El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos,

dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El

sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la

familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían

cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones

y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le

habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los

escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos

castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con

que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y

le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto

dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía.

Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de

ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro

cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por

las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.

Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo

que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar

pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren

sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si

no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más,

cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á

su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que

acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus

talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su

belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que

desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo

de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto

renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.

Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal.

Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el

corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte

de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los

rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos

obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y

perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían

en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola _la princesa

del Fielato_.

Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del

guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la

ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un

cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de

lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé

aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando

alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos

labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran

groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les

convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan

y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus

fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se

apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento

se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un

joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.

--¡Socorro, caballero!--gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas

por aquellos bárbaros.

--¿Qué es eso?--preguntó el jinete.--¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas

chicas!

--Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No

sea que se le apee del jaco por las orejas!--dijo uno de ellos.

--¿Á mí, granuja?--exclamó el caballero apeándose de un salto.

Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo.

Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su

compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la

suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido

un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:

--¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!

Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les

persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con

el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño

afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el

caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres

habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote

corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas

no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban

con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al

verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas

piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y

saludó cortésmente.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes--respondieron las jóvenes.

Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad

le gritó así que hubo pasado:

--¡Y muchas gracias, caballero!

--No las merece--respondió éste volviendo á medias la cabeza.

Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se

perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito!

Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le

saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y

algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire

libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es

aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona

inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa

poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje

abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.

Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin

mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas

rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y

á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más

importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía

visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se

lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza

que se acaba de relatar.

Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral,

sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su

edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de

consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho

años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin

vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se

pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente

se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á

saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á

pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero

Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero

devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego.

Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el

joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión

acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª

Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo

gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente

burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso

del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de

Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de

rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello;

de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento

y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable

conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía

necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.

Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso

iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido

al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las

manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron

al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció

el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al

comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus

gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras

apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba

como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus

puerilidades, le reprendía y le martirizaba.

Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su

orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las

palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella.

Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se

enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera

sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.

Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor

decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el

del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por

naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y

desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba

de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas;

aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida

entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni

comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un

trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina,

el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres

populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus

gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto

sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en

francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos

como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y

atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda

repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los

mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de

ambos amantes.

Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo

amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre

famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero,

con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con

las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la

broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la

prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido.

Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por

su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar

con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su

ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien

había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema

felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era

que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase

libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las

afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba

profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de

dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del

guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.

Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud

paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél,

resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le

atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron

que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que

el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero

Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación

especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse

abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos

la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida

abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente

seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu

no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones,

concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear

con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para

que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil,

llegó á ciertos extremos ridículos.

Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un

continente grave:

--Soledad, tengo que comunicarte un secreto.

Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda,

á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No

pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó

pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á

él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:

--Dígamelo usted ahora.

--¿El qué?--preguntó Velázquez sorprendido.

--Aquello.

Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del

atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.

Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á

cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un

hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le

ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas

barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde,

Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de

alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en

efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la

distancia y pronto llegó á tocarle.

--¡Date! ¡date ó te mato!

Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo

un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.

El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la

villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la

noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del

crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron

abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado.

Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los

espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al

levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la

marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus

manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los

sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del

difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos

de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.

Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la

familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró

sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la

captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á

sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad

concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su

vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué

empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo

ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel

pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La

indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla.

De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á

explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado.

Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para

obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba

establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la

capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó

protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron

de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que

este paso causó en el pueblo.

En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su

adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La

pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez

no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una

vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las

dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la

viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular

de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de

llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué

calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y

degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba

de satisfacer ninguno de sus caprichos.

Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez,

hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para

vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en

el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y

delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter

autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le

rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor

contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su

querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones,

disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de

casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se

mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de

dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar

á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones,

los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales

motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón

cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba

extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en

aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa

entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo

resueltamente:

--¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija

mía!

Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como

Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano

antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió

necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una

pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes

solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y

miedo en su presencia.

IV

Velázquez.

Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este

era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas

cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso,

despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba

directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se

nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre

feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer

papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío.

Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo:

todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía

beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus

esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le

faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se

enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí

se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á

los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de

haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban

por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había

sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor

dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura.

Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la

pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda,

las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para

fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no

sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el

guapo aunque se hallase en el trance de morir.

Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de

admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no

quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus

blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por

mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba

corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja

calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando

aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no

comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus

palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en

los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus

gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código

divino.

--Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien

enterito--decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.

Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si

el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de

aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le

diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su

vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta

de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.

Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo

cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de

algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada

una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes

objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.

Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le

parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible

trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella

cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia

de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de

la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el

mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le

escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto

se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición

desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á

las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle

un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á

prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este

olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la

reunión.

--Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo

las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.

Los majos de Cádiz · 第 4 / 16 段