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había
concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías
comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó
un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán
profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía
luego su fallo inapelable!