Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una

palmada en la frente.

--¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las

yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden

ustedes estar seguros.

Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad,

avergonzada, reía también.

--Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao--dijo

María-Manuela.--¿No tienes á tu disposición el dinero de la

venta?--añadió encarándose con Soledad.--¿Pues por qué no mandas por

todas las yemas que se te antojen?

--Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?--replicó Velázquez con retintín.

Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que

callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero

que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é

inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.

No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban

más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más

vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba

á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su

afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó

indirectamente sobre el tapete.

--Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en

ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.

--¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos

hubieras puesto los medios para hacerlo.

--¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un

perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los

papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno

por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he

encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito

y camina poco--añadió bajando la voz con acento cómico.

Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como

siempre que se tocaba este punto.

Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero

sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar

aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con

las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que

Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la

violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las

mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más

pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo.

Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos

repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del

alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por

conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado

en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta

mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme,

quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno,

mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?

Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido

con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa.

El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de

Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y

ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la

existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se

trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á

su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez

supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.

--El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con

otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!

Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de

prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se

presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre.

¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus

sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer.

Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que

Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando

cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.

Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al

amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban

alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la

parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de

aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser

sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse

éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el

infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna.

Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.

--Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla

ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?

Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.

--¡Velázquez!--exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y

la vergüenza.

Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á

su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los

sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano

sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho

después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las

cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había

desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?

Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó

en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña

dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya

sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último

baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor.

Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente

suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su

alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le

acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el

mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él

debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún

sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje.

¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...

Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo

con tono rudo:

--Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.

Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las

lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de

amor y sumisión.

V

Celos.

Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la

tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había

quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada

sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.

Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su

madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su

antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo

quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al

principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes

invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido

dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente,

había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz

una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba

resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y

conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para

siempre, cedió á su capricho.

¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje

le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor

generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había

concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le

era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan

inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su

gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con

el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un

ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal

vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le

retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus

manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación

de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á

duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se

decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso

disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es

capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como

todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la

miel, inundaba su corazón de alegría.

No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que

tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia

de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas,

y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa

de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las

visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que

nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se

formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo.

La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos

conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de

pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia

que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco

que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la

calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo

sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en

decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto

secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de

aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y

alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo

granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando

observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre

su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los

ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y

sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus

amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus

baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.

Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella,

inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en

suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada

hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada

trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan

rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea

blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en

vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le

parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué

hermosa!»--murmuraba con la unción de un místico que dice sus

preces.--¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas,

como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y

permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa

para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por

extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello--se

decía--tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece

por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le

hemos de exigir que se sacrifique?»

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno

de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la

incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con

emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los

extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo

comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira.

Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante,

odiaba cordialmente al majo.

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en

Manolo, dijo:

--¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?

--No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.

--¿Una hora?... ¿Y qué hacías?

--Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.

--¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!--replicó ruborizándose. Y

añadió para distraer la conversación:--Me he levantado temprano esta

mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me

he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy

encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á

quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible

por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.

--Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la _Palma de Londillo_? Ya sé

que has estado allí con unas mujeres...

--¿Yo?

--Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú

has dormido debajo de la mesa.

--Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada,

cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el

de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una

copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he

dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.

Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando

y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin

dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su

rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:

--¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!

La joven soltó una carcajada.

--¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has

soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro

mundo?

--No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto--repitió Uceda

mirándola fijamente.

Soledad siguió riendo con afectación sin responder.

--¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya

debo comprender los signos de bonanza y tempestad--manifestó

tristemente.--¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las

sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por

eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme

sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese

temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido

todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo

esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de

verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus

pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el

pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.

Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se

fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por

brotar de sus hermosos ojos.

--Soledad, ¿qué tienes?--profirió asustado Uceda levantándose de la

silla.

La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de

reir.

--¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!

La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre

sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes

carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta

que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de

lágrimas, y dijo sonriendo:

--¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?

--¿Te has puesto mala?--preguntó él con ansiedad.

--No, ya estoy bien.

Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con

mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro

cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.

--Vamos á ver, ¿qué ha sido?--le preguntó cariñosamente el joven.

Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y

cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:

--Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora

ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.

Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló

en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.

--Que haga de mí lo que quiera--prosiguió cuando se hubo calmado...--Que

me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los

ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque

yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe

Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que

se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la

verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros,

ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la

plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del

Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si

fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay

mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata

á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me

presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí?

¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan

riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la _Cardenala_.

Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se

pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...

--¡Eso, más que maldad, es una estupidez!--exclamó Manolo, á quien le

parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer

cualquiera de este mundo.

--Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese

delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y

para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de

la puerta, sacó la cabeza.

--¿Pero iban solos?

--¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han

dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su

padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita

huérfana!

Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por

calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la

quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase,

deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se

había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por

lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con

una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida...

como ella.

¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la

última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa

para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en

que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su

temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle

gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y

concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un

rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza

es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como

otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que

por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando

también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser

curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir

con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era

valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la

navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi

seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.

--No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me

quiere...

--Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se

casará contigo.

Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales

palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució

en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque

le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:

--Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este

mundo.

Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de

fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato.

Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo

profirió en voz baja:

--¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa

sinvergüenza cuatro verdades!

Manolo siguió silencioso.

--Oye, querido--tornó á decir con resolución al cabo de un rato.--Me voy

en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?

Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.

--¿Yo?... ¿Qué dices?...

--No te apures, hijo--manifestó la joven observando su turbación.--Te lo

he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que

entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada...

Tan amigos como antes.

Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la

detuvo, cogiéndola por la ropa.

--Aguárdate un instante, criatura...

Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le

expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle.

Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado.

Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de

aquella mujer. Al fin la dejó marchar.

Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban

con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la

cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había

dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado

por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen,

si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel

funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa.

Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y

pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo,

alzándose de la silla:

--Vamos, niña... vamos donde tú quieras.

--Gracias, Manolo--replicó la joven con voz temblorosa.--Salte fuera y

aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no

tardará.

Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora

paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.

Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El

mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.

--Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el

chico?--preguntó Manolo.

--Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.

Caminaron en silencio algunos minutos.

--Pero ¿dónde vamos?--dijo al fin Uceda parándose.

Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:

--Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de

Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.

Los majos de Cádiz · 第 5 / 16 段